La desconocida de la app que crucé la ciudad por conocer
Hacía mucho que no me sentaba a escribir nada. Había perdido las ganas, esa especie de necesidad de contar las cosas que antes me empujaba. Pero hay historias que se quedan dando vueltas hasta que las sacás, y esta es una de ellas. Así que acá va, tal como pasó, con los nombres cambiados porque todavía me cruzo con gente que la conoce.
A Mariana la conocí por una de esas aplicaciones de citas, de esas en las que deslizás caras durante horas sin esperar nada. Ella tenía veintitrés años y yo unos cuantos más, aunque no tantos como para que la diferencia importara. Los dos estábamos metidos en la universidad: ella terminando el último año de su carrera, yo a punto de empezar un posgrado en la misma facultad donde ella quería seguir estudiando. Quizás fue eso lo que primero le llamó la atención de mí. Le gustaba la idea de que alguien le contara cómo era ese mundo al que ella estaba por entrar.
Era una mujer de un metro setenta, de piel muy blanca, casi como una hoja de papel, con un puñado de pecas repartidas por los hombros. Tenía los ojos marrones y el pelo castaño, ondulado, con un reflejo apenas rojizo que se notaba cuando le pegaba el sol. Justo el tipo de pelo que a mí me vuelve loco. Era delgada, sin ser de gimnasio, y tenía unos pechos grandes y suaves de los que estaba orgullosa, lo primero que mencionaba cuando hablábamos de su cuerpo.
El primer día que empezamos a charlar pasamos rápido de la aplicación a WhatsApp, como pasa siempre cuando hay química de verdad. Y la cosa se calentó enseguida. No habían pasado dos horas cuando ya nos estábamos mandando fotos. Yo le mostré lo que tenía, sin mucho preámbulo, y ella lo recibió encantada. Me devolvió un video que me dejó sin aire: empezaba a tocarse despacio, pero a último momento, medio por vergüenza, se tapaba con la poca tela del vestido que le quedaba puesto. Esa mezcla de descaro y pudor me desarmó. Esa misma tarde nos masturbamos juntos, cada uno en su casa, hablándonos por audio.
Los días siguientes seguimos igual o peor. Nos mandábamos de todo: fotos, videos largos, videollamadas a la una de la mañana en las que ninguno quería ser el primero en cortar. El problema era la distancia. Ella vivía en la otra punta de la ciudad, a una hora y media en transporte, y entre sus parciales y mis horarios nunca encontrábamos el día para vernos en persona. Así que la cosa siguió siendo eso: dos personas calientes separadas por una pantalla.
***
Hasta que llegó un fin de semana largo. Mariana me escribió un martes, eufórica, contándome que su familia viajaba a pasar el feriado al distrito donde yo vivía. Tenían parientes ahí. Por una vez, el mapa jugaba a nuestro favor.
—¿Y vos podés escaparte? —le escribí, sin querer hacerme demasiadas ilusiones.
—Si invento algo, sí —me respondió—. Una amiga, una vuelta. Algo se me ocurre.
La noche anterior habíamos tenido una videollamada larguísima, de esas que terminan con los dos agotados y sonriendo a la nada. Pero esta vez había algo distinto en el aire, porque los dos sabíamos que al día siguiente íbamos a estar en el mismo cuarto, sin cámara de por medio. Apenas colgó, busqué la forma de quedarme solo. A mi familia le dije que tenía que estudiar, que me iba a quedar en casa todo el día. Para cuando amaneció, ya tenía la casa para mí.
No me lo terminaba de creer.
A media tarde fui a buscarla a la esquina donde habíamos quedado. La vi de lejos y se me secó la boca. Tenía puesta una camiseta blanca, simple, que le marcaba el pecho de una manera que me hizo olvidar cómo se caminaba. El pelo suelto, ondulado, moviéndose con el viento. Cuando llegué hasta ella la agarré de la cintura para saludarla y sentí su cuerpo tibio pegarse al mío un segundo de más.
—Más linda en persona —le dije al oído.
Ella se rió, nerviosa, y bajó la vista. Toda la seguridad que tenía detrás del teléfono se le había aflojado un poco ahí, en la calle, frente a mí. Me gustó verla así.
Pedimos un taxi. En el camino no hablamos demasiado; los dos teníamos la cabeza en el mismo lugar y las palabras sobraban. Le apoyé la mano en la rodilla y la fui subiendo despacio, apenas, lo justo para que ella entendiera y se mordiera el labio mirando por la ventanilla. Acá tengo que aclarar una mentira que ella me había metido la noche anterior: durante la videollamada me había dicho que estaba con la regla, medio en broma, medio para ver cómo reaccionaba. Yo le había seguido el juego. Spoiler: no era verdad, y lo iba a descubrir bastante pronto.
***
Entramos a casa y la llevé directo a mi habitación. No hubo recorrido por el living, ni café, ni charla de relleno. Apenas cerré la puerta nos empezamos a besar, y fue como destapar todo lo que habíamos estado conteniendo durante semanas. La besé con ganas, sosteniéndole la nuca, mientras con la otra mano le iba levantando la camiseta blanca. Ella levantó los brazos para ayudarme y, cuando por fin le tuve los pechos en las manos, suaves y pesados, me di cuenta de que llevaba imaginándome ese momento desde el primer video.
