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Relatos Ardientes

El ganadero que me subió a su pick-up

La habitación olía a sábana usada y a colonia barata cuando Baltasar terminó. Se apartó de la mujer, se quitó el condón con dos dedos y lo dejó caer al suelo sin mirar dónde. Ella, una rubia de pechos grandes que se hacía llamar Brenda, seguía tumbada, recuperando el aliento, con una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—Estás de lujo, nena —dijo él, y dejó dos billetes sobre la mesilla.

—Me alegro de que te haya gustado.

Se levantó pesado, los noventa y tantos kilos crujiendo en las rodillas, y entró al baño. Ella oyó la meada larga, después el chorro de la ducha. Cuando salió, todavía mojado, se rascó el vientre peludo y cogió de la mesilla su reloj de oro, una cadena con una cruz del tamaño de un dedo y el móvil. Ella miró la toalla tirada y el agua encharcada en las baldosas. Él se dio cuenta de adónde iba esa mirada.

—Lo siento —dijo sin sentirlo—. No me gusta oler a otra cosa.

Bajó las escaleras con sus vaqueros y una camisa roja abierta dos botones, asomando la pelambrera entrecana. En la puerta lo esperaba Dolores, la dueña.

—Don Baltasar, ¿qué le ha parecido la chica nueva?

—Fantástica. Tendrá éxito, ya verás. —Le puso otro billete en la mano—. Esto por presentármela y por la habitación.

Se caló unas gafas de espejo, encendió un cigarro y caminó hacia su pick-up negra, una mole reluciente con una pegatina de un toro en el portón trasero. Eran las diez de la mañana y le esperaban cuatro horas de carretera.

***

Baltasar Quintana, cincuenta y dos años, ganadero de pura cepa y a mucha honra, prefería cerrar los tratos cara a cara aunque tuviera el último modelo de teléfono en el bolsillo. Iba a comprar unos cerdos negros y a cerrar la venta de dos toros bravos. Tres horas después, a cuarenta kilómetros del destino, se desvió hacia un área de descanso donde un viejo amigo regentaba un bar de tapas.

—¡Sabía que eras tú sin verte! —lo recibió Honorio desde la barra.

—¿Y eso?

—Por la pegatina del toro en esa máquina que conduces. Cabrón, te va bien la cosa.

—Ponme una caña y unas tapas, que tengo el día largo.

Honorio sirvió la cerveza y se apoyó en el mostrador.

—Tenías cara de haber pasado antes por lo de Dolores.

—Tenía los cojones llenos. Y tiene chica nueva, una rubia que da gusto.

—Dicen que vale lo que cuesta. A mí me cae lejos, pero cada vez que paso por allí me lo pienso.

Mientras hablaban entró un chico delgado desde la zona de las duchas, con una mochila al hombro. Era joven, lampiño, de aspecto algo ambiguo, moreno, el pelo largo recogido en una coleta todavía húmeda. Caminaba con cierta fragilidad, midiendo cada paso. Sacó tabaco de la máquina y se acercó.

—Buenas tardes. ¿Saben si sube algún autobús a Las Cumbres del Vado?

—Solo hay uno por la mañana —dijo Honorio—. Y apenas lo coge nadie.

—Entonces voy a ver si encuentro a algún camionero que suba. —Clavó la mirada en Baltasar—. O quizá usted, señor.

—Pide un taxi, sería lo normal —respondió Baltasar, y lo recorrió de arriba abajo con unos ojos que no disimulaban nada.

El chico aguantó la mirada un segundo de más, encogió los hombros y salió. Honorio escupió en el fregadero.

—Es el nieto de Saturnino, el de las cabras. Un buen muchacho, aunque ya ves la pinta. Las Cumbres queda al final de la comarca, en lo alto. Veinte kilómetros de desvío.

—Lo tiene crudo, pues.

Baltasar se terminó la cerveza, dejó unas monedas y se despidió con un abrazo. Pero al subir a la pick-up no arrancó enseguida. Miró a un lado y a otro de la explanada hasta que lo encontró: la silueta delgada del chico junto a la cuneta, el pulgar levantado, la coleta brillando al sol. Algo se le tensó por dentro, una vieja hambre que conocía bien.

Arrancó, salió a la carretera y, cuando llegó a su altura, frenó y bajó la ventanilla.

—Te puedo llevar si me indicas el camino.

—¡Genial! Pensé que no…

—Deja de pensar y sube.

