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Relatos Ardientes

Entré sola a una cabina porno y salió todo mal

Perdonad, he andado liada estos días y os debía el final de la historia. Os contaba el otro día que me habían dejado tirada en el andén. Sola, cabreada y, para colmo, más cachonda que una gata en marzo.

Por resumir lo de antes, para los que no lo leyerais: en el vagón, apretada entre cuerpos, un desconocido se había pegado a mí más de la cuenta. Y yo, en lugar de apartarme, me dejé hacer. Roces que iban y venían, una mano que se demoraba donde no debía, una respiración caliente en mi nuca. Justo cuando la cosa empezaba a ponerse interesante, el tren llegó a su parada, él se bajó sin mirar atrás y me quedé yo en el andén con el corazón a mil y el coño ardiendo, encharcado, latiéndome entre las piernas como un segundo pulso. Para que luego digan que las cincuentonas no tenemos historias que contar.

Mientras hacía equilibrios sobre las escaleras mecánicas, con el bolso colgando del hombro y un humor de perros, iba maquinando qué hacer. Lo primero que se me ocurrió fue acercarme a los grandes almacenes del centro y arreglarme un poco en el aseo de señoras. Acomodarme las bragas, refrescarme la cara, limpiarme el muslo donde aún notaba la humedad pegajosa mezcla de mis propios flujos y del rastro que aquel cerdo desconocido me había dejado al restregarme el bulto de su polla dura contra la nalga durante media docena de paradas.

Pero la idea me parecía deprimente. De señora señorona, de las que se miran en el espejo y suspiran. ¿Qué voy a hacer yo ahí, recolocándome la ropa interior como si tuviera ochenta años? No, eso no. Mi cabecita loca se puso a trabajar a toda castaña.

A ver, ordenemos. ¿Qué quieres en realidad? Un orgasmo. Uno bueno, de los que te dejan floja y de buen humor el resto del día. Pues piensa, mujer, piensa cómo darte esa alegría rápida sin montar un drama.

Eran las tres y cuarenta. Acabábamos de comer y no era hora de ponerse a llamar a nadie. Tampoco me apetecía buscar un bar cercano, pedir una copa y esperar a que algún desconocido se fijara en mí. Demasiado lento, demasiado complicado. Lo que yo necesitaba era algo urgente: meterme dos dedos hasta el fondo del coño y correrme como una perra, cuanto antes.

Y entonces se me encendió la bombilla.

A ver, si no recordaba mal, bajando por la calle del Marqués cruzaba la avenida del Robledo, salía a la ronda del Carmen y, siguiendo hasta la carretera vieja, allí había un sex shop. Había estado varias veces de joven, hacía ya casi treinta años. Tenía una entrada lateral por un pasadizo, así no había que cruzar la puerta principal —que era todo un cante— y llevaba directa a la zona de cabinas.

El plan se dibujaba solo en mi cabeza. Entro, me encierro, le echo unos euros a la máquina, pongo una cinta de porno guarro del que dan ganas de gritar, me hundo en el butacón, me subo la falda hasta la cintura, me abro las piernas de par en par y me meto la mano entera hasta que me chorree el coño por los muslos. Después, con la penumbra, me recompongo y salgo tan relajada como una balsa de aceite.

Pintaba estupendo. Apreté el paso.

***

Cuando llegué, todo seguía igual que tres décadas atrás. Más limpio, quizá, pero idéntico. El mismo olor a ambientador industrial de puticlub mezclado con un fondo agrio, dulzón, inconfundible, a semen seco y a coños ajenos. Las mismas cabinas en penumbra, el mismo sistema de lucecitas sobre las puertas: led verde, cabina libre; led rojo, cabina ocupada. Había muchas en verde. Mejor.

Elegí, mira tú qué casualidad, una que quedaba medio escondida en un recodo del pasillo. La recordaba con cariño, porque justo en aquel rincón mísero había disfrutado de lo lindo cuando era una cría. La nostalgia también pone caliente, no os creáis.

Me vino a la cabeza una tarde de mis veintipocos, en esa misma cabina, con un novio que ya ni recuerdo cómo se llamaba pero del que recuerdo perfectamente las manos, y la polla gorda y curva que me metió aquella tarde hasta hacerme ver las estrellas mientras yo mordía el respaldo del butacón para no gritar. Le mamé la verga arrodillada en aquel suelo asqueroso, con la boca llena de su corrida caliente, y después me montó a horcajadas, agarrándome de las tetas por debajo de la camiseta mientras yo me clavaba en su rabo con una furia que no volví a sentir en años. Entonces no me daba ningún apuro, ni el local, ni las cámaras, ni el olor. Una era joven y se lo comía todo. Pensé que volver ahora, con el cuerpo cansado y las arrugas en su sitio, tenía algo de homenaje a aquella cría descarada que fui. Y eso, en vez de darme pena, me animó todavía más.

