Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Le regalé a mi hermana una noche con mi amante

Si llegaste hasta acá sin haber leído la primera parte, te recomiendo que vuelvas y empieces por ahí. Lo que voy a contar no se entiende del todo sin saber cómo conocí a Lautaro, ni cómo terminé enredada con él hasta el punto de querer regalarle a mi propia hermana.

Esa noche, después de coger como una loca y de sacarme de encima toda la calentura acumulada, me quedé tirada en la cama pensando en ella. Y se lo dije a él, así, sin vueltas. Le ofrecí a mi hermana. Entre las sábanas armamos el plan completo: cómo se la iba a entregar, qué le iba a hacer, hasta dónde lo dejaríamos llegar.

Tengo que aclarar algo. Mi hermana siempre estuvo al tanto de todo. Le conté cada una de mis historias con Lautaro, una por una, sin ahorrarme ningún detalle. Ella nunca me juzgó. Se quedaba quieta, escuchando, con esa cara de pánico fingido que en realidad no engañaba a nadie. Yo la conozco. Sé que esas historias le gustaban más de lo que admitía.

Su matrimonio no andaba como ella quería. En la cama tampoco la pasaba como soñaba, y eso me lo confesaba a mí, su hermana mayor, mientras tomábamos algo los domingos. Hay que decirlo: ella nunca fue tan liberal como yo. Por no decir otra cosa, claro. Pero el deseo lo tenía guardado, apretado bajo siete llaves, y yo lo sabía.

Me lo demostraba sin querer. Cuando le contaba algún encuentro con Lautaro, se le encendían las mejillas, cruzaba las piernas, se acomodaba el pelo cada dos minutos. Decía «basta, no me cuentes más», pero nunca se iba. Siempre se quedaba a pedir el detalle siguiente, con la copa apoyada en el labio y los ojos brillándole. Yo aprendí a leer ese silencio suyo mejor que cualquier palabra.

Resumiendo: quedamos en que al día siguiente le entregaría a mi hermana. Lautaro podría hacerle lo que quisiera y lo que ella se dejara hacer. Ese era el único límite. Yo me imaginaba inventando una salida con mi cuñado, sacándolo de escena para dejarlos solos. Pero enseguida apareció un problema que ni siquiera era un problema.

Yo quería ver.

No me alcanzaba con saber que pasaba. Necesitaba estar ahí, mirando.

***

Esa mañana le pregunté a Lautaro cómo le había ido el día anterior, cuando lo mandé a hacer las compras con mi hermana como excusa para que se conocieran mejor. Me dijo que bárbaro. Que se habían reído mucho, que mi hermana estaba muy buena y que ya se moría por probar ese culito.

Ahí lo resolví todo.

Me senté a charlar con ella y le conté lo que estaba pasando. No todo. Lo justo para que reaccionara. Se enojó tanto que terminó echando a mi cuñado de la casa, gritándole que no quería verlo. Él agarró las llaves del auto y se fue sin entender demasiado. Nosotras peleamos un rato, como peleábamos de chicas, pero al rato ya estábamos riéndonos y abriendo una botella de vino.

La verdad es que ella estaba buscando una excusa. Una cualquiera. Algo que la dejara libre de culpa para lo que venía. Las dos lo sabíamos y ninguna lo dijo en voz alta.

El vino fue bajando la guardia. Hablamos de cuando éramos chicas, de los novios que tuvimos, de las veces que nos cubrimos la una a la otra frente a nuestros padres. Y de a poco la charla se fue corriendo de lugar, hacia los rincones donde solo se habla con la hermana, con la persona que te conoce desde antes de que supieras mentir. Ella me preguntó por Lautaro. Cómo besaba, cómo era cuando se ponía bruto. Le contesté con la verdad, y vi cómo se le entrecortaba la respiración.

Los tres terminamos cerca de la pileta, tomando vino bajo el último sol de la tarde. Mi hermana se reía fuerte, se paraba a bailar, cantaba pedazos de canciones que se inventaba. Estaba borracha y feliz, soltada por primera vez en mucho tiempo. Lautaro aprovechó ese momento. La tomó de la mano y la sentó sobre sus piernas, despacio, midiendo la reacción.

Ella no se movió.

Siguió ahí, sonriendo, con la copa en una mano y el otro brazo enroscado en el cuello de él, canturreando como si nada raro estuviera pasando. Pero estaba pasando, y los tres lo sabíamos.

—Voy un segundo al baño —dije, y me levanté.

Los dos asintieron con la cabeza sin mirarme. Caminé hacia adentro pensando: es ahora. Si Lautaro no arranca en estos minutos, después ya va a ser tarde.

Cuando volví, mi hermana estaba sentada de lleno sobre su falda y se estaban besando. Me escuchó llegar y se separó de golpe, buscándome con los ojos, asustada, como esperando un reto.

—No seas tonta —le dije, y me dejé caer en la reposera—. Esta es mi compensación para vos.

Y me quedé ahí, mirando lo que iba a suceder.

***

Ella entendió. Volvió a besarlo, esta vez con ganas, apasionada, como si se hubiera sacado un peso de encima. Lautaro no se quedó atrás. Se paró cargándola en brazos y la sentó sobre la barra de madera que usamos para apoyar los tragos en el fondo.

