Confesión: la tormenta que encerró a seis amigos
El sábado amaneció imposible. Llovía a cántaros, el viento azotaba las ventanas y nadie en su sano juicio pensaba en salir. Por eso los tres amigos habían decidido juntarse a pasar la tarde y la noche en casa de uno de ellos, y esta vez le tocaba a Adrián. Cuando entró en la cocina a contárselo a Marina, su novia, descubrió que ella ya estaba al tanto.
—Nena, como hace tan mal día, esta noche se vienen estos a cenar.
—Se te adelantó Noelia, ya me escribió por mensaje. Pedimos algo y listo.
—Nada de pedir, con la lluvia que cae no voy a hacer subir a un repartidor. Bajo al súper y traigo de todo.
—Vale, pero ten cuidado, por favor.
El supermercado estaba justo al lado, suerte que tenían, porque el cielo parecía caerse a pedazos. Adrián volvió empapado y cargado de bolsas como una mula: cervezas, refrescos, pizzas congeladas, chucherías y dos bolsas de hielo. Marina salió a recibirlo y le quitó la mitad de las bolsas.
—¿Y el paraguas?
—Ya no hay paraguas. Hace un día de perros.
—Anda, sécate antes de pillar algo.
Mientras él se cambiaba, ella le contó las novedades. Los cuatro venían juntos en el coche de Diego, así que lo guardarían en la plaza del vecino, un matrimonio mayor que pasaba media vida en el pueblo y les había dado permiso. Con la tormenta que se anunciaba, lo más probable era que terminaran quedándose todos a dormir.
—Entonces… ¿fiesta de pijamas? —bromeó Marina.
—Llámalo como quieras.
Las tres parejas se conocían desde hacía años. Adrián y Marina llevaban siete juntos, casi dos conviviendo; él rondaba los treinta y tres, ella los veintiocho. Hugo, amigo de Adrián desde el colegio, salía con Noelia desde hacía cuatro. Y Diego, el más joven del grupo, vivía desde hacía medio año con Carla. Las tres mujeres se habían hecho íntimas justamente por ellos. Entre los seis había una confianza enorme y, después de unas copas, ninguno se cortaba demasiado.
A eso de las seis llegó el coche. La granizada caía como si quisiera reventar el asfalto y el cielo estaba negro como si fuera medianoche. Subieron los cinco entre risas, todos en chándal y zapatillas, y las chicas arrancaron la ronda de abrazos con la anfitriona.
—Os dije que vinierais cómodos, pero parece que habéis asaltado un rastrillo —se rió Adrián.
—Venimos comodísimos —aseguró Diego.
***
La tarde transcurrió como tantas otras. Los chicos eligieron primero una película de dinosaurios devorando gente, para horror de ellas; luego ellas impusieron una comedia romántica, para protesta de ellos. Las cervezas vacías se acumulaban, los cuencos de palomitas se vaciaban y, cada vez que alguien se levantaba al baño o a la cocina, se notaba que iba un poco torpe.
Cuando la segunda película terminaba, Adrián encendió el horno y metió las pizzas. Diego apareció a «ayudar», aunque en realidad solo estorbaba sacando hielo y vasos.
—Tío, ¿qué haces?
—Nos quedamos sin gasolina ahí dentro. Vamos a cenar bien. ¿Ginebra o vodka?
—Vodka.
Cenaron en el suelo, alrededor de la mesita baja, ellas sentadas en la alfombra y ellos repartidos en el sofá. El vodka cayó casi entero entre risas y anécdotas de trabajo. El calor de la calefacción y el del alcohol terminaron de soltar a todo el mundo. Al levantarse a recoger, Hugo tropezó con la botella vacía, que rodó por la alfombra. Noelia la recogió, la miró pensativa y le dio un giro con la muñeca.
—¿Y si jugamos con esto?
—Oye, podría ser divertido —contestó Carla.
—¿Qué tenemos, quince años? —objetó Adrián.
—Sois unos gallinas —pinchó Marina.
—No hay huevos —sentenció Noelia.
—¿Que no hay huevos? Ayúdame con la mesa —saltó Diego, picado.
Apartaron la mesa y los seis se sentaron en círculo sobre la alfombra, con las copas al lado. Carla explicó las reglas: el que gira la botella le ofrece al señalado beso, verdad o reto, y quien gira queda libre esa ronda. Cuando Diego preguntó por los límites, Noelia respondió sin rodeos:
—No hay.
