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Relatos Ardientes

Confieso lo que hice con el desconocido del anuncio

En el relato anterior conté mi primera experiencia con Marcos, en aquel país que recién empezaba a sentir como mío. Después de aquello pasaron años — varios — sin que volviera a buscar a otro hombre. La vida se llenó de otras cosas. Tuve una relación larga con una mujer, intensa hasta lo agotador, en la que cogíamos tres y cuatro veces al día, en cualquier rincón del piso, en el coche, en bares cuando el baño quedaba vacío. Recorrimos todas las posiciones que se nos ocurrieron y muchas que tuvimos que inventar. Hasta que un buen día me enteré, casi de casualidad, de que llevaba meses acostándose con un compañero suyo del estudio.

Cuando se fue, las semanas se hicieron largas. Yo soy un hombre caliente, lo admito, y la abstinencia me iba carcomiendo. Empecé a masturbarme dos, tres veces al día. Cuando eso ya no bastaba, me dejé llevar por las viejas costumbres: primero un dedo, después el mango del peine, después un pepino que iba enjuagando con agua tibia y que apretaba imaginando que era otra cosa. Los orgasmos me dejaban sin aire. Después venía la culpa, ese fastidio sordo que me obligaba a darme una ducha larga.

Hasta que una tarde, harto de mí mismo, escribí en el buscador la frase más banal que se me ocurrió: «hombre busca hombre». La primera página que abrió era un foro de anuncios. Pasé un rato largo bajando, leyendo, descartando — la mayoría sonaban a trampa o a calentón adolescente — hasta que uno me detuvo en seco: «Hombre, 47, busco menores de 35. Sin besos. Solo morbo y penetración». No supe explicar por qué, pero pensé este es, y le escribí.

La respuesta llegó dos horas después. Me dejaba un número de WhatsApp y me invitaba a seguir por ahí. Guardé el contacto bajo el nombre de Ramiro, que era como decía firmar, y empezamos. Lo curioso es que la conversación no fue nada sexual durante un buen rato. Hablamos de a qué nos dedicábamos — él ingeniero, yo una verdad a medias que improvisé en el momento —, de qué barrios habíamos vivido, de qué cosas nos hartaban del trabajo. Me dio confianza, demasiada quizá.

Por la noche, ya en casa, seguimos chateando. En medio de una frase sobre no sé qué tontería, escribió: «¿Será que me mandas una foto de tu culito completa para ver si me animo a comérmelo?». El giro fue tan abrupto que tardé en responder. Me quedé mirando la pantalla, leyendo y releyendo, sintiendo cómo se me secaba la boca.

Al final me bajé los pantalones en el baño, frente al espejo, y me hice dos fotos: una de pie, mirando por encima del hombro, y otra en cuatro, con la espalda arqueada. Imaginarme cogido por detrás mientras disparaba la cámara me puso duro. Se las mandé sin pensarlo más.

«Qué apretaditas, paraditas y ricas. Me provocan», escribió. Casi enseguida me llegó una foto suya: una verga no muy grande, depilada, rosada, con un glande grueso y brillante. Se me paró al instante.

«¿Por qué no nos vemos?», escribió.

Tardé en contestar. Me dio miedo, miedo del tipo que te baja por la nuca y te avisa de que estás a punto de cruzar una línea. Pero ya estaba demasiado caliente para retroceder. Le pasé mi ubicación y solo escribí «aquí es». «Es cerca», respondió. «Estoy ahí en cuarenta y cinco minutos».

El corazón me empezó a martillar. ¿Qué hago, qué hago? Lo único que se me ocurrió fue meterme al baño. Me duché muy despacio, me lavé la verga, las nalgas, la raya, y con la manguera y los dedos me limpié por dentro hasta que el agua salió clara. Me puse un jean sin calzoncillos y una camiseta gris.

***

Sonó el citófono. Le abrí sin preguntar. Tardó otros tres minutos en subir, y en ese tiempo no fui capaz de quedarme quieto en ningún sitio. Cuando llamó al timbre, abrí.

—Mucho gusto. Ramiro —dijo, y me extendió la mano.

Era más bajo de lo que había imaginado. Tenía el pelo cortado a máquina, una camisa azul abierta dos botones y unos ojos pequeños y vivos que me recorrieron de arriba abajo en un segundo. No vi morbo ahí, sino curiosidad.

—¿Quieres tomar algo? —le pregunté, intentando que no se me notara la voz rara.

—¿Tienes algo bien frío?

Saqué dos cervezas, le pasé la suya y caminamos al balcón. La tarde se estaba apagando. Nos sentamos en las dos sillas de plástico que tenía ahí, encendimos sendos cigarrillos y empezamos a hablar como dos amigos viejos a los que no les pesa el silencio. Pasaron dos horas largas. Hablamos del trabajo, de los suegros que él había tenido, de un viaje que hizo a Lisboa, de un libro que yo estaba leyendo y que no le interesaba. Casi olvidé por qué estaba ahí.

