Lo que hice con el marido de mi hermana en el campo
Voy a contar esto tal como pasó, sin adornarlo demasiado, porque todavía me cuesta creer que lo hice. Mi hermana Renata y su marido tienen una casa de campo a dos horas de la ciudad, perdida entre monte nativo y caminos de tierra. Hay pileta, un gimnasio chico en el galpón y un sendero para correr que se mete en el bosque. Es el tipo de lugar al que uno va para desconectar. Yo fui para otra cosa, aunque entonces todavía no lo sabía.
Renata me había invitado a pasar el fin de semana largo con la condición de que llevara a alguien, así no me aburría mientras ella y Damián hacían sus cosas de pareja. Llevé a Bruno. Si seguís lo que escribo, ya lo conocés: nos hicimos cercanos de una manera muy particular, y desde entonces hay entre nosotros una confianza que no necesita explicaciones. Él sabe lo que hago y yo sé lo que hace él. Esa libertad es justamente lo que volvió posible todo lo que vino después.
Salimos el viernes al mediodía, con las valijas cargadas y la música alta. Ellos ya estaban instalados cuando llegamos. Damián nos recibió en la galería con una cerveza en la mano y esa sonrisa de anfitrión que tienen los hombres que se sienten dueños de su territorio.
Tengo que hablar de mi hermana para que se entienda el resto. Renata es, sin vueltas, más linda que yo. Es morena, de piel que agarra el sol enseguida; yo soy pálida, casi transparente al lado de ella. Va al gimnasio, corre, levanta pesas, no tiene un gramo de más. Las piernas largas, la cintura marcada, una cola que da bronca de lo perfecta que es, el abdomen plano y unos pechos grandes que siempre me llamaron la atención, desde que éramos chicas y compartíamos pieza. Nunca fue envidia. Era otra cosa, más difícil de nombrar.
La tarde transcurrió tranquila. Salimos a correr las dos por el sendero mientras los hombres se quedaban en la pileta con sus tragos. Volvimos transpiradas, con las piernas temblando, y nos reímos de cosas viejas como hacíamos siempre. Vivimos lejos una de la otra y nos vemos una vez al año, dos si hay suerte. Cuando nos juntamos, paro en su casa o ella en la mía hasta que cada una vuelve a su vida. Tenemos esa costumbre de hermanas que crecieron pegadas: nos bañamos juntas.
Esa noche no fue la excepción.
***
Bruno se había acostado temprano. Venía de un viaje largo y estaba muerto de cansancio, así que cayó rendido apenas terminó de cenar. Damián andaba dando vueltas por la casa, ordenando cosas, sin rumbo fijo. Renata y yo nos metimos al baño grande, el de la ducha amplia con mampara de vidrio, y abrimos el agua caliente.
El vapor llenó todo enseguida. El agua corría por nuestros cuerpos y nosotras volvíamos a ser las de siempre, dos chicas haciéndose bromas. Yo agarré el jabón y empecé a enjabonarla de los pies al cuello, despacio, llenándola de espuma. Le hacía cosquillas, exageraba un gemido para burlarme y ella se enojaba.
—Pará, sos una idiota —me decía, riéndose sin querer reírse.
—Dejate, que te dejo como nueva —le contestaba yo, y le daba una palmada en esa cola que tanto miro.
Se quejaba, pero le gustaba. Siempre le gustó que la trate así, con esa mezcla de cariño y descaro que solo nos permitimos entre nosotras. Le pasé las manos enjabonadas por la espalda, por la cintura, le di otra palmada un poco más fuerte y la llamé cosas que no se le dicen a una hermana en voz alta.
Fue en uno de esos giros, cuando levanté la vista hacia la puerta entornada, que lo vi.
Damián estaba ahí, en el pasillo, escondido en la penumbra. Espiaba. Creía que no lo veíamos, pero el reflejo del espejo lo delataba. Estaba quieto, conteniendo la respiración, mirándonos a las dos. No lo culpo, pensé. ¿Quién no querría mirar a dos hermanas enjabonándose, riéndose, tocándose sin pudor?
No dije nada. Le seguí el juego.
Puse a Renata contra la pared de la ducha, con el pretexto de enjuagarle la espalda, y volví a recorrerla entera con las manos llenas de espuma. Le di otra palmada. Mi hermana intentó darse vuelta y yo la frené tomándola del pelo mojado, con suavidad pero con firmeza, manteniéndola de cara a los azulejos. Por encima de su hombro busqué de nuevo la rendija de la puerta.
Ahí seguía Damián, y esta vez se había bajado el pantalón del pijama. Se tocaba, despacio, sin sacarnos los ojos de encima. Yo le sostuve la mirada en el reflejo mientras apretaba el cuerpo de mi hermana contra el mío, sin que ella entendiera nada. Sentí el calor subirme por el pecho. No por él. Por el poder de saberme observada, de tener el control de algo que él creía secreto.
Cuando volví a girar la cabeza, ya no estaba.
Renata logró soltarse y se dio vuelta, indignada.
—¿Qué te pasa, animal? —me dijo, frotándose el cuero cabelludo.
—Nada, boluda, era un chiste —le contesté, y me hice la tonta.
