Mi hermana volvió del boliche sin ropa interior
La puerta se abrió con un golpe seco que nada tenía que ver con la familiaridad de siempre. No fue el ruido suave de cada noche, sino algo brusco, casi desesperado, seguido del chirrido metálico de la cerradura forzada. Me levanté del sillón donde fingía mirar una película y una inquietud rara me corrió por la espalda.
Era sábado y la casa estaba vacía salvo por mí. Mis viejos se habían ido un fin de semana a la costa con unos amigos, y Lucía, mi hermana menor, había salido temprano. Ella siempre se movía con esa gracia un poco torpe que tenía desde chica, una calidez en el andar imposible de disimular. Esa noche, sin embargo, casi no podía sostenerse de pie.
Entró y se quedó apoyada en el marco, como si la puerta fuera lo único que la mantenía entera. El pelo, esa cascada oscura que siempre llevaba impecable, le caía revuelto sobre los hombros, con mechones pegados a la frente por el sudor. El maquillaje, normalmente sutil, era un desastre: el rímel le había dibujado dos ríos negros por las mejillas pálidas.
Llevaba un vestido negro, corto y ajustado, de una tela brillante que ahora estaba arrugada. Olía a humo de cigarrillo, a perfume barato y a algo más, denso, que no supe identificar al principio. Ahora sé que era olor a semen ajeno.
Cerró de un portazo que hizo temblar los cuadros y se dejó caer contra la madera, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. Respiraba entrecortado, con la boca abierta, como si acabara de correr durante horas.
—Luchi, ¿estás bien? —pregunté, acercándome con cuidado. La voz me salió más baja de lo que quería.
Abrió los ojos despacio. Eran dos pozos vidriosos, perdidos en algún punto de la pared detrás de mí. No contestó. Se deslizó hasta quedar sentada en el piso, con las piernas separadas, en una postura abandonada que no era propia de ella. El vestido se le subió hasta la cintura y vi que no tenía bombacha. Los muslos le brillaban con hilos secos y pegajosos que le bajaban desde el coño hasta las rodillas.
—¿Dónde estabas? —logré decir, con la garganta cerrada.
Por fin me miró a los ojos. Una lágrima solitaria le rodó por la mejilla y se llevó un poco del rímel corrido.
—En un boliche —murmuró. La voz le salió áspera, rota. Se frotó la cara con las manos y empeoró el desastre—. Fui a bailar.
Me arrodillé frente a ella sin saber qué hacer. Quería abrazarla, calmarla, pero algo turbio me subía por el pecho y me costaba reconocerlo. La tenía a un metro, con el coño hinchado y brillante a la vista, y no lograba apartar los ojos.
—¿Y qué pasó? ¿Por qué volvés así?
Hizo una pausa tan larga que pensé que no iba a responder. Bajó la vista a sus propias piernas, como si recién notara lo expuesta que estaba. No se cubrió.
—Estaba aburrida —dijo al fin, con voz plana—. Quería bailar, sentir la música, perderme un rato. Tomé un par de tragos y me solté. Empecé a moverme, a transpirar. La gente me miraba. Siempre me miran.
Se detuvo y se pasó la lengua por los labios secos. Vi que los tenía hinchados, y en la comisura una costra blanquecina que me revolvió el estómago y la entrepierna al mismo tiempo.
—Aparecieron dos tipos. No sé de dónde salieron. Uno alto, de campera de cuero. El otro más bajo, fornido, con barba. Se acercaron cuando bailaba sola y, sin decir nada, me rodearon.
El estómago se me retorció. Sentí un nudo caliente y amargo en la garganta. Seguí escuchando, hipnotizado, como si me contara la historia de otra persona, aunque cada palabra tenía que ver con ella, con mi propia sangre.
—El de la campera me puso una mano en la cintura —siguió Lucía, la voz un poco más firme—. El otro se quedó atrás, pegado, y le sentí el aliento en la nuca. Y le sentí la pija dura contra el culo, arriba del vestido, marcada, enorme. Empecé a bailar entre los dos. Me apretaban, me empujaban de uno al otro. Yo podía haberme ido. No me fui. Empecé a restregarme contra la verga de atrás mientras el de adelante me metía la rodilla entre las piernas y me la clavaba contra el coño.
