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Relatos Ardientes

La chica de la plaza terminó en mi habitación

Aquel torneo nos tenía en una ciudad chica del centro del país, de esas con plaza principal, kioscos y un calor que no aflojaba ni de noche. Yo viajaba con el equipo de futbol del barrio, un grupo de amigos más interesados en pasarla bien que en levantar la copa. Jugábamos por las mañanas, antes de que el sol pegara fuerte, y el resto del día era nuestro.

Ese fin de semana se nos juntó todo. Entrenamos temprano porque Rubén, nuestro portero, quería afinar la mano antes del partido. Ganamos sin despeinarnos y, ya bañados y de civil, fuimos a saludar a unos parientes de un compañero que tenían una farmacia cerca del centro.

El tío era médico y, entre plática y plática, nos contó que también llevaba la revisión sanitaria de cierta zona de la ciudad. Medio en broma, medio en serio, terminó regalándonos un puñado de preservativos «por si las dudas, muchachos». Salimos de ahí muertos de risa, con los bolsillos llenos.

Esa misma noche nos colamos a una fiesta y después fuimos a jugar billar. Estuvimos vacilando hasta tarde, inflando los condones como globos y soltándolos por el local. Una tontería de chamacos. El problema fue el día siguiente.

Habíamos quedado en ir todos a una excursión a una fábrica de textiles, una de esas visitas que el organizador del torneo nos había conseguido. Por trasnochar, Tomás y yo nos quedamos dormidos y, cuando bajamos al lobby, el camión ya se había ido hacía rato.

Nos quedamos sin plan. Fuimos al otro hotel a ver si encontrábamos a algún rezagado, pero estaba vacío. Así que aprovechamos: nos metimos a nadar a la alberca, comimos ahí mismo y, ya entrada la tarde, caminamos hasta la plaza a matar el tiempo.

Estábamos sentados en una banca cuando unas chicas que andaban por ahí se nos acercaron.

—¿Ustedes no son los que jugaron en la mañana? —preguntó una, sonriendo.

—Los mismos —contestó Tomás, encantado de que alguien nos reconociera.

Nos quedamos platicando. Eran cuatro, simpáticas, con esa confianza fácil de la gente de pueblo que conoce a todo el mundo y no le teme a nada. Elogiaban nuestros uniformes, decían que se nos veían bien, y entre comentario y comentario la cosa empezó a calentarse sola. Ellas tocaban nuestros brazos como admirando lo que el futbol nos había dejado, nosotros les seguíamos el juego mirándoles la figura sin disimular demasiado. Tomás, que nunca tuvo vergüenza para nada, le robó un beso a una y las demás se rieron, coloradas, sin moverse del lugar.

Dimos una vuelta por la plaza ya con más cancha. Unos iban abrazados de los hombros, otros de la cintura, como si fuéramos parejas de toda la vida. La que me había tocado a mí —se llamaba Daniela— me dijo que le gustaba mi chamarra, que mi apellido bordado no era común. Le dije que si quería se la enseñaba de cerca, y nos escapamos hacia mi hotel con cualquier pretexto. Rubén, que nos vio salir, le dijo algo a su chica y los dos se fueron hacia el mostrador.

***

Llegamos a mi habitación. Daniela pasó al baño y yo aproveché para cambiarme y ponerme otra vez el uniforme completo, el de la chamarra que tanto le había gustado. Apenas estaba por subirme el short cuando ella salió, se paró en el marco de la puerta y me miró de arriba abajo.

—Tienes unas piernas fuertes —dijo, divertida.

Volteé a verla, medio en pelotas, tratando de cubrirme con la prenda.

—Perdón, pensé que tardarías más.

—No importa, así te ves bien.

Se rió y caminó hacia mí. Me puse el short y la playera, y cuando iba a tomar la chamarra ella se adelantó.

—Se ve calentita... me gusta mucho —dijo, y se la echó sobre los hombros.