La fui empujando hasta la cama. Me bajé el pantalón y ella, de rodillas en el borde del colchón, me la empezó a chupar despacio, con una timidez que contrastaba con lo lanzada que era por chat. Tenía los ojos marrones levantados hacia mí, midiendo cada reacción mía. Mientras tanto yo le terminaba de sacar el pantalón y la ropa interior, y fue ahí cuando confirmé la mentira: la regla no existía. Me reí solo.
—Mentirosa —le dije.
Ella soltó una risita con la boca todavía ocupada y no se molestó en disculparse.
La recosté del todo y le abrí las piernas, estirándola sobre la cama. Bajé y le pasé la lengua, despacio primero y después con más hambre. Tenía un sabor intenso, de mujer de verdad, y eso me prendió todavía más. Me quedé ahí un rato largo, sintiendo cómo se le tensaban los muslos a cada lado de mi cara, cómo se le escapaban esos gemidos que yo ya conocía de memoria por las videollamadas, pero que en vivo sonaban completamente distintos, más graves, más reales.
Cuando levanté la cabeza, le dije la verdad incómoda:
—No tengo forros.
Se incorporó de golpe, indignada.
—¿Cómo que no tenés? —me reclamó—. Andá a comprar, dale.
Me reí, derrotado, y me empecé a vestir. Antes de salir me di vuelta desde la puerta.
—No te muevas. No te vistas. Esperame justo así.
Ella me tiró una almohada, pero se quedó.
***
La farmacia más cercana estaba a tres cuadras, y juro que nunca caminé tan rápido en mi vida. Compré, pagué casi sin mirar el vuelto y volví medio trotando. Cuando abrí la puerta del cuarto me la encontré tapada hasta el cuello con la sábana, los ojos enormes.
—Escuché ruidos —me susurró, asustada—. Pensé que había llegado alguien de tu familia.
—No hay nadie —le dije, cerrando la puerta con traba—. Somos solo nosotros.
Le saqué la sábana de un tirón y ahí seguía, tal como la había dejado, abierta y esperándome. La imagen me terminó de encender. Me desvestí en dos movimientos, me puse el preservativo y me acomodé entre sus piernas. Entré despacio, mirándola a la cara, y ella echó la cabeza hacia atrás con un quejido largo que se le escapó del fondo.
Empecé suave, dejándola acostumbrarse, sintiéndola apretada y caliente alrededor. Después fui subiendo el ritmo. Ella me clavaba las uñas en la espalda y me buscaba la boca entre embestida y embestida. Sus pechos blancos rebotaban con cada movimiento, y yo no sabía si mirarle la cara, que se descomponía de placer, o ese cuerpo que durante semanas solo había visto detrás de un cristal.
La di vuelta y la puse de espaldas a mí. Me gustaba su espalda, esa línea blanca y lisa que bajaba hasta la cadera. La agarré de ahí y seguí, más fuerte ahora, escuchándola gemir contra la almohada para no hacer escándalo, aunque no hubiera nadie que pudiera escucharnos. En algún momento giró la cabeza y me buscó con la mirada por encima del hombro, despeinada, transpirada, completamente entregada, y eso fue lo que me terminó.
***
Después nos quedamos un rato tirados, recuperando el aire, riéndonos de la mentira de la regla y de la corrida a la farmacia. Pero el reloj no perdona, y ella tenía que volver con su familia antes de que empezaran a hacer preguntas. La ayudé a vestirse, lo cual fue su propia tortura, porque cada vez que le acomodaba la camiseta volvía a tener ganas.
Discutimos un momento por una tontería: yo quería quedarme con su ropa interior, de recuerdo, medio en chiste medio en serio. Ella se negó en seco, muerta de risa, y se la guardó en la cartera antes de que yo pudiera ganar esa pelea.
—Ni lo sueñes —me dijo—. Esto se viene conmigo.
La acompañé caminando hasta la casa donde estaba parando su familia. Íbamos de la mano, sin hablar mucho, los dos todavía con el cuerpo zumbando. La dejé a media cuadra, para que nadie nos viera juntos, y la miré entrar como si nada, peinada de apuro, con esa cara de quien acaba de hacer algo que nadie alrededor se imagina.
—¿Le vas a contar a tu mejor amiga? —le pregunté antes de soltarle la mano.
Mariana se quedó pensando un segundo, con esa media sonrisa que tenía.
—No —me dijo—. Esto es solo mío.
Y se fue. La vi cruzar la reja, saludar a alguien adentro, sentarse a la mesa con su familia como si volviera de dar una vuelta cualquiera. Solo ella sabía lo que había pasado esa tarde, y solo ella podía saber lo que se siente estar sentada ahí, conversando de cosas triviales, con el cuerpo todavía latiendo por dentro.
De eso ya pasaron varios años. No volvimos a vernos más que un par de veces, y la vida nos llevó por caminos distintos. Pero esa tarde, la de la mentira y la corrida a la farmacia, la de la desconocida que crucé media ciudad para conocer, se quedó conmigo. Por eso, después de tanto tiempo sin escribir, me senté a contarla. Algunas historias lo piden.