Empezó a llover de golpe, una lluvia gorda y caliente. Nos metimos a la sala. Él se sentó en el sillón individual; yo, en el sofá enfrente. La lámpara baja dejaba la habitación en una luz amarilla que volvía todo más íntimo de lo que era.

—¿Y cómo empezaste tú en esto? —preguntó, recostándose y abriendo apenas las piernas.

Le conté lo de Marcos. Lo conté con detalle, no sé por qué — quizá para alargar el momento, o para tantear cómo reaccionaba. Mientras hablaba lo miraba de reojo, y vi con claridad cómo se le iba marcando el bulto bajo el jean, lento, firme. El relato lo estaba calentando, y eso me calentó a mí.

Y entonces sonó el celular.

Era la oficina. Una urgencia tonta que me pedía pasar a firmar unos papeles antes de las diez. Colgué con la sangre todavía en la cabeza.

—Lo siento, Ramiro. Tengo que irme. Me llamaron urgente.

—Tranquilo —dijo, levantándose—. Ya estaba por irme yo también.

Caminamos a la puerta. La puerta quedaba a tres pasos del sofá. Cuando puse la mano en el picaporte, él me agarró la muñeca, despacio, y me la guio hasta su entrepierna. La tela del jean estaba dura, caliente.

—¿Pero me vas a dejar así? —dijo.

No respondí. Sentí cómo me bajaba el cierre con una sola mano, como quien lleva años haciéndolo. Mi jean cayó al suelo de un golpe. Él se quedó mirando un segundo.

—Ah, ¿estabas listo para mí? —dijo, riéndose bajo, y se puso de cuclillas.

Me la metió en la boca de una sola vez. La sentí caliente, mojada, apretada. Cerré los ojos y me agarré del marco de la puerta para no caerme. Me chupó largo, sin prisa, jugando con la lengua, deteniéndose en la punta para mirarme desde abajo. Un par de minutos así y supe que si seguía iba a venirme antes de que pasara nada más.

Me di la vuelta. Me incliné un poco hacia adelante, apoyando las manos en el respaldo del sofá.

—Restriégamela en las nalgas —le pedí, y la voz me salió ronca.

Sentí cómo se ponía de pie detrás de mí, cómo se bajaba el jean, cómo su verga, ya con el precum corriéndole por el glande, empezaba a deslizarse arriba y abajo por la raja. Me apretó la cadera con las dos manos. La punta tanteó la entrada, suave, sin forzar.

—Haz lo que quieras —murmuré, inclinándome más.

Escupió en la raja. La saliva bajó tibia hasta el ano y, sin avisar, me la metió de un solo golpe. No me dolió. Me sacó el aire, eso sí, pero no fue dolor. Fue una mezcla de presión y calor que me subió por la columna y me dejó la cabeza en blanco.

Escupió otra vez, dos, tres, para lubricar mejor, y empezó a moverse. Despacio al principio, después cada vez más rápido, hasta que terminé tirado boca abajo en el sofá, con las rodillas separadas y la pelvis levantada, mientras él me cabalgaba con las dos manos clavadas en mis caderas. El cojín me rozaba la verga a cada embestida. Empezó a salirme un quejido bajo, ronco, que ni reconocía como mío.

Me vine sobre el cojín, sin tocarme. Sentí cómo se me contraía el ano alrededor de su verga, y eso lo terminó. Soltó un gruñido corto, se apretó contra mí y se quedó muy quieto, mientras se vaciaba dentro. Lo sentí caliente, espeso, abundante. Quise levantar las manos hacia atrás, agarrarle las nalgas y obligarlo a quedarse hasta la última gota. Lo hice, torpemente.

Tardó un buen rato en salirse. Cuando lo hizo, una línea tibia me bajó por el muslo.

—Eres un puto rico —dijo en voz baja, casi para sí.

Le pasé un trozo de papel. Se limpió, se subió el jean, me dio un golpecito casi cariñoso en el hombro y se fue. Cerré la puerta y me quedé un momento ahí, con el culo al aire y la cabeza vacía, hasta que recordé que tenía que ir a la oficina.

Me vestí a las apuradas. En el camino, sentado en el taxi, apretaba el ano para que no se me escapara nada. Se sentía rico, la raya lubricada con su leche espesa, el calor de él todavía dentro de mí.

***

Llegué a la oficina, firmé los papeles sin que nadie notara nada raro y volví a casa. Me duché otra vez. La culpa me cayó encima como una manta húmeda. Sin pensarlo mucho, abrí WhatsApp y borré su contacto. Borré las fotos. Borré la conversación entera. Me senté en el sofá — el mismo sofá — y miré el cojín manchado durante un buen rato.

Hoy me arrepiento. No de haberme acostado con él, sino de haberlo borrado. Habría querido repetir esa noche muchas veces. Habría querido aprender, con calma, lo que él sabía y yo no. Pero ya era tarde, y Ramiro se quedó como un nombre apagado en una pantalla que ya no existía.

Después de aquella tarde vinieron otras aventuras, en otros pisos, en otros barrios de Costa Rica. Pero esa, la del citófono y la lluvia, sigue siendo la que me viene a la cabeza cuando bajo solo a la cocina por agua a las tres de la mañana.

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