Cerró los ojos, reviviendo la escena. La respiración se le aceleró otra vez.
—Me llevaron a un rincón oscuro, cerca de los baños. Ahí casi no había luz. El de la campera me besó. Un beso brutal, con lengua, con todo, mordiéndome los labios. Mientras me besaba, el otro me levantó el vestido por atrás y me apretó las nalgas con las dos manos. Me las separó y me pasó un dedo entero por la raja del culo, despacio, hasta encontrarme el coño. Me dijo al oído que estaba caliente, que se me notaba, que le estaba chorreando en la mano.
Un escalofrío me recorrió entero, mezcla de incomodidad y de algo que me daba vergüenza nombrar. Sin darme cuenta, apreté las piernas para esconder la erección que ya me apretaba el pantalón.
—¿Y vos…? —pregunté, y no pude terminar la frase.
Abrió los ojos y me miró con una intensidad que quemaba.
—¿Yo qué? —dijo, con una media sonrisa cansada—. ¿Querés saber si me gustó? Me gustó. Me encantó sentirme deseada así, como si fuera lo único que existía en ese rincón. Me solté. Por una vez no fui la chica prolija que todos esperan. Fui una puta. Una puta contenta. ¿Te molesta?
Sus palabras me pegaron como un golpe. No me moví. Necesitaba escuchar el resto. Necesitaba, por algún motivo retorcido, conocer esa parte de mi hermana que jamás había visto.
—El de la barba se agachó —siguió, en un susurro, como quien cuenta un secreto sucio—. Me separó las piernas con la rodilla y me arrancó la bombacha de un tirón. La tela cedió como si fuera papel. Empezó a tocarme con toda la mano abierta. Yo estaba mojada, chorreada. No sé si por los tragos, por la música o por la situación. Me hundió dos dedos despacio, después tres, moviéndolos adentro, mientras el otro me besaba el cuello y me metía la lengua en la oreja. Después el de la barba me hundió la cara entre las piernas. Me chupó el coño ahí, contra la pared, con la gente pasando cerca. Me lamía todo, la raja entera, el clítoris, me metía la lengua adentro y hacía ruido, chupaba fuerte. Me vine ahí parada, contra la pared, mordiéndome la mano para no gritar, apretándole la cabeza contra el coño hasta dejarlo sin aire.
Mi propia respiración se había vuelto pesada. Sentía una tensión culpable creciéndome en el cuerpo, una calentura que me parecía monstruosa y que no lograba apagar. La pija me latía adentro del pantalón, dura como una piedra.
—Cuando terminé de venirme, el de la campera me bajó por los hombros —dijo, y la voz le tembló apenas—. Me obligó a arrodillarme. Se sacó la pija ahí mismo, en el pasillo, y me la puso contra la boca. Era gorda, larga, con la cabeza morada. Me la metió sin preguntarme. Me agarró del pelo con las dos manos y me la clavó hasta el fondo, me hizo tragarla entera, me llegaba hasta la garganta, me daba arcadas y él no aflojaba. Me la sacaba, me pegaba con la punta en la cara, en los labios, y me la volvía a meter. Me la mamé bien, ahí de rodillas, ahogándome, con la baba cayéndome por el mentón. Mientras tanto el de la barba se había puesto atrás, me había levantado el vestido otra vez y me la estaba metiendo por el coño, parado, empujándome contra la boca del otro cada vez que me la clavaba.
Tragó saliva. Yo no podía moverme.
—Me cogieron así un rato largo, sanguchada entre los dos. Uno atrás cogiéndome el coño, el otro adelante cogiéndome la boca. La verga del de la campera me raspaba el paladar. Sentía cómo se me tensaba el culo cada vez que el otro me daba una embestida. Y me gustaba. Me gustaba ser el agujero de los dos.
Hizo una pausa. Se pasó la mano por el pelo pegado.
—Después se turnaron. Me pusieron en cuatro contra unos cajones. El de la barba se salió del coño y le dijo al otro: "probala, está buenísima". Y el de la campera me la metió por el coño. Tenía la pija más gruesa. Me abrió entera, me hizo gemir fuerte. Me la clavaba hasta el fondo con las dos manos apretándome las caderas. Mientras, el de la barba se me paró adelante y me metió su verga en la boca, toda mojada, con gusto a mí, a mi coño. Me obligó a chuparla. Me la mamé sintiéndome, sintiendo mi propio sabor, y no me dio asco, me calentó más.