La abracé por detrás. Ella acariciaba el escudo bordado en la manga mientras yo me pegaba más, dejándole sentir lo duro que ya estaba contra ella. Giró la cabeza con una media sonrisa y la besé. Mis brazos le rodearon el cuerpo, la apreté contra mí, subí las manos despacio hasta sus pechos y los apreté con suavidad.

Ella empujó la cadera hacia atrás. Con el movimiento, su falda corta se subió lo justo para que sintiera su piel contra mis piernas. La giré de frente y la volví a abrazar fuerte, sus pechos contra el mío. La chamarra resbaló al piso. Mis manos bajaron a su cadera y la fui empujando con todo el cuerpo hacia la cama, metiendo los dedos bajo la tela para tocarla por encima de la ropa interior, una de encaje rosa con un dibujo de moños al frente.

Nuestras lenguas se buscaban y su respiración se aceleraba. La recosté en la cama y empecé a bajarle la prenda con las manos que ya tenía adentro, en contacto con su piel.

—No, espera, puede venir alguien —murmuró, entre nerviosa y entregada.

—No viene nadie. Tranquila, solo disfruta.

La besé en el cuello mientras le terminaba de bajar la ropa interior con una mano y con la otra le desabotonaba la blusa. Le saqué un pecho del sostén y le atrapé el pezón con la boca.

—En serio, espera —dijo, cerrando un poco las piernas al sentir mi bulto—. No podemos, me puedo embarazar.

Le quité del todo la prenda y la lancé por ahí. Empecé a acariciarla entre las piernas sin dejar de besarla. Ella gimió, ya rendida, y apenas alcanzó a preguntar:

—¿Tienes condón?

—Sí, pero nunca he usado uno.

Fui a sacar uno del pantalón. Cuando volví, ella se había quitado la blusa y el sostén, y se cubría los pechos con un brazo, mirándome con una mezcla de duda y deseo. Me acerqué desnudo, rompí el sobre y le dije sonriendo:

—Ayúdame... nunca lo he hecho.

—Yo tampoco —respondió, incorporándose para tomar el preservativo.

La besé y, guiándole la mano con la mía, lo fuimos colocando juntos. Mientras ella terminaba de desenrollarlo, yo estiré el brazo y empecé a acariciarla, recorriéndola despacio, hundiendo apenas un dedo en lo húmeda que ya estaba. Bajé a besarle el vientre, más abajo todavía, y pasé la lengua entre sus labios.

—Aahh, ¿qué haces? Se siente muy rico —jadeó.

Seguí ahí un rato. Entre beso y beso le pregunté:

—¿Es tu primera vez?

—No, ¿y eso qué importa? —contestó, agitada.

—Por nada. Como dijiste que nunca habías usado condón...

—Solo lo he hecho un par de veces, con mi novio, después de mi periodo. Por eso nunca usamos.

Seguí con la boca y metí un par de dedos. No tardó mucho en retorcerse, apretándome la cabeza contra ella, gimiendo sin medir el volumen.

—¡Qué bien lo haces! Mi novio nunca me hace esto —dijo, entre risas y suspiros.

***

Subí besándole el cuerpo hasta su boca y la besé hondo. Ella levantó las piernas y, guiándome con la mano, empecé a entrar despacio. Solo emitía sonidos roncos que yo callaba con besos.

—Espera, está muy grueso, siento que me partes.

—Tranquila, es nada más acostumbrarte.

Empujé lo que faltaba y me quedé quieto un momento, dentro. Después arranqué un vaivén lento, continuo. Apretaba como no tienes idea. La fui embistiendo cada vez más profundo, acariciándole los pechos, mientras ella me cruzaba las piernas en la cintura y me clavaba las uñas.

Le puse las manos en la cadera y la moví a mi ritmo. Era delgada, ligera, podía acomodarla como quería. Poco a poco se fue soltando y empezó a seguirme, empujándome hacia ella con las manos. Las embestidas se hicieron más fuertes, su respiración un chillido fino que crecía. Los dos sudábamos, sin tregua.

