Lo que mi compañero de obra no me contó esa noche
Llevaba cuatro años trabajando en obra y nunca había aceptado salir con nadie de la cuadrilla fuera del horario. No era cuestión de orgullo, era cansancio. Llegaba a mi pieza pasadas las ocho de la noche, me bañaba y me dormía con la televisión prendida. Los fines de semana eran iguales, salvo que dormía hasta tarde.
Por eso, cuando Camilo me propuso aquella salida, lo dudé más de la cuenta.
Camilo era ingeniero, colombiano, treinta y siete años, una mole de metro noventa con la voz gruesa y una risa que se escuchaba en toda la obra. Cargaba un Rolex que parecía falso de lo brillante que era, pero no lo era. Se vestía siempre con camisa y pantalón de vestir, incluso entre cemento. Las mujeres lo miraban y los hombres también lo mirábamos, aunque por otras razones. Daba un poco de envidia, no voy a mentir.
—Tengo una amiga, parcero. Una mujer especial —me dijo una tarde mientras esperábamos que llegara el camión con el hormigón—. Lleva un tiempo pidiéndome carne fresca. Te conviene.
—¿Carne fresca?
—Renata. Treinta y nueve, divorciada, profesora de danza. Le gusta probar muchachos jóvenes. Cobra una propina simbólica y se entrega como una novia.
Yo me llamo Mateo, tengo veinticinco años, y mi última cita había terminado con la chica llamando un taxi antes del postre. Era pésimo conquistando. Algo se me trababa en la garganta cuando una mujer me miraba demasiado, y terminaba diciendo estupideces o quedándome mudo.
—¿Y por qué me la ofreces a mí? —pregunté.
—Porque eres buen tipo. Y porque a Renata le gustan callados. Habla ella, gozas tú. Es matemática pura.
Me reí. Le pedí el teléfono. La llamé tres veces esa semana y no atendió. Llegué a pensar que Camilo me estaba tomando el pelo, hasta que una noche, viendo una película cualquiera en la sala de mi vecindad, sonó el celular.
—Hola, soy Renata —dijo una voz dulce, casi cantada—. Disculpá que recién te devuelvo el llamado. ¿Tenés libre el sábado?
Se me secó la boca. Le dije que sí antes de pensarlo.
—Perfecto. Camilo te pasa a buscar. Vivo lejos y con esta lluvia no quiero que andes en colectivo. Y traete ganas, mi vida. Tengo todo el fin de semana para ustedes.
El plural me extrañó, pero lo dejé pasar. Pensé que se refería a ella y a mí, a la cantidad de horas. Recién después entendí que estaba siendo literal.
***
El sábado llegó después de la semana más larga de mi vida. La tormenta no había parado desde el lunes. Las calles eran ríos, las veredas estaban encharcadas y la humedad se pegaba a las paredes de mi pieza como una segunda capa de pintura. Me quedé encerrado todo el día, dando vueltas. Me bañé dos veces. Me probé tres camisas distintas frente al espejo manchado del baño.
Cuando Camilo me avisó que estaba afuera, agarré el paraguas, cerré la puerta de un tirón y salí trotando hasta el portón de la vecindad. Su auto era un BMW azul marino que parecía recién salido del concesionario. Me subí, me puse el cinturón y me sentí, por un segundo, otra persona.
—¿Vendes drogas o qué? —le pregunté riéndome—. Esto no se paga con sueldo de ingeniero.
—Estuve ocho años en la facultad, parcero. No fue por gusto.
Manejaba con una mano y hablaba con la otra. Me iba contando cómo era Renata, qué le gustaba comer, qué música ponía. Yo lo escuchaba a medias. Pensaba en lo que iba a decirle cuando la tuviera enfrente. En cómo iba a evitar quedarme mudo. En cómo iba a aguantar más de cinco minutos sin venirme, porque ese era mi otro problema y todavía no me animaba a confesarlo.
—Camilo —le dije después de un rato, mirando el agua chocar contra el parabrisas—, tengo que contarte algo. Me da un poco de vergüenza.
—Soltalo.
—No aguanto mucho cuando me excito. Termino enseguida.
Se rio. Una risa baja, sin burla.
—Tranquilo. Traigo un gel con efecto retardante. Lo uso siempre. Vas a durar lo que haga falta.
—¿En serio?
—En serio. Confía.
El barrio de Renata era distinto. Casas bajas con jardines, faroles antiguos, veredas anchas. Su casa tenía un portón negro y un sendero de piedras que cruzaba un pasto cortado al ras. La puerta de roble se abrió antes de que tocáramos.
—Disculpen, todavía no me calcé —dijo ella, mirándonos descalza desde el umbral.
Llevaba un pantalón vaquero verde, una blusa rosa y los pies envueltos en medias amarillas. El pelo rojizo le caía hasta la mitad de la espalda. Era más alta de lo que esperaba. Y mucho más linda.
—No hay nada que disculpar, mi reina —contestó Camilo, y le dio un beso en cada mejilla con una confianza que a mí me llevaría años conseguir.
