El africano que me poseyó en sueños
Vivo sola desde hace doce años en un pueblo de cuatro mil almas donde todos se conocen y nadie guarda secretos demasiado tiempo. A mis cuarenta y ocho años, he aprendido a que eso no me importe. Lo que sí me importa, lo que me ha importado durante casi una década con una constancia que ya no me sorprende, es una fantasía que cargo conmigo como quien lleva una piedra en el bolsillo: la de sentir a un hombre africano dentro de mí.
No es un capricho pasajero. Es una obsesión que ha crecido despacio, alimentada por imágenes fragmentadas, por sueños que me dejan con las sábanas húmedas y un calor en el bajo vientre que tarda horas en apagarse. No sé exactamente de dónde viene. Quizá de aquella película que vi hace años, o del breve encuentro en un aeropuerto con un hombre de Guinea que me sonrió de una manera que todavía recuerdo. Lo que sé es que está ahí, fija, insistente, tan parte de mí como el color de mis ojos.
Tengo mis alivios. Amigos de confianza, hombres del pueblo o de los alrededores, con quienes de vez en cuando compartimos una cena, una copa y una noche sin complicaciones. Nos queremos bien, nos deseamos lo suficiente, y al día siguiente volvemos a nuestras vidas sin miradas raras en la plaza. Me hacen bien, de verdad que sí. Pero siempre, en algún momento de esas noches, cuando cierro los ojos y el placer sube, mi mente va a otro lugar. Un lugar donde la piel que me toca es más oscura, las manos más grandes, el cuerpo más imponente.
Por eso, la mayoría de las noches, cuando la casa está en silencio y la oscuridad es completa, soy yo la que me visito a mí misma.
Me tumbo con las piernas ligeramente abiertas y dejo que la mano baje despacio. Me toco sin prisa, aprendiendo de nuevo lo que ya sé, dejando que el calor se acumule. Y pienso en él. No tiene un rostro fijo, pero sí tiene una forma: alto, de espalda ancha, piel tan oscura que brilla bajo cualquier luz. Lo imagino entrando a mi cuarto, mirándome como si supiera exactamente lo que quiero. La escena cambia en los detalles, pero el centro es siempre el mismo.
La noche de la que quiero hablar, sin embargo, fue diferente a todas las demás.
***
Había llovido toda la tarde. Bebí una copa de vino sola, mirando el agua resbalar por el cristal de la ventana, sin encender la televisión. Me bañé despacio, me puse el camisón de tirantes que reservo para las noches de calor aunque ya no era verano, y me metí en la cama. Empecé a tocarme como siempre, pensando en él, dejando que la imagen tomara forma en la oscuridad detrás de mis párpados. Pero el sueño me atrapó antes de que pudiera terminar, como quien resbala en el borde de una piscina y cae de golpe al agua.
Y entonces estaba ahí.
Sonó el timbre. En el sueño no me pareció extraño que fueran las once de la noche. Abrí la puerta descalza, con el camisón puesto, y lo vi: un hombre enorme en el umbral, casi dos metros, con una mochila al hombro y la lluvia brillando en su piel. Se llamaba Koffi, me lo dijo con una voz tan grave que sentí la vibración en el pecho. Era de Costa de Marfil, estaba de paso, se había perdido buscando un alojamiento y el teléfono no daba señal.
Debería haberle dado indicaciones y cerrado la puerta. En cambio, me aparté para dejarle pasar.
Saqué la botella de vino tinto que guardaba para ocasiones sin nombre y nos sentamos en el sofá. Koffi hablaba de su país con esa calma tranquila de quien ha visto cosas que no caben en conversaciones pequeñas: las plantaciones de cacao al sur, los mercados de Abiyán, el olor del océano mezclado con el de la tierra mojada. Yo hablaba poco. Me dedicaba a mirarlo. Sus manos enormes rodeando el vaso, la línea limpia de su mandíbula, la forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba.
En algún momento dejé de fingir que prestaba atención a lo que decía. Él también dejó de hablar.