Me senté en el butacón de skay. Nada más apoyarme, sentí cómo se me adherían los muslos a la tela. Aquello, en lugar de darme asco, me puso más a tono todavía. El asiento estaba tibio. Caliente al tacto, mejor dicho. Deduje que hacía muy pocos minutos que alguien había estado allí sentado, meneándose la polla en la misma postura que yo iba a adoptar.

Miré alrededor buscando pistas, y las encontré enseguida. En un lateral de la pantalla resbalaba un goterón blancuzco de semen, dejando un rastro brillante y efímero, igual que el de un caracol. En la papelera, una bola de papel higiénico arrugada, empapada y todavía brillante de corrida fresca. Mientras intentaba adivinar si el lefazo pertenecía al chaval flaco o al vejete que me había cruzado en la entrada del pasadizo, se me escapó una sonrisa guarra y noté cómo se me encharcaban las bragas hasta el punto de que la tela ya no daba más de sí. La sola idea de sentarme a masturbarme en el mismo sitio donde otro se acababa de correr me tenía el clítoris palpitando como un botón hinchado.

Me incorporé despacio, escuchando ese sonido sordo que hace el skay al despegarse de la piel. A tientas, de pie en aquel cubículo oscuro, me bajé las bragas —chorreando, hechas una sopa—, las metí en el bolso y me volví a sentar. Ahora sí, levantándome la falda hasta la cintura para plantar las nalgas desnudas directamente sobre la tela y abrir las piernas de par en par, sin pudor, para ver el reflejo de mi coño abierto y brillante en la pantalla todavía apagada, porque aún no había metido ninguna moneda. Me pasé dos dedos por la raja, de abajo arriba, y me los llevé a la boca. Estaba empapada. Salada, espesa, con ese sabor a hembra caliente que a mí misma me pone cachonda.

Saqué el monedero y me puse a rebuscar. Joder. Una moneda de dos euros, tres de uno y una de cincuenta céntimos. Tendría que elegir rápido la película, porque para muchos minutos no me daba.

***

Cursor arriba, cursor abajo. Para quien no conozca estas cosas —cosa que dudo, en este foro—, los butacones tienen a la izquierda dos teclas con las que vas cambiando de canal. Obviamente, pensadas para diestros, porque a una le toca estirar el brazo y perder media erección en el intento, o en mi caso interrumpir el ritmo del dedo que ya se me había colado entre los labios del coño y trabajaba en pequeños círculos sobre el clítoris.

Como decía: cursor arriba, cursor abajo. Una pareja sosa follando en misionero. Cambio. Dos rubias que parecían aburridas comiéndose el coño con la mueca de quien pela patatas. Cambio. Un primer plano de una polla enorme entrando y saliendo de un culo tan a lo bestia que daba más miedo que morbo. Cambio. Para cuando di con una escena que pensé que podía motivarme lo suficiente —una tía madura arrodillada, con dos vergas grandes escupiéndole leche en la cara mientras ella sacaba la lengua a lametones y se pellizcaba los pezones—, ya solo me quedaban dos minutos y quince segundos en la máquina.

La imagen me hizo cerrar los ojos y clavarme dos dedos hasta los nudillos. Me los saqué chorreando, me los volví a meter, y con la otra mano me apreté el pezón por encima de la camisa mientras me mordía el labio para no gemir. Iba a correrme. Lo notaba subiéndome desde los muslos, esa cosquilla eléctrica que se te acumula en la ingle antes de estallar. Cinco embestidas más de mis propios dedos, giré la muñeca para tocarme el punto ese de dentro, apreté el clítoris con el pulgar y…

La pantalla se puso negra. Se acabaron los minutos. La tía madura y las dos pollas se esfumaron justo cuando yo tenía el orgasmo asomando entre las piernas.

—Me cago en… —solté entre dientes, con los dedos aún hundidos hasta el fondo y el coño palpitándome, a medio camino de la corrida, colgada de esa frustración que es casi peor que no haber empezado.

El exabrupto debió de oírse bastante más de lo que yo hubiera deseado, porque a los cinco segundos una vocecilla cortés y un poco aflautada sonó al otro lado de la puerta.

—¿Señora? Señora, ¿se encuentra usted bien?

Madre mía, qué bochorno. Y me llamaba señora. Luego sabía que era una mujer la que estaba ahí dentro. Y si lo sabía, era porque me habría visto entrar por alguna cámara, y por lo tanto…

Menuda tarde llevo. Manoseada en el metro, abandonada en un andén y ahora descubierta con dos dedos metidos en el coño y sin bragas en la cabina de un sex shop.

—¡Monedas! —fue lo único que se me ocurrió susurrar a través de la puerta, sacándome los dedos a toda prisa y limpiándomelos en la falda, como si pedir cambio justificara todo lo demás.

