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Relatos Ardientes

Me acosté con el sobrino del hombre que me mantenía

Voy a contar esto tal como pasó, sin adornarlo. Durante casi un año fui la mujer de Ernesto, un hombre de sesenta y cinco años con más dinero que sentido común. Me llevaba a todas partes, me compraba lo que se me antojaba y, a cambio, yo era su trofeo: la chica joven del brazo, la que se sentaba en sus piernas para que sus amigos vieran lo que él tenía y ellos no.

Yo tenía veinticuatro años entonces. Estudiaba en la universidad por las mañanas y por las noches era otra persona completamente distinta. No me avergüenza decirlo. Me gustaba el dinero, me gustaba el poder que tenía sobre los hombres, y me gustaba el sexo. Esa combinación me metió en más de un lío, y este fue uno de los grandes.

Conocí a Andrés en el cumpleaños de Ernesto. Era su sobrino, un tipo de unos cuarenta años, alto, moreno, de cabello liso y un cuerpo que se notaba bajo la camisa. En cuanto Ernesto me lo presentó, sentí ese hormigueo conocido entre las piernas, ese que no podía controlar ni queriendo. Lo miré de arriba abajo sin disimular y me imaginé exactamente lo que me imaginaba con todos: cómo sería tenerlo encima.

—Daniela, mira, te presento a mi sobrino Andrés —dijo Ernesto, orgulloso.

Le di la mano y una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Mucho gusto —dije, mordiéndome el labio sin pensarlo.

Andrés me miró de pies a cabeza, despacio, como quien tasa algo que quiere comprar. Después supe que al principio creyó que yo era una prepago que Ernesto había contratado para la fiesta. Por cómo me vestía, por cómo me movía, no se le puede culpar. La diferencia entre lo que él pensaba y la realidad era mínima.

***

A Ernesto le encantaba exhibirme. Vestidos cortos, escotados, ajustados al cuerpo, todo elegido para que se me marcaran los pechos y las piernas. Esa noche me tenía sentada sobre sus rodillas mientras hablaba con Andrés, que estaba justo enfrente. En algún momento el vestido se me subió y dejó a la vista mi tanga de encaje. Ernesto me besaba el cuello, me pasaba la mano por el muslo, y yo aprovechaba cada uno de esos gestos para mirar a Andrés a los ojos y relamerme los labios.

No hizo falta más. Andrés entendió enseguida lo que yo era y lo que le estaba ofreciendo. Me lo estaba poniendo en bandeja delante de su propio tío.

Más tarde bailamos. Me agarró de la cintura con una mano firme y me pegó a su pecho. Yo me acomodaba el escote contra él a propósito, dejando que sintiera todo. Cuando la música nos dejó un hueco para hablar, fue directo.

—¿De verdad estás de novia con mi tío? Te lleva como cuarenta años —dijo, con media sonrisa.

—Me trata bien. Me regala cosas —contesté.

—Ya. ¿Y te hace sentir bien en la cama? —La pregunta me llegó con un tono que me erizó la piel.

—Andrés, qué cosas preguntas —dije, haciéndome la ofendida.

—Pregunto porque se nota que eres de las que les gusta que las traten con ganas.

Me puse roja y me reí.

—Tampoco así.

—Una mujer como tú, con ese cuerpo, cualquiera querría hacerte de todo —dijo, bajando la voz.

Le sostuve la mirada y separé un poco las piernas, sabiendo que él lo notaría.

—¿Y quién querría? ¿Tú? —pregunté, divertida.

—Si tú quieres, sí.

—Sí quiero —dije.

Y me levanté y me fui, dejándolo con la frase en la boca. Esa noche me acosté con Ernesto hasta el amanecer, gimiendo más fuerte de lo necesario, sabiendo que Andrés dormía en la habitación de al lado y lo escuchaba todo.

