La pijamada con mi mejor amiga lo cambió todo
Conocí a Camila el primer día de la universidad, cuando todavía no había aprendido a moverme por el campus y ella me preguntó por un aula que tampoco sabía encontrar. Nos perdimos juntas durante veinte minutos y, cuando por fin dimos con la puerta correcta, ya éramos amigas. Tenía esa clase de cara que hacía que la gente le abriera puertas sin preguntar: ojos verdes muy grandes, labios siempre un poco entreabiertos, el pelo negro hasta la cintura. Era unos meses menor que yo y se aprovechaba de eso con una desfachatez encantadora. Bastaba que pusiera cara de niña abandonada para que cualquiera —yo la primera— terminara cediéndole lo que pidiera.
Yo tenía veinte años recién cumplidos y, hasta ese momento, solo había estado con dos chicos. Dos noches torpes que recordaba con más vergüenza que placer. Nunca se me había pasado por la cabeza que pudiera gustarme una mujer; ni siquiera me lo había planteado el tiempo suficiente como para negarlo. Camila era guapa, sí, pero también era mi amiga y eso, según mis reglas, cerraba el asunto.
Por mi cumpleaños insistió en una pijamada en su casa.
—Aunque sea para ver pelis y comer cosas malas —dijo, haciendo el puchero de siempre.
No supe negarme. Quedamos en su apartamento, un piso pequeño en el centro que compartía con su madre, una mujer joven que siempre estaba a punto de salir o de volver.
Llegué a media tarde con una mochila ridículamente pequeña: un pijama, un cepillo de dientes y una caja de bombones que ella se comió antes de las siete. Cocinamos pasta mal hecha, nos reímos del resultado y nos la comimos igual. A las seis su madre apareció en la cocina vestida para salir, oliendo a perfume caro, y nos dejó las llaves sobre la mesa.
—No abráis a nadie, ¿vale? Vuelvo tarde.
Camila la besó en la mejilla con la familiaridad indiferente de las hijas únicas. La puerta se cerró y nos quedamos solas en un piso que de pronto se sintió mucho más grande.
Pusimos una película que se suponía romántica y resultó aburridísima. Yo estaba reventada por el examen de la mañana y, sin darme cuenta, me quedé dormida en el sofá con los pies recogidos y la manta hasta el cuello. Tengo el sueño pesado, siempre lo he tenido; mi madre solía bromear con que un terremoto no me despertaba. Pero esa noche algo me despertó.
Una respiración. No la mía.
***
Abrí los ojos lo justo para entender qué pasaba sin moverme. La habitación estaba a media luz, solo la pantalla del televisor proyectando colores cambiantes sobre las paredes. Camila se había cambiado mientras dormía. Llevaba un short blanco diminuto y una camiseta de tirantes finos, casi transparente. Se había tumbado en la alfombra, a la altura del sofá, justo al lado de mi mano que colgaba hacia el suelo. Y respiraba raro.
Sentí mis propios dedos siendo levantados con cuidado, como si la persona del otro lado intentara no despertarme. Camila se llevó mi mano a la cara, la apoyó en su mejilla un momento y luego la deslizó por su cuello, despacio, hasta el escote. Me quedé completamente quieta. Cerré los ojos otra vez por instinto y traté de seguir respirando con la cadencia de alguien dormido.
Pasó mi mano por encima de la camiseta, sobre uno de sus pechos, y la mantuvo allí. Sentí el pezón endurecerse bajo mi palma sin que yo la moviera. Camila suspiró bajito, casi sin sonido, y deslizó mi mano hacia abajo, por su abdomen, hasta el borde del short. Su piel se erizaba a mi paso. Volvió a subir, otra vez al pecho, ahora directamente bajo la tela. La calidez de su piel, el peso firme de su seno en mi mano, me cortaron la respiración. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no apretar los dedos.
¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago?
Era lo único que pensaba. Que se diera cuenta de que estaba despierta me daba miedo; que parara me daba más miedo todavía.