Por una rendija de la puerta entreabierta hicimos el trapicheo: un billete de veinte por su equivalente en monedas de euro. Y ojo, que el fulano metió la mano tan adentro que casi me roza el muslo desnudo, y estoy segura de que echó un vistazo largo a la falda arrugada y a las piernas abiertas que se me veían en la penumbra. Mientras tanto, el tipo —un cuarentón cetrino, con las uñas largas y poco cuidadas— intentaba, supongo, tranquilizarme.

—No se sienta usted turbada. Esto es lo más normal del mundo —dijo, con un tono que pretendía ser comprensivo y solo conseguía darme más grima.

«Lo normal», me reí para mis adentros. Pensé en cuánto tendría de normal que una mujer con los cincuenta ya cumplidos, encerrada sin bragas en la cabina de un sex shop, con dos dedos aún pegajosos de sus propios flujos y la clarísima intención de correrse a gusto y, encima, con el beneplácito del susodicho —porque, vamos a ver, ¿para qué iba a estar yo allí si no?— resultara ser lo más natural del planeta.

Lo normal, decía él. A saber qué conversaciones tendría ese fulano con su mujer al llegar a casa después del trabajo, y a saber cuántas veces se la habría cascado espiando por las cámaras a tías como yo, con el pantalón bajado y la polla en la mano detrás de su mostrador.

***

Para qué os voy a contar más. De la bajona que me dio, se me cerró el chocho literalmente. Como un grifo. Aún le eché un par de monedas más a la máquina, por disimular y hacer tiempo, y hasta me pasé la mano un par de veces entre las piernas intentando recuperar el hilo, fingiendo en la penumbra que la cosa seguía su curso. Pero el clítoris se me había encogido, las paredes del coño ya no vibraban, y por más que me toqueteaba no conseguía absolutamente nada. Un cadáver ahí abajo. Media hora antes lo tenía todo a punto de estallar y ahora, nada. Los nervios y la vergüenza me habían apagado como se apaga una vela de un soplido.

Me resigné. Saqué las bragas del bolso y me las volví a poner, ahora húmedas y frías de mis propios flujos ya enfriados, metiéndoseme por la raja del coño y por la del culo a cada paso que daba, un recordatorio pegajoso de todo lo que no había conseguido. Una sensación de lo más digna, ya os imagináis.

Salí de allí pitando por el pasadizo, con la cabeza gacha para que las cámaras no me pillaran la cara y conservar al menos una brizna de dignidad, mientras aquel tipo, seguro, se quedaba con la polla fuera acariciándose a mi salud, repasando el vídeo de mis dedos metidos en el coño y guardando mi numerito para sus pajas de invierno.

Ya en la calle, con el sol de la tarde pegándome en la cara, me eché a reír yo sola como una loca. Una señora que pasaba con la compra me miró de reojo, como diciendo «esta no anda bien». Y a lo mejor tenía razón. Pero es que pensad: había salido de casa por la mañana hecha una mujer respetable, con sus recados y su rutina, y volvía sin bragas secas, manoseada por un extraño, descubierta con dos dedos metidos en el chocho por un encargado de sex shop y sin haber conseguido el dichoso orgasmo que era el origen de todo el embrollo. Para enmarcar.

Llegué a casa a media tarde. Me metí en la ducha, dejé que el agua caliente se llevara el día entero por el desagüe, me enjaboné el coño despacio, me pasé el cabezal de la ducha entre las piernas y, por fin, con el chorro golpeándome el clítoris y los dedos abriéndome los labios, me corrí como una perra en pie, mordiéndome el antebrazo para no despertar a los vecinos, con las rodillas temblándome y el agua llevándose los últimos restos de la tarde. Un orgasmo largo, sucio, con espasmos que me subían hasta el ombligo y me dejaron sentada en el plato de la ducha respirando como si acabara de correr una maratón. Luego me acosté. Cuando llegó Ramón, me hice la dormida. No tenía ganas de hablar, ni de explicar, ni de inventar.

Mañana será otro día. Y, os juro, me lo voy a montar mejor.

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Comentarios(9)

GusGar77

jaja ese final no me lo esperaba para nada!!

Silvia_BA

Que buena narracion, se siente totalmente real. Sigue escribiendo!

LectorBs

Por favor seguí, quede con ganas de saber que paso despues

ViejoLector77

Me recordo a algo que me paso hace años en un viaje. Tremendo el morbo de la situacion jaja

CheTucu

increible!! de esas que se te quedan grabadas

TintaNocturna

Lo que mas me gusto es como transmitis la tension del momento. Se nota que lo viviste de verdad, cada detalle es muy creible. De los mejores relatos que lei en mucho tiempo, en serio.

Juanma_Sur

Y bueno, que paso despues?? no podes dejarnos asi jaja

NachoBaires

arranque que engancha de entrada. bien escrito y sin vueltas

RositaM_

Ay dios jajaja eso de que alguien te habla por la puerta... tremendo. Esa sensacion de no saber que hacer me la imagino perfecto

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