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Relatos Ardientes

El desconocido del parque a las dos de la mañana

Aquella madrugada salí del Babel, un antro escondido en una calle del centro de Mérida que abría hasta que el último cuerpo se rendía sobre la pista. Yo llevaba encima cuatro mezcales, una camisa abierta hasta el tercer botón y esa borrachera fina que no marea pero que afila los sentidos. El taxi me dejó a unas seis cuadras de mi cuarto, porque a esa hora ningún chofer quería meterse por las callejuelas oscuras de mi colonia.

Caminé despacio, todavía con la música retumbándome en el pecho. Para llegar a casa tenía dos opciones: rodear toda una manzana o cortar camino por el parque Las Acacias. A las dos de la mañana, la respuesta lógica habría sido rodear. Pero esa noche, con el alcohol corriéndome por la sangre, elegí el atajo. Y eso lo cambió todo.

El parque tenía las luces de la mitad de las farolas fundidas. Solo el primer tramo, el que da a la avenida, estaba bien iluminado. El resto era una sucesión de bancas verdes, jacarandas viejas y senderos de tierra apisonada que se perdían en la sombra. Olía a tierra mojada y a flor de mayo. Ni un alma a la vista, salvo un gato gris que cruzó el sendero sin mirarme.

Avancé unos cincuenta metros y entonces lo vi. Un señor sentado en una banca verde, justo en el límite entre la luz amarilla de la farola y la oscuridad del parque. Cincuenta y muchos, tal vez sesenta. Llevaba una guayabera blanca, pantalón claro y un sombrero panamá apoyado en el muslo. Estaba quieto, con las manos cruzadas sobre las rodillas, como si esperara a alguien que nunca iba a llegar.

Cuando pasé frente a él, levantó la cara.

—Buenas noches, joven —dijo, con una voz grave y tranquila, sin acento de la zona.

—Buenas noches —respondí, sin detenerme.

Seguí caminando unos pasos más, pero algo se me quedó atragantado. Esa mirada no había sido casual. Había algo demasiado largo en la manera en que sus ojos me habían recorrido de arriba abajo, demasiado calculado en el silencio que vino después de su saludo. Y, sobre todo, había algo que llevaba meses despertándose en mí desde aquella primera vez con un hombre mayor en un sauna de Cancún. Un morbo nuevo, que ya no me daba miedo.

Que mire. Que me vea. Que me desee.

Esa noche, en mi cabeza borracha, decidí que iba a seducirlo. Aunque nunca en mi vida hubiera seducido a un desconocido, aunque no tuviera ni idea de cómo se hacía. Lo único que se me ocurrió fue lo más obvio y lo más arriesgado.

***

Caminé otros veinte metros, hasta un tramo del sendero donde las luces de las farolas ya casi no llegaban. Me detuve, miré hacia atrás. El señor seguía sentado, pero ahora con la cara girada hacia mí. Me había estado siguiendo con la mirada todo ese tiempo.

Sin pensarlo demasiado, me desabroché el cinturón. Me bajé el pantalón hasta los muslos, junto con el bóxer. Mi verga estaba semidura desde el segundo en que cruzamos los buenos noches, y al sentir el aire fresco de la madrugada terminó de levantarse. La sostuve con la mano derecha, despacio, y le hice un gesto con la barbilla, un movimiento mínimo que decía «mira lo que tengo, mira lo que puede ser tuyo».

Él no dudó ni medio segundo. Se levantó de la banca, dejó el sombrero a un lado y caminó hacia mí con el paso firme de alguien que no es la primera vez que hace esto.

—Vente para acá, muchacho —murmuró cuando estuvo a dos metros—. Aquí pasa gente. Allá atrás, detrás de los laureles, no se ve nada.

Lo seguí con los pantalones a medio subir, sosteniéndolos con una mano para no tropezar. Me llevó por un sendero que yo nunca había notado, uno que se metía detrás de un grupo de árboles bajos cuyas hojas tapaban toda la luz. Cuando llegamos al claro, el parque entero desapareció. Solo se oía el zumbido de un transformador eléctrico a lo lejos y mi propia respiración, acelerada.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—¿Importa?

Sonrió por primera vez. Tenía los dientes blancos y una arruga profunda en cada mejilla cuando sonreía.

—No, no importa. Yo soy Rubén, por si quieres saber. Pero tienes razón, da igual.

Se arrodilló frente a mí sin más preámbulos. Sus rodillas crujieron contra la tierra y, por un segundo, sentí culpa por hacer arrodillarse a un hombre que podría ser mi padre. La culpa duró exactamente lo que tardó en cerrar la boca alrededor de mi verga.

***

Rubén la mamaba como si llevara años entrenando para ese momento exacto. No tenía la prisa nerviosa de los chicos de mi edad ni la torpeza ansiosa de algunas novias que había tenido. Tenía paciencia. Empezó por la punta, dando vueltas con la lengua, y fue bajando milímetro a milímetro hasta tragarse todo el trozo en una sola inhalación.

Sentí el fondo de su garganta apretándose contra mí y casi me caigo de rodillas. Apoyé las manos en sus hombros para no tambalearme. Él se aferró a mis nalgas con las dos manos, abriéndolas y cerrándolas, marcando un ritmo con su boca que subía y bajaba sin dar tregua. Cada vez que llegaba abajo del todo, se quedaba un segundo más, como saboreándome, antes de volver a subir.

Siempre he sido morboso. Desde adolescente me prendía la idea de que me vieran, de exhibirme, de imaginar que alguien me deseaba sin que yo le diera permiso. Por eso, cuando vivía con compañeros de departamento, me bajaba los pantalones en cuanto pisaba mi cuarto y dejaba la puerta entreabierta. No buscaba que entraran, buscaba la posibilidad de que entraran. Esa misma posibilidad, multiplicada por cien, era lo que estaba viviendo ahora.

