Lo que pasó en la azotea con el amigo de mi hermano
Nunca fui de las que se lanzan al primero que les sonríe. Lo digo de verdad, porque lo que voy a contar todavía me cuesta creerlo de mí misma. Tenía veintiséis años y una vida bastante tranquila: trabajo, casa, los domingos en familia. Pero esa noche algo se me soltó por dentro, como un nudo que llevaba meses apretado sin que yo lo notara.
Todo empezó cuando mi hermano mayor invitó a su mejor amigo a quedarse unos días en casa. Se llamaba Tobías y estaba resolviendo unos papeles complicados, así que necesitaba un lugar donde dormir mientras tanto. Yo lo conocía de toda la vida, o eso creía. Lo que no había querido admitir era la forma en que me miraba desde hacía un tiempo.
Era una mirada distinta. Una sonrisa de medio lado y unos ojos que me recorrían entera sin ningún disimulo, como si supiera algo que yo todavía no me atrevía a saber. Yo fingía no darme cuenta. Pasaba por el pasillo con mi ropa de andar por casa y sentía cómo su atención se iba directa a mi culo, a mis tetas marcándose bajo la remera sin corpiño, deteniéndose más de lo decente.
No pasa nada, me repetía. Es el amigo de mi hermano. No pasa absolutamente nada.
Pero sí pasaba. Y esa noche en particular, el calor lo dejó todo en evidencia.
***
El aire acondicionado se había averiado dos días antes y la casa entera era un horno. Olía a verano encerrado, a sudor y a algo más que no me animaba a nombrar. Mi hermano se durmió temprano, después de un par de cervezas frente al televisor, y yo me quedé dando vueltas en la cama sin lograr pegar el ojo. La sábana se me pegaba a la piel. Cada minuto se hacía eterno. Había metido la mano entre las piernas más de una vez esa semana pensando en él, tocándome el clítoris hinchado hasta corrmele mordiendo la almohada, y aun así al día siguiente lo cruzaba en el pasillo y volvía a mojarme como si nada.
Al final me rendí. Me levanté, me até el pelo en un moño flojo y subí a la azotea buscando un poco de aire. Allí arriba al menos corría una brisa tibia, y la ciudad se veía tranquila, con sus luces dispersas y un silencio raro para esa hora. Me apoyé en la baranda y respiré hondo, tratando de poner en orden todo lo que sentía.
Entonces escuché los pasos. Pesados, lentos, subiendo por la escalera de cemento. No me hizo falta voltearme para saber que era él. Lo supe en el cuerpo, antes que en la cabeza, por la forma en que se me erizó la piel de los brazos y por cómo, sin haberlo tocado todavía, ya sentía el coño palpitándome bajo la tela finita del short.
Tobías apareció en el umbral sin camiseta, con un pantalón corto deportivo y el pecho todavía brillante por el calor. Se quedó un segundo mirándome, apoyado en el marco, y después habló con una voz más ronca de lo habitual.
—¿No puedes dormir? —preguntó.
Me giré despacio, la espalda contra la baranda, y lo miré directo a los ojos. No bajé la vista como otras veces. Esa noche, por alguna razón, decidí sostenerle la mirada. Y bajé la mía a propósito, un segundo, hasta el bulto que se le marcaba clarito bajo el pantalón deportivo. Cuando volví a subirla, él ya sabía que lo había visto.
—Es el calor —dije—. Y otras cosas.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Avanzó dos pasos, despacio, como si me estuviera dando tiempo a escapar. No escapé. Me quedé ahí, sintiendo el corazón en la garganta y una corriente que me bajaba por el vientre hasta clavarse entre las piernas, empapándome las bragas de un tirón.
***
No sabría decir quién se acercó primero. De repente lo tenía a centímetros, su calor mezclándose con el mío, su respiración rozándome la frente. Me puso una mano en la cintura, apenas, como una pregunta. Yo respondí inclinándome hacia él y agarrándolo directamente por encima del pantalón. Estaba durísimo. Se le escapó un gruñido bajo cuando le apreté la polla con la palma abierta.
—Llevo mucho tiempo imaginándome este momento —murmuró contra mi oído—. Cada puta noche, ¿sabés? Cada noche me hago la paja pensando en cómo te movés por la casa, en tus tetas cuando bajás a la cocina sin corpiño, en lo que te haría si me dejaras.
