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Relatos Ardientes

Lo que postergué tres décadas pasó en su apartamento

Después de darle vueltas durante días, todavía no consigo sacarme de la cabeza lo que pasó la semana pasada. Tengo cincuenta y dos años, soy arquitecto, vivo en Maracaibo y nunca pensé que llegaría a escribir algo así, pero necesito soltarlo en algún lado porque no se lo puedo contar a nadie. Llevaba más de tres décadas postergando esa curiosidad, escondido detrás de mi posición y del qué dirán, y la verdad es que en una sola mañana se me cayeron todas las excusas.

La fantasía no era nueva. Empezó cuando tenía veintitrés años y mi primo Joaquín me llevó a una finca suya en las afueras de Mérida. Era un tipo grande, fornido, de manos pesadas, que había contratado a un puñado de muchachos para la cosecha. Yo estaba de vacaciones, me invitó como quien le hace un favor a la familia, y dormimos en un cuarto con dos catres separados apenas por un metro de aire.

Esa madrugada me desperté de golpe sintiendo algo duro, un palo o un hierro, empujándome la espalda baja. Joaquín me había bajado el pantalón y trataba de meterme la cabeza de la verga con una calma que me asustó más que el propio acto. Hice fuerza para zafarme, pero el muy desgraciado aprovechó el movimiento y me hundió la punta. El ardor me cortó la respiración.

—Cállate, relájate, te lo voy a meter despacio —me susurró pegado al oído.

Le dije que iba a gritar, que iba a despertar a su padre, y aflojó la presión. Salí de allí con esa zona escociendo durante días. No volvió a pasar nada más. Pero la escena, lo que pudo haber sido, me persiguió en silencio durante años.

Después vino la vida adulta. Me casé joven, tuve tres hijos con mi primera esposa, me divorcié cuando los chicos ya eran adolescentes y me volví a casar con Mariana. Con ella tengo dos hijos más y una vida sexual de la que no me puedo quejar. Mariana es abierta, charlamos sin pudor sobre fantasías, hemos jugado con la idea de tríos, y muchas veces, mientras hacíamos el amor, ella me metía uno o dos dedos por detrás. Me gustaba, me calentaba, pero me quedaba siempre con la sensación de que faltaba algo, de que un dedo no era lo mismo que lo que mi primo no llegó a meter aquella noche.

Hasta que apareció Daniel.

***

Hace dos semanas tuve que ir a la Alcaldía a gestionar unos permisos de construcción de una obra que estoy supervisando. En la oficina me atendió un muchacho de unos veintiocho años, alto, delgado, de manos largas y una sonrisa que medía más de lo que decía. Se llamaba Daniel. Recibió mi expediente, me hizo dos o tres preguntas técnicas y al final intercambiamos números, supuestamente para coordinar la siguiente visita.

Esa misma tarde me escribió. Decía que había revisado el proyecto, que tenía algunas dudas, que si podíamos vernos para tomar un café. Le respondí que estaba ocupado, que quizá al día siguiente. Entonces tiró el anzuelo.

—Si te parece, podemos vernos en mi apartamento. Así hablamos con más calma y privacidad.

Leí el mensaje dos veces. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Un hombre, casi veinticinco años más joven que yo, me invitaba a su casa a media mañana. No era ingenuo. Yo tampoco lo era.

Le dije que sí.

Esa noche dormí mal. Me imaginé escenarios, retrocesos, salidas dignas. A las dos de la madrugada me levanté, me metí a la ducha y me afeité con una calma que no reconocía: las ingles, el escroto, la zona de atrás, todo. Cené dos pedazos de fruta y volví a la cama sabiendo que al día siguiente algo iba a romperse.

***

Daniel me escribió a las diez. Me pasó la dirección. En treinta minutos estaba parado frente a la puerta de su edificio, mirando el timbre como quien mira el borde de una piscina helada. Toqué.

Abrió con un short de licra que le marcaba todo y una franela ajustada al pecho. Me hizo pasar, me ofreció asiento, sacó dos cervezas. Hablamos del proyecto los primeros diez minutos, después de su carrera de ingeniería que estaba terminando a distancia, después del clima, de su pueblo, de cualquier cosa. Tres cervezas más tarde yo ya estaba flojo de piernas y él me miraba con una calma que me daba miedo y me ponía duro al mismo tiempo.

—Tengo una contractura aquí arriba —dijo, llevándose la mano al cuello—. ¿Me puedes dar unos golpecitos?

Me paré detrás del sillón y le apreté los hombros. A los pocos segundos él inclinó la cabeza hacia adelante y empujó las nalgas hacia atrás, hasta pegarse a mi entrepierna. Lo hizo despacio, midiendo, como quien prueba el agua con el dedo gordo del pie. Mi reacción fue inmediata. Sintió la erección a través del pantalón y se giró sin levantarse.

—Nunca he estado con un hombre —le dije antes de que pudiera intentar nada—. Vine por curiosidad. Eso es todo.

Sonrió. Se mordió el labio.

—Mejor todavía. Relájate. Yo me encargo.

