La tarde que mi viejo amante me presentó a su novio
El teléfono fijo sonó como una sirena en mitad del salón.
Marga dio un respingo en el sofá. Aquel timbre antiguo, agudo y terco, le agujereaba los nervios desde hacía años, pero nunca había sido capaz de cambiarlo. La gente de su generación no ignoraba una llamada: una llamada perdida se perdía de verdad, sin rastro ni segunda oportunidad.
Dejó la novela abierta sobre las rodillas —páginas que ya no le hacían cosquillas desde que ella misma había vivido cosas más intensas que cualquier ficción— y se levantó con una ligereza que todavía la sorprendía. El cuerpo le zumbaba después de la clase de las siete y de una ducha larga. Se sentía eléctrica, como si cada célula hubiera vuelto a encenderse después de años apagada.
Miró de reojo a Aurelio, hundido en su rincón del sofá como un jarrón que nadie se atreve a tirar. El cenicero rebosante, el televisor a un volumen imposible, los ojos clavados en un concurso. Lo mejor que podía decirse de él era que ocupaba espacio.
—¿No piensas cogerlo? —preguntó, aunque ya sabía que tendría que levantarse ella.
Aurelio gruñó algo ininteligible sin despegar la vista de la pantalla. Marga suspiró y descolgó.
—¿Diga?
—Buenas tardes, ¿hablo con Marga? —Una voz de mujer, joven, con un deje que no supo ubicar—. Un momento, por favor, le paso con alguien.
—Aurelio, baja el volumen, no me oigo ni pensar —pidió tapando el auricular.
—Estoy viendo mi programa —refunfuñó él, y se levantó arrastrando los pies para salir al balcón a fumar, mascullando un «vete a freír espárragos» antes de cerrar la persiana.
Marga se mordió el labio. «Qué buena idea me das sin saberlo. A lo mejor luego me la apunto.»
—¿Marga? Soy Nacho.
El corazón se le aceleró de golpe. «Dios mío, esa voz. Esa voz ronca que me susurraba barbaridades al oído en Lanzarote.»
—¡Nacho! —bajó la voz por instinto—. ¿Cómo estás? ¿Puedes hablar?
—Tranquila. Tenía muchas ganas de llamarte. Muchas.
Marga se sentó en el borde del sofá, con las piernas temblándole un poco.
—¿Cómo has conseguido mi fijo?
—De la ficha que rellenaste en la barbería el verano pasado. Apuntaste el fijo y el móvil. —Hizo una pausa—. ¿Qué tal por la isla?
—Como siempre por aquí. Aurelio sigue siendo el mismo jarrón que respira. Pero yo echo de menos aquellos días en Lanzarote. Muchísimo.
—¿Qué es lo que más echas de menos?
Marga sintió que se humedecía solo de recordar. Bajó la voz hasta casi un susurro.
—La libertad. Tú, Sergio, Hugo y yo. Esa sensación de estar viva de verdad.
—Pues precisamente de eso quería hablarte. Tengo un amigo. Bueno, algo más que un amigo. Le he hablado tanto de ti que se muere por conocerte. Quedar los tres.
Algo se removió dentro de ella, esa mezcla de nervios y excitación que conocía tan bien.
—¿Algo más que un amigo?
—Es complicado de explicar por teléfono. Pero es un tío muy especial para mí. —Otra pausa—. Vamos a pasar un puente largo en Zaragoza, cuatro días. ¿No podrías inventarte una excusa para venir una mañana, o una tarde?
Marga ya estaba imaginando la coartada perfecta.
—Puedo decir que voy de compras al centro. Aurelio jamás querrá acompañarme, odia las tiendas.
—¡Cojonudo! Entonces, ¿el viernes? Comemos los tres, charlamos y pasamos la tarde.
Un cosquilleo delicioso le subió entre las piernas.
—Me apetece mucho. Pero cuéntame algo de tu amigo. A ti te conocí de una forma muy pintoresca y no quiero sorpresas.
Nacho se rió, más relajado.
—Tranquila, preciosa. Es algo más joven que yo, bien parecido, en buena forma. Arquitecto, aunque a veces también hace de modelo. Y por primera vez en años siento algo de verdad por alguien. Te aseguro que entre los dos te haremos pasar una tarde tan buena como las de la isla.
Marga se tranquilizó del todo. La honestidad de su voz la convenció.
—Hecho. El viernes bajo a Zaragoza de compras. Y de otras cosas.
—Se llama Bruno. Te va a encantar.
***
El viernes por la mañana subió al tren con un nerviosismo que no sentía desde Lanzarote. Había elegido la ropa con cuidado: un vestido de punto que marcaba su figura sin ser vulgar, ropa interior nueva, un perfume sutil. Mientras el paisaje desfilaba por la ventanilla, no podía dejar de recordar las manos enormes de Nacho, su mezcla de rudeza y ternura, su cuerpo tatuado.
