El masajista del anuncio: mi confesión más oscura
Esto que voy a contar no se lo he dicho a nadie. Ni a mi mejor amigo, ni a las chicas con las que he salido, ni a mi hermano, que es la persona en la que más confío. Lo escribo porque necesito sacarlo de la cabeza, y porque sospecho que en algún rincón de internet hay otro tipo como yo buscando estas mismas palabras.
Tenía veintiún años y nunca me había dejado tocar por un hombre. Había besado a varias chicas en la facultad, había acumulado dos novias formales y un puñado de aventuras de fin de semana. Mis amigos me consideraban el que más rápido ligaba en cualquier bar. Por fuera, yo era exactamente eso. Por dentro, llevaba meses viendo porno gay en mi cuarto con los auriculares puestos y la luz apagada.
Todo empezó con los masajes. Mi prima me regaló una sesión por mi cumpleaños, en un spa pequeño cerca de la avenida Larreta. Era la primera vez que iba a algo así. La masajista —se llamaba Romina, no se me ha olvidado— me pidió que me quitara la ropa y me dejara solo el bóxer. Yo, que había estado desnudo con mujeres muchas veces, me sentí ridículamente tímido. Una desconocida con las manos enjabonadas iba a recorrer mi cuerpo durante una hora, y yo estaba pagando por eso. Salí de allí con la cabeza vacía, los músculos blandos y una sensación nueva: la de haberme entregado a alguien sin nada a cambio.
Me hice adicto. Empecé a ir cada quince días. Después cada semana. Después probé los masajes eróticos, esos que se anuncian sin disimulo en los clasificados de la ciudad, con chicas que cobraban entre setenta y ciento veinte euros la hora. La rutina era siempre parecida: aceite tibio, manos firmes, final feliz. Disfrutaba. Pagaba. Volvía a casa.
El problema fue el dinero. Yo era estudiante, vivía con una mensualidad ajustada, y la afición me estaba comiendo el presupuesto. Una noche, navegando en el ordenador con el cuarto a oscuras, escribí en el buscador algo que llevaba meses queriendo escribir y que siempre había borrado a medias: masajes eróticos para hombres.
Apareció una página sin diseño, con tres fotos borrosas de una camilla y un anuncio escueto. Un señor de cuarenta y cinco años, decía. Solo atendía a hombres. Masaje completo con terminación. Treinta y cinco euros la hora. Discreción absoluta. El número de teléfono y una dirección en un barrio que conocía mal.
Guardé el contacto bajo el nombre Damián fisio y cerré el navegador. Tardé tres semanas en escribirle.
***
Fue un jueves, saliendo de la facultad. Había tenido un parcial de estadística por la mañana, no había dormido, y me sentía esa mezcla rara de cansancio y adrenalina que te empuja a hacer cosas que normalmente no harías. Mis amigos me esperaban en el bar de siempre para arrancar el fin de semana. Les dije que me había surgido algo y que después los alcanzaba. Caminé dos cuadras, me metí en un taxi y le di la dirección al chofer sin mirarlo a los ojos.
—¿Es la primera vez por ese barrio? —me preguntó el taxista, sin más intención que conversar.
—Sí.
—Tranquilo, no es mal sitio. Hay gente buena.
Asentí. Miré por la ventanilla. Pensé en bajarme y volver. No me bajé.
La casa era una de esas construcciones bajas, con la fachada pintada de color crema, sin cartel ni timbre visible. Había un portero eléctrico con un solo botón. Llamé. La voz que respondió era grave y tranquila.
—¿Tomás? —dijo. Había usado ese nombre cuando le escribí. No es el mío.
—Sí.
—Pasa, pasa. Segundo piso.
***
Damián me abrió la puerta él mismo. Camisa azul de botones, pantalón de vestir, zapatos limpios. Tenía el pelo negro con canas en las sienes, la barba recortada al ras, ojos pequeños y atentos. No era guapo en el sentido convencional, pero transmitía una calma que te hacía bajar los hombros sin darte cuenta. Me dio la mano. Me invitó a pasar.
