Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez con un hombre fue con mi mejor amigo

Estaba sentado en la orilla de la cama mirando un punto fijo en la pared. El reloj de la mesita marcaba las once y veinte, y yo todavía no podía creer que estuviera a punto de hacerlo. Lo había imaginado tantas veces que ya tenía hasta el guion en la cabeza. Lo difícil era apagar la otra voz, la que llevaba años repitiéndome que aquello no se hacía, que aquello no era para mí.

Damián estaba de pie frente al armario, dándome la espalda mientras se quitaba el reloj. Lo conocía desde la facultad. Habíamos compartido habitación en mil viajes, vacaciones, fines de año, congresos absurdos en hoteles de provincia. Era mi mejor amigo y, durante los últimos dos años, también la única persona en la que pensaba cuando me masturbaba a oscuras.

Una noche cualquiera, después de demasiadas cervezas, se lo dije. No de golpe. Lo solté entre risas, como si fuera una broma, una hipótesis. Él no se rio. Me miró callado durante unos segundos y después contestó, con la naturalidad con la que se pide otra ronda: «Si alguna vez quieres probar, avísame».

Tardé seis meses en avisarle.

—Todavía estás a tiempo de salir corriendo —dijo girándose.

Sonreí porque no me salía la voz. Tenía la boca seca y las manos sudadas, como un adolescente en una primera cita. Damián se acercó, se sentó a mi lado y me apoyó la palma en la nuca. No me besó. Solo me miró de cerca, comprobando que estuviera realmente ahí.

—Si en algún momento quieres parar, paramos —dijo—. No me debes nada.

Asentí. Era todo lo que podía hacer.

***

Empezó a soltarse la hebilla del cinturón sin apuro, casi con ternura, como si supiera que cada movimiento se me iba a quedar grabado para siempre. Yo no podía dejar de mirar. Lo había visto desnudo decenas de veces, en duchas de gimnasio, en piscinas, en una sauna de un viaje a Centroeuropa donde casi le confieso lo que sentía. Pero aquello era distinto. Aquello era mío.

Se bajó los jeans y el bóxer en un solo movimiento. Su verga estaba a medio camino, ni dura ni dormida, perfectamente colocada en ese punto en el que un cuerpo está preguntando.

—¿Seguro? —repitió.

—Sigue —contesté.

Me arrodillé en el suelo sin pensarlo. La alfombra me raspaba las rodillas y no me importó. La tomé con la mano derecha y la sentí más caliente de lo que esperaba. Más viva. Pesaba. La apreté una vez, suave, y Damián cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, como si llevara meses esperando exactamente ese gesto.

Le aparté el prepucio con el pulgar y apareció la cabeza, brillante y limpia. Me acerqué. La olí antes de tocarla con la lengua. Olía a jabón y a algo más, algo que no tenía nombre y que me hizo entender por primera vez por qué las palabras existen.

La metí en la boca despacio, con miedo a hacerlo mal. La sentí distinta a todo. Suave por fuera, firme por dentro, con un latido propio que se transmitía contra mi paladar. Me quedé quieto un segundo, esperando a que el mundo se acabara o a que alguien entrara por la puerta a decirme que me estaba equivocando. No pasó nada. Solo Damián respirando hondo y mi propio pulso golpeando en las sienes.

Empecé a moverme. Al principio torpe, con demasiado entusiasmo, con dientes. Damián me puso la mano en la coronilla y me marcó un ritmo más lento, más cómodo, sin forzar nada. Aprendí en cinco minutos lo que había leído en mil sitios sin entenderlo del todo: que no se trata de tragar, se trata de bailar.

—Mira tú —murmuró—. Lo haces como si llevaras años.

Sonreí con la boca llena y me animé. Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, le acaricié los testículos con los dedos, los metí en mi boca uno a uno. Me sorprendí descubriéndole gestos: cuando le rozaba el frenillo con la lengua, se le tensaba el muslo derecho. Cuando lo metía hasta el fondo, soltaba un sonido bajo, casi un gruñido.

Sentí mi propia erección presionando los pantalones. Me los bajé sin soltarlo, las manos un poco torpes, los pies enredados. Quedé desnudo frente a otro hombre por primera vez en mi vida y no se me cayó el mundo encima. Al contrario. Sentí algo parecido a llegar a casa.

***

—Ven, levántate —dijo después de un rato.

Me tomó por las caderas, me dio la vuelta y me apoyó las palmas contra el colchón. Sentí su verga pasando entre mis nalgas, sin entrar, solo deslizándose, marcando territorio. Cada vez que la cabeza me rozaba el ano, una corriente eléctrica me subía por la columna y se me escapaba en un quejido que no sabía que tenía guardado.

—Ábrete —pidió en voz baja.

Me separé las nalgas con las dos manos y me quedé así, ofrecido, sintiéndome más expuesto de lo que me había sentido nunca. No solo el cuerpo. La cabeza también. La idea entera de quién creía que era.

Entonces sentí su lengua. Caliente, húmeda, decidida. Me lamió despacio, dibujando círculos, y después empujó hacia adentro. Me hundí en la cama porque las piernas no me sostenían. Cinco minutos así, con sus dedos sustituyendo la lengua, abriéndome de a poco, sin prisa, sin presionar.

