Confesión: me acosté con mi amante y también con su hijo
Ya conté en otra ocasión cómo terminé en la cama de Marcelo, mi profesor de piano. Lo que empezó como clases de los martes se convirtió en algo que le costó el matrimonio: su mujer nos descubrió una tarde dentro del coche, y el divorcio llegó pocas semanas después. Pensé que esa historia ya estaba cerrada. Me equivoqué. Porque con Marcelo no me bastó, y terminé también con su hijo.
Iván era alto, de piel canela, con la misma sonrisa torcida que el padre. Tenía veinticuatro años y yo le llevaba unos cuantos, lo suficiente para sentirme la mujer mayor de la casa cada vez que él me miraba demasiado tiempo. Desde la primera vez que lo vi en el apartamento me llamó la atención. No lo busqué, no al principio. Pero una cosa lleva a la otra cuando hay deseo de por medio.
Después del divorcio, Marcelo se mudó a un apartamento pequeño y yo empecé a quedarme a dormir con frecuencia. Teníamos noches largas, intensas, de esas que no dejan dormir a nadie en la casa. Y ahí estaba el problema: las paredes eran finas, e Iván dormía en el cuarto de al lado. Una mañana lo entendí todo, por la manera en que me miró al cruzarnos en el pasillo. Él me escuchaba. Y le gustaba escucharme.
***
Un sábado, Marcelo tuvo que salir temprano a resolver un asunto del banco. Nos quedamos solos Iván y yo en el apartamento. Había pasado la noche con el padre y me había levantado sin ganas de vestirme, así que me puse una bata corta de satín, de rayas rosas y blancas, con un lazo flojo en la cintura. Nada debajo. Sin sujetador, sin nada. El plan era hacerme un café y volver a la cama. El plan duró poco.
Iván estaba en el sofá de la sala, con una revista abierta que claramente no estaba leyendo. Lo saludé de pasada, camino a la cocina.
—Buenos días, Iván.
—Buenos días, Carla —respondió, y noté que arrastraba las palabras—. ¿Dormiste bien?
—Sí, perfecto. ¿Y tú?
—Casi nada. —Sonrió sin levantar la vista de la revista—. Eres bastante escandalosa.
Sentí que la cara me ardía. Me quedé un segundo sin saber qué decir, con la cucharilla del café en la mano.
—Ay, Iván, no digas eso, qué vergüenza.
—Se nota que mi papá te trata bien —dijo, y se rio bajito—. Muy bien.
Me puse roja hasta las orejas. Quise hacerme la digna y le di la espalda para buscar el café en la alacena de abajo. Me agaché sin pensar, y solo cuando sentí el aire en la piel recordé que no llevaba nada bajo la bata. Me tapé con una mano, demasiado tarde. Cuando me giré, él seguía mirándome con esa misma sonrisa, sin disimular ya nada.
Lo vio todo. Y yo dejé que lo viera.
Me serví el café y, en lugar de irme, me senté en el sillón que quedaba justo frente a él. Crucé las piernas despacio. La bata era corta y el lazo estaba flojo. Por su reacción —ese cambio en la respiración, la forma en que se movió en el sofá— supe que había vuelto a ver más de lo que cualquiera vería entre desconocidos. Y no hice nada por evitarlo.
Bebí el café a sorbos largos, sin apuro, mirándolo por encima del borde de la taza. Él había dejado de fingir que leía. La revista descansaba abierta sobre sus rodillas, olvidada, y sus ojos iban y venían entre mi cara y la abertura de la bata. Hubo un silencio cargado, de esos en los que nadie dice nada porque las dos personas saben perfectamente lo que está pasando. Yo me sentía poderosa, dueña de la situación, con el corazón latiéndome en sitios donde no debería.
—Bueno —dije, terminando el café—, me voy a bañar.
—Te ayudo —soltó, como si nada.
—Puedo sola, bobo.
Me levanté y caminé hacia el baño con una miradita por encima del hombro que decía exactamente lo contrario. Él se quedó en el sofá, riéndose por lo bajo. Me sentí observada en cada paso, y la verdad es que me encantó. Siempre me ha excitado que me miren, que me deseen sin tocarme todavía. La idea de meterme a la ducha sabiendo que él estaba a unos metros me tenía el cuerpo despierto.
***
Entré al baño y se me olvidó pasar el seguro. Dejé caer la bata, abrí el agua y me metí bajo la ducha. El vapor empezó a empañar el espejo. Estaba enjabonándome cuando escuché la puerta abrirse. Por instinto me cubrí: una mano sobre los pechos, la otra entre las piernas. Iván estaba en el umbral.
—¿De verdad no quieres que te ayude? —preguntó.
