Mi confesión: nunca pedí perdón por desear así
Me llamo Mariela y voy a contar esto sin pedir permiso ni perdón. Tengo casi cuarenta años, piel clara, ojos verdes y un cuerpo que cuido con la disciplina de quien sabe exactamente lo que tiene. Camino por la calle y siento las miradas pegándose a mí como manos. Me gusta. Siempre me gustó. Visto para que me miren, para que deseen lo que no van a tener, y a veces para que sí lo tengan.
No sé cuántos hombres pasaron por mi cama. Llegué a contar, hace años, y dejé de hacerlo cuando entendí que el número no significaba nada. Eran tantos que muchos no tienen nombre en mi memoria, ni cara. Me los cruzo por la calle y no los reconozco. Alguno se acerca, sonríe, me dice que una noche de hace años terminamos juntos, y yo asiento con cortesía mientras intento ubicarlo sin éxito. No es desprecio. Es que fueron demasiados, y cada uno fue una noche, no una historia.
Solo a uno lo quise de verdad. Andrés. Lo quise tanto que por un tiempo creí que podía ser otra clase de mujer, una de esas que se conforman con una sola boca. Duró hasta que encontró un video en mi teléfono donde yo no estaba con él. No hubo gritos. Solo me miró como si me hubiera roto por dentro, dejó las llaves sobre la mesa y se fue. Desde entonces no quise volver a darle a nadie el poder de mirarme así. Tengo amantes, no novios. Es más limpio. Nadie espera de mí algo que no pienso dar.
***
Mi madre fue la primera en enseñarme lo que valía. No con discursos: con el ejemplo. La recuerdo frente al espejo, pintándose los labios despacio, explicándome que una mujer hermosa que sabe lo que quiere no tiene por qué rendirle cuentas a nadie. Me llevó al médico cuando fui lo bastante grande, se aseguró de que estuviera protegida, me enseñó a maquillarme, a elegir la ropa que insinúa sin gritar. Al principio le costó verme. Una cosa era ella y otra era su hija repitiendo el patrón.
Lo aceptó la mañana en que bajó temprano y me encontró en la cocina con un hombre que ella no conocía, los dos a medio vestir, riéndonos como cómplices. Se quedó en el umbral un segundo, suspiró, y puso la cafetera. Esa fue toda la conversación. A partir de ahí dejamos de fingir.
Mi madre tuvo más amantes de los que cualquiera imaginaría, y todavía los tiene, aunque pasó los sesenta. Algunos los conocí porque pasaban por su vida primero y por la mía después. Nunca hubo nada raro entre nosotras: ella vivía su deseo, yo el mío, y a veces esos deseos coincidían en el mismo hombre, en distintas noches. Mi prima Renata completó mi educación. Con ella aprendí a leer a los hombres en treinta segundos, a saber cuáles servían y cuáles no valían el esfuerzo de quitarme la ropa.
***
De adolescente guardaba revistas que no debía tener, escondidas donde nadie miraba. Las hojeaba a solas y me imaginaba en el lugar de las mujeres de las fotos, no observándolas: siendo ellas. Esa fue la semilla. Mucho antes de tocar a nadie, ya sabía que mi cuerpo era una pregunta que quería que muchos respondieran.
Recuerdo una de mis primeras conquistas como adulta con una nitidez que me sorprende, porque a tantos otros los olvidé. Fue en una boda a la que llegué sola, con un vestido rojo que mi madre habría aprobado. Lo vi del otro lado del salón, un hombre alto que sostenía una copa sin beberla, mirándome con esa mezcla de hambre y miedo que tan bien conozco. No hice nada. Solo dejé que la noche avanzara, que él juntara coraje, que la música y el vino hicieran el trabajo por mí.
Me sacó a bailar pasada la medianoche. Bailamos pegados, su mano subiendo por mi espalda centímetro a centímetro, comprobando hasta dónde podía llegar. Le dejé llegar. Cuando me susurró al oído que había reservado una habitación, le respondí que tardara cinco minutos en subir, para que nadie nos viera salir juntos. No por vergüenza: por el placer del secreto, por la electricidad de cruzar el lobby sabiendo lo que iba a pasar arriba mientras los demás seguían brindando abajo.
Esa noche aprendí algo que me acompañó siempre: el deseo más intenso no está en el cuerpo, está en la espera. En los minutos entre la decisión y el acto. En el ascensor subiendo solo, en el pasillo en penumbra, en el segundo antes de que la puerta se abra. Después todo es consecuencia. Lo bueno, lo que de verdad me prende, es el filo de la anticipación.
