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Relatos Ardientes

La noche que lo até y le di la vuelta a todo

Subí a su piso sin pensármelo demasiado. Adrián vivía en un cuarto sin ascensor, en una calle estrecha donde los coches casi rozaban las paredes, y mientras subía las escaleras notaba que el corazón me iba más rápido de lo que el esfuerzo justificaba. No era el cansancio. Era saber lo que venía.

Nos sentamos en el sofá. Hablamos un rato de cualquier cosa, de la semana, de gente que ninguno de los dos conocía bien, con esa charla que sirve para llenar el aire mientras las manos buscan una excusa para acercarse. Él tenía la suya apoyada en mi rodilla. No la movía. Solo la dejaba ahí, pesando, como una promesa que aún no se atrevía a cumplir.

Yo lo miraba de reojo y notaba cómo se me iba secando la boca. Llevábamos semanas con esto, con miradas largas y mensajes a deshora, posponiendo el momento como si alargarlo lo hiciera más nuestro. Esa noche no había nada que posponer.

El piso olía a su colonia y a café recién hecho. Había una lámpara baja encendida en una esquina, de esas que dejan más sombra que luz, y la ventana abierta dejaba entrar el ruido lejano de la calle. Me quité los zapatos y subí los pies al sofá, acercándome un poco más a él de lo necesario. Quería que notara que no me iba a ir.

—Estás muy callada —dijo, jugando con un mechón de mi pelo.

—Estoy pensando —contesté.

—¿En qué?

—En todo lo que vamos a hacer.

Se rió bajito, esa risa que le sale cuando algo le gusta y no quiere admitirlo del todo. Me deslizó la mano por el muslo, despacio, sin llegar a ningún sitio, solo para recordarme que podía. Y yo le dejé, porque todavía no le tocaba a él saber que esa noche el guion lo escribía yo.

—Vámonos a la cama —dijo al rato—. Vamos a estar más cómodos.

Sonreí sin contestar. Los dos sabíamos que «más cómodos» no tenía nada que ver con la postura.

Ya estoy mojada y ni siquiera me ha tocado.

Nos tumbamos. Él se pegó a mi espalda y empezó a hablarme al oído, en voz muy baja, con ese tono ronco que me derrite por dentro. Me dijo lo que iba a hacerme con un detalle que me puso la piel de gallina. No eran las palabras: era cómo las soltaba, despacio, dejando que cada una se quedara dando vueltas antes de la siguiente. Me metió la mano por debajo de la ropa y yo no hice nada por detenerlo. No quería.

Me quitó los pantalones tirando de ellos sin prisa, como quien desenvuelve algo que sabe que va a disfrutar. Me abrió las piernas con las dos manos y se quedó mirando un segundo, solo mirando, y ese segundo me pareció eterno. Estaba ardiendo. Sentía el aire fresco del cuarto contra la piel y el contraste me hizo temblar. Entonces bajó.

Me lamió como nadie lo había hecho antes. No tengo otra forma de decirlo. Empezó suave, casi de puntillas, y poco a poco fue ganando terreno hasta que no quedó un rincón sin atender. Arqueé la espalda casi sin querer, agarrada a la sábana, mientras él subía la mirada cada poco para verme la cara. Eso era lo que más me ponía: que me mirara mientras me comía, que no apartara los ojos, que quisiera ver lo que me estaba provocando.

Cerré los párpados y me dejé ir un buen rato, sin pensar en nada, perdida en su lengua. Le hundí los dedos en el pelo y lo apreté contra mí sin pudor. No quería que parara. No iba a parar.

—Mírame —le pedí, y me obedeció sin dejar de hacerlo.

Se incorporó, se bajó los pantalones y se la sacó. Después de tanto rato entre mis piernas, la tenía durísima. Me dieron unas ganas tremendas de metérmela en la boca ahí mismo, pero él tenía otros planes. Me agarró de las caderas y empujó de golpe. Grité. No de dolor, de pura sorpresa, de lo lleno que se quedó todo de repente.

Le clavé las uñas en la espalda. Le agarré del culo para que entrara más hondo, todo lo que pudiera. Las piernas me temblaban y él seguía, sin aflojar el ritmo, con mis tobillos sobre sus hombros y los ojos fijos en los míos. Me llamaba cosas al oído, cosas sucias, y me cogía del cuello sin apretar, solo lo justo para que supiera quién mandaba en ese momento. Me gustaba que mandara. Por ahora.

Me dio la vuelta de un tirón y me puso a cuatro patas frente al espejo del armario. Se colocó detrás, me sujetó por la cadera y me miró a través del reflejo mientras me la metía otra vez. Yo lo veía todo: su cara concentrada, la mía descompuesta, mis dedos agarrando la sábana hasta que se me ponían los nudillos blancos.

