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Relatos Ardientes

Mi novia aceptó probar con mis amigos esa noche

Tenía treinta y dos años cuando conocí a Camila. Hasta ese momento, había construido toda mi vida adulta sobre una mentira cómoda: para el resto del mundo era hetero, un tipo común que trabajaba en una distribuidora de repuestos y los domingos miraba el partido con los mismos amigos de siempre. Pero por dentro sabía, desde mucho antes de poder ponerle nombre, que también me gustaban los hombres.

No fue un descubrimiento de un día para otro. Antes de ella había estado con varios chicos en lugares discretos, casi siempre con la luz apagada y siempre con la promesa silenciosa de no cruzarnos al día siguiente. Vergas rápidas en baños de bares, alguna mamada a oscuras en un auto estacionado, un par de tipos casados que me cogieron sin decir una palabra y se fueron antes del amanecer. Era cómodo así. Hasta que Camila apareció en el cumpleaños de una amiga en común y todo el sistema empezó a temblar.

Tenía una risa fuerte, sin filtro, y una manera de mirar a la gente que te dejaba sin defensas. La primera noche que terminamos en su departamento nos tomamos un vino tinto pésimo y nos quedamos hasta el amanecer hablando de cosas que nunca le había contado a nadie. Cosas, no todas. Una me la guardé.

—No fuiste mi primera vez —me dijo a las pocas semanas, recostada contra mi pecho—, pero hay cosas en las que sí.

—¿Cuáles?

—Esa pregúntamela en un par de meses.

Le tomó menos. La primera vez que la hice acabar de verdad fue una tarde de jueves, con el aire acondicionado al máximo y la persiana medio bajada. Le arranqué la ropa interior de un tirón y me tiré boca abajo entre sus piernas. Le abrí el coño con los dos pulgares y me quedé mirándolo un segundo, todo rosado y ya empapado, antes de meterle la lengua entera hasta el fondo. Ella pegó un respingo y me clavó los talones en la espalda. La chupé despacio, de abajo hacia arriba, lamiéndole los labios internos uno por uno, hundiendo la nariz contra su clítoris cada vez que le metía la lengua. Cuando la tuve bien mojada le metí dos dedos y empecé a buscarle el punto por dentro mientras le succionaba el clítoris con los labios cerrados sobre él.

—Ahí, ahí, no pares, hijo de puta, no pares —me dijo con los dientes apretados.

Le metí un tercer dedo. Le curvé los tres hacia arriba y le sacudí la mano rápido, sin dejar de chuparla, hasta que su cuerpo se arqueó completo, la mano se le cerró sobre mi muñeca y me empapó la cara con un temblor largo que le duró casi un minuto. Recuerdo su cuerpo arqueándose, esa palabra entrecortada que me dijo después, mientras se reía con los ojos cerrados y todavía se sacudía por los latigazos que le venían de a oleadas.

—Nadie me había hecho esto.

Yo sentí algo más complicado que orgullo. Sentí que estaba a punto de meterme en algo del tamaño exacto que siempre había evitado.

***

El siguiente paso lo dimos sin hablarlo demasiado. Camila era curiosa, morbosa, hambrienta de cosas nuevas. Una madrugada, mientras me besaba el cuello y me apretaba la polla por encima del pantalón, me preguntó si alguna vez había probado el sexo anal. Le mentí a medias. Le dije que con una mujer no, lo cual era cierto. No le dije lo otro.

—¿Te animarías conmigo? —insistió—. Yo nunca lo hice.

Le contesté que sí, pero con paciencia. Lo construimos durante semanas: lubricante, dedos, juguetes pequeños, mucha conversación en voz baja. Le empecé metiendo un dedo mientras le comía el coño, después dos, después el pulgar mientras la cogía por delante. Le compré un plug chico que se ponía un rato antes de que yo la penetrara vaginalmente, para que se fuera acostumbrando a tener algo adentro del culo mientras yo le rompía el coño a envestidas. Era ella la que iba marcando el ritmo. Una noche se dio vuelta sobre la cama, en cuatro, me miró por encima del hombro con el culo bien arriba y me pidió que terminara lo que habíamos empezado.