***

A la mañana siguiente salí del baño envuelta en una toalla y me lo crucé en el pasillo. Le sonreí. Entré a cambiarme y dejé la puerta entreabierta a propósito. Ernesto estaba dentro, así que Andrés no podía pasar, pero se quedó al lado del marco, mirándome desnudarme sin perder detalle. Lo miré por encima del hombro y me reí. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

La familia de Andrés tenía dinero de sobra, y él se daba el lujo de andar siempre en autos caros. Una tarde salía de la universidad con Carla y Romina, dos amigas que ya conocían de sobra mi forma de ser, cuando lo vi aparecer al volante de uno de sus carros, conduciendo despacio a mi lado.

—Hola, Daniela —dijo desde la ventanilla.

Mis amigas me empezaron a molestar entre risas. Ya intuían que había un amante nuevo en la lista.

—Hola, Andrés —contesté, jugando con un mechón de pelo.

Me agaché hasta la ventanilla y le di un beso en la mejilla.

—¿Qué hacías? —preguntó.

—Saliendo de clase.

Me recorrió con la mirada otra vez, esa costumbre suya.

—Te ves preciosa. Me dan unas ganas...

—¿Ganas de qué? —dije, relamiéndome.

—Sube y vamos a mi casa, que te las explico.

Me despedí de Carla y Romina, que se reían a carcajadas, y me subí al auto. Lo besé en la boca apenas cerré la puerta. Él me miraba las piernas de reojo.

—¿Qué tanto miras? —pregunté.

—Tus piernas.

—¿Solo las piernas, o lo que hay más arriba? —Me subí un poco la falda, abrí las rodillas y me toqué por encima de la tela.

—Lo de más arriba. Qué rico —murmuró, con la voz tomada.

—Como ya me viste desnuda... —dije.

—¿Cuándo? —Se hizo el desentendido.

—El otro día, en casa de tu tío.

Se rió y me puso la mano en el muslo, subiendo despacio hasta llegar a mi entrepierna. Me acarició por encima de la ropa interior. Yo ya estaba empapada.

—¿Vamos a mi casa? —preguntó.

—¿No te importa que sea la mujer de tu tío? —Le di otro beso.

—No. Quiero que seas mía.

—Vamos.

Me dijo que tenía un regalo especial esperándome.

***

Llegamos a su casa y me llevó directo a su habitación. El regalo era un corsé azul claro, de los caros. La parte de arriba tenía aros que realzaban los pechos, ligas ajustables que colgaban para sujetar unas medias de encaje, una tanga semihilo a juego y unas medias de malla hasta la mitad del muslo. Lo completaba con unos tacones altos.

—Quítate la ropa y póntelo —dijo.

—Qué lindo. Gracias, Andrés —contesté, ya desabrochándome la blusa.

Me lo puse pieza por pieza, frente a él, sin prisa. Cuando terminé y me di la vuelta, Andrés estaba sentado en el sofá con la boca entreabierta, mirándome como si nunca hubiera visto a una mujer. Le modelé el corsé con una vuelta lenta y hasta le hice un baile.

—¿Cómo me veo? ¿Te gusta? —pregunté.

—Te ves increíble. Claro que me gusta.

Me acerqué y le puse los pechos en la cara. Él los besó por encima del escote, hundiendo la nariz entre ellos. Empecé a besarlo mientras su mano se colaba entre mis piernas y me frotaba por encima de la tanga. Yo me retorcía contra sus dedos, lamiéndole el cuello, los labios, lo que pillaba.

—Qué rica eres —dijo contra mi boca.

—¿Así te gusta? —Movía la pelvis en círculos sobre su mano.

Bajé los tirantes del corsé y dejé los pechos al aire. Se los acerqué de nuevo a la cara y él me succionó los pezones de una manera que sentí en todo el cuerpo, hasta la punta de los pies. Después me levantó una pierna y la besó desde el tobillo hacia arriba, recorriendo despacio la cara interna del muslo con la lengua, hasta llegar a donde yo quería. Apartó la tanga a un lado y se hundió ahí, lamiendo y chupando a la vez.

