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Relatos Ardientes

La profetisa tenía el cuerpo de su amada

El rey llevaba tres noches sin dormir bien. Se daba vuelta en la cama, escuchaba el silencio del castillo y volvía a empezar: los flancos del ejército enemigo, los túneles de evacuación, las emboscadas preparadas en el bosque. Todo estaba dispuesto. Sus capitanes eran leales, sus arqueros tenían buena puntería, sus espías enviaban informes precisos cada amanecer. Y aun así, algo le royía por dentro, como una astilla que no se ve pero se siente con cada movimiento.

Se sentó en el borde de la cama y apoyó los codos en las rodillas. La habitación estaba a oscuras salvo por la lumbre baja de la chimenea, que proyectaba sombras largas sobre las tapicerías. Tres semanas atrás había enviado a Catalina al norte, con su familia. Era lo más seguro; a ella era a quien sus enemigos buscaban, y no podía arriesgarse a delatar su paradero. Extrañaba su peso en el colchón, su manera de leerle en silencio hasta que los dos se dormían. Extrañaba su voz más que sus consejos, y sus consejos los necesitaba desesperadamente.

Se puso de pie, se echó agua fría en la cara desde el aguamanil y tomó la decisión que llevaba días postergando.

Iría a ver a la adivina.

***

La llamaban así desde hacía generaciones: la adivina del bosque. No tenía nombre propio, o al menos nadie lo conocía. Los que la habían consultado describían experiencias tan dispares que resultaba imposible formarse una imagen coherente. Algunos hablaban de una anciana de voz quebrada que sabía cosas que no podía saber. Otros, de una mujer joven sentada entre hierbas y huesos de animales. Un comerciante de la ciudad baja insistía en que él solo había visto un árbol y una voz, y que aun así le había respondido con exactitud lo que necesitaba oír. Todos coincidían en un único punto: lo que ella auguraba ocurría. Sin excepciones, sin matices, sin margen para la interpretación conveniente.

No era barata. Conseguir una audiencia había requerido intermediarios discretos y una bolsa de oro que no aparecería en ningún registro. Pero si había alguien capaz de calmar aquella astilla que le ardía en el pecho, era ella.

Dejó el caballo deambular por el sendero trasero del castillo sin tirar de las riendas. Eso era lo que decían quienes habían llegado: que no se buscaba el camino, que el camino se aparecía cuando ella quería que lo encontraras. El bosque estaba quieto y sin luna. Un frío húmedo pegaba en la cara y olía a tierra mojada y a pino. El rey cabalgó al paso durante lo que le pareció media hora sin destino fijo, dejando que el caballo eligiera cada bifurcación.

Y entonces, entre dos robles, un fulgor tenue. Azulado. Casi imperceptible, como si hubiera luz propia en la corteza de los árboles. El rey detuvo el caballo y lo observó durante unos segundos. El resplandor no se movía pero tampoco desaparecía. Giró en esa dirección y el camino comenzó a marcarse solo: una piedra con un tono extraño aquí, una rama doblada hacia el lado correcto allá, una hendidura en la maleza que parecía recién abierta. Llegó a una entrada en la roca maciza del pie de la montaña, oscura y apenas visible. Él sabía con certeza que no estaba allí el día anterior; sus huestes habían peinado esa zona tendiendo emboscadas. Dejó el caballo atado a un árbol, se desciñó la espada, y entró.

***

Lo que encontró al otro lado no era lo que esperaba.

Una sala amplia, iluminada por docenas de velas en candelabros de hierro. Un brasero pequeño en una esquina, con lavanda y algo más que no reconoció ardiendo despacio. Un espejo de pie con marco labrado, una cama de cabecero alto con cojines bordados en azul y oro, una alfombra gruesa sobre el suelo de piedra. Era, en todos sus detalles esenciales, una versión exacta de la habitación de Catalina en el castillo.

Y en el centro, sentada en un sillón tallado, estaba su reina.

Llevaba la corona. Las trenzas oscuras le caían sobre los hombros. Una túnica larga, de un azul casi gris, apenas opaca, se abría ligeramente por el centro y dejaba ver que no llevaba nada debajo. Los ojos verdes lo miraron sin parpadear, con una expresión que no era exactamente la de Catalina pero se le parecía tanto que al rey le costó respirar un momento.

—¿Era a mí a quien venías a buscar? —dijo la mujer.

La voz era cristalina, con un eco ligero que no correspondía al tamaño de la sala. El tono era el de Catalina. Solo el tono.

El rey se aclaró la garganta.