Levantó los ojos y me miró sin pestañear.
—El de atrás, en un momento, me sacó la pija del coño y me la puso en el culo. Yo nunca me había cogido nadie por ahí. Empujó despacio pero sin preguntar. Me ardió, me quemó, se me escapó un grito que el otro me tapó con la mano. Después empujó más y entró. Me cogió el culo así, en cuatro, con esa pija gorda partiéndome en dos, y yo me dejé. Me dejé todo. El otro seguía en mi boca. Estaba abierta por los dos lados y no pensaba en nada. Ni en mamá, ni en papá, ni en vos. Solo existía esa música tapando todo y mi cuerpo decidiendo por su cuenta.
Se quedó callada, mirándome fijo, con un brillo de lágrima que no terminaba de caer.
—Se vinieron los dos casi al mismo tiempo —prosiguió, casi inaudible—. El de la campera me sacó la pija de la boca y me acabó en la cara. Chorros calientes, en los ojos, en los labios, en el mentón. Yo abrí la boca y traté de tragar lo que caía. El otro me clavó la pija hasta el fondo del culo y me llenó adentro, sentí cómo se venía en pulsos calientes, me quedó goteando por los muslos cuando la sacó. Me dijeron "sos una puta hermosa" y se fueron. Se subieron los pantalones y me dejaron ahí, deshecha, apoyada en los cajones, con el culo abierto y la cara pegajosa. Me limpié como pude con la palma de la mano. Me acomodé el vestido, busqué la bombacha rota en el piso y no la encontré. La perdí en algún rincón de ese boliche de mierda. Salí caminando con las piernas flojas, sintiéndome bajar por los muslos lo que me habían dejado adentro. Tomé un taxi. Y acá estoy.
***
El silencio después de la confesión era espeso, casi sólido. Podía oír mi propio corazón latiéndome en los oídos. La pieza olía a ella: transpiración, perfume ajeno, semen seco, una noche entera condensada en su piel. La miré ahí en el piso, despeinada, manchada, con el vestido arriba de la cintura y el coño hinchado y todavía brillante, contándome su entrega con una franqueza que me desarmaba.
Y en medio del estupor, no pude evitarlo: estaba duro. Tan duro que la pija se me marcaba obscena contra el pantalón, apuntándole a la cara. Era una excitación enferma, oscura, que me llenaba de vergüenza. Su relato me había prendido fuego de una manera que no me animaba a admitir ni a mí mismo.
Ella lo vio. Le bajó la vista directo a mi entrepierna y se le curvó una sonrisa lenta, cansada, cómplice.
Me levanté despacio, con las piernas entumecidas, y me paré frente a ella. Lucía seguía en el suelo, mirándome con ojos desafiantes y suplicantes a la vez.
—Levantate —le dije. La voz me salió baja, cargada de una tensión que no reconocía como mía.
Me obedeció. Se puso de pie temblando, sosteniéndose en la pared. Su cuerpo era un mapa de la noche: vestido arrugado, rímel corrido, pelo revuelto, restos secos en el mentón. Me miró y entendió, antes que yo, lo que estaba pasando entre nosotros.
—¿Y vos? —preguntó, en voz muy baja—. ¿Estás asqueado? ¿Enojado?
La miré fijo. No tenía sentido mentirle.
—Estoy caliente —confesé—. Caliente por vos. Por lo que hiciste. Por lo que me acabás de contar. Tengo la pija dura como una piedra pensando en vos entre esos dos tipos.
Algo cambió en su cara. La dureza se le mezcló con una sorpresa suave, casi un alivio. Dio un paso hacia mí y me pasó la mano por encima del pantalón, apretándome la verga entera con la palma.
—Sos un desastre, hermanito —susurró, y no había reproche en eso, solo una especie de reconocimiento—. Igual que yo. La tenés más grande de lo que pensaba.