—Mmm... así, ahí —gemí, agarrándome de su cabeza.

Insistió en mi clítoris hasta que me hizo terminar con las piernas temblando. Apenas recuperé el aire me arrodillé frente a él y se lo metí en la boca con ganas. Le pasaba la lengua de abajo hacia arriba, le daba besos, lo lamía entero y volvía a tragarlo hasta el fondo. Andrés apretaba la mandíbula, conteniéndose, hasta que no aguantó más y terminó con todo. No me dio tiempo a apartarme.

Me limpié y me colgué de su cuello. Él me agarró de las nalgas y yo le rodeé la cintura con las piernas. Me penetró así, de pie, sosteniéndome en el aire. Me miró a los ojos un segundo, sin moverse.

—¿Así te gusta? —preguntó.

—Así, exacto —contesté.

Empezó despacio y fue subiendo el ritmo con cada embestida. Yo lo sentía en el fondo, cada vez más, hasta que me vino otro orgasmo que me dejó las piernas agarrotadas y el corazón a mil. Después me puso de rodillas otra vez, me llevó al sofá, me sentó sobre él. Yo me agarré de su cuello y cabalgué con todo lo que sabía: movimientos de cadera lentos, después rápidos, en círculos. Nos besábamos sin parar, mi mente en blanco, sin pensar en nada que no fuera seguir.

Estuvimos así un buen rato, cambiando de posición cada vez que a uno de los dos se le ocurría algo nuevo. Me puso a cuatro patas y me dio fuerte, agarrándome del pelo, diciéndome cosas al oído que me encendían todavía más. Yo solo atinaba a mover el cuerpo hacia atrás, a su ritmo. Terminó sobre mi espalda, y aun así no paramos. Volví a usar la boca hasta dejarlo listo otra vez, y entonces me tumbó en la cama, me abrió las piernas y me lo dio en misionero, besándome el cuello, la boca, los pechos, sin cansarse nunca.

Para cuando terminó del todo yo estaba destrozada en el mejor sentido. El pelo revuelto, el maquillaje corrido, las piernas que no me respondían, toda la habitación oliendo a sexo. Me quedé dormida del cansancio.

***

Cuando me desperté, Andrés ya no estaba. En la mesita de noche había una nota: que al salir cerrara bien la casa. Eso fue todo. Esa fue la única vez que me acostó con él. Después no me volvió a mirar, ni a saludar, nada. Como si yo no existiera.

Lo peor vino más tarde, cuando supe que esa tarde me había grabado y fotografiado sin que yo lo notara, y que el video corrió por donde no debía. Hasta gente de mi familia llegó a verlo. Semanas después lo crucé en la calle con una mujer que, según decían, era su novia oficial. Ni siquiera giró la cabeza.

No fue el primero ni el último hombre que me usó a su antojo y después me tiró como un envoltorio vacío. Durante un tiempo me dolió. Hoy lo cuento sin rencor, casi riéndome de mí misma. Una aprende, o eso le gusta creer. Esta es mi confesión, tal cual la viví.

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Comentarios (6)

SolDelVerano

Increible relato, no podia soltar el celular hasta el final. Bravo!!

VictorBaires

Que historia mas intensa... me quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche. Por favor una segunda parte!

NocheBCN

Lo que mas me gusto es la honestidad con la que lo contás, sin justificaciones ni rodeos. Eso se agradece en este tipo de confesiones.

Manu_89

tremendo jaja

SofiaRdz

Me recordo a una situacion que viví hace unos años. Esas miradas que lo dicen todo sin decir nada... uno sabe exactamente a donde va a terminar todo.

RiojaLibre

La forma en que describis la tension antes de que pase cualquier cosa es lo mejor del relato. Muy buen ritmo, se nota que sabes escribir. Seguí así!

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