Me desvistió con una paciencia que me desarmó. Botón por botón, hebilla, cremallera, sin apuro. Cuando me quedé en bóxer él se quitó la franela y el short, me dio la vuelta y se pegó a mi espalda. Sentí su erección, gruesa, latiendo entre mis nalgas a través de la tela. Me pellizcaba los pezones con dos dedos mientras me besaba la nuca. Yo cerré los ojos y dejé de pelear con la cabeza.

Me bajó el bóxer y empezó a frotarse contra mí, piel con piel, con esa misma calma de relojero. A veces se detenía y empujaba la cabeza de la verga contra mi entrada, sin meterla, midiendo la diana. Me agarró una mano y se la llevó hasta el miembro.

—Tócame —pidió.

Lo hice. Era grueso, denso, de una dureza que ningún dedo de Mariana había imitado nunca. Después me empujó la cabeza hacia abajo, despacio, sin violencia. Entendí lo que quería.

—No sé hacerlo —murmuré.

—Como un helado. Abre la boca y pasa la lengua por la cabeza.

Empecé a lamer. Me sentí ridículo los primeros segundos, después dejé de pensar. Lo metí en la boca y traté de tragar más, pero me daban arcadas. Él me sostuvo la nuca y empezó a moverme la cabeza con un ritmo que me sacó lágrimas. Me ahogaba y aun así no quería parar.

—Te voy a coger ahora —dijo, soltándome—. Te voy a hacer mío.

***

Me puso en cuatro patas sobre la alfombra. Me separó las nalgas con las dos manos y, sin previo aviso, me pasó la lengua por toda la entrada. Sentí algo que no había sentido nunca, una especie de descarga eléctrica que me arqueó la espalda. Me lamió un buen rato, metiendo y sacando la lengua a una velocidad que me hacía gemir contra el cojín.

Me hizo sentar después en el sofá y se arrodilló entre mis piernas. Me chupó como si lo hubiera hecho mil veces, tragándolo todo, ordeñándome con los labios apretados. Yo, que pensaba que conocía mi propio cuerpo, descubrí esa mañana que no sabía nada. Cuando estaba a punto de acabarle en la boca, paró.

Me volvió a poner en cuatro patas, se untó crema en la verga, me metió dos dedos, los movió en círculo y me dijo al oído.

—Empuja como si fueras al baño. Ahora.

Empujé. Sentí la presión, después un plop seco, después la cabeza adentro y un dolor que me dejó la vista en blanco. Quise pararme. Las piernas me temblaban como gelatina.

—Quieto —ordenó, una mano apretándome la cadera—. Ya pasó lo peor. Respira.

Respiré. Conté tres, cuatro, cinco, mientras él se quedaba quieto, dejándome el cuerpo abrirse a su ritmo. Pasaron dos minutos eternos. Después empezó a moverse despacio. Sentí cómo iba entrando, milímetro a milímetro, hasta que estuvo dentro hasta el fondo. La penetración fue brutal, profunda, total. Me sentí partido en dos y al mismo tiempo entero por primera vez en mi vida.

—Así te imaginé desde que entraste a mi oficina —murmuró pegado a mi nuca—. Ya eres mío.

Empezó a moverse. Salía casi del todo y volvía a entrar de un golpe, después aceleraba. En algún momento dejé de sentir dolor. En su lugar apareció una sensación que no tengo cómo describir, como si cada embestida me sacara un gemido nuevo. Me oí decir cosas que nunca había dicho, llamarme con palabras que nunca había usado para mí mismo, y todo me calentaba más.

Le pedí cambiar. Quería sentirlo desde arriba, sentarme yo. Daniel no se sacó. Giró sobre el sofá hasta quedar boca arriba y me dejé caer encima, lentamente, hasta sentir que me llegaba al estómago. Empecé a subir y bajar a mi propio ritmo. Él me agarró la verga con una mano y me la masturbó al mismo compás. Lo miré a los ojos, le sostuve la mirada, y sentí cómo algo se rompía y se acomodaba dentro de mí al mismo tiempo.

—Te voy a llenar el culo —dijo—. Vas a salir de aquí con mi leche adentro.

Acabé. Acabé como nunca había acabado, en chorros largos que me cayeron sobre el pecho y sobre su estómago. Sentí que él también acababa, sentí cómo se ensanchaba dentro de mí, cómo se contraía y descargaba con una fuerza que me llenó por completo. Me quedé quieto, todavía clavado, escuchando su respiración volver a la normalidad debajo de la mía.

***

Me bajé despacio. Sentí el chorro de semen escurrirse por la cara interna del muslo. Fui al baño con él, nos enjuagamos juntos sin decirnos casi nada, nos vestimos. En la puerta me dio un beso corto, sin teatralidad, y me dijo que cuando quisiera volviera.

Manejé hasta mi oficina con las manos temblando todavía. No pensaba en Mariana, ni en mis hijos, ni en los permisos. Pensaba en Joaquín, en aquella noche en la finca, en el ardor que tardó días en irse. Pensaba en cuánto había postergado por miedo al qué dirán y en cuánto pesaba ese miedo cuando uno por fin se lo quitaba de encima.

No sé si voy a volver al apartamento de Daniel. No sé qué le voy a contar a Mariana, ni si se lo voy a contar algún día. Lo único que sé es que aquella mañana, a los cincuenta y dos años, dejé de ser un hombre que se preguntaba qué hubiera sentido.

Ahora ya lo sé.

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