Lo que hice con él mientras mi familia comía abajo
Hola otra vez, soy Mariela y vengo a seguir contándoles lo que pasó aquella tarde con Damián, en plena reunión familiar, con la casa llena de gente que ni se imaginaba lo que ocurría en el piso de arriba.
Cuando él terminó la primera vez, yo seguía de rodillas en el piso de mi cuarto, con el pecho desnudo y la respiración entrecortada. Él se dejó caer sobre el colchón, agotado, mientras yo todavía sentía su sabor en la boca.
Sabía que aquello no debía pasar. Pero ya no había vuelta atrás, y la verdad es que no quería que la hubiera. En ese momento estaba dispuesta a dejar que me hiciera todo lo que se le antojara. Damián acababa de descubrir ese lado mío que casi nadie conoce.
Cruzamos un par de frases mientras seguíamos quietos, y después ya no hubo nada que decir. Lo único que sonaba era la musiquita del videojuego que habíamos dejado pausado, repitiéndose una y otra vez. Nuestras miradas se buscaban, y esas sonrisas cómplices terminaban de delatarnos. Los dos queríamos más.
Fue él quien dio el primer paso. Se incorporó hasta quedar sentado frente a mí y sus manos fueron directo a mis pechos. Los apretó, los acarició, jugó con mis pezones hasta endurecerlos de nuevo. Yo ya estaba húmeda, y cada toque me arrancaba un gemido suave que apenas lograba contener mientras cerraba los ojos.
Estaba sentada sobre mis propios talones cuando sus manos bajaron por mi espalda hasta la cintura. Me hizo levantarme un poco, hasta quedar de rodillas, y empezó a subirme el vestido. Una mano sostenía la tela para que no volviera a caer; la otra apretaba mis nalgas, separándolas, hundiendo los dedos cada vez más cerca de donde yo lo deseaba. Decidí ayudarlo: sujeté el vestido por ambos lados y lo mantuve arriba para él.
—Eres una niña muy mala, te has portado fatal —me dijo, y completó la frase con un par de nalgadas.
Entendí el juego al instante y le seguí la corriente.
—¿Y no te gustan las niñas malas? Porque yo puedo serlo bastante —respondí con la sonrisa más atrevida que tenía.
—Me encantan. Pero necesito saber qué tan mala puedes ser.
Solté el vestido y bajé yo misma mi ropa interior de un tirón, hasta las rodillas, levantándome apenas para terminar de quitármela. Él me miró entre sorprendido y encendido. Volví a recogerme el vestido y, al inclinarme un poco, vi que ya estaba duro otra vez dentro del pantalón.
Esta vez no quise esperar. Bajé su pantalón y su ropa interior de golpe, y su sexo quedó a centímetros de mi cara. Saqué la lengua para atraparlo y me lo metí entero en la boca. Damián, al sentir el calor, no aguantó: una de sus manos viajó hasta mi entrepierna desde atrás y empezó a jugar con mi clítoris, haciéndome retorcer el cuerpo entero. Para callar mis gemidos lo hundía hasta el fondo, quieta, hasta que casi me faltaba el aire.
—Mariela… ya no aguanto más. Quiero estar dentro de ti… ¿me dejarías? —lo dijo despacio, casi con miedo, haciendo pausas entre cada palabra.
Yo seguía con él en la garganta cuando lo escuché. Tengo que confesarles algo: siempre me ha gustado hacer esto. Nunca me importó el tamaño ni la forma. Me gusta ver la cara que ponen, me gusta hacerlos sentir bien. Y, para qué mentirles, me gusta el sabor.
Tuve por lo menos dos orgasmos solo con eso, con él tocándome mientras yo me ahogaba a propósito. No iba a negarme. Sabía que era un riesgo enorme, que si alguien subía estaríamos en un lío imposible de explicar. Pero ya no me importaba nada.
Lo saqué de mi boca y lo miré a la cara mientras me ponía de pie.
—Yo también te quiero sentir dentro. Pero prométeme una cosa.
—Lo que me pidas —respondió, y era evidente que aceptaría cualquier condición con tal de tenerme.
