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Relatos Ardientes

El desconocido de la procesión me volvió loca

Aquel viaje no tenía nada planeado. Era el tipo de escapada que te permites cuando necesitas respirar diferente: una ciudad que conoces de memoria, unas calles que te reciben sin preguntas, y unos días sin otra obligación que dejarte llevar. Costumbre, tradición o simplemente el placer de perderse entre la gente, todo valía con tal de estar allí de nuevo.

La Semana Santa le daba a la ciudad una dimensión distinta. El aire cambiaba de densidad. Las calles perdían su ritmo habitual y lo sustituían por algo más solemne y, a la vez, más visceral. El bullicio no era el de cualquier fiesta: tenía peso, memoria, una emoción contenida que estallaba en los momentos más inesperados.

La tarde había transcurrido con una suavidad extraña para la época. Sol sin agobiar, brisa que olía a sal e incienso mezclados, y una temperatura que invitaba a no tener prisa. Caminábamos sin rumbo, mi grupo de amigas y yo, dejándonos guiar por el ruido y la curiosidad.

***

Nos detuvimos frente a una taberna que parecía resistirse al paso del tiempo. Estaba encajada entre soportales, apenas anunciada por un letrero de azulejos, y dentro todo era lo contrario de lo que la calle prometía: paredes cubiertas de fotografías y banderines viejos, barra de madera gastada, y un olor a vino de la tierra y a fritura que resultaba casi reconfortante. La llamaban «El Portalón», y su fama en el barrio era más que merecida.

El camarero de la tarde —un hombre mayor con delantal verde y bigote generoso— despachaba con esa mezcla de humor y eficiencia que solo se aprende con los años. Pedimos lo que nos señaló él, que siempre es la mejor decisión en sitios así.

—¡Una de croquetas para la cuatro! —gritó, sin perder la sonrisa.

El ambiente era cómodo, ruidoso de la manera correcta. Conversaciones entrecruzadas, risas sin motivo aparente, algún brindis espontáneo. Nuestras mentes, ya algo liberadas por el vino y la distancia del día a día, se habían olvidado por un rato de todo lo que nos esperaba en casa.

***

Fue entonces cuando llegó el sonido.

Primero lo sentí antes de escucharlo: una vibración en el pecho, grave y rítmica, que se coló entre el murmullo del bar antes de que nadie supiera qué era.

Después, el tintineo de la campana. Claro, insistente, capaz de silenciar una sala entera.

Todos nos acercamos a los cristales. Un trono de dimensiones imposibles ocupaba la calle, avanzando despacio con esa solemnidad que hace que el tiempo parezca suspenderse. La nube de incienso lo envolvía todo, y entre los portadores que sostenían aquella estructura monumental, uno llamó mi atención de una manera que no supe explicarme en ese momento.

Era alto. Ancho de hombros. Con esa belleza concreta y sin adornos de quien no necesita esforzarse para imponerse. Rasgos marcados, piel bronceada, expresión concentrada en el esfuerzo. No miraba a nadie en particular.

Hasta que me miró a mí.

Solo un segundo. Quizás dos. Los suficientes para que algo se moviera dentro de mí con una precisión que no esperaba. Sentí el coño apretarse solo, un tirón caliente entre las piernas que me hizo cruzarlas sin darme cuenta, como si el simple peso de su mirada me hubiera metido la mano dentro de la falda desde el otro lado del cristal.

El trono siguió su paso calle abajo. La campana fue apagándose a lo lejos. El bar volvió a su ruido habitual.

Pero yo ya no era la misma que había entrado.

Salí antes de que mis amigas se dieran cuenta. Necesitaba aire, aunque el aire de la calle oliera igual que el de dentro: a incienso y a frituras y a noche que empezaba.

Me quedé parada en la acera, mirando en la dirección en que el trono había desaparecido, sin saber muy bien qué esperaba encontrar.

—¿Buscas algo? —preguntó una voz a mi izquierda.

Era él.

La altura que recordaba, pero más cerca. Un aroma llegó antes que sus palabras: algo amaderado, cálido, que no reconocí de inmediato pero que se me quedó grabado desde ese instante.

Hubo un segundo de silencio. Uno de esos silencios en los que cabe demasiado.

Su mano rozó mi cintura casi sin querer —o quizás no sin querer, pero tampoco con premeditación— y el roce bastó para que algo que había permanecido contenido toda la tarde encontrara por fin una grieta por donde salir. Las bragas ya se me estaban humedeciendo con solo tenerlo cerca.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, cerca de mi oído.

—Valentina —respondí.

