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Relatos Ardientes

Dejé entrar al vagabundo del centro a mi casa

Hace tiempo que no me animaba a escribir nada, pero lo que me ocurrió hace unas semanas todavía me quema por dentro y necesito contarlo. No espero que nadie lo entienda. Solo necesito sacarlo. Lo que sigue pasó de verdad, una mañana cualquiera de mi día libre, en mi propia casa.

En la zona del centro, cerca de los hospitales, hay un vagabundo al que todos conocen como el Carbonero. Le dicen así porque siempre anda cubierto de tizne, como si durmiera dentro de una chimenea. A veces lleva solo una bolsa atada a la cintura, otras unos tenis rotos, pero la mayoría de las veces camina completamente desnudo entre la gente. Nadie se asombra ya. Es parte del paisaje, como un poste o un semáforo.

Desde que me cambiaron de oficina a una sucursal más cerca de casa, dejé de verlo a diario. Y, aunque me cueste admitirlo, lo echaba de menos. No por lástima. Por otra cosa que no sabía nombrar. Su cuerpo no tenía nada de extraordinario, pero la imagen de un hombre embarrado de pies a cabeza, sucio y ajeno a todo, despertaba en mí una curiosidad oscura que jamás pasaba de mi cabeza.

Hasta esa mañana.

Era mi día de descanso. Salí a la tienda vestida con unos leggings blancos a media pierna, una blusa ligera de color amarillo, sin nada debajo, una tanga de hilo y unas sandalias de tiras. Subí a la camioneta y, un par de calles más adelante, lo vi cruzar la avenida. El corazón me dio un vuelco absurdo, como el de una adolescente.

Hice las compras sin prestar atención a nada. Solo pensaba en él, en que nunca antes lo había visto por mi colonia y en que quizá esa era una oportunidad que no se repetiría. Entonces me acordé de que mi marido había apartado una bolsa de ropa vieja para regalar. Ya tenía el pretexto. Solo faltaba saber si él aceptaría.

De regreso no lo encontré, y sentí una decepción ridícula. Pero a una calle de mi privada, ahí estaba: agachado, desnudo, hurgando entre la basura amontonada en la banqueta. Frené despacio y bajé la ventanilla.

—Buenos días —le dije, sonriendo.

Levantó la vista con desconfianza, como un animal que olfatea una trampa. No dijo nada.

—Tengo algo de ropa que mi esposo ya no usa. No sé si la quieras, te la regalo —seguí, fingiendo una calma que no tenía.

Continuó mirándome en cuclillas, callado.

—Vivo aquí, en la siguiente calle. Si quieres, acompáñame y eliges la que te sirva. Prefiero dártela a tirarla.

Se incorporó muy despacio, y al hacerlo me di cuenta de lo alto que era, casi una cabeza más que yo. Flaco, más huesos que carne, la piel morena requemada por el sol y cubierta de costras de mugre. Olía fuerte, a sudor y a calle. Mis ojos bajaron solos hasta su entrepierna, a esa polla en reposo oscurecida por el tizne, gruesa incluso dormida, colgando pesada entre unos huevos grandes cubiertos de vello negro apelmazado, y apreté los muslos sin poder evitarlo. Sentí la tanga humedecerse de golpe, una perversidad tonta que me recorrió de arriba abajo.

Movió la cabeza, asintiendo.

—Ven, sube a la camioneta. Es una privada, sin mí no puedes pasar el portón —le indiqué. Dudó—. Ándale, no te voy a hacer nada. Te doy la ropa y te vas.

Abrió la puerta del copiloto con torpeza. Me arrepentí en el acto: las vestiduras son de tela clara y el asiento se manchó de negro al instante. Pero ya no me importaba. Accioné el control del portón y avancé hasta la cochera. Le pregunté su nombre, qué hacía por el rumbo. No contestó. Solo miraba por la ventanilla, como si nada de aquello fuera con él.