—No puede ser peor que las veces que hemos jugado al strip póker —se encogió de hombros Hugo.
Decidieron mezclarse para no quedar chicos a un lado y chicas al otro, y Noelia hizo el primer tiro.
***
La botella apuntó a Marina, que eligió beso. Le tocó besar a Hugo. El primero fue apenas un roce, y Noelia protestó:
—¿Qué beso es ese? Besa de verdad.
Marina obedeció. El segundo fue largo, húmedo, sin prisa. Adrián se quedó con la boca abierta, más excitado de lo que esperaba, y notó que Noelia miraba a su propio novio con la misma chispa. Empezaban fuerte.
Siguieron el círculo. Cuando le tocó a Diego, retó a Marina a contar el sitio más raro en el que lo había hecho.
—En el confesionario de una iglesia, con un invitado, durante la boda de mis tíos —soltó ella tan tranquila.
—¿Durante la ceremonia? —Noelia la miraba con los ojos como platos.
—La acústica era buena. La megafonía del cura, mejor.
Las risas estallaron. La temperatura ya había subido un par de grados. Marina giró después y mandó a Diego besar a Noelia; él le plantó un morreo que dejó hasta a Hugo con un bulto disimulado en el pantalón. Cuando Hugo retó a Carla a besar a Marina, las dos se enredaron en un beso caliente, abrazadas, lamiéndose la boca, hasta que Diego pidió tregua entre aplausos.
—¿Contento? —le preguntó Carla.
—Mucho —respondió Hugo.
Las verdades empezaron a destapar secretos: Noelia confesó tríos, dos con hombres y uno con mujeres; Hugo admitió que disfrutaba viendo a su novia con otra más que con otro. Nadie parecía escandalizado. Si acaso, lo contrario.
***
Los retos fueron escalando solos. A Diego le tocó hacer un baile sexy de treinta segundos, y se contoneó tan torpe por el alcohol que Adrián le dio una palmada en el culo entre carcajadas. Luego Diego retó a Carla a quitarse la ropa, recordándole que jamás perdía al strip póker. Ella lo fulminó con la mirada, pero no se cortó: se sacó la sudadera, la camiseta, el pantalón y el sujetador deportivo, dejando a la vista un par de pechos grandes de areolas amplias, y terminó bajándose la ropa interior casi en piloto automático antes de volver a sentarse sobre la alfombra.
Marina, que no le quitaba ojo, giró la botella y retó a Adrián a un striptease con música. Él se levantó, se movió con torpeza alegre, se quitó la camiseta, tropezó al sacarse el pantalón y siguió bailando desde el suelo entre risas. Diego, divertido, le enganchó un billete en el calzoncillo como en un local de mala muerte. Cuando la canción terminaba, Adrián se bajó la ropa interior dejando su miembro a la vista, dio una vuelta y reclamó el billete.
—Esto es mío, que me lo he ganado.
Después le tocó a Noelia besar a Adrián, y al separarse ella bajó la mirada y arqueó las cejas.
—Controla un poco, chico, que me estás pinchando.
La erección de Adrián no dejaba lugar a dudas. Volvió a su sitio rojo como un tomate mientras Marina, lejos de molestarse, le lanzaba un beso desde el otro lado del círculo.
***
La cosa se desbordó del todo cuando Carla le preguntó a Adrián, en una verdad, si alguna vez había dejado que Marina lo penetrara con un dedo. En lugar de contestar, Marina salió del salón y volvió trastabillando con un arnés y un consolador en la mano, que dejó junto a la botella. Todas las miradas saltaron de uno a otro.
—Supongo que esto contesta a tu pregunta —sonrió Adrián.
—Sí… supongo que sí —murmuró Carla.
Diego abrió la boca para burlarse, pero Adrián lo cortó en seco:
—Calla, que estás más guapo. No vaya a ser que hablemos de por qué te depilas tanto.
Diego bajó la cabeza y se quedó callado. La siguiente ronda llevó las cosas a otro nivel: Marina, ya fuera de juego por haber pasado por beso, verdad y reto, terminó lamiendo los pezones de Carla durante medio minuto mientras Noelia cronometraba, y al acabar las dos mujeres se besaron de nuevo. El aire del salón ya era irrespirable de puro caliente.
Hubo más retos cruzados. A Hugo le tocó uno que Marina y Noelia prepararon en secreto: desapareció con ellas y volvió desnudo salvo por unas medias con liguero y un tanga a juego, color burdeos, y la cara suavemente maquillada.