Cinco minutos. Quizás menos. Un cruce de miradas, un roce de piel, su voz grave mezclada con el murmullo de la procesión que se alejaba. No pasó nada más.

Y aun así, cuando volvió a incorporarse a la multitud y yo me quedé sola en la esquina intentando recordar cómo se respiraba, supe que aquello había sido demasiado para no seguir.

***

La noche avanzó con esa inercia propia de las ciudades en fiesta. Recorrimos más calles, vimos más tronos, compartimos más vino. El recuerdo de aquel hombre seguía ahí, pero difuminado por el tiempo y el cansancio, como una nota musical que se apaga sin desaparecer del todo.

Cuando alguien propuso terminar la noche en «La Fragua», yo no me opuse. Era un local que conocía de otras visitas: música alta, tapas decentes y una mezcla de gente que iba desde los cofrades recién terminada la procesión hasta los que simplemente buscaban acabar la noche con algo de ambiente.

Estaba hasta los topes. La cola en la puerta era de esas que hacen plantearte si merece la pena, pero dentro alguien ya guardaba sitio, así que avanzamos.

Sonaba «Corazón partío» cuando crucé la sala hacia los baños. La había escuchado mil veces, pero esa noche tenía otro peso: me devolvía al callejón, a la mano que me había rodeado la cintura sin terminar de rodearla, al nombre que me había preguntado como si ya supiera que yo se lo diría.

Me detuve cerca de la barra. Pedí algo. Dejé el vaso sin tocar.

Estaba esperando, aunque no supiera exactamente qué.

Y entonces lo vi.

***

Estaba en la puerta. Sin la túnica, sin el peso solemne de antes. Pantalón oscuro, camisa clara con el cuello ligeramente abierto. Llegó con un grupo: amigos, parejas, esa clase de compañía que habla de una vida organizada y sin fisuras.

A su lado, una mujer. Atractiva, segura de sí misma, con la mano puesta en su brazo con la naturalidad de quien lleva tiempo reclamando ese espacio.

Los observé desde la distancia con esa mezcla de resignación y fascinación que te da saber que algo no es tuyo y que tampoco deja de interesarte.

Me dije lo que siempre me digo en esos casos: que hay cosas que solo existen en el espacio de un momento. Que lo que había pasado en aquella esquina era exactamente eso: un instante sin continuación ni explicación.

Y me lo creí durante exactamente dos minutos.

Porque entonces él levantó la vista.

No buscaba con urgencia, no con ese escáner nervioso de quien sabe que está haciendo algo que no debería. Lo hizo con calma, con esa paciencia tranquila de quien sabe exactamente dónde va a mirar antes de mirar. Y cuando sus ojos llegaron a los míos, no hubo sonrisa. No hubo gesto que nadie más pudiera leer.

Solo ese reconocimiento silencioso. Esa certeza compartida que no necesita palabras.

Tal vez me había equivocado al pensar que aquello no tenía continuación.

***

Veinte minutos más tarde decidí marcharme. No era tarde, pero el cansancio y algo más difícil de nombrar me pesaban en los hombros. Me despedí de las que quedaban con la promesa de un mensaje al llegar, empujé la puerta, y el aire de la calle me recibió más frío de lo que recordaba.

Caminé dos manzanas sin rumbo, con los zapatos resonando sobre los adoquines y el ruido del bar alejándose detrás de mí.

Supe que venía antes de oírlo.

Hay presencias que el cuerpo reconoce antes que la mente. Una variación en el aire, algo que cambia en la temperatura de la noche sin que puedas señalar exactamente qué.

No me giré. No fue necesario.

Su mano encontró mi muñeca con suavidad, sin brusquedad, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre lo que estaba proponiendo. Señaló con un gesto mínimo de cabeza hacia una callejuela que se abría a la derecha: estrecha, casi sin luz, con las paredes de cal blanca brillando débilmente bajo la única farola que aún funcionaba.

Entré.

***

No hubo conversación. No hacía falta.

En cuanto la boca de la callejuela nos tragó, me empujó contra la pared y su boca cayó sobre la mía sin preámbulos. No fue un beso: fue una mordida, una invasión de lengua y dientes, un morderme el labio hasta que se lo devolví con la misma rabia. Sabía a vino y a algo más ácido, a noche larga, y yo se lo chupé todo con una avidez que hasta a mí me sorprendió.

—Sabía que ibas a salir —murmuró contra mi cuello, mientras su mano ya subía por la parte interna de mi muslo, buscando bajo la falda—. Llevo toda la puta noche pensando en esto.

—Cállate y tócame —le contesté, y le mordí la oreja.

