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Relatos Ardientes

Nuestras bodas de plata en el Caribe cambiaron todo

Lo que voy a contar pasó durante el viaje que organizamos para celebrar nuestros veinticinco años de casados. Lo reservé yo, en secreto, un resort frente al mar en la Riviera Maya. Quería que fuera especial, y vaya si lo fue, aunque no de la manera que ninguno de los dos había imaginado.

Nuestra vida íntima era la de cualquier matrimonio largo con dos hijos ya mayores. Sexo el fin de semana, cuando la casa quedaba vacía. Nada raro, nada nuevo. En todos esos años no hubo infidelidades, ni de mi parte ni, hasta donde yo sabía, de la suya. Éramos cómodos el uno con el otro, y la comodidad, con el tiempo, se había comido buena parte del deseo.

Para que se entienda: yo tenía cincuenta y cinco entonces, y Carmen cincuenta y cuatro. Ella es bajita, apenas un metro cincuenta y ocho, con algunos kilos de más que lleva bien repartidos. Rubia de peluquería, melena por los hombros y una cara dulce que la hace parecer más joven. Pecho generoso, ya algo vencido por los años, y unas caderas que siempre me gustaron.

Llegamos a México de noche, agotados por el vuelo desde Valencia. Cenamos cualquier cosa y caímos rendidos sin hacer caso a la música que llegaba desde la piscina. A la mañana siguiente recorrimos el complejo: era enorme, con varias piscinas, jardines cuidados y una playa de arena blanca que cortaba la respiración.

Carmen se había comprado dos bikinis que no me dejó ver hasta ese momento. Cuando salió del baño con el primero, me quedé sin palabras. Le tapaba lo justo, y parecía que el sujetador iba a rendirse en cualquier momento. Estuve a punto de tumbarla sobre la cama antes de bajar a la playa, pero me contuve. Teníamos toda la semana por delante.

***

El segundo día tocaban actividades. Ella se apuntó a un masaje y yo a una salida de snorkel. Cuando terminamos quedamos en el bar que había junto a la piscina central. La encontré rara, callada, removiendo el cóctel con la pajita.

—¿Te pasa algo? —le pregunté.

—El masajista me tocó más de lo que esperaba —dijo en voz baja, medio riéndose—. Y, no sé, llegué a ponerme nerviosa. Hacía mucho que no me sentía así.

Nos reímos los dos y se le pasó la vergüenza. Mientras pedíamos otra ronda, me di cuenta de que uno de los camareros no le quitaba ojo al escote. Era un chico joven, de unos veintitrés años, moreno, delgado, con el pelo corto y rizado. No dije nada en ese momento. Esperé a que nos fuéramos para comentárselo.

—Te ha estado mirando todo el rato —le solté ya en la hamaca.

—Imaginaciones tuyas —contestó, aunque sonreía—. ¿Cómo se va a fijar un crío así en mí?

Ahí quedó la cosa. Esa noche, animación, cócteles y a la habitación.

***

Al día siguiente, de vuelta de la playa, pasamos otra vez por el bar. Esta vez nos atendió él. Un chico encantador, con una sonrisa franca que dejaba ver unos dientes blanquísimos sobre la piel oscura. Se presentó como Bruno.

Hablaba conmigo, pero la miraba a ella de reojo. Le explicamos que celebrábamos las bodas de plata, una especie de segunda luna de miel.

—No me extraña que lleven veinticinco años juntos —dijo—. A una mujer así no se la deja escapar. Es usted muy guapa, señora Carmen.

Yo me quedé sin saber qué decir. La miré, y ella sonreía halagada.

—Tú sí que eres guapo, y joven —respondió—. Seguro que tienes a las chicas haciendo cola.

Cogimos las bebidas y nos fuimos a una hamaca.

—Te ha salido un admirador —bromeé.

—Calla, tonto. Solo quiere ser amable.

Al día siguiente teníamos excursión a Cozumel y el asunto quedó olvidado. Pero al volver fue ella la que propuso pasar por el bar de la piscina. No puse pegas. Allí estaba Bruno, con su sonrisa de siempre.

—Aquí está mi pareja favorita —dijo—. Ese bikini le sienta todavía mejor, Carmen.