—No termines adentro. Apenas sientas que te vas a venir, sales y me avisas, que yo te lo termino con la boca. Y rápido, por favor, que no nos descubran.
—Te lo juro. A la primera señal, te lo meto en la boca y te lleno entera. Y rápido… ¿cómo te gustaría?
Me subí el vestido hasta la cintura y me puse en cuatro sobre el borde del colchón. Era la única posición que conocía hasta entonces.
—¿Así te gusta? —le dije, mirándolo por encima del hombro.
Damián casi saltó de la cama. Se puso detrás de mí, me tomó de las caderas y apoyó la punta contra mi entrada. Empujó despacio. Sentí cómo se abría paso y tuve que taparme la boca con las dos manos para no gritar. Entró completo, hasta que sus muslos chocaron contra mí, y empezó a moverse, ganando velocidad poco a poco.
Qué rico se movía. Fácilmente fueron veinte minutos sin parar. Sus manos no se quedaban quietas ni un segundo: me jalaban del vestido, del pelo, me agarraban de los hombros, me daban nalgadas.
De repente me tomó del cabello, se salió y me hizo girar hacia él, bajándome del colchón hasta dejarme de rodillas otra vez. Sin soltarme el pelo se metió por completo en mi boca y empezó a moverse. Yo no podía apartarme; me tenía a su entera merced. Con la mano libre me apretaba un pecho.
—Levántate, mi amor, todavía no te doy mi leche. Quiero disfrutarte completa.
Esa fue la primera vez que me dijo «mi amor». Me ayudó a pararme y me empujó por la espalda hasta dejarme inclinada frente a él, las manos apoyadas en el colchón pero los pies en el piso. Subió mi vestido y se pegó a mí. Entonces sentí la punta deslizarse desde mi sexo hasta más arriba.
—Tienes el culito medio abierto, me está pidiendo que entre. Sé que te va a gustar.
Me dio un poco de miedo y los nervios no me dejaron contestar. Solo sentía cómo me lubricaba con mis propios fluidos, una y otra vez.
—¿Estás lista? Recuerda que me dijiste que hoy serías mi niña mala.
No dije nada. La verdad es que me calentaba muchísimo que me quisiera usar entera. Apoyó la punta en mi entrada y se quedó quieto, esperando una respuesta. Y al verlo así, la parte más atrevida de mí reaccionó sola: lo tomé de la pierna y tiré de él hacia mí.
—No pierdas tiempo, acuérdate de que hay que ser rápidos —le dije, mientras con la otra mano lo guiaba.
De pronto cedí, y con un sonido suave entró la punta. Damián me sujetó de las caderas, separándome más. Yo solté el colchón un instante para guiarlo mejor y después volví a aferrarme a la sábana con los puños, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
Se quedó quieto un momento, solo con la punta dentro, y después empezó a moverse lento. Llegó hasta la mitad, pero estaba impaciente. Sentí que se salía y volvía a entrar, esta vez de golpe, hasta el fondo, y se me escapó un grito que corté a la mitad tapándome la boca.
—Perdón, mi amor, pero tú me pediste rapidez —murmuró—. Ahora sí, te voy a coger duro como te gusta.
Esperó a que me acostumbrara a su grosor y empezó a embestirme, metiéndolo entero y sacándolo hasta dejar solo la punta. Me levantó una pierna y la apoyó en el colchón, sin bajar el ritmo. Mi cuerpo se acostumbró rápido y empecé a tener un orgasmo tras otro. Me tapaba la boca con fuerza; por suerte, la música del juego sonaba bastante alto.
El aguante de Damián era increíble. Había usado mi boca, después mi sexo, y ya llevaba como quince minutos así sin terminar. De repente se salió, me hizo arrodillar frente a él y empezó a masturbarse a pocos centímetros de mi cara. Creí que iba a metérmelo en la boca, pero un chorro caliente me golpeó la mejilla, y después otro, y otro más, hasta cubrirme la cara entera.
—Me gusta verte así.
—Y a mí me gusta sentirlo caer. Lo haces muy rico —le respondí, mirándolo con un solo ojo abierto.
