El ganadero que me subió a su pick-up
La habitación olía a sábana usada y a colonia barata cuando Baltasar terminó. Se apartó de la mujer, se quitó el condón con dos dedos y lo dejó caer al suelo sin mirar dónde. Ella, una rubia de pechos grandes que se hacía llamar Brenda, seguía tumbada, recuperando el aliento, con una mueca que pretendía ser una sonrisa. Le brillaba el pecho de sudor y tenía el coño abierto, enrojecido, aún palpitando de lo bien que se lo había follado. Un hilillo blanco le resbalaba por el interior del muslo, aunque el condón hubiera hecho su trabajo: era su propio flujo, mezclado con el semen del cliente anterior que no había terminado de lavarse. Baltasar lo vio y no le importó. Le había metido la polla hasta el fondo durante veinte minutos, la había puesto a cuatro patas y le había dado nalgada tras nalgada mientras le agarraba la coleta como si fueran riendas, y la muy puta se había corrido dos veces, gritando en el almohadón para no despertar a las demás.
—Estás de lujo, nena —dijo él, y dejó dos billetes sobre la mesilla.
—Me alegro de que te haya gustado.
—Ese coño tuyo es una mina de oro. Cuídalo.
Ella se rió, floja, y se pasó la mano por las tetas grandes, aún marcadas por los dedos gruesos del ganadero. Baltasar se levantó pesado, los noventa y tantos kilos crujiendo en las rodillas, y entró al baño. Ella oyó la meada larga, después el chorro de la ducha. Cuando salió, todavía mojado, se rascó el vientre peludo y cogió de la mesilla su reloj de oro, una cadena con una cruz del tamaño de un dedo y el móvil. La polla, gorda y colgante, se le balanceaba entre los muslos, aún medio hinchada. Ella miró la toalla tirada y el agua encharcada en las baldosas. Él se dio cuenta de adónde iba esa mirada.
—Lo siento —dijo sin sentirlo—. No me gusta oler a otra cosa.
Bajó las escaleras con sus vaqueros y una camisa roja abierta dos botones, asomando la pelambrera entrecana. En la puerta lo esperaba Dolores, la dueña.
—Don Baltasar, ¿qué le ha parecido la chica nueva?
—Fantástica. Aprieta como una virgen y chupa como una viciosa. Tendrá éxito, ya verás. —Le puso otro billete en la mano—. Esto por presentármela y por la habitación.
Se caló unas gafas de espejo, encendió un cigarro y caminó hacia su pick-up negra, una mole reluciente con una pegatina de un toro en el portón trasero. Eran las diez de la mañana y le esperaban cuatro horas de carretera.
***
Baltasar Quintana, cincuenta y dos años, ganadero de pura cepa y a mucha honra, prefería cerrar los tratos cara a cara aunque tuviera el último modelo de teléfono en el bolsillo. Iba a comprar unos cerdos negros y a cerrar la venta de dos toros bravos. Tres horas después, a cuarenta kilómetros del destino, se desvió hacia un área de descanso donde un viejo amigo regentaba un bar de tapas.
—¡Sabía que eras tú sin verte! —lo recibió Honorio desde la barra.
—¿Y eso?
—Por la pegatina del toro en esa máquina que conduces. Cabrón, te va bien la cosa.
—Ponme una caña y unas tapas, que tengo el día largo.
Honorio sirvió la cerveza y se apoyó en el mostrador.
—Tenías cara de haber pasado antes por lo de Dolores.
—Tenía los cojones llenos hasta arriba. Y tiene chica nueva, una rubia que da gusto. Unas tetas para perderse, y un coño que aprieta la polla como un puño.
—Dicen que vale lo que cuesta. A mí me cae lejos, pero cada vez que paso por allí me lo pienso.
—Piénsalo menos y vete a follarla, hombre.
Mientras hablaban entró un chico delgado desde la zona de las duchas, con una mochila al hombro. Era joven, lampiño, de aspecto algo ambiguo, moreno, el pelo largo recogido en una coleta todavía húmeda. Caminaba con cierta fragilidad, midiendo cada paso. Sacó tabaco de la máquina y se acercó.
—Buenas tardes. ¿Saben si sube algún autobús a Las Cumbres del Vado?
—Solo hay uno por la mañana —dijo Honorio—. Y apenas lo coge nadie.
—Entonces voy a ver si encuentro a algún camionero que suba. —Clavó la mirada en Baltasar—. O quizá usted, señor.