«¿Cómo será su amigo?», se preguntó apretando los muslos. «¿Se parecerá a él?»
El móvil sonó cuando el tren entraba en la estación.
—¿Ya casi estás? Estamos en un hotel del centro, junto a la estación. Te esperamos en recepción. Y ven en forma, que hoy vas a flipar.
Colgó con mariposas en el estómago que enseguida se volvieron algo más espeso. Recordó exactamente cómo era acostarse con Nacho: el piercing de su frenillo contra la lengua, el sabor salado de su piel, la forma en que la trataba como algo precioso para después arrancarle gritos. Llevaba meses hambrienta. Un suspiro se le escapó solo, y tuvo que morderse el labio para no llamar la atención del vagón.
***
Cuando entró en el vestíbulo del hotel se quedó helada. Reconoció el sitio al instante: era uno de los hoteles de lujo donde había trabajado como camarera de pisos años atrás. «Joder, ojalá no quede nadie que me reconozca.»
Junto a recepción estaban Nacho y un hombre que parecía un ángel caído. Si Nacho era pura masculinidad cruda, aquel otro era la elegancia hecha persona: más alto, atlético, la cabeza rapada como su amigo, pero las facciones más finas, una mandíbula firme y unos ojos claros que la atravesaron.
«Es como si Nacho fuera el gladiador y este el emperador», pensó ella con la boca seca.
Nacho la vio y se le iluminó la cara. La abrazó con fuerza, aplastándole los pechos contra su torso, y Marga reconoció de golpe aquel aroma que tanto la había trastornado.
—Te presento a Bruno. Bruno, esta es Marga, la mujer de la que tanto te he hablado.
Bruno, en lugar de estrecharle la mano, se inclinó y le dio dos besos rozándole las mejillas. Donde Nacho era fuerza, él era control.
—Encantado. Nacho no ha parado de hablar de ti en meses.
Los nervios le habían cerrado el estómago, pero se sentaron igualmente a una mesa discreta junto al ventanal y Marga aprovechó para preguntar lo que la carcomía.
—¿Cómo os conocisteis?
—En una playa de Lanzarote —respondió Bruno—. Yo estaba allí por una sesión de fotos.
—Y yo andaba con ganas de guerra —añadió Nacho con su franqueza de siempre—. Vi a este tío tan elegante y pensé: «menudo señorito». Pero cuando se quitó la camiseta me quedé sin palabras.
—Aquella noche nos quedamos hablando en la arena hasta el amanecer —siguió Bruno, y a Marga no se le escapó cómo se le suavizaba la voz—. Nunca había sentido algo así por nadie.
—Al principio creí que era solo atracción —reconoció Nacho—. Pero fue mucho más. Y ahora estamos explorando: lo que sentimos el uno por el otro y lo que nos gusta compartir. Como tú. Bruno lleva meses pidiéndome que te llamara.
El calor le subió por el cuello hasta las mejillas.
—Bueno, pues aquí estoy.
—Aquí estás —sonrió Nacho—. ¿Lista para una tarde inolvidable?
***
Subieron a una suite amplia con una cama enorme y un ventanal sobre la ciudad.
—Esta habitación la he limpiado muchas veces —murmuró Marga—. Es de las mejores del hotel.
—Pues hoy vas a verla desde otras perspectivas —rió Nacho.
Apenas cerraron la puerta, los dos empezaron a desnudarse con la naturalidad de quien lo ha hablado mil veces. Nacho más corpulento, cubierto de tatuajes; Bruno más estilizado, la musculatura definida y la piel del pecho velluda contrastando con la cabeza rapada.
—Madre mía —murmuró ella—. Sois el complemento perfecto.
—Y tú vas demasiado vestida —gruñó Nacho acercándose por delante.
—Mucho más de lo necesario —añadió Bruno por detrás, bajándole despacio la cremallera del vestido.
Cuando la prenda cayó al suelo, los dos se quedaron quietos, admirando la lencería negra que había elegido para la ocasión.
—Estás mejor de lo que recordaba —murmuró Nacho con la voz tomada. Y no era solo la ropa. Marga había cambiado desde la isla: brazos con una definición sutil, piernas más firmes, el pelo castaño con mechones plateados que le enmarcaban la cara con una sensualidad madura que no necesitaba disimular nada.
—Es exquisita —añadió Bruno, la voz ronca—. Absolutamente exquisita.
Marga se sintió poderosa bajo aquellas miradas. Después de meses de sentirse invisible en casa, tener a dos hombres así devorándola con los ojos era embriagador.
—¿Quién quiere ser el primero? —preguntó con una sonrisa traviesa que los pilló a ambos.
Nacho y Bruno se miraron.