—Eres bueno —jadeé—. Eres muy bueno.

Rubén soltó mi verga el tiempo justo para mirarme desde abajo, con los labios brillosos de saliva.

—Cállate y disfruta —dijo, y volvió a metérsela hasta el fondo.

Le obedecí. Cerré los ojos y dejé que mi cabeza cayera hacia atrás. Por encima de mí, entre las hojas de los laureles, todavía se veía algún parche de cielo. La luna estaba en cuarto creciente. Pensé, con esa lucidez absurda que da el alcohol, que mi vida normal seguía existiendo en alguna parte: mi cuarto, mi trabajo, mis amigos del antro. Y que aquí, detrás de un grupo de árboles, había una versión de mí que ninguna de esas personas conocía.

***

Después de un rato largo, Rubén sacó mi verga de su boca con un sonido húmedo y se incorporó un poco. Me miró desde abajo con los ojos brillantes.

—Tienes un culo precioso, cabrón —dijo en voz baja, casi como si hablara solo—. Lo sentí cuando te lo agarré. ¿Te lo han comido alguna vez?

Mi corazón se aceleró. Esa era, exactamente, la fantasía que había guardado durante años sin atreverme a contarla.

—Nunca —admití—. Pero es lo que más quiero.

—Date la vuelta. Apóyate en el árbol.

Obedecí. Apoyé las palmas contra la corteza rugosa del laurel y separé un poco las piernas. Sentí sus manos abriéndome, sentí su aliento caliente subiendo por la parte interna de mis muslos. Y entonces sentí su lengua.

No hay manera elegante de describir lo que sigue. Rubén comió mi culo como si fuera lo único que había deseado en toda su vida. Con hambre, con técnica, con una mezcla de delicadeza y fuerza que me hizo temblar literalmente. Las rodillas me empezaron a fallar. Mi frente terminó pegada al árbol, con la corteza arañándome la piel, mientras él hacía círculos lentos con la punta de la lengua y luego empujaba hacia dentro, sin pedir permiso.

—Por favor —dije, sin saber muy bien qué estaba pidiendo.

Él no contestó. Siguió comiéndome el culo durante lo que pudieron ser diez minutos o una hora, no tengo manera de saberlo. En algún momento subió una mano, se mojó dos dedos con su propia saliva y me los metió despacio. Primero uno, después dos. Empezó a moverlos buscando un punto que yo ni siquiera sabía que tenía, y cuando lo encontró, solté un quejido tan agudo que yo mismo me asusté.

—Tranquilo —murmuró contra mi piel—. Aquí no hay nadie. Disfrútalo, muchacho.

***

Lo que vino después se me ha quedado grabado con una nitidez incómoda. Rubén me hizo girar otra vez, me puso de espaldas contra el árbol, se arrodilló de nuevo y se metió mi verga en la boca al mismo tiempo que seguía moviendo los dedos dentro de mí. Era la primera vez en mi vida que sentía las dos cosas a la vez. La sensación me partió en dos.

Aguanté lo que pude, que no fue mucho. Le avisé con un gemido. Él no se apartó. Al contrario, apretó más fuerte mis nalgas con la mano libre y se metió mi verga hasta el fondo justo en el momento en que me corrí. Vino una eyaculación larga, más larga de lo normal, como si el cuerpo entero se vaciara de algo que llevaba mucho tiempo guardando. Sentí que las piernas me dejaban de pertenecer.

Cuando terminé, Rubén siguió un rato más, recogiendo cada gota con la boca, lamiéndome despacio hasta que cualquier rastro había desaparecido. Después se levantó, se sacudió las rodillas del pantalón claro y me miró con una serenidad casi paternal.

—Ya te puedes ir —dijo—. Yo me quedo un rato más.

Me subí los pantalones con manos temblorosas. No sabía qué decir. Le di las gracias, lo cual me sonó ridículo apenas salió de mi boca, y caminé de vuelta al sendero principal sin atreverme a mirar atrás. Detrás de mí, el parque volvió a ser un parque.

***

Llegué a mi cuarto a las tres y cuarto de la mañana. Me metí en la regadera con el agua casi fría, intentando devolverle al cuerpo alguna idea de normalidad. Dormí cinco horas seguidas, sin sueños, como hacía meses que no dormía.

A la semana siguiente, sin haberlo planeado, volví a cruzar el parque Las Acacias de madrugada. No venía de ningún antro, no había bebido nada, simplemente salí de casa con la excusa mental de «un paseo para despejarme». Rubén no estaba esa noche. Tampoco la siguiente. La cuarta vez sí encontré a alguien: un chico de mi edad, también solo, también con esa mirada que decía «yo también vine a buscar algo».

Desde entonces no he dejado de volver. A veces paso una semana sin ir, a veces voy tres noches seguidas. Aprendí a leer las miradas, los códigos pequeños, las maneras en que la gente se sienta en una banca cuando quiere ser interrumpida y cuando no. Aprendí qué tramos del parque son seguros y cuáles no. Aprendí a salir de mi cuarto a las dos de la mañana como otros salen a correr al amanecer.

Lo cuento ahora, dos años después, como una confesión que nunca he hecho en voz alta. Mis amigos no lo saben. Mi familia menos. La persona con la que ahora salgo tampoco. Y, sin embargo, no me arrepiento de nada. Si pudiera volver a esa madrugada, al instante exacto en que estuve a punto de rodear la manzana en lugar de cortar por el parque, tomaría el atajo otra vez. Y esa banca verde, bajo la farola fundida, seguiría siendo el principio de todo.

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