—Depende. ¿Hablo con mi reina o con la adivina?

—Con las dos. —Una sonrisa pequeña, casi divertida—. Algo me dice que viniste buscando a ambas, aunque quizás por razones que tú mismo no distingues todavía.

Él avanzó un paso. La túnica tenía la textura de la seda, y el fuego del brasero proyectaba su luz de manera que a veces resultaba casi transparente. El rey se obligó a mantener la mirada en los ojos verdes.

—Hay una guerra inminente. He tomado todas las precauciones posibles. Mis capitanes están listos, las emboscadas preparadas, mi pueblo instruido sobre los caminos de escape. Pero algo dentro de mí no está tranquilo. Una sensación que no sé nombrar y que no me ha abandonado en tres semanas.

La mujer se levantó del sillón con una lentitud deliberada. La túnica cayó y se acomodó a su cuerpo al moverse, resaltando cada curva mientras cruzaba la sala con pasos tranquilos. Él siguió sus movimientos sin poder evitarlo.

—Todas las guerras traen sangre —dijo ella—. La pregunta que te mantiene despierto no es si habrá sangre. Es de quién.

—La de mi pueblo. No tengo herederos aún. Catalina está a salvo en el norte, y sus familiares no permitirán que el enemigo cruce hacia ella. Pero si el invasor avanza, los que dependen de mí pagarán el precio con sus vidas y su libertad. —El rey apretó los dientes—. He hecho todo lo que estaba en mis manos. Pero no sé si es suficiente. ¿Debería evacuar ya? ¿Entregar la ciudad vacía y empezar de cero en otro lugar? ¿O resisto a toda costa y confío en lo que hemos preparado?

La adivina se colocó detrás de él sin hacer ruido. Sintió sus manos en los hombros, cálidas a través de la ropa. El olor era el de Catalina; esa mezcla de aceite de almendras y algo ligeramente dulce que no sabría describir pero que reconocía sin dudarlo. Los pechos de ella rozaron su espalda y le recorrió un escalofrío que no tenía nada que ver con la estrategia militar.

—¿Crees que la huida sería suficiente para tus enemigos? —preguntó ella, con la boca cerca de su nuca—. ¿Que encontrar tierras vacías los detendría?

—No confío en su piedad. Pero me gustaría pensar que algo los disuade de gastar más tiempo y oro en perseguir a quien ya no tiene nada que ofrecer.

Las manos de ella bajaron despacio por sus brazos, con una presión firme sobre los músculos tensos de tanto entrenamiento y tanto peso de armadura. El rey notó que la ansiedad que lo había acompañado durante semanas empezaba a ceder, no del todo, pero sí lo suficiente para sentir el hueco que dejaba. Ella lo giró suavemente hasta quedar frente a frente. Tenía los labios entreabiertos y los ojos fijos en los suyos.

—Hay esperanza —dijo ella, muy bajo—. Pero no puedo mostrártela con palabras. El camino que necesitas ver no cabe en el lenguaje.

Bajó la mano y la apoyó sobre su vientre. Luego más abajo.

—Necesito que estés aquí —susurró—. No en el campo de batalla. Aquí. Conmigo. Solo así puedo darte lo que viniste a buscar.

Él sintió el calor de la mano a través de la ropa. Llevaba semanas sin Catalina, sin ese contacto, sin esa calidez que era la única cosa capaz de hacer que la mente se callara por un rato. Y allí estaba ella, o algo que la contenía, ofreciéndole exactamente eso.

—Ni siquiera sé tu nombre —dijo él.

—Llámame como quieras. —Ella sostuvo su mirada—. Llámame Catalina, si eso te ayuda a estar presente.

***

La llevó hacia la cama sin soltar su mano. Cuando ella se recostó sobre los cojines bordados y la túnica se abrió del todo, él tardó unos segundos en moverse. Solo para mirar. Era hermosa de una manera más directa e intensa que cualquier cosa que hubiera visto antes, como si su cuerpo hubiera sido construido para ser contemplado en ese momento exacto, bajo esa luz exacta.

Se sentó a su lado y empezó por el cuello, despacio. Ella inclinó la cabeza y dejó escapar un sonido suave. Él bajó por la clavícula con la boca, hasta llegar a los pechos. Los pezones estaban duros y él los tomó con la lengua uno por uno, sintiendo cómo ella tensaba los músculos del abdomen con cada contacto. Pasó de uno al otro sin apresurarse. No tenía prisa. El tiempo aquí funcionaba de otra manera; lo notaba en la misma quietud del aire, en la manera en que las velas no parpadeaban.