El estudio era una sola habitación con una camilla en el centro, una mesita auxiliar con frascos de aceite, una silla y una percha. La luz era cálida, indirecta. Olía a lavanda y a algo más, como a madera vieja.
—Quítate toda la ropa, ¿está bien? Acomódate boca abajo con la cara en el hueco. Yo te aviso cuando entre.
Y salió de la habitación.
Me quedé solo. Toda la ropa. Eso había dicho. Yo, que venía a un masaje erótico, vacilé igual. Me dejé el bóxer puesto. Doblé los vaqueros, la camiseta, el cinturón. Me acosté en la camilla y hundí la cara en el hueco acolchado. El corazón me retumbaba contra la madera.
Damián volvió descalzo. No lo oí entrar, pero sentí la mano en el centro de mi espalda. Tibia, firme, completa. No era una mano de las que tantean. Era una mano que sabía exactamente dónde estaba.
—Veo que te dejaste el bóxer —dijo, en un tono que no era reproche.
—Sí, perdón, me dio…
—Tranquilo. Empezamos así y vemos.
Vertió aceite tibio entre los omóplatos y comenzó a deslizar las manos. Hablaba mientras trabajaba. Me preguntó qué estudiaba, cuántos años tenía, si tenía hermanos. Yo respondía con economía, mintiendo a medias. Le dije que estudiaba contabilidad —no es verdad—, que vivía solo —no es verdad—, que no tenía pareja —eso sí era cierto—. Mientras hablábamos, sus pulgares recorrían mi columna, las palmas abarcaban mis hombros, los dedos hundían los puntos exactos donde tengo guardada la tensión de meses.
Después de unos minutos dejé de hablar. Dejé de pensar. Cerré los ojos y me dejé hacer.
***
El masaje duró cerca de una hora. Damián me trabajó la espalda, los glúteos por encima de la tela, los muslos, las pantorrillas, los pies. Cuando llegó a la zona lumbar, sus dedos empezaron a bajar más, a meterse por dentro del elástico del bóxer. No me preguntó. Yo no protesté.
—¿Te molesta si te lo bajo? —dijo al rato, con una serenidad clínica.
—No.
Sentí las dos manos enganchando el elástico y deslizándolo hasta los tobillos. Las palmas volvieron a mi cuerpo de inmediato, ahora sin barrera. La piel de las nalgas se me erizó. Mi verga, prensada contra la camilla, llevaba dura mucho rato.
Damián no apuró nada. Siguió masajeando como si la desnudez fuera el paso lógico, como si no estuviera ocurriendo nada extraordinario. Me amasó los glúteos con las dos manos, separándolos un poco, dejándome sentir el aire entre las nalgas. Después subió por la cadera, bajó por el costado, volvió a empezar.
Y entonces lo escuché desvestirse.
El crujido de la camisa al caer en la silla. El sonido del cinturón. La tela del pantalón contra la madera. Giré apenas la cabeza, lo suficiente para verlo. Damián estaba de pie junto a la camilla, sin nada encima. Tenía el cuerpo de un hombre de cuarenta y cinco que ha vivido bien: hombros anchos, algo de panza, vello oscuro repartido por el pecho y los muslos. Y entre las piernas, una verga gruesa, semierecta, mucho más grande de lo que yo había imaginado.
¿Qué estoy haciendo aquí?, pensé. ¿Cómo llegaste hasta este cuarto, con este señor, con esta verga frente a tu cara?
Y al mismo tiempo, sin contestar la pregunta, mi cuerpo respondía. Mi culo, que nunca había sido tocado por nadie, ya estaba levantado un milímetro hacia él. Mi verga seguía dura, golpeada contra la camilla. La respuesta no la decidí yo: la decidió un deseo que llevaba meses macerándose en silencio en mi cuarto, frente a una pantalla.
—Relájate —dijo Damián, y su voz seguía siendo la misma de antes, la del fisioterapeuta tranquilo—. Si no quieres seguir, paramos aquí. Tú decides.
—Sigue —dije, con la cara hundida en la camilla.