—¿Listo? —preguntó.

No pude contestar. Asentí con la cara enterrada en el edredón. Lo escuché abrir un sobrecito, untar, acomodarse. Apoyó la punta contra mí y empujó un milímetro. Solo eso. Un milímetro.

Dolía. Dolía y a la vez tiraba de mí desde un lugar al que nunca había llegado. Le pedí que esperara y esperó. Le pedí que siguiera y siguió. Iba entrando de a poco, deteniéndose, dejándome respirar, retrocediendo medio centímetro cada vez que me ponía rígido. Cuando sentí sus testículos chocar contra mis nalgas, supe que estaba dentro entero, y me quedé quieto, con los ojos cerrados, intentando memorizar exactamente esa sensación de plenitud que ningún libro había sabido explicarme.

—¿Bien? —preguntó con la voz rota.

—Más que bien —dije.

***

Empezó a moverse muy despacio. Salir, entrar. Cada empuje me dejaba algo nuevo: un toque eléctrico en un punto que no sabía que existía, una contracción involuntaria que él agradecía con un suspiro, una corriente que me bajaba hasta las puntas de los pies. Le pedí más ritmo y obedeció. Le pedí más fuerza y me la dio.

En algún momento le dije que se detuviera. Quería verlo. Quería hacerlo yo.

Se acostó boca arriba, las manos detrás de la cabeza, mirándome con esa media sonrisa que le conocía de toda la vida y que esa noche significaba otra cosa. Me senté sobre él, lo acomodé con la mano y bajé de golpe, sin pensarlo, hasta el fondo. Solté un grito que ojalá no hayan escuchado los vecinos. No de dolor. De gloria.

Empecé a moverme yo. A mi ritmo, a mi profundidad. Levantarme casi del todo y dejarme caer. Quedarme abajo y girar las caderas en círculos pequeños. Era yo el que decidía qué hacer con aquello, y eso me gustó más que ninguna otra cosa de la noche.

Esto era lo que llevabas años postergando.

—Quiero verte la cara —dijo en algún momento.

Me bajé, me acosté de espaldas en la cama y él me levantó las piernas, me las apoyó contra su hombro y volvió a entrar, esta vez sin pausas. Mirarlo a los ojos mientras me bombeaba fue lo que terminó conmigo. No era un desconocido. Era él. Era Damián. Eran todos los años de risas, de viajes, de cervezas, condensados en una sola imagen.

Sentí que su ritmo cambiaba, que se ponía más duro, más rápido, más errático. Le clavé los talones en la espalda. Él soltó algo entre un gemido y una carcajada y se vino dentro de mí en una serie de espasmos que me hicieron acabar a mí también, sin tocarme, con la cabeza echada hacia atrás y los dientes apretados.

Se quedó dentro unos segundos más, recuperando el aliento, antes de salir despacio. Sentí su semen escurriéndome por la cara interna del muslo y, en lugar de asco, sentí algo parecido a la gratitud.

—¿Lo disfrutaste? —preguntó.

—Eres un cabrón —contesté riéndome.

Me besó en la frente, largo, con una ternura que no le había conocido. Después nos metimos a la ducha juntos y nos lavamos en silencio, intercambiando miradas de cómplices que acaban de cometer un crimen y no se arrepienten.

***

Estoy escribiendo esto un año después, sentado en el sofá de mi casa, con mi pareja durmiendo en el dormitorio de al lado. No me he convertido en otra persona. Sigo siendo yo. Sigo deseando a quien deseaba antes. Pero algo cambió aquella noche que no he conseguido cerrar del todo, y tampoco quiero.

Crecí con la cabeza llena de reglas. Reglas sobre lo que un hombre debía hacer y lo que no. Sobre dónde se podía meter una verga y dónde no. Sobre todo lo que iba a perder si cruzaba ciertas líneas. Tardé treinta y tantos años en entender que esas reglas no las había escrito yo, y que el día que me atreví a ignorarlas no se me cayó nada encima. Al revés. Se me abrió un poco más el cuerpo y, con él, todo lo demás.

Algunos amigos me han preguntado si me siento distinto, si ahora me considero otra cosa. La verdad es que no. Sigo en pareja, sigo deseando a mi mujer, sigo viviendo la misma vida de siempre. Lo único que cambió fue una creencia muy concreta: la de que dejar entrar a alguien iba a romperme. No me rompió. Me ensanchó.

Damián y yo seguimos siendo amigos. A veces, cuando nuestras parejas no están, repetimos. Otras veces simplemente cenamos, nos reímos y nos despedimos en la puerta con un abrazo largo. Ninguno de los dos ha necesitado ponerle nombre a esto. Funciona así, y mientras funcione no pienso tocarlo.

Si llevas años dándole vueltas, te entiendo. Yo le di vueltas hasta marearme. Pero el día que dudes en serio si valió la pena haberlo probado, ya vas a saber la respuesta sin necesidad de que nadie te la diga.

Ojalá tengas cerca a alguien como Damián.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.