Le puse lubricante en el ojete y en la polla. Le apoyé la punta y empujé despacio, milímetro a milímetro, hasta que el glande le entró con un pop húmedo. Ella respiró hondo, soltó una puteada fea entre dientes y me pidió que no me detuviera. Le fui metiendo la verga a fondo, en tandas cortas, sacándola y volviéndola a meter un poco más cada vez, hasta que sentí mis huevos golpeándole contra el coño mojado. Ahí me quedé quieto un segundo, mordiéndole la nuca.

—Cogeme —me dijo—. Ya está. Cogeme el culo.

La agarré de las caderas y empecé a moverme, primero lento, sintiendo cómo su culo apretaba mi polla como un puño, después más fuerte, hasta que la cama se sacudía y ella se mordía la almohada. Le pasé una mano por debajo y le froté el clítoris mientras la seguía envistiendo por atrás. La sentí acabar dos veces así, con mi verga metida en el culo y mis dedos dando vueltas sobre su clítoris. Cuando ya no aguanté más, la agarré del pelo, la eché para atrás y me corrí adentro con una serie de espasmos que casi me dejan sin aire. Cuando terminamos, los dos estábamos temblando y una línea espesa de semen le chorreaba desde el culo hasta el coño.

—Ahora vos —dijo después, todavía agitada.

—¿Yo qué?

—Quiero hacerte lo mismo. Con algo. Tengo un consolador.

Levanté la cabeza. Acá está, pensé. Es ahora o nunca.

Le dije que sí. Le dije más que sí. Le dije la verdad: que ya lo había sentido antes, que me gustaba, que llevaba años cargando con eso y nunca había encontrado la manera de contarlo. Hubo un silencio largo. Después se acostó a mi lado, me corrió el pelo de la frente y me preguntó por qué pensaba que se iba a asustar.

—Porque la mayoría se asusta —respondí.

—Yo no soy la mayoría.

***

Lo que vino después fue una etapa que recuerdo con una mezcla de calentura y vértigo. Camila quería entender. Quería tocar todo lo que yo había escondido. Empezó pegando con calma, con el consolador más chico, mientras me besaba la espalda y me susurraba cosas al oído. Me hizo ponerme en cuatro y me chupó el ojete durante un rato largo, con la lengua entera, dejándome bien mojado antes de meterme el primer juguete. Después fue probando otros, más gruesos, hasta que un viernes a la noche se puso el arnés, me hizo arrodillarme contra el respaldo de la cama y me cogió durante casi una hora, sin apuro, hablándome al oído.

—Mirate cómo te encanta, guacho —me decía mientras me la metía hasta el fondo—. Mirate cómo apretás el culo cuando te la clavo entera.

Yo estaba con la polla dura como una piedra, chorreando líquido preseminal sobre las sábanas sin que nadie me la tocara. Ella me la seguía metiendo, con una mano en mi cadera y la otra tirándome del pelo, hasta que me hizo acabar sin tocarme, solo por el estímulo de tenerla adentro. Me corrí a chorros sobre la cama y ella no paró, siguió cogiéndome mientras me temblaba todo el cuerpo, hasta que le pedí basta con la voz quebrada.

Otra vez probamos la doble penetración. Yo la cogía por el coño mientras ella tenía el consolador metido en el culo, sujeto al arnés que se había puesto al revés, con el juguete apuntándole hacia adentro. Camila se reía y me decía cosas que jamás había escuchado de una pareja anterior, guarradas que me hacían acabar antes de tiempo. Estaba descubriendo algo y le encantaba.

—Sentís todo, ¿no? —me preguntó una noche, con mi polla en la boca, mientras yo tenía dos de sus dedos metidos en el culo.

—Todo.

—¿Y no te gustaría que en vez del juguete fuera otra cosa?

