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Relatos Ardientes

La primera vez que me arrodillé frente a otro hombre

Hacía más de un año que entraba a aquel bar con una tanga de mi mujer puesta debajo del jean. Empezó por casualidad, una tarde en la que volvía caminando del banco y decidí cortar por una calle que no acostumbraba. La fachada del local era sobria, casi anónima, y la curiosidad pudo más que la prudencia.

Dentro había una luz cálida, música suave y parejas de hombres conversando en las mesas. Nadie me miró raro. Pedí una cerveza en la barra, observé un rato y me fui a casa con la sensación de haber descubierto un mundo que llevaba demasiado tiempo evitando.

Volví otras tardes, espaciadas entre sí, siempre con la misma rutina: una cerveza, la mirada perdida en el celular, el oído atento a las conversaciones ajenas. Un día, sin saber bien por qué, abrí el cesto de ropa sucia antes de salir y saqué una tanga negra de mi esposa. Me la puse, me cubrí con el jean y caminé hasta el bar con el corazón disparado.

El roce de la tela contra la piel me convertía en otra persona. Cada paso me recordaba que llevaba algo prohibido pegado al cuerpo, algo que ningún hombre allí podía adivinar. La costura del hilo se me metía entre las nalgas y me rozaba el ojete a cada paso, y esa fricción constante me tenía la polla medio dura desde antes de entrar. Esa noche pedí dos cervezas en lugar de una. Empecé a ir cada dos viernes, los días que mi esposa cenaba con sus amigas y no regresaba hasta tarde.

Con el tiempo conocí caras. Algunas saludaban con un gesto, otras se acercaban a invitarme a una copa. Yo era educado, pero corto. Charlas breves, sonrisas tibias, y de vuelta al ritual. Me gustaba sentirme deseado sin tener que ceder a nada. Era suficiente saber que existía esa posibilidad colgando en el aire.

El único con el que me detenía a hablar más tiempo era Ramiro. Tendría unos cuarenta y dos, una panza visible bajo la camisa, la barba muy corta y unos lentes redondos que le daban un aire de profesor distraído. Yo entonces tenía treinta y tres, y por contraste él me parecía un hombre asentado, de los que ya no necesitan demostrar nada. Hablábamos de fútbol, de discos viejos, de viajes que ninguno de los dos terminaba de hacer.

—¿Otra? —me preguntaba siempre, señalando mi botella vacía.

—Una más y ya —respondía yo, y siempre acababan siendo dos.

Esa noche en particular llovía despacio afuera. El bar estaba más vacío que de costumbre. Ramiro llegó con el saco mojado en los hombros y se sentó en el taburete de al lado sin pedir permiso. Pidió una cerveza, pidió otra para mí, y empezamos a hablar de una banda que tocaría el sábado siguiente.

Llevábamos una hora cuando me levanté para ir al baño. Él dijo que justo iba a acompañarme. Lo soltó sin malicia y yo lo escuché sin malicia, pero algo en el estómago se me tensó cuando empujamos la puerta juntos.

Los urinarios eran una sola canaleta corrida pegada a la pared, sin separadores. En esos baños no hay rincón para esconderse. Me coloqué a un extremo, él se colocó a mi lado y, sin poder evitarlo, mi vista se desvió. Lo que sacó del pantalón me dejó sin aire. Una verga ancha, larga, gruesa como una muñeca de niño, todavía en reposo, que parecía no pertenecer a ese cuerpo redondo y tímido. Los huevos le colgaban pesados dentro de un saco oscuro y arrugado. La sostuvo por la base un par de segundos más de la cuenta, la sacudió con el pulgar y el índice haciéndomela ver bien, antes de empezar a orinar con un chorro grueso que rebotaba contra la loza.

—Hace tiempo aprendí a no avergonzarme —dijo en voz baja, sin mirarme.

No supe qué contestar. Se me había secado la boca. Terminé como pude, con la polla medio hinchada apuntando torcida, me sacudí, me subí el cierre a los tirones. Cuando volvimos a la barra, sentía las orejas calientes y un picor distinto en la entrepierna. La tanga me apretaba de otro modo, y una gota espesa de presemen ya me humedecía la tela.

—Te incomodé —dijo Ramiro al sentarse. No era una pregunta.

—No es eso.

—Mírame un segundo.

Lo miré. Tenía los ojos pequeños y serenos, casi cansados, pero por dentro brillaba algo más decidido de lo que aparentaba. Apoyó la mano en la barra muy cerca de la mía, sin tocarla.

—Llevo meses pensando que un día íbamos a hablar de esto.

—¿De qué? —pregunté, aunque ya sabía.

—De que vienes aquí sin tener claro a qué vienes. De que te gusta que te miren. De que algún día vas a querer una polla en la boca y no vas a saber cómo pedirla.