Me miró un segundo, solo un segundo, y luego se inclinó y me besó. Un beso lento, sin urgencia, sus labios anchos y cálidos encontrando los míos con una precisión que me dejó sin aire. No fue un beso de pregunta. Fue un beso de respuesta, como si los dos lleváramos rato esperando que alguien lo hiciera primero. Le devolví cada milímetro.
***
Me llevó al dormitorio con una mano en mi cintura, sin apresurarse pero sin rodeos. Cerró la puerta con el pie. Me miró de arriba abajo con los ojos entornados, y había en esa mirada algo que no era lascivia sino reconocimiento, como si supiera exactamente qué era lo que yo llevaba cargando todos esos años.
Me quitó el camisón por encima de la cabeza y me dejó de pie frente a él, desnuda. No bajó la mirada de golpe. Me miró primero a los ojos, y en ese segundo de silencio pasó algo que no supe nombrar pero que sentí en todo el cuerpo. Luego sí bajó la mirada, despacio, y lo que leyó en su cara fue aprobación.
Me empujó suavemente hacia la cama y se arrodilló entre mis rodillas. Sus labios empezaron por el cuello, bajaron a mis hombros, encontraron mis pechos. Tomó un pezón entre los dientes con una delicadeza calculada que me hizo doblar la espalda hacia él. Su aliento era cálido, su lengua más. Alternaba entre los dos sin prisa, observando qué respuestas obtenía, aprendiendo antes de seguir.
Bajó más. Su boca entre mis piernas fue paciente y meticulosa. No fue un preludio rápido sino una atención completa, como si no tuviera ningún otro sitio donde estar. Me abrió con los dedos y exploró con la lengua, lento al principio, ajustando el ritmo según lo que escuchaba. Cuando encontró el movimiento exacto no lo cambió. Lo mantuvo, constante, preciso, hasta que mis muslos temblaron y el orgasmo llegó como una ola larga sin cresta, solo profundidad.
Grité su nombre. En el sueño lo sabía perfectamente.
Me dejó un momento, respirando contra mi piel. Luego se incorporó y empezó a desvestirse. Lo miré quitarse la camiseta: la espalda ancha, los hombros, el torso esculpido sin exageración. La piel tan oscura que en la penumbra de la lámpara parecía absorber la luz. Cuando se bajó los pantalones y el bóxer de una sola vez, contuve el aliento.
Era exactamente como lo había imaginado cientos de veces. Exactamente.
Grande, grueso, completamente erecto. Me lo quedé mirando más de lo que es educado mirar algo. Él lo notó y no dijo nada.
—Ven —dije.
***
Se colocó encima de mí, apoyando el peso en sus brazos. El primer contacto de su pecho contra el mío, de su piel negra contra la mía clara, fue algo que no sabría describir con exactitud. La diferencia de temperatura, de textura. La sensación de estar debajo de algo muy grande y muy seguro al mismo tiempo.
Entró despacio. Con cuidado, centímetro a centímetro, deteniéndose para mirarme, para asegurarse de que estaba bien. Estaba más que bien. Era una presión que se expandía y llenaba hasta que no quedó espacio para nada más, y esa plenitud era exactamente lo que había estado buscando sin saber cómo pedirlo.
Cuando empezó a moverse, lo hizo con un ritmo constante y profundo. Cada embestida llegaba hasta el fondo y volvía casi hasta salir. Sentía cada centímetro del recorrido. Mis dedos encontraron su espalda y se clavaron en ella sin querer, dejando marcas que ninguno de los dos iba a lamentar.
El segundo orgasmo llegó más rápido que el primero, sorprendiéndome. Mi cuerpo se cerró alrededor de él involuntariamente, y él sintió el espasmo y lo siguió con embestidas más cortas y firmes hasta que yo terminé de sacudirme debajo de él. Después se detuvo, me besó en la sien con una ternura que no esperaba, y preguntó en voz baja si quería seguir.
No contesté con palabras.
***
Me di la vuelta. Él entró desde atrás, con las manos en mis caderas, y desde esa posición llegaba todavía más adentro. El sonido en la habitación —la cama, su respiración, la mía, la lluvia afuera— se fundió en una sola cosa. Me aferré a la almohada y hundí la cara en ella para no gritar demasiado fuerte. El tercer orgasmo llegó con fuerza, limpio, sacudiéndome desde adentro hacia afuera.
