Mi entrenador entró a las duchas cuando me quedé solo
Me llamo Sebastián, tengo veintiocho años, pero esto que voy a contar pasó cuando acababa de cumplir diecinueve. Llevo tiempo intentando ponerlo en palabras y nunca me atrevía; ahora me apetece soltarlo de una vez, sin maquillarlo, porque sigue siendo una de esas tardes que se me quedó marcada a fuego. Lo que viene es absolutamente real.
Empecé a jugar al fútbol en el equipo de mi pueblo a los once años. Era de esos pueblos pequeños donde el club lo es todo: el bar de la esquina, la procesión del Corpus, las madres en la grada. Crecí entre vestuarios, bromas pesadas, golpes en la espalda y duchas compartidas. Para mí, ver a otros chicos desnudos era tan natural como atarse las botas. Nunca me había planteado nada raro al respecto.
El entrenador se llamaba Damián. Tendría unos cuarenta, alto, ancho de hombros, con la barba castaña y ese pecho peludo que parecía de otra época. Era serio, exigente, no se le caían los anillos por gritarte si no defendías una lateral. Pero cuando te ganabas su confianza, te trataba con un cariño tranquilo, casi paternal.
Por el pueblo corrían rumores de que «le iban los jovencitos», que se le iban los ojos en las duchas, que alguna vez había puesto una mano donde no tocaba. Yo nunca había visto nada, así que lo achacaba a la maldad de la gente aburrida.
A veces, después del entrenamiento, entraba a ducharse con nosotros. A mí me llamaba la atención lo grande que era, la espalda como un armario, los brazos surcados por venas. Lo miraba con una mezcla de envidia y admiración, pensando que de mayor quería tener un cuerpo así. Y, sí, también me había fijado, sin maldad, en lo que tenía entre las piernas. Era enorme. Larga, gorda, llena de venas que cruzaban la piel como un mapa. Mis compañeros y yo nos reíamos en voz baja cuando lo veíamos pasar, y la habíamos bautizado «el bicho».
Esa tarde de junio me había quedado terminando una sesión de recuperación. Me había roto los gemelos en un partido y el míster me hacía hacer ejercicios suaves al acabar el entrenamiento normal. Para cuando salí a las duchas, no quedaba nadie en el campo. Otro compañero, Mauricio, se había ido un rato antes porque su padre vino a buscarlo. En el vestuario solo se oía el goteo de un grifo y el zumbido de los fluorescentes.
Me metí en la primera ducha, abrí el agua caliente y me quedé un buen rato dejándome empapar. Estaba cansado, con la cabeza en otra parte, pensando en los exámenes que tenía la semana siguiente. Entonces oí la puerta del vestuario. Pasos pesados, los de siempre, las chanclas de goma contra el suelo mojado. Damián.
—¿Queda alguien más? —preguntó desde fuera.
—Solo yo, míster —contesté sin asomar la cabeza.
Lo escuché desvestirse al otro lado de la puerta. La camiseta cayó al banco, el chándal se arrastró por el suelo. Yo seguí enjabonándome como si nada, igual que tantas otras veces. Pero esta vez no había risas, no había ese ruido de fondo de doce chavales hablando a la vez. Solo el agua y él.
Cuando entró a las duchas, se paró a dos pasos de mí. Se quedó mirándome. No con esa mirada distraída de quien busca un grifo libre, sino fija, larga, como si estuviera midiendo algo. Le devolví la mirada por instinto y enseguida bajé la vista. Tenía esa polla suya tan particular, todavía en reposo, colgando sobre los testículos, y me costó apartar los ojos.
—Te he visto otras veces, ¿sabes? —dijo en voz baja, casi cariñoso—. Mirándome.
Me puse rojo hasta las orejas. Tragué saliva.
—No, míster, perdona… Es que me llama la atención lo fuerte que estás. Quiero ponerme así, nada más. No quería molestarte, te lo juro.
Sonrió. Una sonrisa rara, como si lo que acababa de decir le hiciera gracia y a la vez no le terminara de servir.