Tragué saliva. La cerveza me sabía a metal.

—Nunca he estado con un hombre —dije, casi como si me disculpara.

—Lo sé. Se nota a la legua. No te estoy proponiendo el mundo. Solo subir un rato a un hotel de aquí cerca. Que me la mames despacio, si te animas. Que te toque por encima de esa tanga que seguro llevas puesta. Lo que vaya saliendo.

—¿Cómo sabés lo de la…?

—Se te marca por detrás cuando te agachás en la barra. Llevo semanas mirándotela.

—Yo no… —empecé.

—Tú decides. Si dices que no, pago la cuenta y nos despedimos como siempre.

***

Salimos a la calle quince minutos después. Yo no había dicho que sí con palabras; simplemente me levanté cuando él se levantó, y eso fue suficiente. Caminamos en silencio dos cuadras. El hotel quedaba escondido detrás de una mercería cerrada, con un cartel discreto y una recepción en penumbra. Pagó él. Yo me quedé al fondo del lobby, mirándome los zapatos, con la polla dura empujando contra la tanga de mi mujer.

La habitación olía a desinfectante con un toque de lavanda. Una cama matrimonial, una mesita, una silla, una tele apagada. Ramiro cerró la puerta con llave, se quitó el saco, lo colgó del respaldar. Yo me quedé parado, sin saber qué hacer con las manos.

—Ven —dijo, palmeando la cama a su lado—. Vamos a empezar despacio.

Me senté. Él me puso la mano abierta en la nuca, sin atraerme, solo dejándola ahí, como quien tantea la temperatura de un animal asustado. Después me bajó la palma por el cuello hasta el pecho, por encima de la camiseta. La tela me delató: tenía la piel erizada hasta los hombros y los pezones marcados como dos botones duros.

—Sácatela.

Obedecí. La camiseta cayó al piso. Ramiro me miró un instante largo y empezó a pasarme la lengua por una tetilla, primero apenas rozándola, después chupándomela con más fuerza, mordisqueándola entre los dientes hasta arrancarme un gemido corto. Yo cerré los ojos. Era una sensación que conocía y a la vez no. Una mujer me había hecho lo mismo decenas de veces; con él, con esa barba raspándome el pecho y esa boca húmeda que sabía exactamente dónde apretar, se sentía como una primera vez completa.

Bajó por el costado y mordió la curva del hombro. Me tumbé de espaldas casi sin darme cuenta. El jean me apretaba la entrepierna, y debajo, la tanga negra de mi esposa estaba empapada, con la mancha oscura del presemen extendiéndose por delante.

—¿Qué tienes ahí debajo? —preguntó, divertido.

—No te rías.

—No me río.

Me desabrochó el pantalón, lo abrió y descubrió la tela. Soltó una risa baja, sorprendida, casi tierna.

—Eres un cofre con sorpresas. Mira cómo tienes la tanga, empapada de baba, chiquito.

—Es de ella. No tiene idea.

—No tiene por qué tenerla. Esta noche sos mío.

Me bajó el jean hasta las rodillas y dejó la tanga puesta. La tela mojada se transparentaba y se le veía el bulto de mi polla marcado, con el glande hinchado empujando por el borde del elástico. Pasó los dedos por encima, sin apretar, y un escalofrío me recorrió la columna entera. Después bajó la mano, me la envolvió por encima de la seda y me la apretó de la base a la punta, obligándome a soltar un gemido áspero. Con el otro dedo me buscó por debajo, encontró el hilo hundido entre las nalgas y me lo hizo correr de un lado a otro, rozándome el ojete apretado. Se me escapó un jadeo que no supe reconocer.

—Ya la tenés dilatándose sola de puta —murmuró—. No hace falta que te toque mucho.

Se incorporó, se quitó la camisa, los pantalones, los calzoncillos.

Su cuerpo era exactamente lo que recordaba: blando, pálido, con la barriga colgando ligeramente sobre los muslos. Y en medio de todo, esa verga imposible, ahora más ancha, más larga, empinada hacia arriba, gruesa como el mango de una herramienta, con las venas marcadas subiendo hasta un glande morado y brillante. Los huevos le colgaban tirantes debajo, y un hilo transparente ya le colgaba de la punta. Se la agarró por la base y me la sacudió despacio, apuntándomela a la cara.

—Acércate —dijo, recostándose contra la cabecera—. Sin presión. Si no puedes, no puedes.

Me arrodillé al borde de la cama, entre sus piernas abiertas. Cualquier estrategia que hubiera ensayado en la cabeza se evaporó en cuanto la tuve a un palmo de la boca. Olía a jabón limpio y a algo más íntimo, salado, a piel de hombre calentado. Estiré la lengua y la pasé desde la base hasta la punta, despacio, como había visto hacer en mil videos sin atreverme a imaginarlo en mi propia boca. Recogí el hilo de presemen con la lengua y lo tragué. Sabía amargo, metálico, y me gustó. Volví a pasar la lengua, esta vez apretando plano contra la vena gruesa del reverso, subiendo desde los huevos hasta el glande. Le lamí las bolas una por una, se las metí en la boca por turnos, sintiendo el peso de cada una contra el paladar.