La tomé del brazo y la atraje hacia mí. La besé sin pensarlo, y ella me respondió de inmediato, abriéndome la boca, agarrándose de mi remera como si tuviera miedo de que me arrepintiera. El beso tenía gusto a alcohol, a cigarrillo, a semen de otros y a algo prohibido que me nubló por completo. Le sentí en la lengua el sabor de los tipos que se la habían cogido y en lugar de darme asco me puso peor.
La llevé hasta mi pieza medio a tropezones, sin despegar la boca de la suya. En el camino le arranqué el vestido por arriba de la cabeza. Quedó desnuda, con las tetas al aire, más grandes de lo que yo me imaginaba, con los pezones oscuros e hinchados de tanto que se los habían chupado. Le vi las marcas: dedos en las caderas, un mordiscón violeta en el cuello, otro en la teta izquierda, moretones en las nalgas. Estaba usada, marcada, y así, marcada, me parecía más deseable que nunca.
La empujé sobre la cama y ella cayó de espaldas, mirándome desde abajo con los ojos encendidos. Abrió las piernas sola. El coño se le veía rojo, hinchado, brillante, con hilos de semen que todavía le salían de adentro y le manchaban el colchón.
—Vení —dijo, y se pasó dos dedos por la raja, embarrándose—. Cogeme vos ahora. Cogeme como ellos.
Me saqué la ropa con manos torpes. Cuando la pija me saltó afuera, dura, apuntándole, ella se pasó la lengua por los labios. Me arrodillé entre sus piernas y le hundí la cara en el coño sin pensarlo. La lamí ahí donde otros habían acabado, le chupé el clítoris hinchado, le metí la lengua adentro y sentí el gusto salado de los tipos mezclado con el de ella. Tendría que haberme parado. No me paré. La lamí más fuerte, con hambre, agarrándole los muslos, mientras ella se retorcía y me empujaba la cabeza contra el coño.
—Así, hermanito —jadeaba—. Chupamelo. Chupale la leche a tu hermana. Sacame lo que me dejaron adentro.
La chupé hasta que se le arqueó la espalda y me cerró la cara con los muslos, viniéndose contra mi boca con un gemido largo, ronco, sucio.
Me subí sobre ella jadeando. Le aparté el pelo de la cara y la miré un segundo largo, dándole la última oportunidad de frenar todo. No la tomó. Me agarró la pija con la mano y la guio ella misma hasta la entrada del coño.
—Metémela toda —me dijo mirándome a los ojos—. Cogé a tu hermana.
Empujé de una. Entré hasta el fondo. Lucía soltó un gemido grave y clavó las uñas en la sábana. Estaba tan mojada que le entré sin resistencia, la sentí caliente, apretada, resbaladiza por lo suyo y por lo de los otros. La besé en el cuello mientras me movía, primero lento, después con un ritmo que crecía solo, empujado por toda la rabia y todo el deseo confuso que sentía por ella. La cama empezó a golpear contra la pared, seco, rítmico, cada vez más fuerte.
—Así —jadeó contra mi oído—. Más fuerte. No pares. Rompémelo.
La agarré de las nalgas con las dos manos y la levanté un poco, cambiando el ángulo, clavándosela más profundo. Ella me tironeaba del pelo, me arañaba la espalda, gemía cada vez más alto. Le sentí el coño apretarse de golpe alrededor de mi pija y supe que se estaba viniendo otra vez.
La saqué. La di vuelta, la puse en cuatro, con las nalgas paradas, la espalda arqueada, y le volví a meter la pija por el coño de un empujón. Le agarré el pelo con una mano y la cogí así, tirándoselo, escuchándola gemir contra el colchón. Le miré el culo. Le vi el otro agujerito, apretado, todavía rojo del uso reciente. Le pasé el pulgar. Ella empujó las nalgas hacia atrás, ofreciéndomelo.
—Metela ahí también —me dijo con la voz apagada contra la almohada—. Cogeme el culo. Ya lo tengo abierto para vos.
Saqué la pija del coño, chorreada, y le apoyé la punta contra el ojete. Empujé. Entró más fácil de lo que pensaba, todavía flojo de la sesión del boliche. Ella gimió fuerte y arqueó más la espalda. La pija se me metió entera, sentí el culo apretándose alrededor, caliente, más estrecho que cualquier cosa. Empecé a cogerla ahí, agarrándola de las caderas, mirando cómo mi pija entraba y salía del culo de mi hermana, brillante, sin poder creer lo que estaba haciendo.
