Llamé a mi viejo amante en cuanto volví del viaje
Cuando volví a casa después de tres semanas recorriendo Portugal sola, todo era preguntas. Mis hijos querían saber cómo me había ido, qué lugares había conocido, por qué había tardado tanto en regresar. Hubo cenas con amigos, una comida larga con mis compadres y, en algún rincón de mi cabeza, la idea de llamar a Marcos. Pero eso vendría después.
Los primeros días pasaron entre el reencuentro y la rutina. Y la rutina, cuando una lleva demasiados años casada, tiene una manera particular de volverse aburrimiento. Una tarde, sin nada que hacer y con esa sensación de estar de más en mi propia casa, marqué su número casi por inercia.
—No me digas que ya te cansaste de tus paisajes —dijo él al reconocer mi voz.
—Me cansé de no tener con quién contarlos —contesté.
Hablamos un buen rato. Me contó que había cambiado de empleo, que ahora dirigía una planta al norte de la ciudad. Yo le conté del viaje, de los meses sin vernos, de la despedida que nunca nos dimos antes de que yo me fuera. Al final, me invitó a comer. Acepté sin pensarlo mucho, y quedamos en que pasaría por él a la salida de su trabajo.
***
La fábrica era enorme, mucho más grande de lo que había imaginado. Marcos salió a recibirme con un abrazo tan efusivo que por un segundo me cortó la respiración. Me mostró las instalaciones con orgullo y me explicó que era una de las tres plantas de la empresa; las otras dos estaban en otras ciudades, y él viajaba constantemente para supervisarlas.
Mientras caminábamos entre las máquinas, fuimos poniéndonos al día. Él intercalaba comentarios sobre su trabajo con piropos disimulados, una caricia en mi brazo, un roce que parecía casual pero que los dos sabíamos que no lo era. Yo me había arreglado con cuidado esa mañana: una falda azul cielo por encima de la rodilla, medias finas y una blusa azul marino con un par de botones de menos. Debajo, un conjunto de encaje negro que me ajustaba el cuerpo y me levantaba el escote más de lo prudente.
No fui la única que lo notó. Sentí las miradas de algunos operarios siguiéndome por el pasillo, y la de Marcos, que no se molestaba en disimular.
Regresamos a su despacho y me ofreció un café. En lugar de sentarse tras el escritorio, me invitó a un sofá de piel que tenía en un rincón.
—Para romper el formalismo —dijo—. Esto no es una entrevista de trabajo. A menos que quieras volver a trabajar.
—Claro que no —respondí riéndome—. A estas alturas ya no sabría ni qué hacer en una oficina.
—Yo sí sabría —contestó, y la sonrisa cambió.
Se acercó, puso una mano en mi muslo y me rodeó los hombros con el otro brazo.
—Estás tan hermosa como el día que te conocí.
—Eres un adulador. Eso es imposible, el equipo ya se está cayendo a pedazos.
—Yo lo noto firme todavía.
Apretó mi muslo y deslizó la mano bajo la falda mientras acercaba su boca a la mía. Me dio un beso lento, cálido, y luego buscó mi oído.
—Me gustas cada día más —susurró, y empezó a besarme el cuello hasta hacerme temblar—. Cuánto tiempo sin sentir tu piel.
Esto era exactamente lo que había venido a buscar, aunque no me lo hubiera confesado al marcar su número.
Le tomé la cara entre las manos y lo besé con ganas. Él aprovechó para desabrochar mi blusa, y con una destreza que no había olvidado liberó mis pechos del sujetador. Los acarició, los besó, recorrió mis pezones con la lengua antes de cerrar los labios sobre ellos. Yo me dejaba caer hacia atrás en el sofá mientras él me levantaba la falda hasta la cintura, ayudándole a subir las caderas.
Quedé con una pierna encogida sobre el cuero y la otra estirada, el pie apoyado en la alfombra. Marcos fue bajando, besando cada centímetro de mi vientre, las manos resbalando por mis piernas hasta llegar entre ellas. Sentí sus dedos sobre la tela del encaje y luego sin ella, mientras me la deslizaba hacia abajo con una paciencia que me desesperaba.
Besó la cara interna de mis muslos antes de llegar adonde yo quería. Cuando su lengua se abrió paso, tuve que cerrar los ojos. Sabía hacerlo como nadie. Atrapó el punto exacto entre sus labios, lo presionó con la lengua, y al mismo tiempo sus dedos entraban y salían de mí con un ritmo que me llevaba al borde.
Mordí mi puño para que no se escucharan mis gemidos al otro lado de la puerta. Estábamos en su oficina, en plena jornada, y esa idea me excitaba todavía más.
Él se incorporó, se bajó los pantalones y la ropa interior. Estiré los brazos hacia él, lo atraje y lo tomé en mi mano, acariciándolo de arriba abajo mientras con la otra mano jugaba con el resto. Lo llevé a mi boca despacio, y sus suspiros me dijeron que tampoco él había olvidado nada.
—Ya lo extrañaba —le dije entre una cosa y otra.