—Despacio —murmuró—. No es una carrera.

Lamí el glande, lo rodeé con los labios, se lo chupé como si fuera un caramelo grande. Le pasé la punta de la lengua por el hoyito y saqué otra gota espesa. Intenté metérmela entera y enseguida supe que no iba a poder; ni la mitad me cabía sin atragantarme. Se me clavó contra el fondo de la garganta y tosí, con los ojos aguados. Retrocedí, respiré, escupí un hilo de baba sobre el glande y lo usé para deslizar los labios mejor. La mano derecha en la base, los labios concentrados arriba, la lengua moviéndose como si fuera una conversación. Empecé a hacerle lo mismo que me gusta que me hagan a mí: chupada larga, subir con presión, apretar el glande entre los labios, bajar de nuevo hasta donde el reflejo me lo permitía.

Funcionó. Ramiro dejó escapar un suspiro grave que le subió por todo el pecho. Me apoyó la mano en la nuca, sin empujar, solo descansándola. Yo subí el ritmo. La polla me chapoteaba dentro de la boca, la saliva me chorreaba por el mentón y le caía en los huevos. Con la mano libre me la apreté a mí mismo por encima de la tanga empapada, frotándomela al mismo ritmo que se la chupaba a él. Pasé de la prudencia a la entrega en cuestión de segundos. Me di cuenta de que estaba disfrutándolo, de que la tanga apretada contra mi propia erección era el detalle que terminaba de encenderme, de que sentirme arrodillado, semidesnudo, con la ropa interior de mi mujer, mamando la verga de otro hombre, era exactamente lo que llevaba un año esperando sin saberlo.

Él empezó a mover las caderas despacio, cogiéndome la boca con embestidas cortas. Cada vez que el glande me chocaba el fondo se me escapaba un gemido ahogado que le vibraba en la carne.

—Así, chiquito, mamámela así, con hambre.

Me sacó la polla de la boca un momento, la agarró él y me la pasó por los labios, por la mejilla, por la barbilla, marcándome la cara con su baba y la mía. Después me abrió la boca con el pulgar y me la volvió a meter, más hondo, hasta que se me saltaron las lágrimas.

—Voy a terminar pronto —avisó, con la voz rota.

No me aparté. Tampoco me detuve. Quería saber cómo era. Quería que pasara. Cerré los labios apretados alrededor del glande y le trabajé la base con el puño, subiendo y bajando rápido, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo. Los huevos se le contrajeron pegados contra la piel. Sentí la primera oleada llenarme la boca con una fuerza que no esperaba, un chorro caliente y espeso que me golpeó contra el paladar, y después otra, y otra más, y otra que ya no me cupo. Tragué lo que pude, sintiendo cómo bajaba viscoso por la garganta. El resto me chorreó por la barbilla, por los dedos, por la base que seguía latiendo contra mi mano, hasta gotearle sobre los huevos y el vientre.

Me quedé con la punta todavía en la boca, chupándole las últimas sacudidas, sacándole hasta la última gota. Cuando lo solté, la polla se le venció sobre el muslo, empapada, brillante. Yo tenía la cara embadurnada, el mentón goteando, y ni siquiera me había corrido; todavía tenía la mía atrapada contra la tanga, palpitando de puro deseo contenido.

Ramiro me miró, respirando fuerte, y sonrió. Me pasó el pulgar por la comisura de los labios, recogió un hilo blanco y me lo metió en la boca. Se lo chupé sin pensarlo.

—Buen chico —dijo bajito—. Ahora vos.

Me hizo tumbarme de espaldas en la cama. Me apartó la tanga hacia un costado sin bajármela, dejando la polla dura contra el vientre, roja y mojada de presemen. Se me la agarró con la mano entera, me la envolvió y me empezó a masturbar despacio, con el pulgar dándome vueltas alrededor del glande. Después bajó la cabeza y me la chupó de una sola vez, entera, hasta la base. Sentí su garganta cerrarse contra la punta y por poco me corrí ahí mismo.

—Aguantá —murmuró, soltándomela un segundo—. No te vengas todavía.

Me volvió a chupar, con los cachetes hundidos, subiendo y bajando con una técnica que decía años. La barba me raspaba la ingle. Con la mano libre me buscó por debajo de la tanga, me tanteó las bolas, me las apretó suave, y siguió más abajo hasta rozarme el ojete con la yema mojada de saliva. Presionó apenas, dando vueltitas, sin meter, y esa presión sola me arrancó un gemido largo.