—Eres un encanto —contestó ella, sacando un poco de pecho sin disimular demasiado.

De vuelta en la hamaca no pude evitar pincharla.

—Le gustas de verdad, ¿eh?

—No me digas que estás celoso —se rió.

—Celoso nada. Orgulloso de que mi mujer guste a los jóvenes —dije, y era casi verdad—. ¿No te molesta?

—Lo que es cierto es que sus palabras me rejuvenecen —admitió, mirando al mar—. Me gusta sentirme deseada. Si no estuviera casada, quién sabe.

Y entonces se me cruzó por la cabeza una idea que nunca había tenido. ¿Y si a Carmen le apeteciera de verdad? ¿Y si fuera ese el regalo? Estábamos lejos, no nos conocía nadie, y Bruno era educado, agradable, nada que ver con un ligón de discoteca. Cuanto más lo pensaba, menos descabellado me parecía.

***

Esa noche, en la habitación, mientras la tenía a punto, no me aguanté.

—¿Te gustaría tener ahora dentro a Bruno? —le susurré al oído.

—Sí... —gimió, y se corrió en el acto. Yo fui detrás de ella.

No hablamos más. El alcohol y el cansancio nos durmieron a los dos.

Por la mañana la encontré despierta antes que yo, mirando al techo. Llevaba un rato dándole vueltas a algo.

—Lo de anoche... estaba fuera de mí —dijo sin mirarme—. No te lo tomes a mal. Yo te quiero a ti.

—Y yo a ti —contesté—. Y no me lo tomo a mal, todo lo contrario. Has sido siempre una esposa y una madre increíbles. Creo que deberías aprovechar. Estamos de viaje, todo incluido. Si no lo hacemos, nos vamos a arrepentir.

Se incorporó de golpe, apoyada en el codo.

—¿Lo dices en serio? ¿No te importaría?

—Me sentiría mejor si lo haces —dije, y me sorprendió lo tranquilo que estaba al decirlo.

—Dos condiciones —respondió tras un silencio largo—. La primera, que estés en la habitación. No quiero quedarme a solas con un desconocido. La segunda, que yo no me atrevo a proponérselo. Baja tú y habla con él.

Nos dimos un beso en la boca y así quedó sellado el pacto. Ella, nerviosa. Yo, tranquilo de momento. Las dudas ya llegarían después.

***

Esa tarde, de vuelta de la playa, Carmen se fue a la habitación a arreglarse y yo bajé al bar rogando que Bruno no tuviera el día libre. Lo encontré detrás de la barra. Puso cara de extrañeza al verme solo.

—¿Y Carmen? ¿No se encuentra bien?

—Está bien —dije, y noté que la voz me temblaba un poco—. Bruno, sé que mi mujer te gusta y que no te importa decírselo conmigo delante. A ella también le gustas. Y me ha pedido que te invite a nuestra habitación cuando acabes el turno.

Esperé el golpe, la cara de extrañeza, algo. Pero el chico solo sonrió, como si nada de aquello fuera nuevo para él.

—Por supuesto que voy —contestó—. Me ducho, me cambio y subo. Y dile que no hace falta que se arregle mucho. Natural, como cuando viene aquí, está perfecta.

Ahí entendí que para él no era la primera vez. En cierto modo, me dio seguridad.

***

Comimos sin hambre y fingimos una siesta que ninguno durmió. Carmen no sabía qué ponerse. Probó tres conjuntos antes de decidirse por un vestido corto de tirantes, sin sujetador y con una braguita fina debajo. La tela dejaba adivinar el pecho y se le marcaban los pezones. Si no fuera porque esperábamos visita, me habría lanzado sobre ella.

Llamaron a la puerta y se nos dispararon los corazones. Abrí yo. Bruno entró con un bermudas y una camiseta blanca. Me dio la mano y a Carmen dos besos.

La habitación era una suite, con un salón separado del dormitorio. Ellos se sentaron en el sofá, yo en una silla enfrente. El único tranquilo era él. Estuvimos hablando un rato eterno, del clima, de los huracanes, de tonterías. Carmen y yo, dos flanes.

De pronto ella se giró y le dio un beso suave en los labios, casi tímido. Bruno sonrió y se lo devolvió, esta vez metiéndole la lengua. La mano que Carmen tenía sobre su pierna se movió sin querer y rozó algo más. La apartó de golpe, asustada. Él, sin separarse, se la tomó y se la volvió a colocar donde había llegado por accidente.