La sentí incorporarse despacio. Su cara se acercó a la mía. Olí su pasta de dientes mezclada con algo más cálido, más íntimo. Sus labios rozaron los míos con una vacilación de animal asustado. Volvió a hacerlo, ya con un poco más de seguridad. Yo no respondí. Aún no. Pero la había dejado entrar, y eso ya era una respuesta.
***
Camila se sentó en el borde del sofá, junto a mis caderas, y se quitó la camiseta. La luz azulada del televisor le pintaba la curva de los pechos y la sombra de los pezones, pequeños, rosados, ya duros. Se bajó el short con un movimiento rápido y se quedó en braguita de encaje blanca, ajustada. Después tomó mis dos manos —yo seguía haciéndome la dormida, los ojos casi cerrados— y se las puso sobre los pechos. Su piel era increíblemente suave. No supe lo suave que era la piel de una mujer hasta esa noche; había vivido veinte años sin entender de qué hablaba la gente.
Hizo presión sobre mis manos. Quería que la apretara, que la tocara con intención. Y entonces, sin pensarlo más, cedí. Apreté. Despacio al principio, después con un poco más de fuerza. La sentí inhalar.
Camila se subió encima de mí en cuatro apoyos, una rodilla a cada lado de mis caderas. Volvió a buscarme la boca y esta vez la besé de vuelta. Abrí los ojos. Ella abrió los suyos. Nos quedamos un segundo mirándonos sin decir nada, como dos personas que acaban de descubrir algo a la vez y todavía no saben si querían descubrirlo. Después se inclinó otra vez y nos besamos en serio, despacio, con la torpeza honesta de las primeras veces.
Bajó mi mano hasta su entrepierna y la apretó allí, sobre la tela del encaje. La sentí empapada. Su cadera empezó a moverse contra mi palma, marcando un ritmo propio. Yo, todavía con la cabeza dando vueltas, le subí la otra mano por la espalda hasta la nuca y la besé más profundo.
—Estabas despierta —murmuró contra mi boca.
—Hace rato.
Se rio, una risa nerviosa, mitad alivio mitad miedo. Le aparté la braguita a un lado y le pasé los dedos por encima del clítoris. Camila gimió bajito, un sonido sin afectación, casi de sorpresa, y cerró los ojos. La acaricié despacio, en círculos pequeños, mientras ella se sostenía con las manos sobre mis hombros y movía las caderas para mí.
—Hazlo otra vez —dijo.
Lo hice otra vez.
***
La tomé por las caderas y la subí, hasta tenerla sentada a horcajadas sobre mi pecho, los senos ahora a la altura de mi cara. Le tomé uno con la boca, el otro con la mano. Camila echó la cabeza hacia atrás. Le pasé la lengua despacio alrededor del pezón, luego lo apreté apenas con los dientes, y ella se aferró al respaldo del sofá con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.
La hice subir más, hasta que sus rodillas quedaron a los lados de mi cabeza. Le besé el muslo interior, por encima de la rodilla, después más arriba, tomándome mi tiempo. Le pasé la lengua por encima de la braguita, todavía con la tela en medio, y la sentí temblar. Le quité el encaje con dos dedos, despacio, hasta dejarla desnuda sobre mi boca.
Y entonces ella habló.
—Espera. Espera, espera.
Me detuve.
—Soy virgen —dijo, mirándome desde arriba con las mejillas encendidas—. Tengo miedo de que me duela.
Sentí la confesión en el estómago, como un golpe suave. No me lo esperaba. Camila era de las que aparentaba haberlo hecho todo, de las que contaban anécdotas inventadas para no quedar atrás. Me incorporé un poco para verle bien la cara.
—No te voy a hacer nada que no quieras —le dije—. Si quieres que pare, paro.
—No quiero que pares. Quiero. Pero…
—Si te duele, lo dices. ¿Vale?
Asintió con los ojos cerrados, como una niña a punto de saltar a una piscina. Volvió a bajar las caderas hacia mí. Le besé el muslo otra vez, la entrepierna, lentamente, sin prisa. Tenía que entender que esto no era una carrera.