No hice ningún esfuerzo por limpiarme. Lo dejé sobre mi piel un rato, solo porque a él le gustaba verme así, y después empecé a recogerlo con los dedos y a tragarlo frente a él. A mitad de eso escuché la voz de mi mamá desde abajo.
—¡Mariela! Bajen a comer.
Me levanté de un salto. Damián se subió el pantalón en un segundo.
—¡Ya vamos! —contesté mientras me acomodaba los tirantes del vestido—. Baja tú primero, yo paso al baño a limpiarme, así no levantamos sospechas.
***
Bajamos a comer. Mi papá, mis hermanos, la prometida de mi hermano y el padre de ella ya estaban tomando. Durante la comida traté de no mirarlo, aunque sentía su mirada clavada en mí. Al terminar, los mayores siguieron bebiendo y nos mandaron a Damián y a mí a la tienda por más bebidas.
Apenas salimos de la casa, me tomó del brazo y se acercó a mi oído.
—Cuando volvamos quiero usar tu boca otra vez. Dijiste que podía cuando quisiera, ¿no?
Me reí y lo miré de reojo.
—Entonces hay que ir rápido.
Volvimos enseguida. Adentro, hasta nuestras madres habían empezado a tomar. Le avisé a la mía que seguiríamos jugando arriba y subimos. Nos detuvimos en lo alto de la escalera por si alguien comentaba algo sobre nosotros, pero nadie nos prestaba la menor atención.
Y ahí se me ocurrió algo. Tomé a Damián del brazo y lo hice retroceder casi hasta la escalera. Eché un último vistazo abajo: todos seguían sentados, riéndose. Sin pensarlo me arrodillé en el pasillo, casi frente a los escalones. Él se sorprendió, con los nervios pintados en la cara, pero se le pasó en cuanto le bajé el pantalón y acerqué la boca. Reaccionó al instante.
La adrenalina de hacerlo en un lugar donde podían vernos me estaba gustando demasiado. Lo metí todo, hasta sentir mi nariz contra su cuerpo, y me quedé quieta sin aire mientras él me sostenía la cabeza. Repetimos eso varias veces; me dejaba salir justo a tiempo para respirar.
—Qué rica boca, Mariela. Me encanta lo atrevida que eres. Quisiera usarla en cada rincón de tu casa.
—Entonces prepárate, porque en cada lugar y cada momento que podamos, te la voy a sacar toda.
—Entonces sígueme.
Me llevó al cuarto de mis padres, se asomó primero y me hizo entrar. Me arrodilló frente al espejo de cuerpo entero.
—Quiero que veas lo rico que la chupas.
Me desabrochó el sostén y dejó caer el vestido hasta la cintura. Me recogió el pelo en una coleta con la mano y me hizo mirar al espejo mientras yo lo recibía. Estábamos disfrutándolo cuando otra vez se escuchó a mi madre.
—Mariela, bajen, por favor.
Nos vestimos a las apuradas. Esta vez nos pidió ir por más cerveza. Yo iba furiosa de que nos interrumpiera siempre en la mejor parte.
***
Compramos en una tienda grande, camino a un parque que ya nadie usaba. Le pedí al señor que nos guardara las botellas un momento. Llamé a mi mamá y le inventé que no había cerveza fría, que me mandaba a otra tienda a cinco cuadras. Eso nos daba unos veinte minutos. Hice caminar rápido a Damián hasta el parque y lo metí entre la maleza, hasta una banca apartada.
—Aquí podemos seguir, tenemos veinte minutos.
—¿Y nadie puede vernos?
—Nadie entra ya aquí.
Estaba más desconfiado, pero no protestó cuando le bajé el pantalón y volví a tenerlo en la boca. Me arrodillé frente a él entre sus piernas. En ese lugar abierto podía hacer un poco más de ruido, y se escuchaba cada vez que subía la cabeza.
—Así, Mariela, qué rico. Me vas a hacer acabar pronto —dijo, con las manos sobre mi cabeza.