—Mirar no tiene nada de malo, Sebas. Es normal. A tu edad hay curiosidad de todo.
Y entonces, mientras yo trataba de centrarme en aclararme el champú, vi que se le estaba poniendo dura. Despacio, sin prisa, como si quisiera que me diera cuenta paso a paso. Las venas se le marcaron todavía más, la piel se le tensó, y aquel «bicho» del que tanto nos habíamos reído se convirtió en una cosa imposible de ignorar. Me quedé paralizado, con el bote del gel todavía en la mano.
No mires, no mires, no mires.
Pero miré. Y peor: a mí también se me empezó a poner dura. No entendía nada. A mí no me gustaban los tíos, no me había planteado nunca el sexo con un hombre, mis fantasías eran con la chica de segundo de Historia que se sentaba delante de mí. Y sin embargo allí estaba, en las duchas del vestuario, con una erección creciente que intenté tapar con la mano como un crío.
Damián se enjabonó sin perderme de vista. Se pasó el gel por los testículos, subió por todo el tronco hasta la punta, lentamente, y volvió a bajar. Una, dos, tres veces. Yo respiraba mal. El vapor del agua caliente flotaba entre nosotros y me daba la sensación de que todo iba a cámara lenta.
—La tienes muy bien para tu edad —dijo, sin dejar de tocarse.
No contesté. No supe qué contestar. Seguí intentando taparme, pero él dio un paso adelante. Me puso una mano grande y enjabonada en la cadera, y con la otra empezó a tocarme. Yo estaba como petrificado. Quería decirle que parara, pero la voz no me salía, y mi cuerpo iba por libre: se me puso más dura de lo que se me había puesto nunca, hasta el punto de doler.
—Tranquilo, no hago nada que tú no quieras —murmuró.
Pegó su cuerpo al mío. Lo recuerdo como si fuera ahora: el calor de su pecho, el roce áspero de la barba contra mi sien, el agua cayéndonos por encima. Agarró las dos pollas con una sola mano y las juntó. La diferencia era ridícula, la suya doblaba a la mía. Empezó a mover la mano arriba y abajo, despacio, y yo bajé la mirada y vi su capullo rozando el mío, los dos cubiertos de espuma, y reconozco que en ese momento dejé de pelearme con la idea. Me gustaba la sensación. Era nueva, era prohibida, y me gustaba.
¿Qué me está pasando?
Después de un rato así, se arrodilló delante de mí. Antes de que pudiera reaccionar, me la había metido entera en la boca. Sentí una mezcla de vergüenza, asco y placer que no era capaz de ordenar. Intenté echarme atrás por instinto, pero me sujetó el culo con las dos manos y me empujó contra él. No había forma de zafarse sin armar un escándalo.
Cerré los ojos. Apoyé las manos contra los azulejos fríos. Notaba su lengua moverse alrededor, la succión, una mano que ahora me masajeaba los testículos. Lo intenté todo para que no me gustase y no funcionó. Mi cuerpo respondía solo, traicionándome.
Cuando llevábamos así un par de minutos, se puso de pie. Tenía la cara seria, los ojos muy oscuros.
—Venga, prueba tú —dijo con esa voz grave que ponía cuando nos echaba la bronca.
Negué con la cabeza. Le pedí, casi en un susurro, que lo dejáramos ahí, que me dejara salir, que ya estaba bien. Pero me agarró los hombros y, con una suavidad que daba más miedo que si me hubiera empujado, me fue bajando hasta arrodillarme.
—Inténtalo. Si no te gusta, lo paramos.
Tampoco hice mucha fuerza, lo confieso. Tenía diecinueve años y un revoltijo en la cabeza, y el miedo a que se le ocurriera algo peor pesaba más que las ganas de salir corriendo. Así que me agaché. Tenía delante de la cara aquel bicho del que nos burlábamos en susurros, los testículos gordos colgando, el tronco lleno de venas, el capullo morado y brillante por el agua.