Me quedé mudo. Ella se incorporó sobre un codo, me miró con esa sonrisa que cada tanto le salía y que no era inocente, y se mordió el labio.

—Pensalo —dijo—. Y después me decís.

Yo no lo pensé. Lo único que hice durante varios días fue evitar el tema. No quería forzarla. Tampoco quería que se arrepintiera de algo dicho en medio de la calentura. Pero una semana después, mientras cogíamos despacio una tarde de domingo, con ella arriba mío moviendo las caderas y mis manos apretándole las tetas, fue ella la que volvió a sacar el tema.

—¿De verdad lo harías? —preguntó sin dejar de saltarme encima—. ¿Conmigo, juntos, con alguien más?

—Si vos querés.

—Quiero pensarlo bien. Con la cabeza fría, no así.

***

Dos días después, durante la cena, dejó el tenedor sobre el plato y me clavó la mirada como quien va a anunciar algo importante.

—Ya lo pensé —dijo—. Y vi algunos videos.

—¿Videos?

—Para entender qué me calienta y qué no. Y descubrí algo.

Me quedé esperando. Ella se sirvió vino con calma deliberada antes de seguir.

—La primera vez quiero que sea con hombres. La única mujer ahí adentro voy a ser yo. Y no uno solo. Por lo menos cuatro. Mejor cinco.

Casi me atraganto. Ella siguió hablando como si estuviera leyéndome un menú.

—Y otra cosa. Quiero que estemos los dos juntos, arrodillados, uno frente al otro. Quiero verte la cara mientras te cogen el culo. Quiero que vos me veas a mí con dos pijas en la boca. Y que ellos nos vayan dando por todos lados, turnándose, hasta que no puedan más y nos dejen chorreando semen por todos los agujeros.

Bajé el tenedor. No supe qué decir durante unos segundos. Ella me miraba con una serenidad que no le había visto nunca.

—¿Estás segura?

—No me lo preguntes dos veces. Lo único que te pido es que sean discretos. No tengo problema con que sean conocidos tuyos, pero discretos.

Me reí, nervioso. Le agarré la mano sobre la mesa.

—Eso te lo puedo garantizar.

***

Tenía algunos amigos del mundo paralelo: tipos con los que me había encontrado en otras épocas y con los que mantenía un trato cordial, casi de oficina, sin cruzar nunca a lo personal. Hablé primero con dos de ellos. Les expliqué la situación sin entrar en detalles que no me correspondían. Los dos aceptaron rápido y se ofrecieron a sumar a tres conocidos más, todos de confianza, todos con la cabeza bien puesta.

El viernes siguiente, a la noche, me confirmaron los cinco. Lo hablé con Camila esa misma madrugada, al volver del trabajo. Le pasé los detalles que tenía: edades aproximadas, lo poco que podía contarle, las reglas mínimas que habíamos acordado. Profilácticos siempre para la penetración. Nadie se iba a quedar a dormir. Si ella decía basta en cualquier momento, era basta para todos.

—Mañana —dijo ella—. Si esperamos más, me arrepiento.

—Mañana.

Pasamos el sábado moviéndonos por la casa en un silencio raro. Cambió las sábanas. Ordenó el living. Compró una botella de fernet y una de vino tinto, lubricante nuevo, una caja grande de forros. A las nueve de la noche se metió a la ducha y salió envuelta en una toalla. A las diez en punto tocaron el timbre.

***

Los recibí yo. Camila se quedó un momento en la cocina, respirando hondo. Cuando entró al living, vestida con un kimono corto y nada debajo, ninguno de los cinco dijo una palabra. La miraron como se mira algo que no se esperaba ver tan pronto. Ella sostuvo la mirada de cada uno, un segundo cada uno, con esa serenidad suya, y después se sirvió un vaso de vino.

—Buenas noches —dijo—. Gracias por venir.