Se levantó del sofá, de pie frente a ella, y le guió otra vez la mano. Carmen entendió. Le bajó el bermudas. No llevaba nada debajo.

Desde atrás yo solo veía la espalda del chico. Me moví para ver mejor la cara de mi mujer: sorpresa, sí, pero con una sonrisa traviesa que no le conocía. Cogió lo que tenía delante con las dos manos y empezó a acariciarlo despacio, mirándolo con una curiosidad casi infantil.

Bruno se quitó la camiseta. Estaba delgado y fibroso, de esos cuerpos que parecen aún más imponentes por la falta de grasa. Carmen acercó la boca y empezó a lamer, sin prisa, primero con la punta de la lengua y luego entero. Con una mano sujetaba y con la otra acariciaba. Cada poco apartaba la cara y lo miraba a los ojos, como pidiendo permiso. Él le acariciaba el pelo y la dejaba hacer.

¿Y yo? Convidado de piedra. Creo que ya ni se acordaban de que estaba allí. Y de repente me asaltaron todos los miedos de golpe. Un chico joven, que habrá tenido a cien Carmen antes que a la mía, la va a satisfacer mejor que yo. ¿Aquí se acaba nuestro matrimonio? Pero, al mismo tiempo, tenía una erección como hacía años que no recordaba.

***

—Qué bien lo haces, Carmen —dijo él—. Vamos al dormitorio, estaremos más cómodos.

Ella se levantó, se puso de puntillas para besarlo. La diferencia de altura era enorme. Antes de seguirlo, se acercó a mí, me dio un beso en los labios y me susurró:

—Te quiero más que nunca.

Ese beso me deshizo todos los nudos del estómago de golpe. Pero enseguida me asaltó otra duda: ¿y yo qué hago ahora? No podía irme, lo habíamos pactado, pero tampoco plantarme allí a mirar sin más.

Lo resolvió Bruno.

—Trae la silla y vente con nosotros. No te quedes ahí solo.

Cogí una toalla, la puse sobre la silla junto a la cama, me desnudé y me senté a ver el espectáculo. Bruno tenía a Carmen pegada de espaldas a él, sobándole los pechos por encima del vestido, hasta que le susurró algo y ella asintió.

Le sacó el vestido por la cabeza. Le bajó las braguitas, empapadas, y la tumbó boca arriba con las piernas abiertas. Se agachó entre ellas y empezó a lamerla despacio. Carmen gimió enseguida, agarrando las sábanas. No duró mucho: a la primera caricia en el punto justo, se corrió.

—Vaya lengua tienes —jadeó.

—Espera, que tengo más cosas para ti —contestó él, subiendo a besarle el cuello y los pechos.

Yo pensaba que iba a terminar sin tocarme de lo excitado que estaba. Se me habían pasado todos los miedos. Solo quería ver lo que venía.

Bruno se colocó sobre ella, la guió con la mano y entró despacio, comprobando que no había problema. Carmen soltó un gemido largo, lo abrazó por el cuello y lo besó. Él empezó a moverse, primero suave, después con más fuerza. Ella le clavaba las uñas en la espalda.

—Me matas de gusto —jadeaba—. Sigue, no pares.

En cuestión de minutos tuvo otro orgasmo, con temblores que le recorrían todo el cuerpo. Él no hablaba, solo respiraba fuerte y seguía. Los dos brillaban de sudor, y eso me pareció aún más excitante. Empecé a tocarme, y en dos minutos terminé sobre mi propio vientre, mirando, sin poder hacer otra cosa.

***

Cambiaron de postura. Bruno la puso a cuatro patas, de cara a mí, apoyada en el borde de la cama. Se colocó detrás y entró otra vez, ahora sin contemplaciones, acompañando cada embestida con una palmada en las nalgas. Los pechos de Carmen se movían sin control. El chico amable de la barra se había transformado en otra cosa.

Yo había vuelto a empalmarme. No quería que aquello acabara.

Carmen me miraba sin verme, perdida. Se tensó, gritó y empezó a temblar de nuevo. En ese punto recordé el lubricante que había metido en la maleta por si acaso. Lo saqué de la mesita y se lo tendí a Bruno.