La cogí con la mano y no era capaz de cerrarla del todo alrededor. Él la acercó a mis labios. Abrí la boca todo lo que pude. Me cabía la punta y poco más. Me quedé un segundo así, quieto, con esa cosa enorme dentro como si fuera una manzana atascada. Nunca había hecho nada parecido en mi vida. No tenía ni idea de qué se suponía que tenía que hacer.
Empecé a chupar, a pasar la lengua, a imitar lo que él me había estado haciendo un minuto antes. Movía la mano desde la base hasta donde me llegaba la boca, igual que cuando me masturbaba a solas en mi habitación. Él me empujaba la cabeza muy suave, intentando que entrara más, pero más no entraba. Me ahogaba al primer intento.
Sentía las venas hinchadas rozándome los labios. Cuando la sacaba un segundo para coger aire, la veía chorreando saliva en hilos hasta los testículos. Estaba muerto de vergüenza, y a la vez no podía estar más empalmado. Esa contradicción me reventaba la cabeza.
No debería estar disfrutando esto. No debería.
En un momento dado, se agarró los testículos y se los acercó a la boca. Solo me cupo uno; lo lamí mientras él se sacudía la polla a un palmo de mi cara. Yo, sin pensarlo, empecé a tocarme con la otra mano. Quería terminar y que terminara él, quería desempalmarme y largarme de allí, pero el cuerpo iba por otro lado.
Y de repente me corrí. Sin avisar, casi sin tocarme apenas. Fue la corrida más fuerte que había tenido nunca. Cerré los ojos, apreté los dientes y noté cómo me temblaban las rodillas. Cuando los abrí, él estaba a punto. Tensó el abdomen, se le marcaron todos los músculos, y supe lo que venía. Aparté la cara justo a tiempo. Vi salir chorros gruesos que iban a estrellarse contra los azulejos. Yo lo ayudaba con la mano, casi sin darme cuenta. Notaba cómo le palpitaba, los espasmos. Me acercó la punta a los labios para terminar, pero agaché la cabeza. Aun así, algunas gotas me llegaron a la barbilla.
Cuando acabó, se quedó un rato así, recuperando el aliento, con la mano apoyada en mi hombro. Yo no me atrevía ni a levantar la mirada.
—Venga, levanta —dijo al final, con una calma que me pareció obscena.
Me dio una palmada en el hombro, como cuando un padre felicita al hijo después de un partido. Volvió a meterse bajo el agua y se aclaró igual que cualquier otro día. Me preguntó por los exámenes de la semana siguiente, por la novia del lateral derecho, por el partido del domingo. Como si no hubiera pasado nada. Como si los últimos veinte minutos hubieran ocurrido en otro plano.
Yo le seguí la conversación como un autómata. Le contestaba con monosílabos, sin mirarlo. Cuando terminamos de ducharnos, antes de salir, me cogió de la nuca con esa mano grande que tenía y se acercó a mi oído.
—Lo que pasa en el vestuario se queda en el vestuario, Sebas. No lo cuentes. Si lo cuentas, los del equipo te van a decir maricón el resto del curso. Yo voy a estar siempre para cuidarte.
Asentí. No me salía la voz. Me vestí a toda prisa, le dije que no, gracias, que no me llevaba a casa, que me iba andando. Salí del campo con la mochila al hombro y caminé los veinte minutos hasta mi casa con las piernas todavía flojas.
Por el camino me vino el bajón. La culpa, la vergüenza, las ganas de no haber salido de casa esa tarde. Pensé en mil cosas: en contárselo a mi padre, en denunciarlo, en cambiarme de equipo. Pero también, y esto es lo más raro de todo, pensé que al día siguiente había entrenamiento y que no quería faltar.
Esa noche apenas dormí. Me la pasé dándole vueltas, repitiendo cada escena en la cabeza, intentando entender por qué me había gustado lo que no debería haberme gustado. Con Damián descubrí que era bisexual, y me costó años admitirlo. Hoy lo llevo con tranquilidad, disfruto de mi sexualidad sin pelearme con ella, y entiendo que aquello fue una iniciación turbia y a la vez reveladora. No la recomiendo. Pero tampoco puedo fingir que no me marcó.