Llegamos y lo invité a entrar. Bajó receloso. Caminé delante, abrí la puerta y le pedí que esperara junto a la mesa. Subí corriendo por la bolsa de ropa, con las manos temblorosas. No eran nervios de miedo. Era una emoción que hacía años no sentía, una que me avergonzaba y me encendía a partes iguales.

Bajé las escaleras de dos en dos, con el corazón galopando, y dejé la bolsa sobre la mesa del comedor.

—Escoge lo que quieras —le dije.

Se acercó dejando huellas negras sobre mi piso blanco. Cada pisada suya era una mancha, y por alguna razón eso me gustaba. Le ofrecí un vaso de agua y asintió. Fui a la cocina, serví dos, le di un trago largo a uno para calmarme y llevé el otro al comedor. Lo puse frente a él, sobre la mesa de cristal.

***

Él revisaba las prendas con calma, indiferente a mi presencia. Sacaba una camisa, la miraba, la dejaba; tomaba un pantalón, lo medía contra su cuerpo. Cada gesto suyo era lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si entrar a la casa de una desconocida fuera lo más natural. Y yo no podía dejar de mirarlo.

El contraste entre mi ropa limpia y su cuerpo embadurnado de hollín me tenía los pezones duros bajo la blusa, tan duros que se marcaban como dos piedritas contra la tela. Me pregunté cuánto hacía que nadie lo tocaba, cuánto hacía que nadie le mamaba esa polla renegrida, cuánto hacía que yo no deseaba a nadie de esa manera tan irracional. Mi marido llevaba semanas de viaje y la casa estaba en silencio. Nadie iba a llegar. Nadie iba a saber.

Me acerqué por su costado y, sin pensarlo, sin decir una palabra, puse la mano directamente sobre su verga.

El tizne me manchó la palma. Él se tensó de golpe, pero no se apartó. La agarré entera, sopesándola, sintiendo el peso muerto que empezaba a cambiar bajo mis dedos. Se la apreté con la mano cerrada, moviéndola despacio de arriba abajo, y noté cómo iba creciendo, hinchándose, endureciéndose contra mi palma hasta llenarme toda la mano y sobrar. Era enorme. Gruesa, larga, con las venas gordas marcándose bajo la mugre.

—Está durísima... —susurré, más para mí que para él, mordiéndome el labio.

Se giró de pronto y me atrapó contra el borde de la mesa. Sus manos enormes me dejaron dos marcas negras en los hombros. Una de ellas bajó por mi espalda hasta mis nalgas y me apretó contra su cuerpo. Sentí su erección, completa, dura como un fierro, aplastándose contra mi vientre a través de la blusa amarilla. La tela clara quedó invadida por una mancha oscura y viscosa de tizne mezclado con el líquido que ya escurría de su punta. Ni quise imaginar cómo se verían mis leggings blancos bajo sus manos sucias.

Me arranqué la blusa yo misma, hecha un trapo, y quedé con los pechos al aire frente a él. Él bajó la cabeza sin preguntar y me atrapó un pezón entre los labios, chupándolo con hambre atrasada, mordisqueándolo con esos dientes amarillos que me daban un morbo que no me reconocía. Su lengua áspera me lamió el otro seno, dejándome regueros de saliva y hollín. Le agarré la cabeza y se la apreté contra mí, obligándolo a chuparme más fuerte, gimiendo alto por primera vez.

Sus dedos engancharon el elástico de los leggings y empezaron a bajarlos junto con la tanga, dejándome la cadera al aire, marcada por sus huellas. La tela cedió hasta mis rodillas y luego cayó sola hasta los tobillos. Levanté un pie y después el otro, pisando sobre ella, hasta quedar libre de la cintura para abajo. Su mano cazuda buscó de inmediato entre mis piernas y me abrió los labios del coño con dos dedos ennegrecidos. Estaba empapada. Chorreando. Los dedos le entraron sin ninguna resistencia, hasta los nudillos, y me arrancaron un gemido largo.

—Ay, hijo de puta... —jadeé, apretándome contra su mano—. Cómo estoy...