—Pide un taxi, sería lo normal —respondió Baltasar, y lo recorrió de arriba abajo con unos ojos que no disimulaban nada.
El chico aguantó la mirada un segundo de más, encogió los hombros y salió. Honorio escupió en el fregadero.
—Es el nieto de Saturnino, el de las cabras. Un buen muchacho, aunque ya ves la pinta. Las Cumbres queda al final de la comarca, en lo alto. Veinte kilómetros de desvío.
—Lo tiene crudo, pues.
Baltasar se terminó la cerveza, dejó unas monedas y se despidió con un abrazo. Pero al subir a la pick-up no arrancó enseguida. Miró a un lado y a otro de la explanada hasta que lo encontró: la silueta delgada del chico junto a la cuneta, el pulgar levantado, la coleta brillando al sol. Algo se le tensó por dentro, una vieja hambre que conocía bien. Se pasó la mano por la bragueta, notó el bulto que empezaba a levantarse otra vez y sonrió. La rubia le había dejado los huevos vacíos, sí, pero de aquellos que se llenan solos con solo mirar el culo que hay que llenar.
Arrancó, salió a la carretera y, cuando llegó a su altura, frenó y bajó la ventanilla.
—Te puedo llevar si me indicas el camino.
—¡Genial! Pensé que no…
—Deja de pensar y sube.
***
El chico se abrochó el cinturón y dejó la mochila entre las piernas. Baltasar lo observó tras las gafas de espejo: la piel sin una marca, el cuello fino, los dedos largos.
—Tú dirás dónde me desvío, Adrián.
—¿Cómo sabe mi…? —Se calló, miró un instante el águila tatuada en el antebrazo del hombre y decidió no preguntar—. Es usted muy amable.
—Tutéame, que no soy tan viejo. Bueno, soy viejo, pero no tanto.
Adrián sonrió. La carretera empezaba a empinarse entre encinas y matorral seco. El motor respondía con un ronroneo grave cada vez que Baltasar pisaba. El chico apoyó el codo en la ventanilla y dejó que la brisa le moviera los mechones sueltos.
—Tienes una pick-up impresionante —dijo, y su mano se posó como sin querer en el muslo del conductor.
Baltasar no la apartó. Condujo un rato así, con la palma ajena calentándole el vaquero, sintiendo cómo el chico tanteaba el terreno con caricias mínimas hasta que los dedos largos empezaron a subir, a buscar. Al llegar a la bragueta se detuvieron un segundo, midiendo, y después la palma se abrió sobre el bulto y lo apretó. Baltasar soltó un gruñido bajo.
—Joder, chaval, la tienes bien puesta la mano.
—Y tú bien puesto lo demás —murmuró Adrián, palpando el grosor a través del vaquero—. Menuda polla, no me la esperaba así.
—Bájame la cremallera, si tanta curiosidad tienes.
El chico no se hizo de rogar. Le desabrochó el cinturón con dedos rápidos, bajó el metal de la bragueta y sacó la polla del ganadero, que ya empezaba a hincharse, gorda y venosa, coronada por un glande ancho todavía brillante de la ducha. Adrián la sopesó en la palma, la acarició de arriba abajo, se escupió en la mano y volvió a envolverla, ahora resbaladiza. La verga fue creciendo bajo sus dedos hasta ponerse dura como un palo, palpitando contra la muñeca del chico.
Cuando llegó a un recto largo y vacío, Baltasar soltó una mano del volante y la llevó al pelo de Adrián, le rodeó la coleta con los dedos y tiró apenas, lo justo para que el chico echara la cabeza hacia atrás. Después empujó hacia abajo, sin brusquedad pero sin dudas, hasta que la boca del muchacho quedó a un palmo de su polla.
—Mira al frente, que nos matas —murmuró Adrián, pero su voz se había vuelto ronca.
—¿Eso es bueno o malo? Chúpamela un rato, anda, que llevo dos horas mirándote esa boquita. Que no se pare el coche.
Adrián se dobló sobre la palanca, se echó el pelo a un lado y abrió la boca. Lamió primero el glande, hizo círculos con la lengua, recogió la gota de líquido preseminal que asomaba y se relamió. Después se la metió entera de una embestida, hasta el fondo, hasta que la punta le golpeó la garganta y le hizo lagrimear los ojos. Baltasar apretó el volante con la mano libre.
—Ostia puta, qué garganta tienes.