No tenía idea de lo que acababa de pasar a tres metros de ella. Nos enjuagamos, nos secamos entre risas y cada una se fue a su cama. Yo me acosté al lado de Bruno, que dormía profundo, y me quedé despierta un largo rato con los ojos abiertos en la oscuridad, pensando en la cara de Damián, en esa avidez de mirón que no supo disimular.
***
A la mañana siguiente había que ir al pueblo a hacer las compras del fin de semana. Mientras tomábamos el café en la galería, propuse que fueran ellos y empezó a armarse, casi solo, el plan que yo no había planeado pero que de pronto deseaba con todas las ganas.
Damián dijo que prefería quedarse, que tenía cosas que arreglar en el galpón. Yo, entonces, me llevé la mano al estómago y puse cara de descompuesta.
—Me cayó mal algo de anoche, creo. Mejor me quedo y descanso —dije.
Renata me ofreció quedarse a cuidarme y yo le insistí en que no, que fuera, que no era nada. Bruno se ofreció a manejar. Ellos casi no se conocían, se habían visto una o dos veces, pero mi hermana está al tanto de todo lo que hay entre Bruno y yo, así que no le pareció raro que se fueran juntos. Cosas de hermanas: nos contamos todo.
El coche arrancó, cruzó la tranquera y se perdió en el camino de tierra levantando polvo. Y yo me quedé sola con Damián.
No estaba descompuesta, por supuesto. Entré a la pieza, me cambié. Me puse un short mínimo que dejaba el borde de la cola al aire y una remera cortita, ajustada, sin nada debajo. Hacía calor y mis pezones se marcaban duros contra la tela. Salí a caminar por la casa como si nada, descalza, pasando una y otra vez cerca de él.
Damián estaba tirado en una reposera junto a la pileta, fingiendo mirar el teléfono. Pero me seguía con los ojos cada vez que yo cruzaba. Lo noté tenso, incómodo y excitado a la vez. La culpa de la noche anterior lo tenía mudo. Lo dejé cocinarse un rato en eso, en el silencio, en la espera. Después me acerqué.
Me paré al lado de la reposera, sin decir nada. Él levantó la vista y tragó saliva. Ya se le notaba el bulto debajo del short de baño.
—Anoche te quedaste mirando un buen rato —le dije, en voz baja.
No contestó. Bajó la mirada, como un chico al que descubren haciendo una macana. Eso me gustó más todavía.
Me arrodillé al lado suyo y le bajé el short sin pedir permiso. Se sobresaltó, hizo el gesto de incorporarse, pero no se fue. Podría haberse ido y no lo hizo. Esa fue su decisión, no la mía.
Lo tomé con la mano y se la llevé a la boca. Estaba durísimo desde antes de que lo tocara. Empecé despacio, mirándolo desde abajo, disfrutando de cómo se le entrecortaba la respiración. Lo saqué un segundo y le pregunté:
—¿Te gustó lo de anoche?
Apenas asintió con la cabeza, incapaz de hablar. Volví a metérmelo en la boca y seguí un rato largo, sin apuro, escuchándolo jadear, sintiendo cómo se le tensaban las piernas cada vez que aceleraba.
Cuando lo tuve al borde, me detuve. Me saqué el short y me senté sobre él de espaldas, dándole la cara a la pileta, sin dejar que me tocara la cara ni los pechos, solo dándole lo que yo decidía darle. Lo cabalgué con calma primero y después más fuerte, apoyando las manos en sus rodillas. Él bufaba, me agarraba la cola con las dos manos, me daba palmadas, intentaba tirarme del pelo como si tuviera algún derecho.
No lo tenía. Esto no era para él.
Lo sentí hincharse, a punto de terminar, y justo ahí me levanté de golpe. Lo dejé en el aire, desesperado, y lo terminé con la mano, mirándolo a los ojos mientras acababa sobre su propio vientre, temblando, sin entender bien qué había pasado. Me levanté, agarré mi ropa del piso y me fui derecho a la ducha.
Ese fue su castigo por mirón. Eso, y nada más.
***
Al rato volvieron Renata y Bruno con el baúl lleno de bolsas. Contaron que el pueblo estaba tranquilo, que Bruno la había hecho reír todo el camino, que se habían llevado bien. Yo dije que ya me sentía mucho mejor, que el descanso me había hecho bien. Damián evitaba mirarme y revolvía las compras en la cocina con una dedicación sospechosa.
El resto del día pasó con una normalidad que a mí me resultaba casi cómica. Asado, vino, charla en la galería hasta tarde, los cuatro como si nada. Nadie sabía nada salvo él y yo, y ese secreto compartido me tenía encendida por dentro toda la tarde.
A la noche, en la cama, terminé de sacarme las ganas con Bruno. Cogimos como animales, callados para no despertar a la casa, y cuando los dos quedamos rendidos y sudados sobre las sábanas, le conté al oído lo que había hecho mientras él manejaba hacia el pueblo. No se enojó. Al contrario.
Fue ahí, en esa oscuridad cómplice, que se me ocurrió la idea. Le ofrecí algo que llevaba tiempo dándome vueltas en la cabeza, algo con mi hermana, con él, con lo que yo estaba dispuesta a armar. Empezamos a planear, en susurros, cómo se la entregaría y todo lo que él le haría.
Pero eso es otra historia. Y todavía no estoy lista para contarla entera.