Sentí su boca en el cuello, suave al principio, después con más hambre. Me chupó la piel hasta hacerme gemir, me mordió la curva del hombro, subió hasta la oreja y me la lamió despacio, y cada beso me arrancaba un suspiro que ya no me molestaba en disimular. Sus manos subieron por mi espalda, me sacaron la remera de un solo movimiento y volvieron a bajar. Me agarró las tetas con las dos manos, sin delicadeza, apretándolas contra sus palmas y pellizcándome los pezones hasta que se me pusieron duros como piedras. Me arrancó un gemido que rebotó en el silencio de la azotea.
—Callate, nena —susurró, sonriendo contra mi boca—. Vas a despertar a tu hermano.
Me giró con cuidado y me apretó contra él. Sentí lo excitado que estaba a través de la tela fina del pantalón, la verga dura clavándoseme en la parte baja de la espalda, dura y palpitando como si tuviera vida propia. Me agarró con firmeza, una mano en la cadera y la otra subiendo por el vientre hasta cerrarse otra vez sobre una teta, y yo eché la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro, restregándole el culo contra la polla en círculos lentos.
La otra mano bajó. Me metió los dedos por debajo del short y de las bragas de un tirón, y cuando encontró lo empapada que estaba soltó una risa ronca contra mi oído.
—Mirá cómo estás. Estás chorreando, puta.
Me abrió los labios con dos dedos y me acarició el clítoris en círculos justo como necesitaba, mientras con la otra mano me seguía apretando el pecho. Yo me arqueé contra él, abriéndole las piernas más, ofreciéndoselo entero.
—Dime que pare —dijo, con la voz quebrada, hundiéndome dos dedos hasta el fondo del coño de una sola vez—. Dilo y paro ahora mismo.
—No quiero que pares. No pares, por favor, no pares.
Fue todo lo que necesitó escuchar.
***
Me volteó de nuevo y me besó por fin en la boca, un beso largo, profundo, con la lengua buscando la mía mientras sus dedos seguían moviéndose dentro de mí, entrando y saliendo, mojándose enteros. Yo le clavé las uñas en la espalda, lo atraje más, sintiendo cómo todo el cuerpo me pedía más de lo que la cabeza se atrevía a pedir. Cada vez que curvaba los dedos me golpeaba un punto que me hacía ver estrellas, y el pulgar seguía dándome vueltas en el clítoris hasta que sentí que se me iban a doblar las rodillas.
—Voy a acabar —jadeé contra su boca—. Así, así, no pares…
—Acabá para mí —me dijo, acelerando la muñeca—. Dejame sentírtelo en la mano.
Me corrí ahí mismo, apretándole los dedos con el coño en espasmos largos, mordiéndole el hombro para no gritar. Él no paró hasta que me temblaron los muslos y le supliqué que aflojara. Se sacó los dedos empapados, se los llevó a la boca sin quitarme los ojos de encima y los chupó uno por uno.
—Riquísima —murmuró—. Ahora te toca a vos.
Bajé las manos por su pecho, por el abdomen firme, hasta el borde del pantalón. Lo miré una última vez, buscando confirmación en sus ojos, y se lo bajé de un tirón junto con el bóxer. Le saltó afuera la polla, dura, gruesa, con la punta ya brillando de líquido, y verla así me terminó de encender por completo. Era más grande de lo que había imaginado en las tantas noches encerrada en mi cuarto tocándome pensando en él.
Me arrodillé sobre el suelo todavía tibio de la azotea. No me importó nada: ni el cemento bajo las rodillas, ni el riesgo, ni lo que estábamos haciendo. La tomé con la mano, se la apreté en la base, y le di una lamida larga desde los huevos hasta la punta. Él se estremeció entero y soltó una puteada por lo bajo. Le lamí la cabeza en círculos, saboreando el sabor salado del líquido que le brotaba, y después me la metí entera en la boca, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta.
—Ay, la puta madre —gimió, hundiendo los dedos en mi pelo sin forzar—. Así. Justo así, mamámela así.