—Empieza tú con Bruno —decidió Nacho—. Quiero veros juntos.
Marga se acercó a Bruno y le apoyó las palmas en el pecho.
—¿Estás nervioso?
—Un poco. Es la primera vez que comparto a alguien que me importa de verdad.
La confesión la enterneció. Se puso de puntillas y lo besó. Sus labios eran distintos a los de Nacho, más suaves al principio, más contenidos, pero pronto respondieron con una pasión que la sorprendió. Mientras tanto, sintió las manos de Nacho recorriéndole la espalda, desabrochándole el sujetador con esa maestría suya.
—Ahora quiero veros a vosotros —dijo ella separándose—. Quiero ver cómo os besáis.
La petición pilló a Nacho por sorpresa, pero los ojos de Marga ardían. Los dos hombres se acercaron, y cuando sus bocas se encontraron, Marga vio algo que la dejó sin aire: Nacho, tan dominante con el mundo, se entregaba por completo, dejaba que Bruno tomara el control con una naturalidad que hablaba de noches enteras.
«Es ver cómo se invierten los papeles», pensó ella, llevándose la mano entre las piernas. «Bruno es quien manda de verdad.»
Vio cómo Bruno le amasaba el bulto a Nacho hasta hacerlo gemir dentro de su boca, y notó la humedad empapándole las bragas.
—Sois perfectos juntos —murmuró—. Pero ahora os quiero a los dos. A la vez.
—A sus órdenes —respondió Bruno con una sonrisa que ya no tenía nada de tímida.
***
Marga se tumbó en el centro de la cama y se quitó las bragas con un movimiento fluido que los dejó boquiabiertos.
—Venid. Los dos.
Se colocaron uno a cada lado. Bruno empezó a besarle el cuello con una delicadeza que contrastaba con su físico imponente; Nacho bajó hacia sus pechos y, cuando le atrapó un pezón entre los labios, ella arqueó la espalda.
—Estás empapada —murmuró Nacho deslizando un dedo entre sus pliegues—. Joder, cómo me gusta sentirte así.
—Es que vosotros dos juntos me ponéis como una loca —jadeó ella.
Bruno descendió, le levantó las piernas y se las colocó sobre los hombros.
—¿Puedo? —preguntó, el aliento cálido rozándola.
—Por favor… —suplicó Marga.
Cuando la lengua de Bruno se deslizó entre sus pliegues, gritó de placer. Era más paciente que Nacho, más meticuloso, igual de experto. Mientras se retorcía agarrando la almohada, Nacho se incorporó, se quitó la ropa y guió su miembro hacia su rostro.
—Dime, ¿has pensado en esto todos estos meses? —gruñó pasándole el glande por los labios.
Marga sintió una descarga recorrerla entera. Le encantaba aquel juego, aquella demostración de poder que despertaba en ella una sumisión voluntaria y deliciosa.
—Cada noche —respondió con la voz ronca, siguiéndole el juego—. Así que dámela toda.
Lo tomó con ambas manos y se concentró en la punta, dibujando círculos lentos con la lengua. Nacho echó la cabeza atrás.
—Así… exactamente así…
—Bruno, quítate tú también todo —pidió ella separándose un instante—. Quiero veros completamente.
Bruno obedeció, y cuando ella vio su miembro se quedó sin aliento: tan impresionante como el de Nacho, pero más largo, con una curva elegante, refinado hasta en eso. Fue a por preservativos y lubricante mientras Marga, ya tumbada, abría las piernas sin pudor.
Le colocó el preservativo a Nacho con manos expertas. Él se situó encima, sosteniéndose en los brazos para no aplastarla, y la besó con una intensidad que los sorprendió a los dos mientras empezaba a entrar milímetro a milímetro. El calor húmedo lo envolvió como seda ardiente, exactamente como lo recordaba, pero mejor.
—No pares de besarme —murmuró ella mordiéndole el labio—. Quiero sentir tu lengua mientras me follas. Despacio.
Nacho obedeció, hundiéndose hasta el fondo, y se detuvo jadeando contra su boca. Entonces Bruno se colocó detrás de él. Le acarició la espalda con esas manos elegantes, aplicó lubricante y empezó a prepararlo con dedos que conocían cada parte de su cuerpo.
—¿Qué ha sido eso? —gimió Marga al notar el estremecimiento de Nacho transmitirse a ella.
—Bruno me está preparando —jadeó él—. Y todo lo que me hace lo sientes tú también.
Cuando Bruno se colocó su propio preservativo y empezó a entrar en él con una presión constante y familiar, el cuerpo de Nacho lo recibió sin resistencia, abierto por meses de confianza. Los tres se quedaron quietos un instante, adaptándose a la nueva forma de encajar.
—¿Puedo moverme? —preguntó Bruno.