Después me puse encima y llevé el ritmo yo. Era diferente desde arriba: podía controlar la profundidad, el ángulo, la velocidad. Lo miré a la cara mientras me movía, y él me miraba con los ojos entrecerrados y las manos en mis caderas sin dirigirme, solo acompañándome. Había algo en ese intercambio de miradas, en el hecho de que los dos supiéramos exactamente lo que estaba pasando, que fue más intenso que cualquier posición. El cuarto orgasmo me llegó mientras lo miraba directamente a los ojos, y no los cerré.
Cuando terminé, él seguía aguantando.
—Ahora tú —dije.
Me abrazó por la cintura, se incorporó sin separarse de mí y terminó de pie junto a la cama, sosteniéndome en el aire. Su orgasmo fue silencioso pero físico: todo el cuerpo se tensó, sus brazos me apretaron con una fuerza que rozaba el límite, y sentí el calor dentro de mí en pulsos lentos. Nos quedamos así un momento, inmóviles, sin separarnos todavía.
***
Después fuimos a la ducha. El agua caliente caía sobre los dos y nos enjabonamos el uno al otro con esa intimidad rara que tiene el contacto sin urgencia, cuando ya no hay nada que demostrar. Le pasé las manos por la espalda, por los hombros, siguiendo la línea de los músculos. Él me lavó el cabello, algo que ningún hombre me había hecho nunca en la vida real, con sus dedos grandes masajeando el cuero cabelludo con una paciencia que me resultó casi más íntima que todo lo anterior.
El deseo volvió bajo el agua. No sé quién empezó. Me apoyé contra los azulejos y él entró de nuevo, lento, con el agua cayendo sobre su nuca y escurriendo entre los dos. Fue el quinto orgasmo de la noche, de pie, con los dedos de los pies encogidos en el suelo de la ducha y las manos aferradas a sus hombros para no caerme.
Nos secamos en silencio. Volvimos a la cama.
Dormimos abrazados, su brazo debajo de mi cuello, mi mano sobre su pecho. Y a mitad de la noche me desperté —en el sueño me desperté—, y él también estaba despierto, y empezamos otra vez sin decir nada, con esa tranquilidad de quien no tiene ningún otro sitio donde estar y no tiene prisa por llegar a ninguna parte. La última vez fue al amanecer, con la luz gris colándose por la persiana. Suave, casi tierna. Los dos agotados, los dos queriendo un poco más.
***
Me desperté de verdad con el corazón acelerado y la mano entre las piernas.
La cama estaba vacía. La habitación era la mía, con la mancha de humedad en el techo que conozco de memoria y el despertador que marcaba las seis y cuarto. La lluvia había parado. Afuera empezaba a oírse el primer pájaro.
Me quedé quieta varios minutos, sin moverme, dejando que el sueño se asentara antes de que se evaporara. Lo retuve todo lo que pude: su voz, la textura de su piel, el peso de su cuerpo, la sensación de haber sido completamente llenada. Cada detalle era nítido, como si hubiera pasado de verdad, como si pudiera darme la vuelta y encontrarlo todavía ahí.
Luego me levanté, fui a la cocina y me hice un café.
Mientras lo tomaba, mirando por la ventana el pueblo que despertaba igual que todos los días, pensé en lo que había pasado. No con nostalgia, sino con algo más parecido a la gratitud. Hay fantasías que no necesitan cumplirse para ser reales. El deseo que llevo dentro no es una carencia: es algo mío, algo que conozco bien, que he cultivado durante años con la misma dedicación con que alguien cuida un jardín que solo él puede ver. Esa noche con Koffi, aunque no existiera más que en mi cabeza, fue tan verdadera como cualquier otra noche de mi vida.
Quizá más verdadera que algunas que sí ocurrieron.
Me serví otra taza, me senté frente a la ventana y dejé que el sol de la mañana me calentara la cara. En el pueblo, los primeros vecinos abrían sus persianas. Yo sonreía sola, con el café entre las manos, guardando mi secreto con cuidado.