***

El chico se abrochó el cinturón y dejó la mochila entre las piernas. Baltasar lo observó tras las gafas de espejo: la piel sin una marca, el cuello fino, los dedos largos.

—Tú dirás dónde me desvío, Adrián.

—¿Cómo sabe mi…? —Se calló, miró un instante el águila tatuada en el antebrazo del hombre y decidió no preguntar—. Es usted muy amable.

—Tutéame, que no soy tan viejo. Bueno, soy viejo, pero no tanto.

Adrián sonrió. La carretera empezaba a empinarse entre encinas y matorral seco. El motor respondía con un ronroneo grave cada vez que Baltasar pisaba. El chico apoyó el codo en la ventanilla y dejó que la brisa le moviera los mechones sueltos.

—Tienes una pick-up impresionante —dijo, y su mano se posó como sin querer en el muslo del conductor.

Baltasar no la apartó. Condujo un rato así, con la palma ajena calentándole el vaquero, sintiendo cómo el chico tanteaba el terreno con caricias mínimas. Cuando llegó a un recto largo y vacío, soltó una mano del volante y la llevó al pelo de Adrián, le rodeó la coleta con los dedos y tiró apenas, lo justo para que el chico echara la cabeza hacia atrás.

—Mira al frente, que nos matas —murmuró Adrián, pero su voz se había vuelto ronca.

—¿Eso es bueno o malo? —Baltasar volvió la vista a la carretera, aunque la mano se le quedó un momento más en la nuca del muchacho—. Por lo que noto, al menos no te disgusto.

—No me disgusta nada —dijo Adrián, y dejó que sus dedos subieran por el muslo del hombre hasta notar el bulto que crecía bajo la tela—. Apostaría a que eres de los que mandan.

—No tardarás en saberlo. ¿Hay algún sitio por aquí donde parar?

—Un poco más arriba, en los páramos, hay una caseta de pastor abandonada. No pasa nadie. Allí puedes desviarte.

***

El camino se volvió de tierra y piedras. Al final apareció una construcción baja de adobe, sin puerta ni ventanas, con el suelo cubierto de hierba reseca. Bajaron. Baltasar encendió otro cigarro, dio una calada honda y se acercó al chico, que lo esperaba apoyado en el portón.

—Ni siquiera invitas —dijo Adrián.

Por toda respuesta, Baltasar lo agarró de la cintura y lo besó con ganas. Le sacaba una cabeza entera. El chico le buscó el cinturón mientras él le mordía el cuello, le restregaba la barba entrecana por la mandíbula, le bajaba la cremallera de la sudadera. Sacó una manta de la caja de la pick-up y la extendió dentro de la caseta. Unos saltamontes saltaron de la hierba; un par de pájaros alzaron el vuelo desde el alero.

Se desnudaron despacio, midiéndose. Baltasar era una mole de músculo y vello cano, ancho de pecho, de manos enormes. Adrián, en cambio, era todo líneas finas: la piel pálida, el vientre liso, dos tatuajes pequeños —un lobo y un pájaro— en los costados. Se quedaron un momento mirándose el uno al otro, palpando lo que tenían delante, antes de que el chico se arrodillara sobre la manta.

Lo hizo con apetito, sin prisa, alternando la lengua y los labios, levantando la vista de vez en cuando para sostenerle la mirada al hombre. Baltasar le acariciaba el pelo, le soltaba la coleta, dejaba escapar un gruñido bajo cada vez que el chico apretaba. Después lo tumbó, le abrió las piernas y le devolvió el favor con una paciencia que Adrián no esperaba de un tipo tan bruto. Le mordió la cara interna de los muslos, le pasó la barba áspera por sitios que lo hicieron arquear la espalda y soltar el aire de golpe.

—¿Llevas algo? —preguntó Baltasar con la voz tomada.

Adrián estiró el brazo hasta la mochila y sacó un bote y un preservativo. El hombre sonrió: el chico había venido preparado, y eso le gustó. Lo dispuso con cuidado, sin brusquedades, tomándose su tiempo en abrirlo con los dedos mientras el muchacho jadeaba y le pedía más entre dientes.

—Despacio… así… —murmuraba Adrián.

—Tú aguanta, que sé lo que hago.