Su mano bajó por el vientre de ella, lenta, y continuó hasta llegar entre sus piernas. Estaba caliente y húmeda. Un dedo empezó a moverse despacio, lubricado con su propio flujo, siguiendo el ritmo de su propia respiración. La adivina movió las caderas ligeramente, acomodándose, y empezó a gemir con sonidos breves que fueron creciendo a medida que él aumentaba el ritmo.

—Sigue —dijo ella, con los dientes apretados.

Él siguió. Metió dos dedos y continuó mientras volvía con la boca a sus pechos. Los músculos de ella empezaron a contraerse, su respiración se aceleró y los jadeos se hicieron continuos. Cuando notó que estaba al límite retiró la mano, se posicionó entre sus piernas y la miró a los ojos un instante antes de entrar.

La penetró de una sola vez, con toda la tensión acumulada de semanas de soledad y miedo. Ella exhaló un sonido cortado y lo rodeó con las piernas, atrayéndolo más adentro. Él empujó una y otra vez con un ritmo firme y profundo, sin apresurar pero sin contenerse, como si el fondo de ella guardara algo que necesitaba alcanzar. La sensación era diferente a todo lo que recordaba. Más intensa. Más presente.

Nunca había sentido algo así, ni siquiera con Catalina. Y sin embargo era como estar con Catalina, multiplicado por algo sin nombre.

La boca de ella encontró su cuello. Sus dientes rozaron la piel sin morder. Sus manos recorrían su espalda con una presión que variaba entre suave y urgente, como si también ella estuviera buscando algo en él. Él se hundió más y más, hasta que ella enredó los tobillos en su cintura y con un movimiento fluido invirtió la posición.

Lo miró desde arriba. Los pechos se movían con su propio ritmo. Empezó a moverse con una cadencia ondulante y profunda, cargando todo el peso hacia abajo con cada balanceo. Él la tomó por las caderas y se dejó llevar, mirándola fijamente mientras la tensión en su cuerpo se volvía insostenible. Deslizó los pulgares hacia el frente y la acarició mientras ella continuaba. Ella echó la cabeza hacia atrás, expuso la garganta y los jadeos se hicieron seguidos y altos.

Él elevó las caderas para encontrar sus movimientos. Una vez. Otra. La sujetó con fuerza y entró por última vez lo más profundo que pudo.

Y entonces la habitación desapareció.

***

Con los ojos cerrados y el cuerpo todavía agitado, vio.

Vio el campo antes del amanecer. Vio el flanco izquierdo del ejército enemigo, más débil de lo que sus espías habían informado; una información que nadie tenía todavía pero que llegaría al día siguiente. Vio el momento exacto en que debía ordenar el avance de la caballería. Vio el rostro de su primer capitán, vivo, después de la batalla. Vio su propio estandarte sobre los muros de la ciudad intacta, en pie, sin ceniza.

Y al final, antes de que todo se disolviera, vio unos ojos verdes en el horizonte. Devolviéndole la mirada. No eran exactamente los de Catalina. Pero tampoco eran completamente distintos.

La visión se fue. Solo quedó el agotamiento del cuerpo y una ligereza extraña que no cuadraba con el momento, como si alguien le hubiera quitado el peso de los hombros mientras dormía.

Abrió los ojos.

No había nadie a su lado. La sala suntuosa se había esfumado. Estaba tendido sobre el suelo de piedra de una cueva sin luz, rodeado de tierra y polvo acumulado de meses. Ni velas, ni brasero, ni cama bordada. Solo la oscuridad y el frío de la roca, y el sonido de su propia respiración normalizándose poco a poco.

Se sentó despacio. Esperó.

Tenía lo que había venido a buscar.

Se puso de pie, salió de la cueva y encontró al caballo donde lo había dejado. Montó sin apresurarse. El bosque estaba igual de oscuro que antes, pero ya no le pesaba. Tomó el camino de regreso al castillo con la mente clara y un plan concreto formándose en cada paso del animal sobre la tierra húmeda.

Sabía lo que tenía que hacer.

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Comentarios (5)

elBohemio

Tremendo relato!!! Nunca lei algo tan bien ambientado, se nota que le pusiste mucho cuidado

Florencia_R

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas

PatricioSur

Me metí tan adentro en la historia que perdi la nocion del tiempo. Qué manera de escribir

Seba_Norte

La escena de la cueva... madre mia. Se sintio increiblemente real

LectoFan_ar

Buenisimo!! La premisa es original, hace rato que no leia algo asi

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