***
Le pasé la punta de la lengua por encima del clítoris, una sola vez, de abajo hacia arriba. Camila se estremeció entera. Volví a hacerlo, ahora más despacio. Le abrí los labios con dos dedos y la lamí desde la base hasta arriba, una vez, dos veces, tres. Después me detuve a la altura del clítoris y empecé a moverme allí en pequeños círculos, con la punta de la lengua, sin más presión que la justa.
Camila empezó a gemir. No gemidos de película, no gemidos teatrales. Gemidos cortos, sorprendidos, como si cada uno le saliera contra su voluntad. Una de sus manos se enredó en mi pelo. La otra se aferró a su propio pecho.
—No te detengas —pidió—. Por favor no te detengas.
Le metí un dedo. Estaba tan mojada que entró sin esfuerzo. Lo moví despacio, observando su cara, atenta a cualquier mueca de dolor. No la hubo. Camila abrió más las piernas, me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a mover las caderas contra mi boca. Le metí un segundo dedo. Inhaló fuerte, contuvo el aire un instante y luego soltó un gemido largo, hondo.
—Ay, qué bien —murmuró—. Ay, qué bien, qué bien.
***
La giré sobre el sofá hasta dejarla apoyada en el respaldo, de rodillas, con las nalgas hacia mí. Le abrí las piernas y le besé la entrepierna desde atrás, le pasé la lengua despacio, le entré con los dedos otra vez. Ella se aferraba al cojín del sofá, mordiéndolo casi, los gemidos amortiguados pero cada vez más altos.
—Quiero verte —dijo de pronto, girándose.
Le hice caso. Me quité el pijama, la camiseta, la ropa interior, todo en menos de medio minuto. Me tumbé sobre el sofá y la jalé encima. Le coloqué una pierna entre las mías y la otra sobre mi cadera, dejando nuestras entrepiernas alineadas. Camila entendió enseguida lo que quería. Empezó a moverse, despacio, los muslos resbalando contra los míos, los dos centros buscándose.
Fue ella la que tomó el control esta vez. Apoyó las manos a cada lado de mi cabeza y empezó a balancearse encima de mí con un ritmo firme, sin la timidez de antes. Le apreté las nalgas, le mordí el cuello, le subí una mano hasta el pecho. Nuestras respiraciones se mezclaron en un solo ruido continuo.
—Voy a venirme —dijo, casi sin voz—. No tardo nada.
—Vente conmigo.
La sujeté contra mí y aceleré las caderas. Camila cerró los ojos, abrió la boca y dejó escapar un gemido largo, sin filtro, que no parecía suyo. La sentí temblar entera, los muslos tensándose contra los míos, el calor de su sexo empapándome. Yo me vine un par de segundos después, agarrada a su espalda, mordiéndole el hombro para no gritar.
***
Después, mucho después, nos quedamos las dos tumbadas en el sofá, sudadas, sin manta, mirando el techo. La película seguía corriendo en silencio en el televisor; ninguna de las dos había bajado el volumen porque, en algún momento, se había quitado solo o nunca había habido sonido para empezar. No me acuerdo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Camila, mirándome de reojo.
No supe qué contestarle. Le aparté un mechón de la cara y le besé la sien.
—Ahora dormimos.
Se acurrucó contra mi hombro y, en menos de cinco minutos, su respiración volvió a ser regular. Yo me quedé despierta otro rato, mirando el techo, sintiendo el peso suave de su cabeza, intentando ordenar todo lo que acababa de pasar.
Su madre llegó a las cuatro de la mañana. Oí la puerta, la oí descalzarse en el pasillo, la oí asomar la cabeza al salón. Camila y yo seguíamos en el sofá, tapadas con la manta hasta arriba, ya vestidas a medias, fingiendo dormir.
Su madre cerró la puerta despacio y se fue a su cuarto.
Camila me apretó la mano debajo de la manta.
Y yo, sin decir nada, se la apreté de vuelta.