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Relatos Ardientes

Me corrí en el metro y nadie se dio cuenta

Salgo del vagón con las piernas flojas, contrariada, excitada, con las mejillas ardiendo. Ni siquiera estoy segura de que sea mi parada. Pude haberme bajado antes, dos estaciones antes, pero con las prisas y el aturdimiento me dejé arrastrar por la gente hasta el andén sin mirar el cartel. Me aferro al pasamanos de goma de la escalera mecánica y siento cómo me tiemblan los muslos por debajo de la falda, intentando mantenerme erguida sobre los tacones.

Incómoda, sé perfectamente que esa sensación tibia y húmeda, espesa, resbala despacio por la cara interna de mi muslo derecho. No puedo hacer nada para detenerla. Cierro un poco las piernas al subir el escalón y rezo para que nadie se fije en mí.

A mi edad, cualquier mujer que haya sobrevivido a la menopausia sabe distinguir el «que me meo, que me meo» de cualquier otra urgencia del cuerpo. Y esto no es eso. Pienso en buscar unos baños decentes, los de algún centro comercial grande, de esos amplios y limpios donde una puede encerrarse y recomponerse. Si cruzo por la entrada principal, paso entre los mostradores de joyería, los estantes de libros, y al fondo a la izquierda están los aseos.

A ver, Carolina. ¿A quién quieres engañar? No te estás meando. Te has corrido. Te has corrido como una perra en celo, con dos dedos ajenos hasta el fondo del coño, delante de media docena de desconocidos.

Me sostengo del pasamanos y dejo que la escalera me suba sola, porque no me fío de mis propias rodillas. Mejor rebobino. Mejor empiezo por el principio, porque todavía no me creo lo que acaba de pasar.

***

Me lo encontré en el andén, esperando el mismo tren que yo. Adrián. No lo veía desde la universidad, desde hacía casi veinte años, y sin embargo lo reconocí enseguida por la forma de apoyarse contra la pared, con esa media sonrisa de quien sabe que lo están mirando. Levantó la vista, dudó un segundo y luego abrió mucho los ojos.

—¿Carolina? No me lo puedo creer. Eres tú.

—La misma —dije, y le di dos besos torpes mientras el tren entraba con su estruendo.

Subimos juntos. El vagón iba lleno a esa hora, así que me agarré a la barra vertical que hay entre las puertas para no perder el equilibrio. Él se colocó a mi lado, muy cerca, porque no había sitio para otra cosa. Me esperaban doce, puede que trece estaciones hasta el final de mi trayecto, y la conversación fluyó tan fácil que esas estaciones empezaron a parecerme pocas.

Hablamos de la facultad, de los profesores que ya no estaban, de la gente que se había casado y de la que se había divorciado dos veces. Me gustó volver a verlo. Tenía las mismas manos largas que recordaba y una voz más grave que entonces. No me sorprendió cuando me confesó, entre risas, que era gay. Ya apuntaba maneras en aquella época, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.

—Lo que nunca te conté —añadió, bajando el tono— es que las mujeres de cierta edad siempre me han puesto. Mujeres como tú, ahora. Con seguridad. Que ya no tienen nada que demostrarle a nadie. Mujeres a las que se les puede meter mano sin que se pongan a llorar después.

Lo dijo sin soltarse de mi cintura. Porque, en algún momento que no sabría precisar, su mano había encontrado la excusa de un frenazo para apoyarse en mi talle, y ya no se había retirado. Su proximidad me despertó un morbo que me costó disimular. Hacía años que nadie me tocaba así, con ese descaro tranquilo, como si tuviera todo el derecho del mundo. Sentí el coño palpitarme de golpe, un latido sordo entre las piernas que me obligó a apretar los muslos.

Intenté seguir la conversación como si nada, contarle a qué me dedicaba ahora, preguntarle por su vida, pero las palabras me salían cada vez más espaciadas. Notaba el peso de su mano en la cadera, la manera en que sus dedos se hundían apenas en la tela de la falda cada vez que el tren se balanceaba. Y yo, en lugar de apartarme, me dejaba caer un poco hacia él en cada curva, fingiendo que era el vagón quien me empujaba. Mentira. Era yo. Era yo buscándolo, restregándole el culo contra la cadera como una cualquiera.

El tren se vació un poco en una de las estaciones intermedias y volvió a llenarse en la siguiente. Aprovechó ese vaivén de cuerpos para girar despacio alrededor de la barra hasta quedar detrás de mí, con su mentón rozándome la nuca. Sentí el calor de su aliento atravesarme la media melena, y de manera instintiva separé un poco los pies. No fui consciente de hacerlo. Solo noté que mis muslos se distendían y que la presión entre mis piernas se aflojaba, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi cabeza todavía se negaba a admitir. El tanga se me pegaba a los labios del coño, empapado, y yo lo sabía, y me daba vergüenza, y me ponía todavía más.