Sus dedos encontraron la tela de las bragas y no perdió el tiempo. Las apartó a un lado de un tirón, y cuando dos de sus dedos me abrieron el coño de golpe, mojado y caliente como estaba desde hacía horas, se me escapó un gemido que tuve que ahogar contra su hombro.

—Joder, estás empapada —dijo, con una sonrisa oscura en la voz—. ¿Todo esto es para mí?

—Todo esto es tuyo desde que me miraste desde el trono.

Sus dedos empezaron a moverse dentro de mí, curvándose, buscando ese punto exacto, mientras el pulgar me presionaba el clítoris con una precisión que me hizo doblar las rodillas. Yo tenía una mano hundida en su pelo y la otra buscándole la polla por encima del pantalón: la sentí dura, gruesa, empujando contra la tela como si quisiera romperla.

Le bajé la cremallera. Metí la mano dentro del bóxer y la agarré, y el gruñido que soltó contra mi cuello me erizó la piel. Era grande, caliente, con la punta ya húmeda de tanto haberla contenido. Le pasé el pulgar por el glande, se lo esparcí a lo largo del tronco, y empecé a masturbarlo con la misma insistencia con la que él me estaba follando con los dedos.

—Chúpamela —le pedí. Necesitaba tenerla en la boca antes de tenerla dentro. Necesitaba saber a qué sabía.

No hizo falta que insistiera. Me presionó los hombros hacia abajo y yo me arrodillé en los adoquines sin pensarlo, con la espalda apoyada en la pared de cal. La saqué del todo. Era todavía más gruesa de cerca, la vena marcada por debajo, el glande brillante bajo la luz débil de la farola.

Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, mirándolo desde abajo. Vi cómo apretaba la mandíbula. Vi cómo su mano se cerraba contra la pared, buscando algo a lo que agarrarse.

—Métetela entera —masculló—. No me hagas esperar más.

Me la metí en la boca de golpe, tanto como pude, hasta que la sentí golpearme el fondo de la garganta y las lágrimas me nublaron la vista. Empecé a mamársela con hambre, chupando fuerte, dejando que la saliva me cayera por la barbilla y le empapara los cojones. Él me agarró del pelo, hizo un moño improvisado con mi coleta y empezó a marcarme el ritmo, follándome la boca despacio primero y después con embestidas más profundas, sin cuidado, mientras yo lo miraba desde abajo con los ojos llorosos y el coño chorreando entre las piernas.

—Así, joder, así, no pares —jadeaba—. Qué bien lo haces, qué bien la chupas, puta.

La palabra, en su boca y en ese momento, me encendió más. Me la saqué solo para lamerle los huevos, para pasarle la lengua plana por debajo, y volví a tragármela hasta que noté que si seguía se iba a correr en mi boca.

Él lo notó también. Me sacó del pelo hacia arriba, me puso de pie, y me giró contra la pared de un movimiento.

—Voy a follarte hasta que no te acuerdes ni de cómo te llamas.

La pared de cal fría contra mi mejilla. Sus manos en mis caderas, firmes, decididas. Me subió la falda hasta la cintura, me arrancó las bragas del todo esta vez —las oí romperse por la costura— y me abrió las piernas con la rodilla. El sonido amortiguado de la ciudad, a dos calles de distancia, completamente irrelevante.

Cuando entró en mí, exhalé de golpe, con los dientes apretados para no gritar. Me la clavó entera de una embestida, hasta el fondo, y sentí cómo me estiraba, cómo me llenaba de golpe después de tantas horas esperando esto sin saberlo. Los músculos del coño se le cerraron alrededor y él soltó un «joder» ronco contra mi nuca que me hizo empujar el culo hacia atrás pidiendo más.

—Cállate —me susurró al oído, mientras me tapaba la boca con una mano—. Que nos van a oír.

No era suavidad lo que buscábamos. Era exactamente esto: el roce del muro contra mi piel, el peso de su cuerpo, la respiración entrecortada de los dos mezclada con el silencio de la calle. Empezó a follarme fuerte, con embestidas largas y profundas que me hacían chocar el pubis contra la pared, cada empuje sacándole a mi coño un sonido húmedo y obsceno que rebotaba entre las paredes estrechas.

Cada movimiento era la respuesta a algo que ninguno de los dos había dicho en voz alta. Cada jadeo ahogado contra la palma de su mano, cada presión de sus dedos contra mis costillas, era la continuación de esa primera mirada que cruzamos horas antes frente al trono.

Y entonces, sin poder evitarlo, pensé en ella. En la mujer del bar. En su mano sobre su brazo. En la seguridad con la que reclamaba su lugar a su lado. Pensé en que probablemente lo estaba esperando en la puerta del local, sin sospechar que su tío o su marido o lo que fuera me estaba partiendo el coño contra una pared de cal a dos manzanas.

