La noche que terminé en la cama de mi mejor amigo
Me llamo Damián y tengo veintidós años. Estudio arquitectura en una universidad del centro y vivo solo desde que me mudé a la ciudad, hace ya casi tres años. Fue ahí, en la facultad, donde conocí a Tomás. Él es alto, no es de los que viven en el gimnasio, pero tiene el cuerpo marcado en los lugares justos: el abdomen, los hombros, los muslos. Desde el primer día en el aula me llamó la atención, aunque preferí no apurar las cosas y dejé que naciera primero una amistad.
Cursábamos juntos casi todas las materias y con el tiempo nos hicimos inseparables. Comíamos en la misma mesa del bar de la esquina, compartíamos apuntes, nos copiábamos en los parciales. Yo lo miraba más de la cuenta y a veces creía notar que él también, pero ninguno se animaba a poner las cartas sobre la mesa. Quedaba en una zona ambigua, cómoda y peligrosa al mismo tiempo.
Un viernes por la tarde, después de una clase pesada, me invitó a entrenar al gimnasio que tenía a dos cuadras. Nunca había ido con él, así que acepté sin pensarlo. Estuvimos una hora levantando peso muerto y haciendo dominadas. Él bromeaba con que yo aguantaba poco, yo le contestaba que se dejara de joder, y entre risas se nos pasó la luz del día. Cuando salimos del salón principal ya era de noche y los dos estábamos empapados en sudor.
—Vamos a las duchas antes de que cierren —me dijo, secándose la frente con la remera.
El vestuario estaba lleno. Había varios tipos musculados desfilando con la toalla en la cintura, otros directamente desnudos, y olía a desodorante, a champú barato y a ese vapor pesado de los gimnasios viejos. Saqué mis cosas del locker tratando de no mirar; no quería excitarme y que se notara. Pero a mi izquierda Tomás se bajó el pantalón corto y el bóxer de un solo tirón, sin ningún pudor, y se quedó parado buscando la toalla en su mochila.
Lo miré de reojo. Tenía la pija algo corta pero gruesa, muy gruesa, de esas que se notan apenas se mueven. Esto es un palo, pensé. Agarré mi toalla rápido, me desvestí también y le di la espalda. Mi cuerpo no es como el de él, pero algo de marca tengo, y mi pija dormida me pasa los trece centímetros, así que no salí del todo mal parado en la comparación.
Las duchas eran abiertas, sin separaciones. Otra prueba más. Nos pusimos uno al lado del otro, pretendiendo que era lo más natural del mundo. Mientras me enjabonaba sentí que su mirada me bajaba por el pecho, por el ombligo, hasta abajo. Yo hice lo mismo. Cuando terminamos los dos teníamos la pija algo hinchada, ni dormida ni dura, en ese estado intermedio que delata todo. Ya estaba haciendo cuentas mentales sobre la paja que me iba a sacar apenas llegara a casa.
***
Volví al locker envuelto en la toalla, todavía con el pulso acelerado. Estaba terminando de ponerme la remera cuando sentí una mano apoyarse en mi hombro. Me giré. Era Tomás, también con la toalla en la cintura, riéndose como si supiera algo que yo no.
—Eh, ¿te venís a comer algo a casa? —me preguntó.
—Sí, dale, de una.
Por dentro estaba gritando.
Tomamos el colectivo hasta el barrio donde él vivía y bajamos en una pizzería para llevar dos napolitanas y una botella de cerveza. Durante el viaje hablamos de pavadas, del parcial de la semana siguiente, de una mina de la cursada, pero yo no podía dejar de imaginarme cómo iba a terminar la noche. Después de verlo desnudo en las duchas, no concebía otro final.
Su departamento era chico, un monoambiente prolijo con vista a un patio interno. Dejamos las pizzas y las cervezas sobre la mesa baja del living y él se sacó la mochila de un tirón.
—¿Podés ir armando todo mientras me pongo algo más cómodo? —me dijo.
—Sí, sí, no te preocupes, yo me encargo.
Acomodé las pizzas en un plato, abrí dos cervezas y me senté en una punta del sillón. A los pocos minutos volvió, descalzo, con una musculosa negra y un short de algodón muy corto y holgado que no dejaba lugar a la imaginación. Cada vez que se sentaba, el short se le subía un poco más y dejaba ver el comienzo del muslo y la curva de su paquete.
Cenamos despacio. Brindamos por nada en particular y la conversación fue derivando hacia temas cada vez más íntimos: con quién había estado, qué le gustaba, cuánto hacía que no estaba con nadie. Cuando le pregunté si había estado con un chico alguna vez, sonrió y se quedó mirándome unos segundos antes de contestar.
—Algunas. ¿Y vos?
—También.