Con la mano izquierda me apretó la cintura contra la barra. Apoyado en ella, con un movimiento lento y descarado, fue rebuscando a través de la tela de la falda hasta dar con la cinturilla. No me lo podía creer. Casi sin darme cuenta, un viejo amigo me estaba metiendo mano en un vagón abarrotado, a plena luz, rodeados de desconocidos.

—Para —susurré, con un hilo de voz—. Adrián, tenemos una edad para estas cosas.

—Justo por eso —me contestó al oído, con la voz espesa—. Porque tenemos una edad. Porque ya no hay tiempo para hacerse la remilgada.

Mis reproches no sirvieron de nada. Más bien al contrario. Mientras yo fingía mirar el plano de la red de metro pegado al cristal, sus dedos curiosos traspasaron a la vez los dos elásticos, el de la falda y el del tanga, y se deslizaron por la hendidura de mis nalgas. No fueron directos al coño. Primero pasearon por la raja del culo, de arriba abajo, midiendo, reconociendo el terreno, hasta encontrar mi ano y apretarlo apenas con la yema. Un dedo. Apenas la punta, presionando el ojete, jugando con él como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Quise reprimir un respingo y casi lo consigo. Estar rodeada de pasajeros completamente ajenos a lo que ocurría a quince centímetros de ellos me mantenía en una alerta extraña, partida en dos: una parte de mí vigilaba cada cara, cada mirada, atenta a que nadie sospechara; la otra estaba completamente entregada a lo que esa mano me hacía. Notaba mi propio culo abrirse un poco más para él, como si tuviera voluntad propia.

El dedo abandonó el ano y bajó a buscar el coño por detrás. Cuando dio con él, se me escapó un jadeo mudo. Estaba tan mojada que la yema le patinó de entrada, resbalando entre los labios sin encontrar apoyo. Noté cómo me humedecía por dentro todavía más, cómo todo el sexo se me encharcaba de golpe, y esa humedad facilitó la entrada. La segunda falange de aquel dedo se abrió paso, despacio primero, con más confianza después. Dentro. Fuera. Dentro otra vez. Un pequeño giro a la izquierda, una presión hacia abajo contra la pared delantera del coño, ese punto que años atrás yo misma me buscaba a solas y que ahora un desconocido reciente encontraba a la primera. Fuera de nuevo, hasta la punta. Dentro hasta los nudillos. Marcaba un ritmo paciente, como si tuviéramos toda la tarde, como si no estuviéramos colgados de la misma barra que media docena de personas más.

Apreté la frente contra el dorso de mi propia mano sobre la barra. Cerré los ojos un segundo y los volví a abrir, asustada de mí misma. Frente a mí, una señora leía el móvil. A mi izquierda, un chico con auriculares movía la cabeza al ritmo de una música que solo él escuchaba. Nadie miraba. Nadie sabía. Y yo me mordía la cara interna del carrillo para no gemir, mientras notaba mi propio flujo bajarme por dentro del muslo, calentito, delatándome contra la media.

Sacó el dedo del coño y lo llevó de vuelta al ano. Ahora venía untado de mí, empapado de mis jugos, y se coló por el culo con una facilidad que me hizo apretar la mandíbula. La punta primero, hasta el primer nudillo, con un giro tranquilo. Yo apreté el ojete por instinto, y él esperó, sin forzar, hasta que mi propio culo cedió y lo dejó pasar. Entonces empujó un poco más. La otra mano, la libre, se me metió por delante de la falda, buscó el clítoris a través del tanga apartado y empezó a frotarlo con dos dedos en círculo, sin prisa. Un dedo en el culo, dos en el clítoris. Yo apoyada en una barra pública, con la falda mal recolocada, fingiendo leer el plano del metro.

—Estás empapada —me susurró, tan bajo que casi lo leí en el aire—. Se te está saliendo por los muslos. Como una cría.

Hacia la mitad del trayecto, en una de las estaciones grandes, sacó el dedo del culo y me metió dos en el coño de golpe. Índice y anular. Mismos movimientos que antes, misma cadencia tranquila, pero ahora el ardor era doble y tuve que apoyar más peso en la barra para no perder el equilibrio. La palma de la mano me quedaba pegada al monte, apretándolo, y con cada empujón de los dedos me golpeaba el clítoris con la base del pulgar. La cabeza me daba vueltas. Sentía el sudor formándoseme en la nuca, justo donde él seguía rozándome con la barbilla, susurrándome cosas que ni siquiera llegaba a entender del todo.

—Mírate —murmuró—. Toda digna, toda correcta, y estás temblando. Se te está corriendo el coño en mi mano, Carolina. Y no puedes hacer nada.

Tenía razón. Estaba temblando. Lo guerrera que había sido yo de joven en situaciones así, lo dueña de mí misma, y ahora me sostenía de una barra de metal en un vagón público mientras un hombre que acababa de reencontrarme me llevaba al borde con dos dedos y una paciencia de cirujano. La indignación que sentía conmigo misma no hacía más que aumentar el morbo. Era prohibido, era ridículo a mi edad, era exactamente lo que mi cuerpo llevaba años pidiendo sin que yo quisiera escucharlo.

