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Relatos Ardientes

Mi amigo del colegio me confesó algo esa madrugada

Mateo me escribió un viernes a las seis de la tarde diciendo que se moría de aburrimiento y que necesitaba salir a tomar algo. Le contesté que sí enseguida. Hacía apenas un mes que habíamos retomado el contacto, después de cinco años de colegio en los que casi no nos habíamos hablado fuera del «hola, qué tal» de pasillo, y ahora nos encontrábamos los dos en Barcelona, lejos de nuestras familias y de cualquier rutina conocida.

Nos habíamos cruzado por casualidad en un supermercado del Raval tres meses antes. Yo trabajaba en una agencia de marketing; él, en una oficina de logística cerca del puerto. Ninguno de los dos tenía a más nadie en la ciudad. La distancia hace eso: te empuja a buscar caras conocidas a las que en otra vida no les habrías dado ni un café.

Mateo tenía veintisiete años, uno más que yo. Más alto, ancho de espaldas, con el pelo castaño un poco largo y esa cara que parece tallada por alguien que sabía lo que hacía. No iba al gimnasio. Era de esos a los que la naturaleza premia sin pedirles esfuerzo. Tenía unas piernas firmes y un trasero redondo que se le marcaba en los vaqueros que siempre usaba demasiado ajustados. Yo lo había notado mucho antes de aquella noche. Cualquiera lo habría notado.

En las semanas anteriores habíamos hablado más que en todo el colegio. De trabajo, de la novia que yo había dejado al otro lado del océano, de la familia, de lo que extrañábamos. Y, sin que yo entendiera bien por qué, también habíamos hablado mucho de chicos gay. Me lo sacaba en bares, en charlas al pasar, en mensajes a la noche. «¿Y tú qué piensas de los hombres a los que les gustan los hombres?», me preguntó una vez mientras pedíamos la cuenta. Le contesté lo de siempre, que vivir y dejar vivir, y le cambié de tema. No le di más vueltas. O eso me dije a mí mismo.

Aquella noche pasó por mi piso puntual. Bajamos caminando hasta un bar pequeño en el Born, uno de esos lugares donde no se escucha la voz propia después de la tercera ronda. Él insistía en pagar todo. Yo no protestaba demasiado. Pedimos cervezas y después gin-tonics, y cuando empezó a costarme reconocer el sabor del último, supe que estábamos pasados.

Salimos cerca de las dos. La calle olía a humedad y a alcohol derramado.

—Mi casa queda lejísimos —dijo, jugando con el móvil como si calculara algo—. Y un taxi a esta hora me sale una fortuna.

—Quédate en mi casa —le respondí sin pensar demasiado.

Le expliqué que compartía piso con un compañero de trabajo italiano, pero que en el salón había un sofá cama. Mateo arrugó la cara. Me dijo que le daba vergüenza amanecer allí, que se sentiría como un intruso si el otro lo encontraba por la mañana. Le ofrecí entonces mi cuarto, y que yo dormiría en el sofá. Tampoco le gustó. «No te voy a sacar tu cama», repetía, y caminaba un poco más cerca de mí de lo que la acera exigía.

Entramos al edificio y, mientras esperábamos el ascensor, le dije en broma, sin medir:

—¿Qué quieres, dormir conmigo?

No me contestó. Me miró un segundo de más y entró al ascensor delante de mí. Apreté el botón del séptimo piso. Las puertas se cerraron. Lo miré por el espejo del fondo y noté que tenía las orejas rojas.

—Si dormimos juntos, vas a tener que aguantarte —le dije—. Hace meses que no veo a mi novia. No respondo de mí.

La frase me salió antes de pensarla.

Mateo se rio, pero la risa le salió rara. Una risa que se pedía permiso a sí misma.

—Pago ese precio —dijo, mirándose las zapatillas.

Sentí el calor subiéndome del estómago al pecho. Se me empezó a poner duro dentro del pantalón. Le habría puesto la mano en el culo ahí mismo, pero arriba del ascensor había una cámara y un portero que hacía la noche en planta baja. Me aguanté hasta el séptimo.

El piso estaba a oscuras. La puerta del cuarto de mi compañero, cerrada. No supe si dormía o si se había quedado fuera. Pasamos en silencio. Le hice un gesto para que entrara al mío. Encendí la lámpara chica del escritorio para no encandilarnos.

—Mira la cama —le dije—. Es de plaza y media. Vamos a dormir uno encima del otro.

Se quedó parado al pie del colchón.

—No hay drama —contestó.

Me senté en el borde y lo miré. Tenía las manos metidas en los bolsillos delanteros del vaquero. Las puntas de los dedos asomaban hacia dentro, como si quisiera empujarse las manos contra el bulto. No sé si era consciente de lo que hacía.

—Te lo aviso en serio. Si te metes ahí, te la voy a clavar.

—Déjate de tonterías —dijo, pero no se movió.

—Se me está parando de solo pensarlo.

Ahí se le terminó la sonrisa. Me preguntó, bajito, si lo estaba diciendo en serio. No había nada de ofendido en su voz. Había algo más parecido al alivio. Yo entendí, sin que él lo dijera, que llevaba semanas esperando este momento. Cada charla sobre gays, cada cerveza pagada, cada insistencia en venir hasta mi barrio en lugar de quedar a mitad de camino. Todo me cuadró de golpe.

—Sí. Si quieres dormir aquí, primero me la chupas.