Le sacó la remera de un tirón. Sus pechos quedaron al aire, enormes, mucho más grandes que los míos, y él se quedó un segundo mirándolos antes de hundir la cara en ellos. Le besaba el cuello, le mordía despacio, bajaba hasta los pezones y volvía a subir. El muy hijo de puta estaba como loco. Claro, yo no tengo semejantes tetas, y eso a él lo enloquecía.

Mi hermana jadeaba. Pedía que se la metiera ya, sin darse cuenta de que con Lautaro las cosas no funcionan así. Él tiene su tiempo, su ritmo, y lo disfruta más cuando hace esperar.

Le bajó el short y la bombacha de un solo movimiento y se arrodilló. Le separó las piernas sobre la barra y empezó a comerle el sexo mientras le apretaba y pellizcaba las tetas con las dos manos. Mi hermana arqueó la espalda. Se aferró al borde de la madera, echó la cabeza atrás y acabó ahí mismo, temblando, con la boca abierta sin que le saliera la voz.

Yo ya había empezado a tocarme en la reposera. No pude evitarlo.

***

Lautaro la levantó en brazos. Ella, completamente desnuda; él, todavía con el pantalón puesto. Era una imagen hermosa, de esas que se te quedan grabadas. La llevó hasta el pasto y la dejó de rodillas sobre el césped.

Él también quería lo suyo. Se bajó el pantalón y la verga le saltó dura, tremenda. Estoy segura de que mi hermana nunca había tenido una así de grande. La agarró con una mano, dudó un instante y me buscó con la mirada, como pidiéndome permiso.

Le sonreí. Es toda tuya.

Empezó a chupársela. No podía con todo, pero lo intentaba con ganas, mirándolo desde abajo. Lautaro la dejó hacer un rato y después se cansó. Le ordenó que se pusiera en cuatro.

Ella obedeció enseguida.

Él se agachó y volvió a lamerla por detrás, despacio, recorriéndola entera. Después la penetró. Empezó suave, midiendo, mientras mi hermana gemía atravesada por esa verga, con los dedos clavados en el pasto. De a poco le fue dando más fuerte. Más hondo. Mi hermana ya no gemía: gritaba de placer, y yo acabé por primera vez en la reposera, mordiéndome el labio para no hacer ruido.

Seguí mirando.

Ella gritaba cada vez más. Tenía todo el cuerpo transpirado, brillándole con la luz que se iba. Podría jurar que tuvo varios orgasmos uno detrás del otro, sin pausa, como si su cuerpo no le perteneciera.

Lautaro todavía no había acabado. Lo conozco, sé cómo respira cuando está cerca y esa noche estaba lejos de terminar. La levantó del suelo, la cargó otra vez en brazos y la volvió a ensartar ahí, en el aire, sosteniéndola con una mano en cada nalga. La hacía subir y bajar sobre su verga mientras le comía las tetas. Mi hermana estaba en otro mundo. Yo lo sé porque me pasa, a mí me pasó muchas veces con él: tanta verga y tan duro que dejás de pensar.

La escena era maravillosa. Mi hermana gimiendo y acabando como una loca, como una putita, colgada de su cuello.

***

La bajó al fin y la puso en cuatro sobre la reposera, justo al lado de donde yo estaba. Ahí supe lo que venía. Era la hora del final.

Con una mano le agarró todo el pelo y con la otra le sujetó la cintura. Se la metió hasta el fondo y la sacaba toda, lento, para volver a meterla entera. Esa verga desaparecía adentro de mi hermana y volvía a salir brillando. Ella gritaba, jadeaba, decía que no podía más.

Hasta que él se hundió hasta el fondo, se quedó quieto un segundo y la llenó. Acabaron los dos al mismo tiempo, ese instante perfecto que casi nunca se da.

Cuando salió, pude ver a mi hermana todavía en cuatro, con las piernas temblándole y el semen cayéndole despacio. Quedó tirada sobre la reposera, deshecha, sin fuerzas. Lautaro se quedó de pie mirándola, contemplando su obra de arte.

Me quedé un rato más en la reposera, con la respiración agitada, mirando esa escena que había imaginado tantas veces y que ahora era real. No sentía celos. Sentía algo más raro y más fuerte: orgullo. Como si le hubiera dado a mi hermana un regalo que nadie más podía darle.

Lo tomé de la mano sin decir nada.

Nos fuimos los dos a la ducha y la dejamos ahí, descansando bajo las estrellas. Más tarde, cuando me crucé con ella en la cocina, no hizo falta hablar. Me abrazó largo, fuerte, y entendí que esa era la mejor compensación que le había dado en la vida.

Quizás algún día cuente todo esto desde el punto de vista de ella. Aunque, conociéndome, no creo. Algunas historias es mejor dejarlas contadas una sola vez.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (6)

Ferchu_rba

que relato!!! me dejo sin palabras

Lucia_Conf

Espero que haya una segunda parte porque esto no puede quedar ahi jajaja. Me engancho muchisimo

CuriosoBA

La escena junto a la pileta la imagine perfectamente. Muy bien narrado, se siente autentico.

MiguelOsorno

Las confesiones son las que mas me gustan por eso, parecen de verdad. Tremendo relato.

lector_bsas

Que valiente contarlo de esta manera. Sigue escribiendo por favor!

Pablin_cba

Se me hizo corto, quede con muchas ganas de mas. Muy bueno!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.