—Dime que quieres correrte —insistió—. Sin voz. Solo aprieta.

Y apreté. Apreté el coño alrededor de sus dedos, sin poder evitarlo, contestándole con la carne. Él sonrió contra mi nuca, lo noté, y aceleró los dos dedos dentro, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto esponjoso, mientras el pulgar me hacía trizas el clítoris por fuera.

Sentí que me acercaba. Lo sentí subir desde muy abajo, desde el vientre, una tensión que se me anudaba y se me iba soltando a empujones. Apreté los muslos contra su mano sin querer. Él lo notó y aceleró apenas un poco, lo justo, y yo solté el aire muy despacio por la nariz mientras el placer me recorría entera. El orgasmo me pilló de pie, con las rodillas dobladas, el coño chorreando contra su palma y contracciones seguidas, una tras otra, apretándole los dedos como si no quisiera soltarlos nunca. Se me escapó un temblor largo que disimulé como pude detrás de una tos, mientras notaba una oleada de líquido caliente salírseme entre sus dedos, empapándome el tanga, la cara interna del muslo, la parte baja de la falda.

Me corrí ahí. De pie. Agarrada a una barra. Con la cara vuelta hacia el cristal y los ojos fijos en mi propio reflejo descompuesto, mientras el tren frenaba en la siguiente estación. Corrida entera, hasta la última contracción, con dos dedos ajenos hundidos en el coño y el ojete todavía palpitando de haber sido invadido.

***

Y entonces, justo entonces, lo sentí sacar los dedos de golpe.

—¡Hostia, mi parada! —dijo, como si despertara de pronto.

Me los restregó sin ningún cuidado por la cara interna del muslo, limpiándose en mí los restos de mi propia corrida, dejando un rastro brillante que me iba a costar disimular después, y se abrió paso hacia las puertas que ya se abrían. Antes de salir me dijo algo más al oído, un «me ha encantado verte» o un «tenemos que repetir», no lo sé, no lo registré, porque yo seguía colgada de la barra con las rodillas de gelatina, el coño palpitando y el corazón a mil.

Lo vi cruzar el andén con paso ligero, sin mirar atrás, mientras se llevaba los dos dedos a la boca y los chupaba con toda la calma del mundo antes de que las puertas se cerraran entre nosotros con un siseo. Y me quedé ahí, atónita, sorprendida, caliente, atontada como un fantasma en medio de un vagón de gente que no tenía ni idea de lo que acababa de pasar.

El tren arrancó de nuevo y yo seguí allí, sin atreverme a mirar a nadie, con la certeza de que cualquiera que me observara con un poco de atención leería en mi cara todo lo que había ocurrido. Me ardían las mejillas. Tenía la respiración entrecortada, el tanga pegado al coño encharcado y un cosquilleo en el clítoris que no terminaba de irse. Dejé pasar una estación, y luego otra, incapaz de decidir dónde bajarme, hasta que el cuerpo decidió por mí y me empujó hacia las puertas en una parada cualquiera.

Por eso ahora subo esta escalera mecánica con las piernas temblando, sin saber bien en qué estación me he bajado, con esa humedad resbalándome por el muslo y la certeza vergonzosa de que no me estoy meando.

Me he corrido. En el metro. Con dos dedos de un maricón dentro del coño y uno paseándome el culo. Y nadie se ha dado cuenta.

Busco con la mirada un sitio donde recomponerme, alguna entrada amplia con baños limpios para meterme, bajarme el tanga empapado, limpiarme el semen imaginario que no hay y la corrida real que sí, y mientras tanto pienso, contra toda lógica, que ojalá vuelva a coincidir con Adrián en el mismo andén. Cachonda como una perra, a mi edad, después de jurarme que estas cosas ya no eran para mí.

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Comentarios(7)

confes_fan

el metro nunca va a ser lo mismo despues de leer esto jajaja. Muy bueno!!

Romina_84

Una segunda parte por favor!! Me quedé con tantas ganas de saber cómo siguió todo después de bajar del andén...

DiegoRiver88

Corto pero potente. De los mejores de confesiones que leí por acá

Carlitos_norte

jaja me acordé de algo parecido que me pasó en el subte hace años, nunca lo olvidé. Te entiendo perfectamente

SubterViajero

veinte años despues y el destino los junta en el mismo vagón... esto es demasiado

Aldana_7

Y después qué?? bajaron juntos o cada uno siguió su camino?? me dejaste con el corazon en la boca

SolaEnCasa77

Lo leí dos veces porque la primera lo terminé demasiado rapido jaja. Tiene una tensión muy bien manejada, uno siente que esta ahi parado en el vagón. Excelente relato, de verdad

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