Ella me clavó la mirada y me recorrió de arriba abajo sin disimulo.
—Así que vos sos Mateo. Pasen, pasen, está la cena lista.
***
La casa por dentro era otra cosa. Paredes blancas, pisos brillantes, muebles oscuros de madera buena. Cuadros con paisajes en cada pared. Una alfombra enorme en la sala. Una habitación al fondo con la puerta entreabierta y una luz cálida adentro. Camilo se sacó los zapatos como si fuera la suya, se aflojó el cinturón y se desplomó en el sofá. Yo me senté con cuidado, como si fuera a romper algo.
Renata nos sirvió jugo de durazno y dos platos de lasaña que llenaron la mesa de un olor a tomate y queso fundido que me hizo acordar al comedor de mi abuela. Comimos despacio. Hablamos de cosas tontas: el clima, el tráfico, los vecinos ruidosos de Camilo. Yo casi no abría la boca. Cuando ella me preguntó por mi trabajo, le respondí en frases cortas, mirando el plato.
—¿Y novia, Mateo? —preguntó en algún momento.
—No. Hace tiempo que no.
—Mejor —dijo, y se mordió el labio.
Camilo levantaba la copa cada tanto y soltaba comentarios que yo no entendía del todo. Hablaba de agujeros apretados, de objetos grandes, de cosas que entraban donde no debían. Renata se reía. Yo me reía sin saber bien de qué. Tenía la sensación de estar mirando una película en un idioma que no dominaba.
—Voy un momento al baño —dijo ella, levantándose—. Ustedes esperen en el cuarto. No se me escapen, ¿eh?
Camilo se puso de pie. Me hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera. Caminé detrás de él por el pasillo, entré a la habitación del fondo y vi una cama matrimonial enorme cubierta con una colcha bordó. Una mesita de luz a cada lado. Una lámpara baja. La puerta se cerró a medias.
—Mateo —dijo, y me puso una mano en el hombro—. Antes de que entre Renata, tengo que decirte algo.
—¿Qué.
—Me gustan los hombres. Y las mujeres. Las dos cosas, por igual.
Lo dijo despacio, mirándome a los ojos. Yo asentí porque no sabía qué más hacer.
—Renata hace tiempo me viene pidiendo que arme algo así. Quiere mirar a dos hombres juntos. Por eso te traje a vos. No es que te haya elegido al azar.
—Esperá. ¿Vos querés…?
—No te voy a obligar a nada. Si decís que no, cenamos, te llevo a tu casa y aquí no pasó nada. Pero si querés acostarte con ella, va a ser después de que ella nos vea juntos. Es su condición.
Me quedé un largo rato sin decir nada. Sentía la cabeza llena de algodón. Pensé en levantarme y salir caminando bajo la lluvia. Pensé en cómo le iba a explicar a Camilo el lunes en la obra. Pensé en Renata, sentada frente a mí en la cena, mirándome la boca.
—¿Duele? —pregunté al fin.
—Con lubricante, no. Tengo uno con efecto anestésico. Y yo voy despacio. No me apuro nunca.
—Yo nunca estuve con un hombre.
—Lo sé. Por eso voy a tener cuidado.
La puerta se abrió. Renata entró en ropa interior negra y roja, descalza, con el pelo recogido en un rodete improvisado. Olía a algo dulce, a flores cortadas. Se paró entre los dos y nos miró como una maestra mirando alumnos nuevos.
—¿Y? ¿Se pusieron de acuerdo? —preguntó.
—Estamos en eso —dijo Camilo.
—Decidite, Mateo. Si te vas, no pasa nada. Si te quedás, no hay vuelta atrás.
Tragué saliva. Asentí con la cabeza.
—Me quedo.
***
Ella se acercó primero a mí. Me pasó las manos por el cuello, me abrió los botones de la camisa uno por uno, me la sacó por los hombros. Después hizo lo mismo con Camilo, sin dejar de mirarme. Yo no sabía dónde poner las manos. Las dejé colgando a los costados como un títere.
—Tranquilo, mi amor —me susurró—. Vamos despacio.
Me bajó el cinturón, me abrió el pantalón, me dejó en calzoncillos. Camilo ya estaba en bóxer, y la diferencia entre los dos era difícil de ignorar. Renata me apretó suavemente por encima de la tela. Después le apretó a él. Hizo eso varias veces, comparando, sopesando, como si estuviera eligiendo fruta en el mercado.
—Mateo, ¿alguna vez te tocaron acá? —preguntó, deslizando la mano por mi espalda hasta más abajo.
—No.
—¿Te imaginabas?
—No mucho.
—Bueno. Ahora imaginate.
Camilo sacó del bolsillo del pantalón dos frasquitos. Uno con un líquido viscoso que olía a coco, el otro con una crema clara que me pasó por la verga sin decir palabra. Sentí frío primero, después tibieza, después una sensación rara de adormecimiento que me dejó duro pero distante de mi propia piel.
