Mi novia aceptó probar con mis amigos esa noche
Tenía treinta y dos años cuando conocí a Camila. Hasta ese momento, había construido toda mi vida adulta sobre una mentira cómoda: para el resto del mundo era hetero, un tipo común que trabajaba en una distribuidora de repuestos y los domingos miraba el partido con los mismos amigos de siempre. Pero por dentro sabía, desde mucho antes de poder ponerle nombre, que también me gustaban los hombres.
No fue un descubrimiento de un día para otro. Antes de ella había estado con varios chicos en lugares discretos, casi siempre con la luz apagada y siempre con la promesa silenciosa de no cruzarnos al día siguiente. Era cómodo así. Hasta que Camila apareció en el cumpleaños de una amiga en común y todo el sistema empezó a temblar.
Tenía una risa fuerte, sin filtro, y una manera de mirar a la gente que te dejaba sin defensas. La primera noche que terminamos en su departamento nos tomamos un vino tinto pésimo y nos quedamos hasta el amanecer hablando de cosas que nunca le había contado a nadie. Cosas, no todas. Una me la guardé.
—No fuiste mi primera vez —me dijo a las pocas semanas, recostada contra mi pecho—, pero hay cosas en las que sí.
—¿Cuáles?
—Esa pregúntamela en un par de meses.
Le tomó menos. La primera vez que la hice acabar de verdad fue una tarde de jueves, con el aire acondicionado al máximo y la persiana medio bajada. Recuerdo su cuerpo arqueándose, su mano cerrándose sobre mi muñeca y esa palabra entrecortada que me dijo después, mientras se reía con los ojos cerrados.
—Nadie me había hecho esto.
Yo sentí algo más complicado que orgullo. Sentí que estaba a punto de meterme en algo del tamaño exacto que siempre había evitado.
***
El siguiente paso lo dimos sin hablarlo demasiado. Camila era curiosa, morbosa, hambrienta de cosas nuevas. Una madrugada, mientras me besaba el cuello, me preguntó si alguna vez había probado el sexo anal. Le mentí a medias. Le dije que con una mujer no, lo cual era cierto. No le dije lo otro.
—¿Te animarías conmigo? —insistió—. Yo nunca lo hice.
Le contesté que sí, pero con paciencia. Lo construimos durante semanas: lubricante, dedos, juguetes pequeños, mucha conversación en voz baja. Era ella la que iba marcando el ritmo. Una noche se dio vuelta sobre la cama, me miró por encima del hombro y me pidió que terminara lo que habíamos empezado.
La penetré con cuidado. Ella respiró hondo, soltó una palabra fea entre dientes y me pidió que no me detuviera. Cuando terminamos, los dos estábamos temblando.
—Ahora vos —dijo después, todavía agitada.
—¿Yo qué?
—Quiero hacerte lo mismo. Con algo. Tengo un consolador.
Levanté la cabeza. Acá está, pensé. Es ahora o nunca.
Le dije que sí. Le dije más que sí. Le dije la verdad: que ya lo había sentido antes, que me gustaba, que llevaba años cargando con eso y nunca había encontrado la manera de contarlo. Hubo un silencio largo. Después se acostó a mi lado, me corrió el pelo de la frente y me preguntó por qué pensaba que se iba a asustar.
—Porque la mayoría se asusta —respondí.
—Yo no soy la mayoría.
***
Lo que vino después fue una etapa que recuerdo con una mezcla de calentura y vértigo. Camila quería entender. Quería tocar todo lo que yo había escondido. Empezó pegando con calma, con el consolador más chico, mientras me besaba la espalda. Después fue probando otros, más gruesos, hasta que un viernes a la noche me hizo arrodillarme contra el respaldo de la cama y me cogió durante casi una hora, sin apuro, hablándome al oído.
Otra vez probamos la doble penetración. Yo la cogía mientras ella tenía el consolador adentro, sujeto con un arnés que había comprado por internet. Camila se reía y me decía cosas que jamás había escuchado de una pareja anterior. Estaba descubriendo algo y le encantaba.
—Sentís todo, ¿no? —me preguntó una noche.
—Todo.
—¿Y no te gustaría que en vez del juguete fuera otra cosa?
Me quedé mudo. Ella se incorporó sobre un codo, me miró con esa sonrisa que cada tanto le salía y que no era inocente, y se mordió el labio.
—Pensalo —dijo—. Y después me decís.
Yo no lo pensé. Lo único que hice durante varios días fue evitar el tema. No quería forzarla. Tampoco quería que se arrepintiera de algo dicho en medio de la calentura. Pero una semana después, mientras cogíamos despacio una tarde de domingo, fue ella la que volvió a sacar el tema.
—¿De verdad lo harías? —preguntó—. ¿Conmigo, juntos, con alguien más?
—Si vos querés.
—Quiero pensarlo bien. Con la cabeza fría, no así.
***
Dos días después, durante la cena, dejó el tenedor sobre el plato y me clavó la mirada como quien va a anunciar algo importante.
—Ya lo pensé —dijo—. Y vi algunos videos.
—¿Videos?
—Para entender qué me calienta y qué no. Y descubrí algo.
Me quedé esperando. Ella se sirvió vino con calma deliberada antes de seguir.
—La primera vez quiero que sea con hombres. La única mujer ahí adentro voy a ser yo. Y no uno solo. Por lo menos cuatro. Mejor cinco.
Casi me atraganto. Ella siguió hablando como si estuviera leyéndome un menú.
—Y otra cosa. Quiero que estemos los dos juntos, arrodillados, uno frente al otro. Quiero verte la cara mientras te cogen. Quiero que vos me veas a mí. Y que ellos nos vayan dando por todos lados, turnándose, hasta que no puedan más.