Me arañó la espalda cuando se vino otra vez. Aproveché para girarnos y dejarla arriba. La subía y la bajaba con las manos, el roce constante me llevó al borde rápido. Terminé con fuerza mientras ella, recostada sobre mi pecho, sentía cómo me sacudía.

Nos quedamos abrazados, riéndonos, recuperando el aire. Cuando me bajó la calentura, me retiré, até el condón y ella lo tomó curiosa, mirándolo a contraluz.

—Oye, ¿me regalas tu chamarra? Me encantó.

—No puedo, es del uniforme. Pero tengo una playera igual, con las letras y el escudo. Esa sí te la doy... cuando terminemos.

—¡Pero si ya terminamos!

Le tomé la mano y la llevé entre mis piernas.

—Él no opina lo mismo.

—¿Otra vez? —dijo, sin soltarme—. ¿Tienes más condones?

—Sí. Pero tengo un antojo: quiero sentirte sin nada, piel con piel.

—No, eso no. Ya pasó mi periodo, es peligroso.

—Solo un poco. Quiero sentirte y terminar afuera, te lo prometo.

Insistí mientras la besaba y la tocaba. Ella seguía acariciándome, dudando, hasta que cedió. Me acomodé encima, la puntee despacio en la entrada y de un empujón firme metí más de la mitad. Gimió, mordiéndose el labio, echando la cabeza atrás. Otro empujón y entré del todo.

Iniciamos un vaivén sin nada de por medio. Se sentía completamente distinto: el calor, lo apretada que estaba, cómo se ajustaba a mí. La embestí más hondo, le doblé las piernas casi contra el cuerpo para llegar más adentro.

—¿Así te gusta más? —le pregunté.

—Mucho. Te siento todo —contestó, moviéndose conmigo.

Aceleré hasta que la cama empezó a rechinar. Tuvo otro orgasmo y bajé el ritmo para dejarla disfrutarlo. En cuanto se calmó, retomé fuerte y, a punto de venirme, me salí. Me acerqué a su cara, ella entendió, abrió la boca y terminé ahí, sosteniéndole apenas la nuca.

—Pásatelo, es mejor —le dije entre suspiros.

Cuando acabé, se rió, con los ojos brillosos.

—¿Te gustó? —pregunté, acariciándole la cara.

—Sí, aunque sabe raro —dijo, y me limpió con la lengua.

***

Nos metimos a bañar a las carreras, porque ya se oían sus amigas platicando con mis compañeros en el pasillo, buscándola. Nos vestimos, le di la playera prometida —con el mismo escudo bordado— y se fue contenta.

Yo me quedé un rato más en el cuarto, tirado en la cama, con el ventilador girando lento y la sábana revuelta, pensando que perder aquella excursión a la fábrica había sido, de lejos, lo mejor que me pasó en todo el torneo. Esa noche en el billar mis compañeros me preguntaron por qué andaba con esa sonrisa de bobo y no les dije nada. A veces lo cuento y nadie me lo cree del todo. Pero pasó, tal cual, en esa ciudad chica del centro del país de la que ya ni recuerdo el nombre, solo la chamarra, la plaza y esa tarde que no se me ha borrado.

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Comentarios (6)

SantiRiver22

excelente!!! uno de los mejores que lei ultimamente

FelipeMza

Por favor continuá, me dejaste colgado justo en la mejor parte jaja

Rocio45

Eso de las piernas fuertes me pareció super natural, asi empiezan estas cosas en la vida real. Me encantó

NachoBaires

Me recordó a una tarde con una chica que conocí de casualidad. Esas situaciones que no planeás suelen ser las mejores

Tomi_87

Y como terminó la tarde? no nos podés dejar así jaja, esperando la segunda parte

Cata_83

Muy bien narrado, se nota que lo viviste de verdad. Le pone otro sabor cuando se siente autentico y no forzado

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