Entró poco a poco, atento a cada respingo, parando cuando el chico apretaba los párpados, avanzando cuando se relajaba. Adrián le clavó los talones en la espalda y, cuando por fin lo tuvo entero, soltó un gemido largo que rebotó contra las paredes de adobe. A partir de ahí fue un vaivén que se volvió cada vez más hondo, las manos del hombre sujetándole las caderas, la barba contra el cuello, los dos sudando bajo el techo bajo y caliente de la caseta.

—¿Te gusta? —le preguntaba Baltasar con la mandíbula apretada.

—Sí… no pares…

Terminaron casi a la vez, el hombre con un rugido sordo, el chico estremeciéndose debajo, aferrado a sus hombros anchos. Se quedaron quietos un instante, pecho contra pecho, recuperando el aliento, con el zumbido de los insectos como único sonido. Luego se separaron y se tumbaron de espaldas sobre la manta, mirando las vigas carcomidas del techo.

***

Baltasar miró el reloj y maldijo entre dientes. Se vistieron deprisa y subieron a la pick-up. Esta vez, cuando encendió un cigarro, le ofreció uno al chico antes de arrancar.

—Vaya energía gastas para tu edad —dijo Adrián—. ¿Cuántos años tienes?

—Cincuenta y dos. ¿Y tú?

—Veintidós.

—No es tu primera vez con un tío mayor, se nota.

—No —rió el chico, exhalando el humo por la ventanilla—. Aunque mis comienzos fueron raros, no creas.

—Cuéntame, que todavía nos queda subida.

Adrián se acomodó en el asiento y se quedó mirando el paisaje de monte bajo que pasaba al otro lado del cristal.

—Tenía dieciocho recién cumplidos. Trabajé un verano en una finca grande, lejos de casa, recogiendo aceituna. Allí había un capataz, un hombre de cuarenta y tantos, callado, fuerte, de esos que no necesitan levantar la voz. Yo lo miraba sin saber muy bien por qué, y él se daba cuenta.

—Y un día pasó.

—Un día me quedé al final de la jornada ayudándolo a cerrar el almacén. Estábamos solos. Me preguntó si quería quedarme un rato más. —Adrián sonrió para sí—. Yo dije que sí antes de que terminara la frase. No me presionó en ningún momento; me fue llevando despacio, con paciencia, dejándome decidir cada paso. Esa noche entendí lo que me gustaba.

—Buen maestro.

—El mejor. Después de aquel verano ya supe lo que buscaba. Tíos como tú, curtidos, que saben lo que quieren pero no te tratan como a un objeto.

Baltasar soltó un silbido largo y le apretó la rodilla sin apartar la vista de la carretera.

—Pues hoy te has llevado un buen ejemplar —dijo, y los dos rieron.

Hablaron de tonterías el resto del camino: del precio del ganado, de los pueblos que se vaciaban, de los hijos que Baltasar tenía repartidos por la comarca y que le mandaban mensajes a todas horas. El chico le contó de su abuelo, el de las cabras, y de por qué subía a verlo cada pocas semanas. Para cuando llegaron a Las Cumbres del Vado, apenas un puñado de casas colgadas de la ladera, parecían dos viejos conocidos.

—Aquí me quedo —dijo Adrián.

Bajó, se colgó la mochila y se asomó un instante a la ventanilla. No hubo besos ni promesas. Solo una mirada que lo decía todo.

—Gracias por el viaje, ganadero.

—Cuídate, chaval.

El chico se alejó cuesta arriba. Antes de doblar la esquina se giró y vio cómo Baltasar, apoyado en el portón de la pick-up junto a la pegatina del toro, encendía otro cigarro y se rascaba el vientre con esa calma de animal satisfecho. Después el hombre subió a la cabina, abrió la ventanilla de par en par, puso la radio a todo volumen y arrancó carretera abajo, hacia el valle, con la sensación de haberse vaciado de algo más que cansancio.

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Comentarios (6)

alfesc

Increible!! que arranque tan bueno

RaulVargas_CBA

Ojala haya segunda parte, quedé con las ganas de saber que pasa despues con Baltasar

DiegoRuta77

Me recordó a un viaje largo por la ruta que hice hace años. Esa tension entre dos desconocidos que se entienden sin decir nada... muy bien contado

ClaraDeLima

Se hizo cortisimo, quiero mas!!!

Patricio_mdq

Lo que mas me gusta es como lo relatás sin apurarte, le da mucho mas morbo a la situacion. Seguí así

NocheSur_MX

Buenisimo!! por favor publique mas seguido

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