El chico empezó a mamar con hambre real, subiendo y bajando la cabeza, apretando los labios contra la vena gruesa del envés, mientras con la mano libre le acariciaba los cojones pesados por encima del vaquero. La polla del ganadero, cada vez más dura, brillaba de saliva. Adrián la sacaba entera, la escupía, se pasaba la lengua plana por toda la longitud, la volvía a tragar. Ruidos húmedos, chapoteos, alguna arcada breve que solo lo puso más caliente. Baltasar dejó de fingir que miraba la carretera y bajó la vista un instante para verse la verga desaparecer entre esos labios finos, esa mejilla marcándose por dentro con la forma de su glande. La polla le vibraba dentro de la boca del chico.
—Por lo que noto, al menos no te disgusto —jadeó el hombre, tirándole otra vez de la coleta.
Adrián levantó la boca un instante, con un hilo de baba pegando el labio al glande.
—No me disgusta nada. Apostaría a que eres de los que mandan. Y a que te vas a correr en mi boca si sigo así.
—No tan rápido, chaval. Quiero corrérmela en otro sitio. ¿Hay algún lugar por aquí donde parar?
—Un poco más arriba, en los páramos, hay una caseta de pastor abandonada. No pasa nadie. Allí puedes desviarte.
—Sigue mamando hasta que lleguemos —gruñó Baltasar, y volvió a empujarle la cabeza contra su regazo.
***
El camino se volvió de tierra y piedras. Adrián no soltó la polla en todo el trayecto, mamando despacio, chupando los cojones cuando el pavimento lo obligaba a levantarse un poco, volviendo al glande empapado. Al final apareció una construcción baja de adobe, sin puerta ni ventanas, con el suelo cubierto de hierba reseca. Bajaron, el ganadero con la bragueta abierta y la verga durísima colgándole por fuera, mojada de saliva del chico. Encendió otro cigarro, dio una calada honda y se acercó al muchacho, que lo esperaba apoyado en el portón.
—Ni siquiera invitas —dijo Adrián.
Por toda respuesta, Baltasar lo agarró de la cintura y lo besó con ganas, metiéndole la lengua entera, morreándolo como si quisiera comérselo. Le sacaba una cabeza entera. El chico le sacó la camisa por encima de los hombros mientras él le mordía el cuello, le restregaba la barba entrecana por la mandíbula, le bajaba la cremallera de la sudadera y le agarraba el paquete por encima del pantalón. Adrián la tenía dura también, más pequeña que la del hombre pero tensa, marcada bajo la tela. Sacó una manta de la caja de la pick-up y la extendió dentro de la caseta. Unos saltamontes saltaron de la hierba; un par de pájaros alzaron el vuelo desde el alero.
Se desnudaron despacio, midiéndose. Baltasar era una mole de músculo y vello cano, ancho de pecho, de manos enormes, con la polla gorda y curva apuntando hacia arriba, los huevos colgando pesados entre los muslos. Adrián, en cambio, era todo líneas finas: la piel pálida, el vientre liso, dos tatuajes pequeños —un lobo y un pájaro— en los costados, la polla recta y bonita, los cojones altos y rasurados. El culo, cuando se giró para dejar caer los pantalones, era redondo, blanco, firme, de esos que se abren con las manos pidiendo mordisco. Se quedaron un momento mirándose el uno al otro, palpando lo que tenían delante, antes de que el chico se arrodillara sobre la manta.
Lo hizo con apetito, sin prisa, alternando la lengua y los labios, chupándole primero los cojones uno a uno, metiéndoselos enteros en la boca, tirándolos con delicadeza. Después subió por la vena gruesa hasta el glande y se tragó la polla entera, hasta la raíz, hundiendo la nariz en el vello cano del pubis. Baltasar le acariciaba el pelo, le soltaba la coleta, dejaba escapar un gruñido bajo cada vez que el chico apretaba la garganta contra la punta.
—Así, así, cómemela toda, chaval… qué bien lo haces, hijo de puta, qué boca tienes…
Adrián lo mamó hasta ponerlo al borde, notando cómo la verga se le hinchaba aún más, cómo los huevos se le pegaban al cuerpo. Baltasar tuvo que apartarle la cabeza tirándole del pelo para no correrse, y lo tumbó de espaldas sobre la manta.
—Ahora me toca a mí.