Soñé con dedicarme a eso de manera profesional. Hoy lo pienso y me digo que si tuviera diez años menos no lo dudaría: cámara, perfil, todo. Llegué tarde a esa fiesta, pero no a la otra, a la real, la de carne y sudor y madrugadas.
Tengo reglas, eso sí. La gente cree que una mujer como yo no tiene límites, y se equivoca. Exijo protección siempre, sin excepciones, sin importar cuánto insistan ni cuánto me gusten. Me hago controles con una constancia que sorprendería a más de una santa. Mi placer no está peleado con mi salud. Al contrario: cuidarme es parte de poder seguir.
Me gustan los hombres grandes, los que ocupan espacio cuando entran a una habitación. De joven me atraían los mayores, esa seguridad que dan los años. Ahora me inclino por los jóvenes, por la energía que no se cansa. Me gusta arrodillarme, me gusta el peso de un cuerpo sobre el mío, me gusta el calor cuando termina. Casi nunca repito con el mismo. Hay algo en la primera vez con un desconocido, en no saber qué voy a encontrar, que ninguna segunda vez iguala. Cada cuerpo nuevo es un territorio sin mapa, y yo soy de las que prefieren perderse.
***
Cuando me gusta alguien, no disimulo. Le sostengo la mirada un segundo más de lo correcto, le guiño un ojo, dejo que la sonrisa diga lo que las palabras callan. Desde muy joven aprendí ese lenguaje silencioso: una mano que se demora en mi cintura en una pista de baile, un roce que no es accidental, y yo ya sé que esa noche no vuelvo sola. Me gusta sentirme deseada. No es vanidad. Es combustible.
Con mi madre, en otra época, salíamos juntas de caza. Nos arreglábamos las dos, nos mirábamos al espejo aprobándonos, y nos íbamos a algún bar a elegir. Nos preguntaban si éramos hermanas, y nos divertía ver la cara que ponían cuando aclarábamos el parentesco. Cazábamos como un equipo: ella distraía, yo remataba, o al revés. Volvíamos cada una por su lado, al amanecer, y al día siguiente nos contábamos lo justo entre risas y café.
Por el camino conocí a muchas mujeres iguales a mí, mujeres que disfrutan sin disculparse. En ciertos lugares vi parejas que comparten, hombres que se excitan viendo a su mujer con otro, gente que hizo del deseo un juego abierto en vez de un secreto vergonzoso. Aprendí que hay más de nosotras de las que el mundo admite. Solo que la mayoría calla, y yo decidí hace mucho que no iba a callar.
¿Cuántas veces me llamaron de todo por hacer exactamente lo mismo que se celebra en un hombre?
Perdí la cuenta de los insultos igual que perdí la de los amantes. Zorra, fácil, perdida. Me los dijeron mujeres que me envidiaban y hombres que no aguantaron mi ritmo. Aprendí a llevarlos como quien lleva un perfume fuerte: que incomode a quien tenga que incomodar. Porque la verdad incómoda es esta: yo no estoy rota, no estoy buscando que nadie me arregle, no escondo un trauma debajo de las sábanas. Simplemente me gusta. Me gusta tanto que organicé mi vida entera alrededor de ese placer y dormí cada noche en paz.
***
No voy a fingir que todo fue perfecto. Perder a Andrés dolió de verdad, y hubo madrugadas en que la cama llena se sintió más vacía que cualquier soledad. Pero cada vez que pensé en cambiar, en domesticarme, en ser la mujer prolija que otros querían, algo en mí se rebelaba. No nací para una sola boca, ni para fingir un recato que no siento. Lo intenté una vez. No funcionó. Y elegí no volver a traicionarme.
Hoy me miro al espejo, con los años marcándome apenas, y veo a una mujer que sabe quién es. Sé lo que quiero antes de cruzar la puerta de un bar. Sé qué mirada buscar, qué hombre seguirme, qué noche me espera. No le debo explicaciones a nadie y eso, después de tanto, es la verdadera libertad.
Sé que algún día el cuerpo me pedirá calma. Que llegará la noche en que prefiera quedarme. Cuando ese día venga, no voy a llorar lo que dejé atrás, porque no dejé nada sin probar. Mientras tanto, sigo deseando, sigo eligiendo, sigo saliendo a buscar lo que me hace sentir viva.
Esta es mi confesión, sin maquillaje y sin arrepentimiento. Fui así, soy así, y seré así hasta que el cuerpo aguante. Si alguien lee esto buscando un escándalo, lo siento. Lo único escandaloso aquí es que una mujer se atreva a decir, en voz alta y sin temblar, que el deseo le pertenece.