Estaba a punto de lograrlo cuando sonó mi teléfono. Era mi madre, preguntando si ya habíamos conseguido las cervezas. Le dije que sí, que ya volvíamos. Me limpié la boca y no quedó más remedio que irnos.
—Es la segunda vez que nos interrumpen —le dije, riéndome, al salir del parque.
—Y estuviste a punto de hacerme acabar.
—Lo siento, lo voy a compensar.
***
Dejamos las cosas en la cocina, al fondo de la casa. Otro lugar perfecto, aunque más arriesgado por estar cerca de todos. Apenas entramos, me bajé el vestido y saqué los pechos. Él me levantó la falda y me acerqué a su oído.
—Quiero que me des tu leche aquí.
No lo pensó más. Se sacó el sexo, me empujó suave hacia abajo y, después de asomarse un instante al pasillo, me apoyó la punta en los labios. Pasé mis manos por la parte de atrás de sus piernas y empecé a chupárselo, marcándole el ritmo. Pero por más que los dos lo intentamos, no llegaba.
—¿Todavía no quieres acabar? —le pregunté.
—Si me dejas usar tu culito de nuevo, te aseguro que sí, y rápido.
Lo tenía adolorido, pero ya estaba cansada y no había mucha más opción.
—Está bien, pero sabes lo que tienes que hacer cuando te vayas a venir. ¿Trato?
—Mi leche es solo para tu boca, amor.
—Muy bien. Pero aquí no. Subamos.
***
Apenas cerré la puerta de mi cuarto, Damián ya me tenía las manos encima. Me enrolló el vestido en la cintura, me bajó la ropa interior de golpe y me dejó desnuda de abajo. Esta vez no tenía prisa, y parecía haber perdido el miedo a que nos descubrieran. Sus toqueteos me fueron encendiendo de a poco. Yo le bajé el pantalón hasta las rodillas y lo masturbaba mientras él hundía los dedos en mí.
Me llevó hasta la cama, me hizo subir y quedar en cuatro hasta la mitad del colchón. Se inclinó sobre mi espalda, presionándome contra la cama, y con la otra mano me levantó las caderas, separándome. Sentí la punta acomodarse, lubricada con mis propios fluidos, y de pronto empujó. Esta vez, como no había pasado mucho tiempo, cedió casi enseguida. Entró completo, hasta quedar pegado a mí.
Quise gritar, pero algo en mí no me dejaba apartarme. Las piernas me temblaban y las manos se aferraron a la cama. Esperó a que me acostumbrara y empezó a embestirme, cada vez más fuerte, hasta que nuestros cuerpos sonaban como aplausos. Una de mis manos tapaba mis gemidos; la otra bajó a mi clítoris para acelerar el orgasmo que ya me estaba doblando.
—Sigue… no pares… no pares —le rogué, mientras el cuerpo entero se me llenaba de espasmos y terminaba con una explosión que mojó toda la cama.
—¿Lista para recibir mi leche? —preguntó él, al borde.
—Sí, dámela toda.
Se salió y me hizo girar hasta dejarme de rodillas frente a él.
—Abre la boca, amor, que ya viene.
Se masturbó un par de veces más y se vino con un primer chorro sobre mi cara; el resto lo recibí en la boca abierta. Salió más caliente y más espeso que las veces anteriores. Me lo tragué casi de inmediato y lo limpié con la lengua hasta dejarlo seco. Sentía el cuerpo latiéndome, todavía dolorida, pero feliz.
Como veinte minutos después, la hermana de Damián nos avisó que ya se iban; eran casi las diez de la noche. Fue la primera vez en toda la tarde que un llamado no nos agarró a mitad de algo.
Cuando se marcharon no podía creer lo que había pasado. Estaba satisfecha como nunca. El resto de la noche apenas pude sentarme sin sentir una pequeña molestia, pero feliz, y más sabiendo que al día siguiente todavía me esperaba otra cita.
Espero no haberlos aburrido contándoles mi experiencia. Como siempre, me disculpo por el detalle, pero solo quiero que se imaginen y sientan lo mismo que sentí yo. Me despido. Les mando un beso.