Los primeros minutos fueron extraños. Conversación corta, risas tensas, un par de bromas para bajar la tensión. Después uno de mis amigos, un tipo grandote llamado Damián, se le acercó y le preguntó si podía besarla. Ella le dijo que sí. Le abrió el kimono con las dos manos y le empezó a chupar las tetas ahí mismo, parado en el medio del living, mientras ella dejaba caer la cabeza para atrás. Otro me apoyó la mano en la nuca y me besó a mí con la lengua entera, mordiéndome el labio, mientras me apretaba la polla por encima del jean. Y a partir de ese instante todo dejó de tener el formato de una cena para tener otro.

Nos pasaron a la habitación. Camila y yo nos arrodillamos sobre la cama, frente a frente, como ella había dicho que quería. Los cinco se acomodaron alrededor, desnudándose sin apuro, mirándonos. Yo le agarré las manos y le pregunté con la mirada si estaba bien. Ella me apretó los dedos y asintió.

—No me sueltes —me dijo bajito.

No la solté.

El primero en acercarse a ella fue Damián. Le puso la polla dura contra la mejilla y ella abrió la boca sin dejar de mirarme. Se la metió toda de una, hasta el fondo de la garganta, y ella tosió pero no se corrió. Al mismo tiempo, otro de los tipos se me arrodilló atrás. Sentí sus manos abriéndome las nalgas, la lengua caliente lamiéndome el ojete de arriba abajo, y después la punta de su polla empujando contra el anillo. Con forro, bien lubricado. Me la metió despacio, respetando lo que Camila había pedido, pero cuando estuvo adentro no aflojó: me la empezó a clavar con envestidas largas que me hacían tambalear hacia adelante contra las manos de Camila.

Ella tenía a Damián en la boca y a otro por detrás, cogiéndola en cuatro sin dejar de mirarme. Cada envestida que le pegaban la empujaba hacia mí y sus tetas me golpeaban en el pecho. Nos besamos así, con la polla de otro atravesándonos a cada uno, con las bocas llenas de saliva ajena, y fue el beso más obsceno y más íntimo que había dado en mi vida.

—No cierres los ojos —me pidió con la voz rota—. Miráme.

No los cerré.

***

Lo que pasó las siguientes horas no lo puedo contar con orden porque no lo recuerdo con orden. Sé que en algún momento Camila tenía a uno en la boca, otro en el coño y otro entre las manos, masturbándolo mientras la cogían por los dos lados. Sé que yo estaba de rodillas contra la pared con dos pijas por turnarse en mi boca y una tercera metida en el culo hasta las bolas. Sé que nos turnaron, que cambiaron de posición, que en un momento Camila estaba acostada de espaldas con uno debajo cogiéndola por el culo y otro encima cogiéndola por el coño, doble penetración de verdad, mientras un tercero le llenaba la boca y me miraba desde abajo con los ojos vidriosos y las lágrimas corriéndole por las sienes.

Cada vez que la encontraba con la vista, ella me estaba mirando.

A mí me pusieron boca arriba en algún momento y uno se me sentó encima, se ensartó mi polla en el culo y empezó a saltarme mientras otro me metía la suya en la boca. Camila se acercó a chuparle los huevos al que se me estaba montando y a chuparme a mí los pezones al mismo tiempo. Cuando el tipo que me cabalgaba acabó, se corrió sobre mi pecho y ella se agachó y me lamió el semen mientras el otro le agarraba la cabeza y le empujaba la polla más profundo en la garganta.

Hubo momentos de risa, pausas para tomar agua, alguien que abrió la ventana porque hacía calor. Hubo una hora en la que perdí completamente la noción del tiempo. Los cuerpos se mezclaron, las pieles se confundieron, la habitación olía a sudor, a semen y a perfume barato. Camila acababa cada quince o veinte minutos, en silencio, mordiéndose el brazo o agarrándome la cara con las dos manos mientras el que estaba adentro suyo la seguía envistiendo hasta arrancarle otra corrida encima.