Me tomé mi tiempo. Subía y bajaba la boca con ritmo, apretando los labios alrededor, ayudándome con la mano en la base para acompañar cada movimiento. La otra mano se la usé en los huevos, acariciándoselos suave, y él tuvo que apoyarse contra la baranda porque se le aflojaban las piernas. La saqué un segundo para lamérsela toda por el costado, para chuparle la cabeza como si fuera un caramelo, para escupirle encima y volver a metérmela hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Mirame —le pedí, sacándomela un momento y masturbándosela contra mi boca abierta—. Mirame chupándotela.
Lo miré desde abajo y vi en su cara una mezcla de placer y de incredulidad, como si tampoco él pudiera creer que esto estuviera pasando. Movió las caderas, empezó a follarme la boca despacio, agarrándome del pelo con las dos manos, y yo se lo dejé hacer, relajando la garganta y dejando que se hundiera todo lo que quisiera. Me caía la baba por el mentón, me caía por las tetas, y me daba absolutamente igual.
Cuando sintió que estaba a punto de correrse, se sacó de mi boca casi con violencia y me levantó por los brazos con una delicadeza que no esperaba. Me besó otra vez, esta vez más lento, saboreándose a sí mismo en mis labios, y me llevó hasta la pared lateral de la azotea, la que daba a la oscuridad del patio.
***
Me quitó lo que me quedaba de ropa con una paciencia que me volvía loca, prenda por prenda, deteniéndose a besar cada centímetro que dejaba al descubierto. Cuando por fin estuve desnuda contra la pared todavía tibia, sus manos me recorrieron entera, y su boca siguió el mismo camino. Me chupó los pezones uno por uno, mordiéndomelos apenas, bajó por el vientre y se arrodilló frente a mí.
Me levantó una pierna sobre su hombro y hundió la cara entre mis muslos sin previo aviso. La lengua se me clavó en el coño, larga, ancha, lamiéndome de abajo hacia arriba, chupándome los labios, penetrándome entera. Yo me agarré de sus pelos con las dos manos y empecé a moverme contra su boca, sin poder controlarme, mientras él me lamía como si tuviera sed atrasada de años.
—Sos deliciosa —gimió contra mí, y la vibración me subió por toda la columna—. Estás toda mojada para mí.
Me metió dos dedos otra vez mientras me chupaba el clítoris, moviéndolos rápido, buscando ese punto adentro que me hacía perder la cabeza. Estaba a punto de correrme de nuevo cuando se detuvo, se puso de pie y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Ni se te ocurra acabar todavía —me dijo—. Te vas a acabar con mi verga adentro.
—Te voy a hacer olvidar que existe el mundo —dijo, y no era una amenaza, era una promesa.
Me sostuvo una pierna, se acomodó contra mí y me clavó la polla despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba centímetro a centímetro, cómo el coño me palpitaba tenso alrededor de él, adaptándose al grosor, y dejé escapar un grito que tuve que ahogar contra su hombro para no despertar a media casa.
—Qué apretada, la puta —jadeó contra mi oído—. Estás hecha para mi verga.
Empezó a moverse con ritmo, sin prisa al principio, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela hasta el fondo, sosteniéndome con fuerza contra la pared. Cada embestida me arrancaba un gemido nuevo, más hondo que el anterior. Le clavé los talones en la parte baja de la espalda, lo atraje, le pedí más sin palabras, solo con el cuerpo. Y él aceleró. Empezó a follarme más fuerte, chocando contra mí de manera que se escuchaba el ruido húmedo de nuestros cuerpos golpeándose en el silencio de la azotea.
—No te calles —me dijo al oído—. Quiero escucharte. Decime cómo te la meto.
—Me la metés riquísimo —le gemí, sin reconocerme la voz—. Follame, no pares, así, más fuerte…
Y no me callé. Dejé salir todo lo que llevaba meses guardando, todo el deseo reprimido de los pasillos y las miradas fingidas. Él respondía a cada sonido mío acelerando, hundiéndose más profundo, besándome la boca, el cuello, los hombros, mordiéndome los pezones sin dejar de embestir.
Me sacó de la pared, me dio vuelta y me hizo apoyar las manos en la baranda. Me abrió las piernas de una patadita y se metió por atrás de un solo golpe, agarrándome de la cadera con las dos manos. Yo bajé la cabeza, arqueé la espalda y le ofrecí el culo entero para que hiciera lo que quisiera.
—Así te quería —gruñó, dándome un manotazo en la nalga que me hizo saltar—. En cuatro. Como una perra.