El pensamiento no me detuvo. Me hizo aferrarme más. Le mordí la palma de la mano que me tapaba la boca.

—Más fuerte —le pedí cuando la apartó un segundo—. Fóllame más fuerte, no seas cabrón.

Él soltó una risa oscura, sin aire, y me obedeció. Me agarró del pelo, tiró hacia atrás para levantarme la cabeza, y empezó a embestirme con una violencia nueva, chocando los muslos contra mi culo con un sonido de piel contra piel que se me metía en los oídos como música. Con la otra mano me buscó por delante, encontró el clítoris resbaladizo, y empezó a frotármelo con dos dedos al mismo ritmo brutal con el que me follaba por detrás.

—Córrete —me ordenó al oído, con la voz destrozada—. Córrete en mi polla, quiero notarlo.

Lo que ocurría en ese callejón no pertenecía al orden lógico de las cosas. Era el espacio exacto donde la noche y el deseo y los acordes de aquella canción que todavía resonaban en mi cabeza convergían en algo sin nombre, y que tampoco lo necesitaba.

Cada embestida se volvía más profunda, más exigente. Yo empujaba hacia atrás, buscando más, sin importarme el frío ni la pared ni nada que no fuera esa polla dentro y esos dedos encima. Me subió por dentro como una ola: primero el temblor en los muslos, después el calor concentrándose bajo su mano, y después el estallido, el coño cerrándose en espasmos alrededor de su polla mientras yo me mordía el propio brazo para no gritar.

—Eso es, joder, así —jadeaba él contra mi oído—, qué apretada, qué apretada estás.

No paró. No me dio tregua. Me siguió follando durante lo que se me hicieron minutos larguísimos, cabalgando mi corrida, alargándomela, hasta que su ritmo se rompió y noté cómo la polla se le hinchaba todavía más dentro de mí.

—Fuera —le pedí en un susurro, apenas con voz.

La sacó en el último segundo. Sentí el chorro caliente estallándome contra la parte baja de la espalda, contra las nalgas, mientras él soltaba un gruñido ronco y contenido que se quedó en el aire de la callejuela como si también quisiera quedarse. Se corrió a chorros, largo, marcándome la piel con su semen mientras seguía apretándose contra mí, con la polla latiendo entre mis nalgas.

Nos quedamos así unos segundos, jadeando los dos, con su frente apoyada en mi nuca y su mano todavía plantada en mi cadera como si tuviera miedo de que me fuera.

***

Cuando terminamos, el silencio de la calle volvió de golpe.

Nos recompusimos sin hablar. Él sacó un pañuelo del bolsillo y me limpió la espalda con una delicadeza rara después de lo que acababa de pasar. Se ajustó la camisa, se metió la polla todavía a medio bajar dentro del pantalón. Yo recuperé la falda, dejé las bragas rotas tiradas en el suelo, apreté los muslos y noté que aún estaba goteando por dentro. No hubo despedida elaborada, ni número de teléfono, ni promesa de nada.

Solo su mirada, una última vez, antes de que doblara la esquina hacia la calle principal. Se pasó la mano por el pelo, se recompuso, y volvió a ser el hombre que aquella mujer esperaba en la puerta del bar.

Y yo me quedé apoyada en la pared de cal blanca, con el corazón todavía acelerado, el coño palpitando entre las piernas y la certeza absoluta de que nunca volvería a escuchar el tintineo de una campana sin pensar en él.

Habíamos sido salvajes, descuidados, infieles. Y precisamente por eso, ninguno de los dos lo olvidaría jamás.

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Comentarios(8)

PatriciaW82

Que buenisimo!! me tuvo pegada desde la primera linea, no pude parar de leer

Curiosa_BA

Por favor tiene que haber una segunda parte, quedé con ganas de saber que pasó despues con ese hombre

SoniaNoche

Me recordó a algo que me pasó hace tiempo en una fiesta, aunque no terminó tan... interesante jajaja. Muy buen relato!

Marcos_Rdp

increible!!! sigue escribiendo asi

CuriozoBA

Eso es real o pura fantasia? porque escribis como si hubieras vivido cada detalle

ValentinaCba

Me encanto la tension desde el principio hasta el final, muy bien construido. Gracias por compartir!

LectorNocturno_BA

La mirada inicial lo dice todo sin decir nada... qué habilidad para crear esa atmosfera. Muy buen trabajo

lauG_Cba

Se me hizo muy corto jaja, quiero mas!!

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