—Mejor con esto —dije.

—¿Este culo es virgen? —preguntó él.

—De vez en cuando —respondió ella entre jadeos.

Echó un chorro, se preparó y entró despacio. Carmen soltó un quejido y él se quedó quieto un segundo.

—No pares —le pidió ella—. Estoy bien.

Nunca la había oído hablar así. Bruno empezó a moverse con fuerza desde el primer momento, hasta el fondo, una y otra vez. Ella, lejos de quejarse, lo disfrutaba. De reojo se miraba en el espejo del armario, como para creérselo. Yo me tocaba otra vez, aguantando más que antes.

—¿Ves cómo disfruta tu mujer? —me dijo él sin dejar de moverse—. Esto no se les olvida en la vida.

—Buena idea has tenido —fue lo único que acerté a contestar.

Los gemidos de Carmen se volvieron sonidos guturales, cada vez más fuertes. Llegué a temer que nos oyeran en todo el resort. Y entonces ella llegó a un orgasmo distinto a todos los que tiene conmigo, uno que no se acababa, una ola detrás de otra. Yo me corrí en ese momento, por segunda vez. Bruno aguantó unos segundos más antes de avisar y terminar. Cuando salió, Carmen se dejó caer de lado, agotada, y él se tumbó a su lado. Se besaron despacio, casi con cariño. Ahí entendí para qué eran las toallas.

***

Bruno se levantó, se limpió, se vistió. Lo acompañé a la puerta.

—No hace falta que te vayas tan pronto —le dije.

—Es tarde y mañana madrugo. Gracias a los dos.

—Gracias a ti —contesté—. Por tranquilizarnos primero y por lo demás después.

—Son vacaciones —sonrió—. Al volver a la rutina, todo será como siempre entre ustedes. Y, sinceramente, ella me ha dejado seco.

Nos dimos la mano y se fue. Cuando volví al dormitorio, Carmen ya dormía. Retiré las toallas, me tumbé a su lado y tardé un buen rato en pegar ojo.

***

A la mañana siguiente, recién salida de la ducha, me besó en los labios apenas me vio entrar.

—Te quiero, mi amor. Gracias por lo de ayer. Me sentí deseada, me sentí mujer, me sentí viva. Y, sobre todo, sentí que me amas. Sé que me puse un poco bruta, pero valió la pena. No me digas que no te gustó, que te corriste dos veces —se rió—. Aunque hoy me duele hasta el alma. Me recordó a cuando tú y yo lo hacíamos así, antes de que llegaran los niños.

No supe qué decir. Solo propuse ir a desayunar y luego a la playa, con la única condición de no acercarnos al bar de Bruno.

Esa misma tarde hicimos las maletas. Al día siguiente, vuelta a Valencia y a la normalidad. Carmen volvió a ser la madre y la esposa de siempre, con sus prisas y su trabajo de directiva. Pero algo había cambiado entre nosotros, algo que ninguno se atrevía a nombrar.

El fin de semana siguiente cenamos con unas parejas amigas. Una de ellas le preguntó, entre risas, qué tal el Caribe y si había visto a algún chico guapo.

—Alguno había —contestó Carmen, mirándome—. Pero Andrés me los espantaba a todos. La próxima vez nos vamos las chicas solas, a ver si tenemos más suerte.

Y, mientras lo decía, me guiñó un ojo. Ya os podéis imaginar lo que pasó al llegar a casa esa noche.

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Comentarios (6)

Silvinita_k

Dios mio que historia!!! me dejo con el corazon acelerado, sigan publicando cosas asi.

LectorBA22

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como terminó todo despues del Caribe.

RosaVH

Me recordó un poco a mi aniversario de 20 años, aunque la nuestra no tuvo nada tan atrevido jaja. Muy bien contado.

NachoCaba

¿Y al final aceptaste la propuesta? jaja el suspense me mata, quiero saber que pasó después.

PaulinaRosales

Que historia tan real, se nota que lo escribiste desde las tripas. El giro del camarero no me lo esperaba para nada.

ElenaK

Increible como un viaje puede cambiarlo todo. Muy bien narrado, con el morbo justo sin pasarse.

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