Le abrió las piernas y le devolvió el favor con una paciencia que Adrián no esperaba de un tipo tan bruto. Le mordió la cara interna de los muslos, le pasó la barba áspera por los cojones, se los chupó también, le comió la polla dura hasta hacerlo gemir. Después le levantó las piernas hasta pegárselas al pecho y le hundió la cara entre las nalgas. Empezó a lamerle el ojete con la punta de la lengua, en círculos, con calma, mientras el chico se agarraba a sus propios muslos y soltaba el aire de golpe.
—Joder… joder…
Baltasar le comió el culo como un obseso, ensalivándolo entero, ensartándole la lengua dura, escupiéndole encima y volviendo a lamer. Cuando el ojete rosado empezó a abrirse solo, cuando el chico ya empujaba las caderas contra la barba pidiendo más, metió primero un dedo, luego dos, girándolos despacio, notando cómo el interior estrecho iba cediendo, caliente, apretado.
—¿Llevas algo? —preguntó con la voz tomada.
Adrián estiró el brazo hasta la mochila y sacó un bote de lubricante y un preservativo. El hombre sonrió: el chico había venido preparado, y eso le gustó. Rompió el envoltorio con los dientes, se enfundó la polla, se untó una buena cantidad de lubricante en el glande y otra tanta en el ojete del muchacho, resbaladizo y abierto. Añadió un tercer dedo y lo dispuso con cuidado, sin brusquedades, tomándose su tiempo en abrirlo mientras el chico jadeaba y le pedía más entre dientes.
—Despacio… así… métemela ya…
—Tú aguanta, que sé lo que hago. Vas a sentir esta polla hasta mañana.
Le puso el glande gordo contra el ojete y empujó poco a poco, atento a cada respingo, parando cuando el chico apretaba los párpados, avanzando cuando se relajaba. Adrián soltó un jadeo agudo cuando la corona ancha le forzó el anillo y se metió dentro. Baltasar aguantó ahí, dejándolo respirar, dejándolo acostumbrarse al grosor, y después siguió metiéndosela centímetro a centímetro, palmo a palmo, hasta que los cojones pesados le chocaron contra el culo del muchacho.
—Ya está toda dentro. Toda entera, chaval.
—Ay, joder… qué grande la tienes… me llenas entero…
Se quedó quieto unos segundos, dejando que el chico se ajustara a la invasión, y luego empezó a moverse. Salidas largas hasta que solo quedaba el glande dentro, embestidas hondas que arrancaban gemidos de la garganta de Adrián. El culo apretado del muchacho lo ordeñaba a cada empujón, chupándole la polla como una boca ansiosa. Baltasar le clavó los dedazos en las caderas, dejándole las marcas de las yemas en la piel pálida.
—Ponte a cuatro patas, quiero verte el culo mientras te follo.
Lo giró sin sacársela del todo, le levantó el trasero blanco y volvió a hundírsela hasta el fondo. Adrián apoyó los codos y la mejilla sobre la manta, con la polla dándole botes contra el vientre, y se dejó follar. El hombre lo cabalgaba con embestidas duras, cada vez más rápidas, con las palmas abiertas sobre las nalgas del chico, abriéndoselas para verse la verga entrar y salir, embadurnada de lubricante, brillando. Le soltó un cachete que sonó como un disparo en el silencio del páramo.
—¿Te gusta que te folle así? Dime que te gusta esta polla en el culo.
—Sí… sí… fóllame, dame más, más fuerte…
—Puto vicioso… la tienes hecha para esto, este ojete tuyo…
Baltasar se inclinó sobre él, le agarró la coleta como riendas, le echó la cabeza hacia atrás y siguió embistiéndolo, ahora con la barba contra el cuello del chico, la boca contra su oreja, susurrándole guarradas. Le pasó la mano por el pecho, le pellizcó los pezones, bajó hasta la polla dura de Adrián y se la agarró, empezó a masturbarlo al ritmo de sus embestidas. El chico gemía sin control, escupiendo saliva contra la manta, apretando el culo alrededor de la verga del ganadero.
—Me voy a correr… me voy a correr, joder…
—Córrete, córrete para mí, aprieta ese culo.