Me hurgó adentro con esos dedos gruesos, moviéndolos en círculos, sacándolos brillantes de mi flujo y metiéndolos de nuevo. Con el pulgar me apretaba el clítoris, en una fricción tosca, sin técnica, que me hacía temblar las piernas. No aguanté más. Me dejé caer de rodillas frente a él, sobre el piso frío, y le agarré la verga con las dos manos.

Estaba en toda su gloria, apuntándome a la cara, negra de mugre, larga, con el glande enrojecido asomando entre el prepucio arrugado. Un hilo grueso de precorrida le colgaba de la punta. Le pasé la lengua desde la base, subiendo por la vena más gorda, saboreando el sudor, el polvo, el sabor amargo y espeso de un hombre que no se lavaba hacía días. Y me gustó. Me gustó tanto que me dio vergüenza.

Abrí la boca y me la metí entera, o lo intenté. La cabeza me llegó hasta el fondo de la garganta y arqueé el cuello para tragármela más adentro. Él soltó un gruñido ronco y me agarró del pelo con las dos manos, sin cuidado, cerrando los puños hasta hacerme lagrimear. Empezó a moverme la cabeza a su ritmo, follándome la boca, la punta chocándome contra la campanilla una y otra vez. Se me caía la saliva en hilos gordos, mezclada con el tizne, resbalándome por la barbilla y goteándome entre los pechos, embarrándomelos de negro.

—Mmmpf... mmpf... —era todo lo que podía gemir con la boca llena, chupando duro, mamándosela con hambre real.

Me la sacó de golpe y me obligó a levantarme tirándome del cabello. Me giró contra la mesa y me empujó de la nuca hasta dejarme doblada, con los pechos aplastados contra el cristal frío y el culo respingado hacia él. Me abrió las nalgas con las dos manos, embarrándome de mugre hasta el ojete, y escupió sobre mi coño abierto.

Sin aviso, me tomó de las caderas y se hundió en mí de una sola embestida brutal. Entró con una facilidad que me sorprendió a mí misma: estaba tan mojada que hizo un ruido obsceno al abrirme. El grito que se me escapó fue de puro placer, no de dolor, aunque me estiraba entera. La sentí clavada hasta el fondo, tocándome algo adentro que ni mi marido tocaba nunca. Él arrancó un ritmo pesado, animal, cada embestida golpeándome el culo contra su vientre huesudo con un chasquido húmedo, y el cristal crujía debajo de nosotros, devolviéndonos el reflejo de dos cuerpos enredados, uno limpio y otro negro de hollín.

—Más... más fuerte, por favor —supliqué, con la mejilla pegada a la mesa—. Rómpeme...

Me la metía hasta el final y la sacaba casi entera, para volver a estrellármela adentro con más fuerza. Bajé una mano entre mis piernas y me toqué el clítoris con dos dedos, en círculos rápidos, sintiendo cómo su verga me atravesaba de arriba abajo cada vez. Me vine así, apretándolo por dentro con espasmos que no podía controlar, mordiéndome el antebrazo para no gritar demasiado. Se me nubló la vista y las piernas me temblaron tanto que casi me caigo.

Él no se detuvo. Me sacó su polla chorreando de mí, me giró de nuevo y me sentó sobre la mesa de un movimiento, apartando la bolsa de ropa de un manotazo. El cristal estaba frío bajo mis nalgas y chocaba contra el calor sofocante que despedía él. Abrí las piernas y le rodeé la cintura con ellas, sin importarme que la mugre de su espalda me embarrara la piel. Se metió otra vez de golpe, ahora cara a cara, y empezó a follarme mirándome a los ojos por primera vez.

Le pasé los brazos alrededor del cuello y me aferré a él. Al hacerlo, el tizne me cubrió hasta los codos. Estaba marcada de pies a cabeza, fundida en su oscuridad sobre el brillo de la mesa. Lo sentía moverse dentro de mí, su calor llenándome, su pecho sudoroso resbalando contra mis tetas, su verga tocándome el útero en cada embestida. Bufaba y jadeaba junto a mi oído sin pronunciar una sola palabra, solo sonidos roncos, su aliento caliente estrellándose contra mi nuca. Respiraba como un caballo después de una carrera.