Me la clavó una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Yo miraba las luces de la ciudad allá abajo mientras el amigo de mi hermano me destrozaba el coño contra la baranda, y no podía creer lo bien que se sentía. Me agarró del pelo, tiró suave, y me dobló un poco hacia atrás para poder besarme la boca de costado sin dejar de embestir.
***
En algún momento me bajó al suelo, sobre una toalla vieja que había quedado tendida en la baranda, y nos seguimos buscando ahí, entre la brisa y las luces de la ciudad. Yo me puse encima, le encajé la polla adentro despacio, sentándome hasta el fondo, y marqué mi propio ritmo, apoyando las manos en su pecho mientras él me sostenía las caderas y me miraba con una intensidad que me desarmaba.
Le monté la verga como llevaba meses queriendo hacerlo, subiendo y bajando entera, después moviéndome en círculos, apretándolo adentro cada vez que llegaba al fondo. Él me miraba las tetas rebotando y se relamía. Me llevó las manos a los pechos, me hizo apretármelos yo misma, y después me pidió que me metiera los dedos en la boca y me los chupara. Le hice caso a todo. Me sentía puta y me encantaba.
—Me vas a volver loco —jadeó, dándome nalgadas cada vez que caía sobre él—. No tenés idea. Movete, así, mové ese culo para mí.
Se incorporó de golpe, quedando sentado conmigo encima, y me agarró de la cintura para embestirme desde abajo mientras me mordía los pezones. Yo lo abracé por la cabeza, apretándoselos contra la cara, y sentí cómo se me acumulaba todo en el centro del cuerpo, una ola que crecía y crecía sin que yo pudiera detenerla.
—Me voy a correr —le gemí al oído, moviéndome cada vez más rápido—. Me voy, me voy…
—Acabá encima mío —me gruñó—. Empapame la verga.
Me incliné hacia adelante, lo besé, y dejé que me llevara. El orgasmo me sacudió entera, de los pies a la cabeza, y me temblaron las piernas de una forma que nunca antes había sentido. El coño se me cerró alrededor de él en oleadas, apretándolo tan fuerte que él soltó una puteada larga contra mi cuello.
Me sacó de encima con urgencia, me tumbó boca arriba sobre la toalla y se arrodilló entre mis piernas, masturbándose rápido con la mano sobre mi vientre.
—¿Dónde? —jadeó—. Decime dónde.
—En las tetas —le pedí, agarrándomelas y juntándomelas para él—. Corréte en las tetas.
Le bastó unos segundos más. Se corrió con un gemido ronco, y sentí los chorros calientes cayéndome sobre los pechos, sobre el cuello, uno hasta me llegó al mentón. Él se quedó ahí, agitado, mirándome empapada de su semen, y después se agachó a besarme sin importarle nada.
Nos quedamos así un rato largo, agitados, pegados por el sudor y por lo que él me había dejado encima. Solo se escuchaba nuestra respiración y, a lo lejos, el ladrido de algún perro.
***
Bajamos casi media hora después, en silencio, cada uno por su lado para no hacer ruido. Yo me metí a la ducha con las piernas todavía flojas y el cuerpo zumbando, tratando de entender qué acababa de pasar y por qué no sentía ni una pizca de culpa. Bajo el agua caliente me pasé los dedos entre las piernas y todavía me temblaba el clítoris de sensibilidad.
Tobías se fue a dormir al cuarto de visitas como si nada. Pero a la mañana siguiente, en el desayuno, cuando mi hermano contaba alguna historia sin enterarse de nada, él y yo cruzamos una mirada por encima de las tazas de café. Una mirada que lo decía todo.
Desde esa noche, cada vez que viene a casa sabemos cómo va a terminar la cosa. En la azotea, en la cocina cuando todos duermen con mi culo apoyado sobre la mesada mientras me la mete tapándome la boca, en el baño con la ducha abierta para que no se escuchen mis gemidos, en cualquier rincón donde nadie nos vea. Lo planeamos con miradas, con pequeños roces al pasar, con esa complicidad que solo existe entre dos personas que comparten un secreto.
Mi hermano todavía no se ha enterado de que su mejor amigo se coge a su hermana cada vez que puede. Y aunque sé que algún día tendré que decidir qué hacer con esta historia, por ahora prefiero callar.
Porque la verdad, y esta es mi confesión más honesta, es que no pienso parar.