La di vuelta otra vez, la puse boca arriba, le sostuve las muñecas contra el colchón. Quería mirarla a la cara. Quería que supiera que era yo, que esto era distinto a lo del boliche, que esto era algo nuestro aunque no tuviera nombre. Le volví a meter la pija por el coño, hondo, y la cogí así, mirándola.
—Mirame —le pedí—. Mirame a mí.
Abrió los ojos y no los apartó. Nos movimos juntos, sincronizados, su respiración mezclándose con la mía. Ella se mordía el labio para no gritar y de a ratos no lo lograba. Le agarré una teta, se la apreté, le pellizqué el pezón. Ella gimió más fuerte.
—No me sueltes —dijo, y le tembló la voz—. Quedate. Acabá adentro.
La sentí tensarse de golpe, todo el cuerpo arqueado, las piernas cerrándose alrededor de mi cintura. Se vino con un grito ahogado, clavándome los dedos en los brazos, con el coño convulsionándose alrededor de mi pija en oleadas apretadas. Verla así, deshacerse debajo de mí, escucharla gemir mi nombre, me arrastró a mí también. No me salí. Me clavé hasta el fondo y me vine adentro de ella, en pulsos largos, llenándola, sintiendo cómo se me escapaba entre los dos. Caí sobre su pecho, con la frente apoyada en su hombro, jadeando, con la pija todavía adentro, latiendo.
***
Nos quedamos en silencio un rato largo. Después me acosté a su lado y la abracé fuerte. Sentí cómo se le escurría por los muslos lo que le había dejado adentro, mezclándose con lo de los otros. Olía a la noche entera y, ahora, también a mí. La pieza seguía cargada de ese aire denso, mezcla de sudor, semen y de algo que ninguno de los dos iba a saber explicar al día siguiente.
Me incorporé sobre un codo para mirarla. El vestido tirado en el piso, los ojos por fin tranquilos, clavados en el techo, un hilo blanco escapándosele por la comisura.
—¿Estás bien? —pregunté en voz baja.
Giró la cabeza despacio. Ya no tenía la mirada perdida del principio. Ahora había una calma rara, casi un alivio.
—No sé —dijo—. Me siento vacía y llena al mismo tiempo. Es raro. Es una mierda hermosa.
Sonrió, ni de alegría ni de tristeza, sino de puro reconocimiento.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿Te arrepentís?
Lo pensé un segundo. Tendría que haber dicho que sí. Tendría que haber sentido culpa, asco, miedo. Sentía algo de todo eso, y también lo contrario.
—No —dije—. Y eso es lo que más me asusta.
Se rió bajito, gutural, y se acurrucó contra mi pecho.
—Bienvenido al club —murmuró—. Siempre fui un quilombo. Hoy decidí no esconderlo más. Y resulta que vos sos igual.
Le acaricié el pelo despacio, desenredándole un mechón pegado a la mejilla. Afuera empezaba a aclarar. La luz gris se colaba entre las cortinas y me hacía sentir que, con la mañana, todo esto debería evaporarse, volverse imposible. Pero ella seguía ahí, tibia contra mi cuerpo, desnuda, chorreada de mí, y no se iba.
—¿Y ahora qué? —pregunté, más para mí que para ella.
—Ahora dormimos —dijo, cerrando los ojos—. Mañana vemos. Hay cosas que es mejor no apurarse a entender.
La abracé un poco más fuerte. Sabía que nada iba a volver a ser igual entre nosotros, que habíamos cruzado una línea que no tenía vuelta atrás. Sabía que era un error, que era prohibido, que de contarlo nadie lo perdonaría. Y, sin embargo, ahí abrazado a mi hermana mientras se quedaba dormida, no encontré dentro de mí ni una sola gota de arrepentimiento.
Cerré los ojos también. La respiración de Lucía se volvió lenta, pareja. El olor de la noche se fue diluyendo de a poco, hasta quedar solo el de ella, el de siempre mezclado con el de mi semen entre sus piernas, el que conocía desde chico. Me quedé dormido escuchándolo, con la certeza incómoda de que, de alguna manera retorcida, este era apenas el principio de algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a soltar.