—Adentro... córrete adentro —le pedí al oído, en un susurro que ni yo me creía—. Lléname toda...

Sus embestidas se volvieron urgentes, descontroladas, brutales. Me apretaba las caderas con las dos manos, clavándome los dedos, para embestirme aún más profundo. Y de repente se tensó por completo. Sentí su polla hincharse dentro de mí un instante antes, y después el chorro caliente estallándome adentro, chorro tras chorro, tan abundante que empezó a escurrirme por las nalgas sobre el cristal antes de que terminara.

Fue un final salvaje, larguísimo, en el que el frío del cristal y el fuego de él derramándose dentro de mí se confundieron en una sola sensación que me dejó sin aire, con los ojos en blanco y el corazón desbocado. Me vine otra vez, apretándolo por dentro, ordeñándole hasta la última gota de semen. Me quedé temblando, agarrada a su cuello, sintiendo cómo su verga se iba ablandando adentro sin salir, y su corrida escurriéndome por los muslos, sin entender del todo lo que acababa de permitir.

***

Nos quedamos jadeando en silencio, todavía unidos, los cuerpos pegajosos por la mezcla de sudor, semen y ese tizne que ahora nos cubría a los dos por igual. Él apoyó la frente en mi hombro. Por primera vez sentí que su respiración buscaba algo más que un simple alivio físico.

Miré mis brazos negros, la blusa arruinada tirada en el piso, el charco blancuzco que se formaba entre mis nalgas sobre el cristal, el desastre que era mi comedor. Sabía que aquello no podía terminar con él saliendo por la puerta como si nada.

—Estás muy sucio... y ahora yo también —murmuré, acariciándole la nuca curtida—. Ven, vamos arriba. Hace falta un baño.

Me bajó de la mesa sosteniéndome con firmeza. Al levantarme, lo sentí salir de mí, todavía a medio endurecer, rozándome mientras me dejaba de pie en el suelo, pegada a su cuerpo. Un chorro grueso de su semen me resbaló por la cara interna del muslo hasta la pantorrilla. Lo tomé de la mano. Sentí la aspereza de sus dedos enredados con los míos. No dijo nada, pero su mirada aceptó la invitación.

Subimos juntos las escaleras, dejando un rastro de huellas oscuras sobre el piso blanco y gotas de corrida entre mis pisadas, hasta mi habitación. Entramos directos a la regadera, donde el agua caliente nos esperaba para borrar el tizne de nuestra piel. Aunque, para entonces, yo ya sabía que algunas manchas no se quitan con jabón.

Lo que pasó bajo el agua, y lo que vino después, todavía no me atrevo a contarlo. Quizá otro día. Por ahora me basta con confesar que, cada vez que paso por el centro, busco entre la gente la silueta de un hombre cubierto de hollín. Y que, si vuelvo a encontrarlo, no sé si tendré la voluntad de pasar de largo.

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Comentarios(8)

Rosario_BA

joder que bueno este relato, no podia parar de leer!!!

MirnaK_lect

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo.

SilvinaLectura

Me gusto muchisimo, la narracion en primera persona lo hace sentir completamente real. Sigue escribiendo asi!

Kaos

tremendo jajaja

NocheSinSueño_77

Que historia tan bien contada. Se nota que lo viviste de verdad, o al menos lo escribiste con una conviccion que te hace creer cada detalle. Ojala compartas mas experiencias, escribis muy bien y de forma directa sin rodeos innecesarios.

PatriciaRDN

Y despues que paso? Fue algo de una sola vez o hubo mas encuentros?

Valeria_86

Se hizo cortisimo queria mas!!

elvisitante77

De los mejores de Confesiones que lei ultimamente. Muy autentico.

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