—Sí, pero despacio al principio.
Bruno marcó un ritmo lento y profundo. Cada embestida empujaba a Nacho un poco más adentro de Marga, encadenando a los tres en la misma corriente.
—Puedo sentir cada movimiento de Bruno dentro de ti —jadeó ella, asombrada.
—Esa es la idea —gruñó Bruno acelerando.
Nacho era el centro de todo, el puente: Bruno llenándolo desde atrás, Marga apretándolo desde abajo, su boca sobre la de ella en cada respiración.
—Más fuerte —pidió Nacho—. Los dos.
Cada golpe se transmitía directo al cuerpo de Marga, que empezó a gemir sin control.
—Sí… sentiros a los dos… es increíble… —jadeaba.
El ritmo subió hasta volverse insostenible. Marga notó su propio orgasmo acercarse como una tormenta.
—No voy a aguantar mucho más —gruñó Nacho con los brazos temblándole.
—Ni yo —añadió Bruno, las embestidas cada vez más urgentes.
—Entonces los tres a la vez —ordenó ella—. Ahora.
El orgasmo la sacudió de pies a cabeza. Sus contracciones apretaron a Nacho desde dentro, y aquello, sumado a los envites de Bruno, fue demasiado para él. Se vació entre gemidos roncos, arqueando la espalda entre sus dos amantes, y los espasmos arrastraron también a Bruno, que se derramó abrazado a su cuerpo sudoroso.
Los tres se quedaron unidos varios minutos, jadeando, agotados, satisfechos.
***
Más tarde, tumbada entre los dos, Marga acariciaba el pecho velludo de Bruno mientras Nacho le besaba el hombro.
—Creo que hoy he descubierto algo sobre mí —murmuró ella—. Que me gusta dirigir. Decidir yo qué pasa y cuándo. Y me fascina ver cómo os complementáis.
—Has estado increíble —dijo Nacho incorporándose—. Tan segura, tan poderosa. Me ha puesto verte tomar el control.
—Pero sabéis que yo tengo a mis dos chicos, ¿verdad? Sergio y Hugo son mi equilibrio —añadió ella riendo.
—Por supuesto —sonrió Bruno—. Y nosotros tenemos lo nuestro. Esto ha sido como unas vacaciones para los tres.
—Aunque —apuntó Nacho con malicia— todavía nos debéis aquella idea de juntarnos los cinco. Esta mañana Sergio ha montado un grupo de mensajes. Mira el móvil, te habrán agregado: escribió que «una velada cultural más amplia sería muy enriquecedora», y Hugo que «le encantaría ampliar conocimientos con profesores de varias especialidades».
Marga se tapó la cara, muerta de risa.
—¡Esos dos y sus códigos! No tienen remedio.
Mientras se vestía, Bruno sacó una bolsa de unos grandes almacenes.
—Casi se me olvida. Pensamos que necesitarías una coartada para tu marido. Algo de ropa, para que parezca que de verdad has ido de compras.
Dentro encontró una blusa, un pañuelo de seda y un conjunto de ropa interior. Y habían acertado hasta con las tallas.
—Sois unos genios. Aurelio no sospechará nada. —Antes de marcharse, se detuvo en la puerta—. ¿Puedo preguntaros algo? ¿Estáis enamorados?
Los dos se miraron, y la respuesta estaba en sus ojos antes de hablar.
—Sí —admitió Nacho—. Nunca pensé que me pasaría a mi edad, y menos con alguien tan distinto a mí.
—Y yo jamás imaginé enamorarme de alguien tan auténtico —añadió Bruno acariciándole el brazo tatuado—. Por eso compartir esto contigo, juntos, es tan especial.
—Me siento honrada de formar parte de vuestros encuentros —dijo ella con una emoción sincera—. Empezad a pensar en el temario para cinco.
—¡Ya estamos en ello! —rieron ambos mientras ella salía, y sus carcajadas la acompañaron hasta el ascensor.
***
El tren de vuelta iba casi vacío. Marga se sentó junto a la ventanilla con la bolsa en el regazo y el cuerpo todavía vibrando.
«¿Quién soy yo ahora?», se preguntó. «Hace un año era la mujer invisible casada con Aurelio. En Lanzarote me convertí en la que se atrevió a probar. Y hoy he sido la que dirige su propia vida.»
El móvil vibró. Un mensaje de Bruno: «Ha sido perfecto. Ya estamos planeando el próximo encuentro. Eres extraordinaria.» Y otro de Nacho: «Qué tarde, preciosa. Ganas de repetir y de conocer a tus profesores. Te adoramos.»
Marga sonrió y guardó el teléfono. «Me adoran. Dos hombres que se aman entre ellos y que también me adoran a mí. ¿Cómo he tardado cincuenta y ocho años en descubrir que esto existía?»