—La zorrita más guapa —se rió Diego.
—Date la vuelta… joder, vaya culito te hace ese tanga —pidió Adrián, y todos se fijaron, porque era verdad.
Cuando la botella obligó a Adrián a besar a Diego, ambos dudaron un instante, pero enseguida cogieron confianza. Las mujeres silbaron. Diego volvió a su sitio con cara de culpabilidad, porque la cosa lo había excitado más de lo que estaba dispuesto a admitir, y así lo confesó al ser preguntado.
***
Cuando ya nadie sabía a qué jugaba exactamente, las tres mujeres se retiraron juntas al baño y volvieron completamente desnudas. Se sentaron en la alfombra como si nada y Marina tomó la palabra.
—Hemos decidido que, ya que hemos pasado ciertas líneas, por solidaridad todos deberíamos estar sin ropa.
Todas las miradas cayeron sobre Diego, el único vestido, que acabó desnudándose a regañadientes. Hugo seguía con su conjunto, y Noelia decidió que así estaba demasiado guapo para quitárselo.
—Seguimos en modo retos —continuó Marina—. Lo que pasa aquí se queda aquí. ¿Alguien en contra?
Nadie lo estaba. Noelia giró la botella y, con una sonrisa, retó a Carla a comerle el coño a Marina durante un minuto. Carla se acercó a cuatro patas, se hundió entre las piernas de su amiga y empezó a lamer antes incluso de la señal. Marina se retorcía y gemía; Carla, que sabía bien dónde tocar a una mujer, se demoró pasados los sesenta segundos. Al terminar, las dos se besaron mientras el resto, ya sin disimulo, se acariciaba.
El siguiente reto cayó sobre Adrián, que tuvo que chuparle la polla a Hugo cuarenta segundos. Lo hizo con una entrega que sorprendió a todos, las manos en las nalgas de su amigo, un dedo curioseando entre ellas. Al detenerse, Hugo soltó el aire de golpe.
—Si sigues un poco más, me corro.
Después, Noelia tuvo que masturbar a Diego y a Adrián a la vez, una polla en cada mano, las miradas cruzadas y morbosas. Y cuando Carla se puso el arnés y penetró a Noelia delante de todos, ya no hubo vuelta atrás: aquella fue la primera penetración de verdad de la noche, y el resto se tocaba sin ningún pudor mientras miraba.
***
En cuanto la botella quedó olvidada, el salón se convirtió en otra cosa. Marina cabalgó suavemente a Hugo mientras Diego, embadurnado de lubricante, la penetraba por detrás, arrancándole un gemido a medio camino entre el dolor y el placer. Adrián, encendido al ver a su novia doblemente tomada, se colocó tras Carla y la embistió mientras ella seguía moviéndose sobre Noelia.
Los orgasmos llegaron en cadena. Marina fue la primera, y el modo en que se contrajo arrastró tras de sí a Hugo y a Diego. Adrián siguió empujando hasta hacer correrse de nuevo a Noelia antes de vaciarse él. Durante unos segundos solo se oyeron respiraciones aceleradas.
Pero la noche aún tenía cuerda. Las mujeres retaron a los tres hombres a limpiar con la lengua lo que habían dejado, y ellos obedecieron entre risas torpes, tropezándose unos con otros. Esa imagen volvió a encender a todo el mundo. Poco después, Marina arrodillada se metió en la boca las dos pollas de Diego y Hugo, que se besaban entre ellos sin complejos mientras se acariciaban.
Lo que siguió fue un encadenado imposible de seguir: Hugo penetrando a Adrián, Diego detrás de Hugo, Noelia montando a Marina con el arnés, Carla a horcajadas sobre una boca, lenguas y dedos por todas partes. Los gritos y los gemidos se mezclaron con el ruido de la tormenta, que tapaba el escándalo para alivio de los vecinos. Cuando el último orgasmo se apagó, los seis se quedaron tendidos sobre la alfombra, sudorosos y sin aliento.
Bebieron lo que quedaba con una calma extraña, sonriéndose como quien acaba de cruzar una puerta que no piensa volver a cerrar. Decidieron seguir la fiesta en las habitaciones, repartidos de cualquier manera: esa noche nadie durmió con quien había llegado. Y aunque al día siguiente la lluvia amainó y cada uno volvió a su vida, los seis sabían que algo entre ellos había cambiado para siempre.