—¿En serio no estás jugando? —volvió a preguntar.

Le contesté llevándome la mano a la entrepierna y apretándome el bulto por encima de la tela.

—Mira cómo lo tengo —le dije—. Si lo quieres, agárralo.

Se quedó mirando un par de segundos, como si calculara cuánto le iba a costar dar el paso. Para ahorrarle el trámite, me bajé el pantalón hasta los muslos. El bóxer negro hizo el resto. Se notaba todo.

—Si de verdad lo quieres —repetí—, métele mano.

Reaccionó como si le hubieran dado permiso para algo que llevaba demasiado tiempo posponiendo. Se acercó, se agachó frente a mí, y antes de tocarme me pidió que jamás se lo dijera a nadie.

—¿Decirle qué a quién? —le respondí—. ¿Que te la voy a meter por el culo? ¿Qué gano yo con eso? Tú tampoco vas a hablar.

Asintió. Después metió la mano dentro del bóxer y me sacó el miembro. Estaba completamente duro. Me miró a los ojos un segundo antes de bajar la cabeza, y se lo metió entero en la boca; primero la punta, después hasta la mitad. No me la chupó bien. Le faltaba práctica. Le faltaba todo. Pero la cara que puso, esa mirada hacia arriba de chico desesperado que por fin conseguía lo que quería, me la sigo recordando hoy, años después, cuando estoy solo y me toco.

Le agarré la nuca y le marqué el ritmo. Le empujé la boca hasta que arqueó la garganta. Me dijo «despacio» con la voz quebrada, y a mí eso me puso peor. Empujé más. Él aguantaba.

Después de un rato me di cuenta de que no me iba a venir así. Sería el alcohol, supongo. O era que en mi cabeza ya había decidido otra cosa.

—Bájate el pantalón —le dije.

Lo hizo sin protestar. Le costó un poco más bajarse el bóxer, como si recién ahí le estuviera entrando la realidad. Cuando lo vi desnudo, agarrándose el pene flácido contra el muslo, entendí que no estaba acostumbrado a estar así frente a otro hombre. La cara se le había puesto seria.

***

Nunca había penetrado a un hombre. Pero a una ex novia le había hecho sexo anal varias veces, y me dije que no podía ser tan distinto. Le pedí que se pusiera en cuatro. Obedeció despacio, apoyando los codos en el colchón.

Tenía el culo apretado. Me lo había imaginado durante semanas y ahora lo tenía delante, redondo, claro, con un vello finito alrededor del agujero. Toqué con la punta y empujé. No entró.

—Estoy duro —dijo, casi disculpándose—. No me sale relajarme.

Estiré la mano hacia la mesita y agarré una crema que tenía siempre a mano. Le unté generoso, le pasé el dedo varias veces y le metí la punta. Apretó los puños contra la sábana. Lo trabajé con el dedo hasta que sentí que aflojaba un poco. Después agarré otra vez la verga, la apoyé contra él y empujé fuerte. Entró hasta el fondo de una sola vez.

Gritó. Un grito corto, ahogado contra la almohada, pero lo bastante fuerte como para que me asustara la idea de que mi compañero estuviera en el otro cuarto.

—Cállate —le dije al oído, sin moverme adentro—. Tú querías esto. Ahora aguanta un poco, que enseguida te va a gustar.

Me quedé quieto unos segundos para que se acostumbrara. Después empecé a moverme. Despacio al principio. Él se quejaba bajito, le dolía. Y poco a poco las quejas se le fueron volviendo otra cosa. Empujaba hacia atrás. Me buscaba. Le cambió la respiración.

Estaba penetrando a un tipo más grande y más fuerte que yo, en mi propia cama, y lo había convertido en eso: en alguien que me pedía más.

—Más fuerte —dijo, agarrando la sábana—. No pares.

Le agarré las caderas y subí el ritmo. Mateo se vino primero. Le sentí el cuerpo entero contraerse alrededor de mi verga y soltó un quejido largo. No se había tocado. Se vino así, solo con tenerme adentro.

Yo seguía sin poder terminar. Le pedí cambiar de posición. Me tiré boca arriba. Él se quedó un segundo arrodillado, mirándome, agitado, sudado, con el pelo pegado a la frente. Después se subió encima de mí y se sentó despacio sobre la verga. Cerró los ojos cuando la metió entera.

Empezó a moverse arriba. Lento, sin parar. Yo le acariciaba el abdomen, los pezones, las costillas. Le apretaba los músculos del pecho como queriendo abarcarle el cuerpo entero. Su pene ya estaba flácido otra vez; descansaba contra mi vientre, y me di cuenta de que no era para tanto. Había algo casi tierno en mirarlo así, vencido, cabalgándome porque me lo había pedido yo.

Me vine fuerte. Fue tanto que me dolió, como si la cantidad no encontrara salida cómoda por el conducto. Apreté los dientes para no hacer ruido. Mateo se quedó encima de mí unos segundos más, respirando hondo, antes de bajarse con cuidado.

Terminamos los dos en la ducha. Lavamos los restos, el sudor, lo demás. Ninguno dijo nada bajo el chorro de agua. Apenas nos miramos cuando salimos a secarnos.

Esa fue la primera vez. Yo ya sabía, mientras volvíamos al cuarto envueltos en las toallas, que iban a venir otras. Mateo también lo sabía. Lo vi en cómo se acostó del lado de la pared, dándome la espalda, esperándome.

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