No esperó respuesta. Se quitó la camiseta de un tirón, después el pantalón de chándal y el bóxer, y entró a la ducha completamente desnudo. Me sostuvo los brazos con suavidad, separándolos de mi cuerpo para poder mirarme entera, mientras buscaba mi boca.
—Déjame verte —murmuró contra mi cuello—. No te tapes.
—No, Iván, tu papá puede llegar. No deberíamos.
—Mi papá tarda horas en el banco. Tenemos tiempo de sobra.
Me besó el cuello, despacio, justo en el punto que me desarma. Poco a poco fui soltando los brazos, dejando que me tocara, que me viera. El agua caliente me corría por la espalda y yo ya no podía pensar en Marcelo, ni en la puerta sin seguro, ni en la culpa. Bajé la vista y lo vi duro, listo, y eso terminó de decidirme. Le devolví el beso con ganas, buscándole la lengua, mordiéndole el labio.
Sus manos no se quedaron quietas. Me acariciaba los pechos, me apretaba los pezones entre los dedos, mientras con la otra mano bajaba hasta abrirme y buscar adentro. Me apoyó contra la pared fría de azulejos, me hizo levantar una pierna y se hundió en mí de una sola embestida. Solté un gemido que rebotó en las paredes del baño. Empezó lento, midiendo, hasta que el ritmo se le fue acelerando y movía las caderas con fuerza, rápido, hasta hacerme temblar contra los azulejos.
Antes de que recuperara el aliento me dio la vuelta. Apoyé las dos manos en la pared y arqueé la espalda para él. Entró otra vez, esta vez más suave, dejando que la fricción hiciera el trabajo. Yo bajé una mano y me toqué en círculos mientras lo sentía moverse, mientras notaba cómo palpitaba dentro de mí. El agua, el vapor, su respiración pegada a mi nuca: todo se mezclaba.
Después me giré, me arrodillé sobre las baldosas y me lo metí en la boca. Lo recorrí entero con la lengua, sin prisa, atenta a cómo se le cortaba el aliento cada vez que llegaba arriba. Lo disfruté tanto como él, por la manera en que gemía y me sujetaba el pelo. Terminó así, con los muslos tensos y un gruñido largo. Seguimos un rato más bajo el agua, abrazados, mientras el chorro se llevaba todo por el desagüe.
***
No nos quedamos en el baño. Nos secamos a medias y pasamos a su cuarto, todavía mojados. Me puso boca abajo sobre la cama y me tomó desde atrás, con una mano firme en la cadera y la otra en mi hombro, hasta que terminó dentro. De tanto que me dio, las sábanas quedaron empapadas. Después me senté sobre él y lo cabalgué despacio, marcando yo el ritmo, sintiéndolo entero, hasta que llegamos casi al mismo tiempo.
No fue todo. Esa mañana se nos fue en eso: me besó por todas partes, me mordisqueó los pezones, me buscó con la boca y con los dedos hasta dejarme sin fuerzas. Probamos posturas que ni recuerdo, una detrás de otra, durante casi tres horas, hasta quedar los dos rendidos sobre el colchón revuelto, riéndonos como dos cómplices.
Cuando recuperé algo de cordura, volví al cuarto de Marcelo, me arreglé y esperé a que llegara para despedirme con un beso, como si nada hubiera pasado. Me fui a mi casa con una sonrisa que no se me borraba en todo el camino.
***
Lo de Iván no terminó esa mañana. Empezó a visitarme con cualquier excusa: que pasaba por el barrio, que me traía un libro, que tenía un rato libre. Y se quedaba en mi cuarto hasta el día siguiente. Aprendimos a conocernos el cuerpo de memoria, a tomarnos el tiempo cuando lo había y a apurarnos cuando no. Había algo en esa clandestinidad que lo hacía todo más intenso, como si cada encuentro fuera el último antes de que alguien nos descubriera.
Marcelo, por su parte, también seguía quedándose en mi casa de vez en cuando, ajeno a todo. A veces, mientras dormía a mi lado, yo pensaba en su hijo y sentía una mezcla rara de culpa y excitación que no sabría explicar del todo. Tenía a los dos, al padre y al hijo, cada uno sin saber del otro, y esa idea me encendía más de lo que estoy dispuesta a admitir en voz alta. Nunca supe si Marcelo llegó a enterarse, y prefiero no averiguarlo.
A veces me pregunto en qué momento dejé de sentir culpa. Quizá nunca la sentí del todo. Era una mujer adulta, libre, y los dos eran hombres adultos que sabían lo que querían. El padre me había enseñado a desear sin medida; el hijo solo vino a recordarme que el deseo, cuando se enciende de verdad, no entiende de apellidos. Así termina, por ahora, otra de mis confesiones.