Estuvimos así unos minutos, yo dándole placer y él volviendo a buscar mis pechos y mi sexo, alternando, encendiéndome cada vez más. Después se inclinó sobre mí y se acomodó al revés, de manera que pudiéramos darnos placer al mismo tiempo. Su boca volvió a mi entrepierna mientras yo seguía con él en la mía, hasta que ninguno de los dos aguantó más.
Llegamos casi a la vez. Él terminó en mi boca con una intensidad que me sorprendió, y yo seguí hasta que mi propio orgasmo me dobló, ahogando los gemidos como pude. Nos quedamos un momento tendidos de lado en el sofá, recuperando el aliento, su respiración tibia contra mi piel.
***
Nos vestimos a toda prisa. Tomé mi bolso, él me sujetó del brazo y salimos del despacho sin decir una palabra, directo al estacionamiento. Condujo lo más rápido que el tránsito permitía hasta el primer hotel de paso que vimos con cochera. Bajó él primero, arregló todo y volvió por mí en pocos minutos.
Subimos por las escaleras al segundo piso. Su mano estaba en mi cadera, y en algún punto del camino se coló bajo la falda para acariciarme directamente sobre el encaje. El frescor del aire y el calor de su mano me erizaron la piel entera. Nos besamos en el descansillo, sus dos manos amasando mientras me apretaba contra él, y luego subimos los últimos escalones casi corriendo, tomados de la mano como dos adolescentes.
Abrió la puerta y la cerró con nuestros cuerpos pegados. Nos desvestimos uno al otro entre besos, dejándonos apenas la ropa interior, y caímos sobre la cama. Me senté en la orilla; él me recostó y empezó a quitarme las medias, besándolas mientras las bajaba, una pierna y luego la otra.
Subió desde mis tobillos hasta el interior de mis muslos. Besó mi sexo todavía sobre la tela, pasó la lengua hasta humedecer el encaje, y solo entonces me quitó la última prenda. Volvió a besarme ahí mientras se deshacía de su propia ropa, recorrió mi vientre, mi pecho, me sacó el sujetador y se detuvo un instante a mirarme entera antes de colocarse entre mis piernas.
Las levanté sobre su espalda. Sentí cómo entraba despacio, sin pausa, hasta el fondo. Lo abracé sin dejar de besarlo y empezó a moverse dentro de mí, lento al principio, saliendo y volviendo a entrar una y otra vez.
—Qué delicia sentir tu calor otra vez, Lina —dijo contra mi cuello, hundiéndose más hondo.
Yo movía las caderas a su encuentro, en círculos cuando me llenaba por completo. Así nos fuimos encendiendo los dos, hasta que aceleró, embistiendo cada vez con más fuerza. Empecé a jadear sin control, sintiendo cada golpe, y cuando el orgasmo me alcanzó lo abracé con brazos y piernas, apretándolo dentro de mí.
Él me agarró de las nalgas, me besó el cuello con desesperación y siguió hasta vaciarse, sin dejar de moverse mientras rodábamos de lado, con mis piernas enredadas en su cintura. Se quedó dentro hasta que dejó de temblar, los dos besándonos, sus manos recorriéndome la espalda, los pechos, todo.
Cuando por fin nos separamos, me puse boca arriba y lo miré sonriendo.
—¿Y ahora sí vamos a comer?
—¿Tienes hambre? —preguntó él, acariciándome el vientre.
—¿Tú no?
—Sí. Pero de ti.
Pasó un dedo entre mis piernas y tuve que cerrarlas por lo sensible que estaba. Pero su mano insistió, suave, y la mía buscó la suya por instinto. Lo encontré todavía en reposo y aun así con buen tamaño. Empecé a acariciarlo despacio mientras él bajaba a besarme los pechos, lamiendo un pezón que se endureció con el calor de su lengua.
Volvimos a encendernos sin prisa. Creció en mi mano hasta ponerse duro otra vez. Lo recosté boca arriba, le besé el pecho, los labios, y me coloqué encima. Lo guié hacia mí, lo froté a lo largo unas cuantas veces y me lo fui metiendo despacio, montándolo.
Apoyé las manos en su pecho y empecé a subir y bajar, hundiéndolo entero, mientras él me acariciaba. Entrelacé mis dedos con los suyos y aumenté el ritmo hasta llegar de nuevo, quedándome un momento derrumbada sobre él.
Después me di la vuelta y volví a sentarme de espaldas, dejándolo entrar lentamente bajo su mirada, moviendo las caderas de una forma que lo enloqueció. Me sostuvo de las nalgas y me llevó hacia él una y otra vez, hasta que me empujó suave para ponerme en cuatro y tomarme así un rato más.
Cuando ya estaba muy agitado, me volteó boca arriba, me apoyó las piernas contra su pecho y me penetró de pie al borde de la cama, regalándome dos orgasmos más, uno detrás del otro. Y entonces, con todo tan resbaladizo, salió de mí y buscó el otro lugar. Me lo pidió con la mirada y yo asentí. Entró despacio, esperó a que me acostumbrara, y siguió embistiendo, más hondo y más rápido, hasta terminar dentro de mí con un gemido ronco.
Reposamos un momento, abrazados y sin palabras. Después nos dimos una ducha larga y, ahora sí, nos fuimos a comer. Tenía hambre de verdad. Las dos veces.