—Es el retardante —me dijo—. Vas a aguantar.
Renata se acostó en la cama, abrió las piernas, me hizo una seña para que me arrodillara entre ellas. Le bajé la tanga con torpeza. Le besé el interior del muslo porque no sabía qué otra cosa hacer. Ella me agarró del pelo y me llevó la cara hasta donde quería. Yo obedecí. Le pasé la lengua despacio, como había leído alguna vez en una revista, y la sentí estremecerse debajo de mí.
Mientras tanto, Camilo se acomodó atrás. Me pasó una mano por la espalda, me apretó las nalgas, me las separó con una lentitud que me puso a temblar. Sentí el frío del lubricante. Después un dedo. Después dos. Yo seguía con la cara entre las piernas de Renata, tratando de concentrarme en ella, en su olor, en sus dedos clavándose en mi nuca.
—Respirá, mi vida —decía Renata—. Mirame.
Levanté la vista. Ella me sostuvo la mirada todo el tiempo en que Camilo me preparó. No me dejó cerrar los ojos. No me dejó esconderme. Cada vez que yo intentaba bajar la cabeza, ella me agarraba el mentón y me lo levantaba.
—Acá. Quedate acá conmigo.
Cuando Camilo entró, fue lo más raro que sentí en mi vida. No fue dolor. Tampoco fue exactamente placer al principio. Fue una presencia. Una llenura. Algo que ocupaba un lugar que yo no sabía que tenía. Renata seguía mirándome. Camilo se quedó quieto, esperando que yo me acostumbrara.
—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz más baja de lo que jamás se la había escuchado.
—Sí —dije—. Seguí.
Se movió despacio. Tan despacio que costaba creer que era el mismo tipo que en la obra levantaba bolsas de cincuenta kilos como si fueran pan. Cada empuje era una pregunta, y cada pregunta esperaba mi respuesta antes de seguir. Yo seguía con la boca en Renata, que ahora me agarraba la cabeza con las dos manos y me decía cosas en voz baja que yo entendía a medias.
—Así, mi amor. Quedate así. Dale.
***
No sé en qué momento dejé de pensar.
Hubo un instante en que el cuerpo me empezó a responder antes que la cabeza. Camilo encontró un ritmo y yo lo encontré con él. Renata se sentó en el borde de la cama y me hizo entrar en ella con una facilidad que me asustó por lo bien que se sintió. Estaba caliente, blanda, abierta. Yo la penetré despacio y Camilo me siguió desde atrás, como si los tres fuéramos una sola pieza en movimiento.
El retardante hizo lo suyo. Aguanté. Aguanté mucho más de lo que había aguantado en toda mi vida. Renata me pasaba las uñas por el pecho, me mordía la oreja, me decía al oído lo que quería que le hiciera. Camilo me agarraba de la cintura y me marcaba el compás. Yo no era yo. Era una cosa nueva, hecha entre los tres, que no sabía bien dónde empezaba ni dónde terminaba.
Cuando me vine, fue un grito sordo, como si me hubieran sacado el aire de un golpe. Camilo se vino casi al mismo tiempo, con un gruñido bajo, y Renata después que nosotros, abrazándose a mi cuello y temblando entera. Nos quedamos los tres encimados, jadeando, sin separarnos, hasta que el aire de la habitación nos volvió a parecer aire y no fuego.
***
No fue la última vez de esa noche. Hicimos pausas para tomar agua, para reírnos de nada, para que Renata nos contara historias de cuando vivía sola y enseñaba danza por las tardes. Hicimos pausas para volver a empezar. Camilo me preguntó dos o tres veces si estaba bien. Yo le contesté que sí, porque era verdad.
A las tres de la mañana paramos. Nos lavamos por turnos en su baño de azulejos celestes. Renata nos preparó café. Nos lo tomamos en la cocina, en silencio, los tres con el pelo mojado y la ropa a medio poner.
—Quédense, si quieren —dijo ella—. Hay lugar.
Camilo me miró. Yo negué con la cabeza. No era miedo. Era que necesitaba estar solo un rato para entender lo que acababa de pasar.
En el auto, de vuelta, casi no hablamos. La lluvia había parado. Las calles brillaban. Camilo manejaba con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca, y cada tanto me miraba de reojo.
—¿Te enojaste? —preguntó al fin.
—No.
—¿Estás bien?
—Estoy raro. Pero bien.
—Es normal.
Frenó en la puerta de mi vecindad. Apagó el motor. Me quedé un segundo más adentro, sin ganas de bajar.
—Camilo.
—Decime.
—¿Se puede repetir?
Se rio bajito. Esa risa suya, sin burla.
—Cuando quieras, parcero.
Bajé del auto. Cerré la puerta. Subí los tres escalones de la entrada, abrí mi pieza, me tiré en la cama sin sacarme la ropa. Pensé que iba a tardar en dormirme. Me dormí enseguida.
Esa fue la primera vez. No fue la última.