Bajé el tenedor. No supe qué decir durante unos segundos. Ella me miraba con una serenidad que no le había visto nunca.
—¿Estás segura?
—No me lo preguntes dos veces. Lo único que te pido es que sean discretos. No tengo problema con que sean conocidos tuyos, pero discretos.
Me reí, nervioso. Le agarré la mano sobre la mesa.
—Eso te lo puedo garantizar.
***
Tenía algunos amigos del mundo paralelo: tipos con los que me había encontrado en otras épocas y con los que mantenía un trato cordial, casi de oficina, sin cruzar nunca a lo personal. Hablé primero con dos de ellos. Les expliqué la situación sin entrar en detalles que no me correspondían. Los dos aceptaron rápido y se ofrecieron a sumar a tres conocidos más, todos de confianza, todos con la cabeza bien puesta.
El viernes siguiente, a la noche, me confirmaron los cinco. Lo hablé con Camila esa misma madrugada, al volver del trabajo. Le pasé los detalles que tenía: edades aproximadas, lo poco que podía contarle, las reglas mínimas que habíamos acordado. Profilácticos siempre. Nadie se iba a quedar a dormir. Si ella decía basta en cualquier momento, era basta para todos.
—Mañana —dijo ella—. Si esperamos más, me arrepiento.
—Mañana.
Pasamos el sábado moviéndonos por la casa en un silencio raro. Cambió las sábanas. Ordenó el living. Compró una botella de fernet y una de vino tinto. A las nueve de la noche se metió a la ducha y salió envuelta en una toalla. A las diez en punto tocaron el timbre.
***
Los recibí yo. Camila se quedó un momento en la cocina, respirando hondo. Cuando entró al living, vestida con un kimono corto y nada debajo, ninguno de los cinco dijo una palabra. La miraron como se mira algo que no se esperaba ver tan pronto. Ella sostuvo la mirada de cada uno, un segundo cada uno, con esa serenidad suya, y después se sirvió un vaso de vino.
—Buenas noches —dijo—. Gracias por venir.
Los primeros minutos fueron extraños. Conversación corta, risas tensas, un par de bromas para bajar la tensión. Después uno de mis amigos se le acercó y le preguntó si podía besarla. Ella le dijo que sí. Otro me apoyó la mano en la nuca y me besó a mí. Y a partir de ese instante todo dejó de tener el formato de una cena para tener otro.
Nos pasaron a la habitación. Camila y yo nos arrodillamos sobre la cama, frente a frente, como ella había dicho que quería. Los cinco se acomodaron alrededor, sin apuro, mirándonos. Yo le agarré las manos y le pregunté con la mirada si estaba bien. Ella me apretó los dedos y asintió.
—No me sueltes —me dijo bajito.
No la solté.
***
Lo que pasó las siguientes horas no lo puedo contar con orden porque no lo recuerdo con orden. Sé que en algún momento Camila tenía a uno en la boca y a otro detrás. Sé que yo estaba siendo penetrado mientras otro me besaba el cuello. Sé que nos turnaron, que cambiaron de posición, que en un momento Camila estaba acostada bajo dos de ellos al mismo tiempo y me miraba desde abajo con la boca abierta, sin decir nada.
Cada vez que la encontraba con la vista, ella me estaba mirando.
Hubo momentos de risa, pausas para tomar agua, alguien que abrió la ventana porque hacía calor. Hubo una hora en la que perdí completamente la noción del tiempo. Los cuerpos se mezclaron, las pieles se confundieron, la habitación olía a sudor y a perfume barato. Camila acababa cada quince o veinte minutos, en silencio, mordiéndose el brazo o agarrándome la cara con las dos manos.
Yo acabé tres veces. Ellos también, por turnos. Cuando ya ninguno podía mantener una erección y los cinco se reían tirados en el suelo o sentados contra la pared, alguien dijo lo obvio.
—Listo. Se terminó.
Eran las dos y pico de la madrugada. Habían pasado casi cuatro horas.
***
Se fueron uno por uno, vestidos, con esa formalidad casi tímida que aparece después de algo así. Camila y yo nos quedamos solos en una habitación que parecía haber sobrevivido a un terremoto. Nos miramos un segundo. Después ella se largó a reír y yo también, y nos abrazamos en el medio de la cama como dos personas que vuelven de un viaje muy largo.
—Estoy bien —dijo, antes de que yo le preguntara.
—¿Segura?
—Más que segura. Mañana no voy a poder caminar, pero estoy bien.
Nos duchamos juntos, lentamente, sin hablar mucho. Nos costó dos días recuperarnos los dos. Caminábamos como si nos hubieran apaleado. Nos reíamos cada vez que uno hacía un gesto raro al sentarse. Esa semana no cogimos. No hizo falta.
***
De eso pasaron varios años. Camila y yo terminamos por otras razones, de las normales, las que terminan a las parejas que se gastan. Pero aquella noche quedó como una especie de marca compartida entre nosotros. Cada tanto nos escribimos. Cada tanto alguno menciona, sin nombrarlo del todo, «esa vez».
Con las parejas que vinieron después fui más claro desde el principio. Ya no quiero esconder esa parte. Algunas se asustan. Otras se quedan curiosas. Algunas, las que más me importan, se animan a explorar conmigo. No siempre llegamos hasta donde llegamos esa noche. Casi nunca, en realidad. Pero la posibilidad existe y ya no es un secreto que cargo solo.
Por eso lo cuento. Porque durante mucho tiempo creí que iba a tener que elegir entre lo que era y lo que parecía. Y resulta que no.