—Por detrás no, hoy no toca —le dije cuando noté que su mano subía—. Toca otra cosa.

Me cogió del pelo, me metió dos dedos en la boca, y siguió embistiéndome mientras los dos mirábamos el espejo como si estuviéramos viendo a otra pareja. Verme así, abierta, gimiendo, con él detrás, me daba un morbo que no sabía que tenía. Me tocaba mientras me follaba y yo estaba chorreando, todavía caliente de su boca, todo resbalaba y se oía, y ese sonido lo ponía peor a él y a mí también.

Pero algo cambió dentro de mí en ese momento. Lo vi en el espejo, tan seguro, tan dueño de la situación, y me cansé de que decidiera él.

***

Lo empujé hasta tumbarlo de espaldas. Él se dejó caer, medio sorprendido, medio divertido, esperando a ver qué hacía. Me subí encima, despacio, y bajé hasta sentarme entera sobre él. Empecé a moverme lento, muy lento, lo justo para que notara cada centímetro, para que sintiera cómo lo apretaba, cómo estaba de mojada follándome su polla a mi ritmo. Le puse la mano en la cara y le giré la cabeza para que mirara hacia abajo.

—Mira cómo te entra —le dije—. Cállate y mira.

Se quería mover, lo notaba intentando empujar desde abajo, pero yo no le dejaba. Subía cuando quería, bajaba cuando me daba la gana, paraba justo cuando él más lo necesitaba. Quería oír cómo entraba y salía, ese sonido húmedo que llenaba el cuarto, y quería que él también lo oyera y no pudiera hacer nada al respecto. Cada vez que aceleraba, sus manos volaban a mis caderas para llevar el ritmo, y cada vez yo se las apartaba.

Vi un pañuelo de seda colgado del respaldo de la silla, uno de esos que usaba para el cuello. Lo cogí sin pensarlo y le até las manos por encima de la cabeza, atándolas al barrote del cabecero con un nudo que apreté bien. Él no protestó. Solo me miró con una mezcla de sorpresa y de ganas que me dijo todo lo que necesitaba saber.

—Ahora —le susurré al oído— te voy a follar como no te ha follado nadie. Y no me vas a tocar.

Gimió. Me dijo que le encantaba, que siguiera, y oírle pedirlo así, sin poder usar las manos, me puso más cachonda todavía. Lo monté de nuevo, despacio primero, después más fuerte, marcando yo cada golpe, viéndole la cara descomponerse cuándo y cuánto yo decidía. Tenía las muñecas tensas contra la seda, los nudillos apretados, y cada vez que tiraba un poco para soltarse y no podía, yo sonreía.

Me agaché y empecé a comérsela. Me encanta hacerlo, de verdad. Disfruto metiéndomela en la boca y sintiendo cómo se pone aún más dura, cómo late, cómo el cuerpo entero le pide correrse. Me encanta saber que está al borde y parar. Soltarla. Esperar con los labios a un centímetro de la punta, mirándole a los ojos. Y volver a empezar desde cero, solo para que cuando por fin se corra sea el doble de intenso.

Lo hice tres veces. A la tercera ya estaba desesperado, con el pecho subiendo y bajando, la frente perlada de sudor.

—Por favor —me dijo, con la voz rota—. Por favor.

No le contesté enseguida. Me quedé mirándolo, con la punta de su polla entre los labios, disfrutando de tenerlo así, atado y suplicando. Tiró otra vez del pañuelo, intentó soltarse, y no le dejé. No esa noche.

—Mírame mientras te corres —le dije—. Quiero verte la cara.

Me subí sobre su muslo para que notara contra la piel lo mojada que estaba, lo que él me había provocado, y volví a metérmela en la boca. Esta vez sin parar. Con fuerza, con ganas, sin apartar los ojos de los suyos ni un segundo. Lo sentí tensarse entero, arquear la espalda, las muñecas atadas tirando con todo, y se corrió mientras me miraba, justo como yo le había pedido.

Me quedé un momento así, sin moverme, dejando que recuperara el aliento. Después le solté las manos despacio, una a una, y le froté las muñecas donde la seda había dejado marca. Él se quedó mirando el techo, sonriendo como un tonto, y yo me tumbé a su lado con el pañuelo todavía en la mano.

La próxima vez empiezo yo.

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Comentarios (6)

Mariana_k

Tremendo relato!!! me saque el sombrero

RocioLectora

Me encanto como narraste el cambio de roles, se siente muy autentico. Sigue escribiendo!

Fernandito_rd

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas!!

Diego_Mza

Me recordo a una situacion parecida que viví hace tiempo... y la verdad que no me arrepiento jaja

SilencioYNoche

Eso fue planeado o te salio espontaneo en el momento? Seria bueno saber como llego a eso

Anto_baires

increible, ojala todos los relatos de confesiones fueran así de bien contados

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