***
Lo que vino fue lento, paciente, casi pedagógico. Me untó las nalgas con vaselina, primero por encima, después abriéndome con cuidado. Sus dedos jugaron con la entrada un rato largo, masajeando el músculo, dándole tiempo a aflojarse. Yo apretaba los puños contra la camilla, hundía la frente, mordía el cuero del cabezal.
—Voy a meter un dedo. Avísame si duele.
No dolió. Sorprendió. Me sentí abrirme de una forma nueva, como si una puerta que llevaba años cerrada se entreabriera con la llave correcta. Después fueron dos dedos. Después tres. Damián trabajaba con la mano derecha mientras la izquierda me apretaba el muslo, anclándome.
—Date la vuelta —dijo al rato.
Me giré despacio. Ahora estaba boca arriba, completamente desnudo, frente a un hombre que también lo estaba. Damián desenvolvió un condón, se lo puso con un par de gestos eficientes y se colocó entre mis piernas. Me las levantó hasta apoyarlas en sus hombros.
—¿Sigues conmigo?
—Sí.
Empujó. No de golpe: empujó como había hecho todo lo anterior, milímetro a milímetro, observándome la cara. Hubo un momento en que sentí un calambre eléctrico, un dolor que me arrancó un quejido. Damián paró. Esperó. Volvió a empujar un poco. Esperó otra vez. Tardó tres o cuatro minutos en estar dentro del todo, y para cuando lo estuvo, yo ya no sabía si lo que sentía era dolor o algo parecido al placer más raro de mi vida.
—¿Te bombeo? —preguntó. Hasta esa palabra, dicha por él, sonaba clínica.
—Sí.
***
El resto es un borrón de sensaciones que llevo años intentando ordenar. Damián bombeaba al principio con cuidado, después con un ritmo constante, después con fuerza. Sus muslos golpeaban mis nalgas con un sonido sordo. Sus huevos chocaban contra mí. Yo me agarraba al borde de la camilla, miraba al techo, miraba sus ojos, cerraba los míos.
Pensé en lo absurdo de la escena. En el chico que mis amigos creían conocer, ese que se besaba con todas en los after, ese al que las chicas de la facultad le mandaban mensajes a las dos de la mañana. Ese mismo chico estaba ahora con las piernas abiertas en la camilla de un señor de cuarenta y cinco años, en un barrio del que no sabía ni el nombre, dejándose follar con una soltura que ni él se reconocía.
Damián me agarró la verga con la mano derecha sin dejar de moverse. Empezó a masturbarme al ritmo de sus embestidas. No tardé nada en venirme. Me corrí en chorros que cayeron en mi propio vientre, en su mano, en la sábana. Apenas un par de segundos después él aflojó el ritmo, se puso rígido, gimió bajito y se vino dentro del condón.
Se quedó un rato así, dentro de mí, respirando. Después salió despacio. Se levantó, fue al baño, volvió con una toalla tibia y me limpió el vientre con la misma neutralidad con la que me había recibido en la puerta.
—Tómate tu tiempo para vestirte —dijo, y salió de la habitación.
***
Me vestí en silencio. Le pagué los treinta y cinco euros, le di la mano, salí a la calle. El sol todavía estaba alto. Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije en voz alta la dirección de mi casa. Solo cuando el coche arrancó me di cuenta de que tenía la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza ni de alegría: eran lágrimas de algo que todavía no sabía nombrar.
Esa noche juré que no volvería. Que había sido un error. Que estaba decidido a olvidarlo.
***
Han pasado dos años desde aquella tarde. Sigo saliendo con chicas. La semana pasada conocí a una en la fiesta de un amigo y dormimos juntos el sábado. Por fuera, mi vida es exactamente la misma que era a los veintiuno. Tengo a Damián guardado en el teléfono con el mismo nombre falso de entonces. Le escribo cada tres o cuatro semanas, cuando el deseo vuelve a apretarme las costillas y ya no me alcanza con cerrar la puerta del cuarto y bajar el volumen.
Esta es mi confesión: no me arrepiento. Tampoco me siento orgulloso. Lo único que sé es que hay una parte de mí que solo ese señor sabe tocar, y que esa parte, mientras nadie la mire, prefiero que siga existiendo.