Hubo un momento, tal vez a la hora y media, en que los cinco se pararon alrededor de nosotros dos, arrodillados otra vez uno frente al otro como al principio, y se cascaron sobre nuestras caras. Chorros y chorros de semen cayendo sobre nuestras mejillas, en los labios, en el pelo, en las tetas de Camila. Ella abrió la boca para recibir lo que pudiera y después me besó con toda esa mezcla adentro. Le devolví el beso sin pensarlo.

Yo acabé tres veces. La primera me la sacaron chupándomela entre dos, uno lamiéndome los huevos y el otro tragándose todo. La segunda fue adentro de Camila, con ella arriba, mientras uno de los amigos la cogía por el culo al mismo tiempo y yo sentía la polla del otro moviéndose contra la mía a través de la pared delgada que las separaba. La tercera la solté sobre las nalgas de Camila mientras dos tipos se turnaban para cogérsela en cuatro. Ellos también acabaron, por turnos, adentro y afuera, en la cara, en las tetas, en el culo. Cuando ya ninguno podía mantener una erección y los cinco se reían tirados en el suelo o sentados contra la pared, tomando agua con las pijas colgando y los cuerpos brillantes de sudor, alguien dijo lo obvio.

—Listo. Se terminó.

Eran las dos y pico de la madrugada. Habían pasado casi cuatro horas.

***

Se fueron uno por uno, vestidos, con esa formalidad casi tímida que aparece después de algo así. Camila y yo nos quedamos solos en una habitación que parecía haber sobrevivido a un terremoto, con las sábanas manchadas, forros usados en el suelo y el aire pesado. Nos miramos un segundo. Después ella se largó a reír y yo también, y nos abrazamos en el medio de la cama como dos personas que vuelven de un viaje muy largo.

—Estoy bien —dijo, antes de que yo le preguntara.

—¿Segura?

—Más que segura. Mañana no voy a poder caminar, ni sentarme, ni cerrar las piernas, pero estoy bien.

Nos duchamos juntos, lentamente, sin hablar mucho, ayudándonos a sacarnos el semen seco del pelo y de la piel. Nos costó dos días recuperarnos los dos. Caminábamos como si nos hubieran apaleado. Nos reíamos cada vez que uno hacía un gesto raro al sentarse. Esa semana no cogimos. No hizo falta.

***

De eso pasaron varios años. Camila y yo terminamos por otras razones, de las normales, las que terminan a las parejas que se gastan. Pero aquella noche quedó como una especie de marca compartida entre nosotros. Cada tanto nos escribimos. Cada tanto alguno menciona, sin nombrarlo del todo, «esa vez».

Con las parejas que vinieron después fui más claro desde el principio. Ya no quiero esconder esa parte. Algunas se asustan. Otras se quedan curiosas. Algunas, las que más me importan, se animan a explorar conmigo. No siempre llegamos hasta donde llegamos esa noche. Casi nunca, en realidad. Pero la posibilidad existe y ya no es un secreto que cargo solo.

Por eso lo cuento. Porque durante mucho tiempo creí que iba a tener que elegir entre lo que era y lo que parecía. Y resulta que no.

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Comentarios(9)

MatiasCordoba77

tremendo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, gracias por animarte a contarlo

Valeria_NQN

Segunda parte por favor, quede con demasiadas ganas de saber como continuo todo esto

FelixCba_ok

Me encanto como lo narraste, se siente muy real sin caer en lo burdo. Seguí así.

curiosoRL

Y bueno, cuando uno por fin se anima a contarle algo guardado tanto tiempo... el resultado nunca es el que uno espera jaja. Muy buen relato.

LuciaRdP

Que buen ritmo tiene esto, me lo lei de un tirón sin darme cuenta. Bravo.

NandoCba

excelente!!!

Romina_pba

Esa tension de esperar la reacción de ella... dios, te lo imaginás perfectamente leyendo. Muy bien escrito en serio.

PiotrLectura

Pregunta sincera: ¿lo contaste de verdad o es ficción pura? porque tiene un aire muy autentico

JuanF82

jajaja me imagino la cara de los amigos recibiendo esa propuesta... 10/10

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