Adrián se corrió antes, con un grito ronco, salpicando la manta de chorros blancos mientras el interior le convulsionaba, ordeñándole la polla al hombre con espasmos incontrolables. Ese apretón fue el que remató a Baltasar. Le dio tres, cuatro embestidas más, hondas, salvajes, y explotó dentro del condón con un rugido sordo que rebotó en las paredes de adobe, vaciándose entero, sintiendo cómo la corrida le salía a chorros gruesos, cómo la polla le seguía palpitando dentro del culo estrecho del muchacho durante varios segundos. Se quedaron así, encajados, pecho contra espalda, sudando, con el zumbido de los insectos como único sonido.
Cuando por fin se retiró, lo hizo despacio, y el glande hinchado tiró del ojete del chico al salir. Se quitó el condón lleno, lo anudó y lo dejó al pie de la manta. Adrián se dejó caer boca abajo, con el culo enrojecido, aún abierto, brillante de lubricante, respirando pesado. Baltasar le pasó una mano perezosa por la espalda mojada, después por las nalgas, le apretó una y sonrió. Luego se tumbaron de espaldas sobre la manta, mirando las vigas carcomidas del techo.
***
Baltasar miró el reloj y maldijo entre dientes. Se vistieron deprisa y subieron a la pick-up. Esta vez, cuando encendió un cigarro, le ofreció uno al chico antes de arrancar.
—Vaya energía gastas para tu edad —dijo Adrián—. ¿Cuántos años tienes?
—Cincuenta y dos. ¿Y tú?
—Veintidós.
—No es tu primera vez con un tío mayor, se nota. Ni la segunda, ni la décima. Un culo así no se hace solo.
—No —rió el chico, exhalando el humo por la ventanilla—. Aunque mis comienzos fueron raros, no creas.
—Cuéntame, que todavía nos queda subida.
Adrián se acomodó en el asiento y se quedó mirando el paisaje de monte bajo que pasaba al otro lado del cristal.
—Tenía dieciocho recién cumplidos. Trabajé un verano en una finca grande, lejos de casa, recogiendo aceituna. Allí había un capataz, un hombre de cuarenta y tantos, callado, fuerte, de esos que no necesitan levantar la voz. Yo lo miraba sin saber muy bien por qué, y él se daba cuenta.
—Y un día pasó.
—Un día me quedé al final de la jornada ayudándolo a cerrar el almacén. Estábamos solos. Me preguntó si quería quedarme un rato más. —Adrián sonrió para sí—. Yo dije que sí antes de que terminara la frase. Me llevó a un cuartito del fondo, cerró con llave, me apoyó contra la pared y me sacó la polla por encima del pantalón. Me la mamó él primero, un capataz de cuarenta años arrodillado delante de un mocoso, y a mí se me nubló todo. Después me dio la vuelta, me bajó los pantalones y me comió el culo hasta hacerme temblar. Cuando me la metió, despacio, muy despacio, con las manos en mi cintura, ahí entendí lo que me gustaba. Me corrí dos veces esa noche, la última con él dentro.
—Buen maestro.
—El mejor. Después de aquel verano ya supe lo que buscaba. Tíos como tú, curtidos, que saben lo que quieren pero no te tratan como a un objeto. Con polla gorda y paciencia.
Baltasar soltó un silbido largo y le apretó la rodilla sin apartar la vista de la carretera.
—Pues hoy te has llevado un buen ejemplar —dijo, y los dos rieron.
Hablaron de tonterías el resto del camino: del precio del ganado, de los pueblos que se vaciaban, de los hijos que Baltasar tenía repartidos por la comarca y que le mandaban mensajes a todas horas. El chico le contó de su abuelo, el de las cabras, y de por qué subía a verlo cada pocas semanas. Para cuando llegaron a Las Cumbres del Vado, apenas un puñado de casas colgadas de la ladera, parecían dos viejos conocidos.
—Aquí me quedo —dijo Adrián.
Bajó, se colgó la mochila y se asomó un instante a la ventanilla. No hubo besos ni promesas. Solo una mirada que lo decía todo.
—Gracias por el viaje, ganadero.
—Cuídate, chaval. Y cuida ese culo, que vale su peso en oro.
El chico se alejó cuesta arriba, andando con un pequeño balanceo distinto, con la polla del hombre aún marcada por dentro. Antes de doblar la esquina se giró y vio cómo Baltasar, apoyado en el portón de la pick-up junto a la pegatina del toro, encendía otro cigarro y se rascaba el vientre con esa calma de animal satisfecho. Después el hombre subió a la cabina, abrió la ventanilla de par en par, puso la radio a todo volumen y arrancó carretera abajo, hacia el valle, con la sensación de haberse vaciado de algo más que cansancio.