Puso una serie de fondo, una de esas que ninguno de los dos miraba en serio. Subió la pierna derecha al sillón, doblándola, y el short se corrió lo suficiente como para que asomara su pija por el costado del muslo. Estaba más larga que en las duchas, más despierta. Nuestras miradas se cruzaron y los dos supimos que ya no había vuelta atrás.
***
Me acerqué sin decir nada. Apoyé la mano sobre el short, sentí el calor a través de la tela y empecé a masajearlo despacio. Tomás cerró los ojos, echó la cabeza para atrás contra el respaldo del sillón y soltó un suspiro largo. Después me agarró de la nuca, me atrajo y me besó. Fue un beso fogoso, sin pausa, con la lengua y los dientes. Sabía a cerveza y a algo más dulce que no supe identificar.
Me subí encima de él, lo monté con las rodillas apoyadas a los costados de sus caderas. Le saqué la musculosa de un tirón. Tenía el pecho con algo de pelo oscuro en el medio y los pezones duros. Se los toqué, se los pellizqué un poco, y él gemía bajito mientras me apretaba el culo por encima del short. No pude no pensar que esas manos se sentían demasiado bien ahí.
Después fue mi turno. Me sacó la remera y me bajó el pantalón hasta los tobillos. Me quedé parado frente a él, en bóxer, con una mancha húmeda evidente sobre la tela. Me agarró por las caderas y me chupó la pija sobre el bóxer, mojándolo todavía más, mientras pasaba la otra mano entre mis nalgas y presionaba con un dedo justo donde yo quería que presionara.
—Vení para acá —me dijo en voz baja.
Me arrastró hasta el piso, sobre la alfombra. Nos sacamos lo que quedaba de ropa y nos tiramos uno encima del otro. Pasamos un rato largo besándonos por todo el cuerpo: el cuello, el pecho, el ombligo, las caderas. Su lengua se demoró en lugares donde nadie me había prestado atención antes, y yo le devolví la atención con la misma paciencia. En algún momento giramos sobre la alfombra y terminamos en sesenta y nueve. Su pija era exactamente como me la había imaginado: corta, gruesa, dura como una piedra. La chupé hasta el fondo, hasta que empezó a clavarme las uñas en el muslo para que parara.
—Vamos a la cama —dijo, casi sin aire.
***
Yo nunca había sido pasivo con una pija así de gruesa. Se lo dije y él me dijo que no me preocupara, que íbamos a ir despacio. Me puse en cuatro sobre la cama, apoyé la cara en la almohada y abrí las piernas. Lo escuché abrir el lubricante, sentí el frío del gel y después sus dedos, primero uno, después dos, jugando, esperando que me relajara.
Se puso un preservativo y empezó a entrar centímetro a centímetro. La primera estocada me sacó el aire. Era tan ancha que sentía que me partía en dos, pero después de un par de minutos el cuerpo se acomodó y empezó a sentirse bien, y al ratito ya le pedía que fuera más rápido. Fuimos pasando de posiciones: en cuatro, de costado, después me dio vuelta y me cogió boca arriba, mirándome a los ojos y agarrándome las muñecas contra el colchón. Cuando estaba a punto de terminar se sacó el preservativo, se acabó sobre mi pecho con varios chorros calientes y se dejó caer a mi lado, sudado, riéndose.
Yo todavía no había terminado y se notaba. Se sentó sobre el colchón, se acomodó el pelo y me hizo un gesto con la mano.
—Vení, te debo una.
Me arrodillé al borde de la cama. Me chupó hasta el fondo, sin pausa, y a los pocos minutos me corrí en su boca con un orgasmo largo que me hizo doblar las rodillas. Se tomó hasta la última gota.
***
Nos quedamos un rato tirados, mirando el techo. Tomamos aire. Nos besamos otra vez, más despacio, más tranquilos, y empezamos de nuevo. Esta vez fui yo el que se puso encima. Lo penetré despacio, dejando que se acostumbrara, y nos movimos juntos un buen rato, primero en silencio y después con él gimiendo cada vez más fuerte. Cuando los dos sentimos que estábamos cerca, nos sentamos al borde de la cama, hombro contra hombro, y nos masturbamos al mismo tiempo, cada uno con la mano del otro. Lo miré de costado, sudado, con la cara enrojecida, y eso fue lo que me terminó de empujar. Acabamos casi al unísono, con largos chorros sobre el piso de madera.
Nos bañamos juntos, esta vez sin ninguna excusa. Nos secamos, nos pusimos algo cómodo y volvimos al sillón a terminar la cerveza tibia y la serie que ninguno había visto. Dormimos abrazados, en su cama angosta, y a la mañana me fui temprano porque tenía que pasar por casa antes de la cursada. Pero antes de irme, en la puerta, le dije que esto no podía quedar en una sola vez. Él se rio, me dio un beso largo y me contestó que no tenía la menor intención de que lo fuera.