—Alguna vez alguien te tocó ahí —dijo, sin preguntar.

—Yo solo. Con el dedo.

—Se nota. Estás relajado.

Empujó el dedo un centímetro. Me tensé, respiré, me abrí. Entró hasta el nudillo. La boca seguía trabajándome la polla al mismo tiempo. La combinación me nubló todo. Le busqué la cabeza con la mano y le hundí los dedos en el pelo, sin saber si empujar o pedirle que se detuviera.

—Me voy a correr —logré decir.

No me sacó la boca. Al contrario, me tragó más hondo, me apretó el dedo dentro justo en el punto exacto, y todo estalló. Me corrí a chorros dentro de su boca, con la espalda arqueada y la tanga negra de mi esposa marcándome la cintura. Sentí cada latido descargarse contra su lengua. Él se la tragó toda, chupando despacio hasta la última contracción, hasta que le tuve que apartar la cabeza porque el glande ya no aguantaba el roce.

Sacó el dedo, se sentó, se pasó el dorso de la mano por los labios. Abrió la boca y me mostró que todavía tenía un poco. Después tragó, sonriendo.

—Ni una gota se pierde —dijo.

Yo me quedé quieto, respirando hondo. Me limpié con el dorso de la muñeca, sin saber si estaba avergonzado o eufórico. Quizás las dos cosas a la vez.

***

Se levantó casi de inmediato. Se metió al baño, abrió el grifo, se lavó. Salió con una toalla atada a la cintura y empezó a vestirse sin prisa.

—Cuando estés listo, te vas tranquilo —dijo, abotonándose la camisa—. La habitación está paga hasta las dos.

—Vale.

Se acercó a la cama, me pasó la mano por la cabeza, casi cariñoso, casi paternal.

—Lo hiciste bien para ser la primera. Y no porque me corriera rápido. Porque no te escondiste. La próxima te cojo.

Lo dijo con naturalidad, como quien cierra un trato. No respondí, pero se me apretó el estómago. Lo vi salir. Escuché el chasquido de la puerta. Me quedé tendido boca arriba, con el jean enredado en los tobillos y la tanga negra todavía empapada, ahora también de mi propio semen que se enfriaba sobre la tela, mirando un foco que no servía. Pasaron diez, quince minutos. No tenía apuro.

Por dentro convivían dos hombres. Uno se sentía sucio, usado, una puta de barra de hotel con la boca todavía sabiendo a leche ajena y el ojete latiendo por un dedo que ya no estaba. El otro respiraba más liviano que en años, como si hubiera devuelto algo que llevaba demasiado tiempo guardado. Los dos tenían razón, y los dos eran yo.

Me levanté, me vestí, me lavé la boca varias veces frente al espejo. Todavía tenía el sabor pegado al fondo de la garganta y no terminaba de irse. La tanga la doblé y la metí en el bolsillo del jean. No quería que mi esposa la encontrara con ese olor a semen mezclado. Esa misma noche la lavaría a mano y la devolvería al cesto, donde nadie haría preguntas.

Caminé hasta casa con la lluvia fina pegándose al pelo. Mi esposa había vuelto temprano y dormía boca abajo, abrazada a la almohada. Me metí en la cama con cuidado. Le besé el hombro desnudo. Ella murmuró algo y se acomodó contra mí.

—Tarde —dijo, medio dormida.

—Una cerveza con los chicos.

Se durmió enseguida. Yo me quedé mirando el techo, repasando cada minuto, con el ojete todavía consciente de haber sido tocado por primera vez y la boca acordándose de la polla de Ramiro. Sabía dos cosas con certeza: que no iba a contarlo nunca, y que la próxima vez iba a dejar que me la metiera.

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Comentarios(9)

RaulMza

increible relato, me dejo sin palabras!!!

Pelado_Cba

Que final tan inesperado... necesito que cuentes como siguio despues de esa noche. Por favor!

CintiaLP

Me encanto la honestidad con la que esta escrito. No es facil animarse a contar algo asi, y se nota que es real. Sigue compartiendo!

ConfesionesFan

La ropa interior de la esposa como primer paso jajaja tremendo arranque, me engancho desde la primera línea

viajero_nocturno

Los bares discretos guardan las mejores historias. Muy bien narrado, saludos desde el sur

curiosa88

Me quede pensando... ¿sentiste culpa despues o mas bien alivio? Los relatos de confesiones son los que mas me gustan porque se sienten reales. Seguí escribiendo por favor!

ElCronistaBA

Uno de los relatos más honestos que leí en este sitio. La forma de contarlo te atrapa desde el principio

DiegoDelRio

Me recordo a una noche que yo tambien cruce umbrales que no pensaba cruzar. Gracias por animarte a compartirlo

PerdidoEnLaNoche

se hizo cortisimo, queriamos mas detalle de como termino todo

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