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Relatos Ardientes

La fantasía que llevo guardada para él

Marcos llegó a mi vida como llegan las cosas que cambian todo: sin avisar, desde un ángulo que no esperabas. Fue un video que me mandó una tarde de martes, sin mayor preámbulo. Tenía unos segundos nada más, pero fue suficiente para que se me erizara la piel de los brazos y me sintiera húmeda ahí mismo, en plena calle, con gente pasando a mi lado sin saber lo que acababa de ocurrirme.

Tuve que detenerme. Apoyé la espalda contra la pared fría de un edificio y lo vi tres veces más. En el video, Marcos se la agarraba con la mano derecha, la polla dura, gruesa, con las venas marcadas y el glande brillante, y se la sacudía despacio mirando directo a la cámara. Al final soltaba un chorro grueso de semen que le manchaba el vientre y decía mi nombre en un susurro ronco. La cuarta vez, guardé el teléfono y traté de respirar con normalidad. No lo conseguí del todo. Tenía la tanga empapada y las piernas apretadas.

Desde ese día, empecé a fantasear. No una vez. Cada noche. Con variaciones, con detalles nuevos, con escenas que construía como si estuviera escribiendo un guión. Cambios de luz, cambios de ropa, cambios en la secuencia de lo que nos haríamos. Pero siempre el mismo hotel. Siempre él. Siempre esa polla que había visto en el video, entrando en mi boca, en mi coño, en mi culo, corriéndose sobre mis tetas.

Esto es lo que imagino.

***

Llego al punto de encuentro cinco minutos antes. Me ajusto el vestido en el reflejo de una vitrina, respiro hondo, y entonces lo veo venir desde la esquina. Camina con esa calma que siempre me descoloca, como si el tiempo le sobrara a propósito. Cuando llegamos a estar a un metro de distancia, los dos nos detenemos un segundo antes de abrazarnos.

Es largo, ese abrazo. Más de lo que esperaba incluso en la fantasía. Sus manos recorren mi espalda lentamente y se quedan apenas en la curva de mi cintura, y yo entierro la cara en su cuello y aspiro su olor como si hubiera estado esperando ese momento durante meses. Porque lo he estado. Siento contra mi vientre el bulto de su polla ya despertando, y aprieto un poco más las caderas contra las suyas para que sepa que lo noté.

—Hola —dice solo eso, cerca de mi oído.

—Hola —respondo, y me río, y él también.

Caminamos al hotel tomados de la mano. Hablamos de cosas sin importancia: el tráfico, el frío del mes, una película que ninguno de los dos vio. Lo que importa de verdad no se dice con palabras. Lo digo con la presión de mis dedos en los suyos, y él lo responde apretando un poco más.

La habitación tiene una cama grande con sábanas blancas y una ventana que da a los techos de la ciudad. En cuanto entra la llave en la cerradura y se cierra la puerta detrás de nosotros, todo lo que conteníamos se suelta de golpe.

Nos besamos contra la pared. Primero despacio, explorando. Después con más urgencia, con sus manos en mi pelo y las mías aferradas a su camisa. Su lengua entra en mi boca y la mía sale a buscarla, y él me muerde el labio inferior y tira un poco. Su rodilla se cuela entre mis muslos y presiona justo donde ya estoy hinchada y mojada, y suelto un gemido corto contra su boca. Nos quitamos la ropa sin pausa pero sin torpeza, cada prenda que cae al suelo es una distancia menos entre nosotros. Cuando estoy en ropa interior y él ya sin camisa y con los pantalones desabrochados, le paso la mano por encima del calzoncillo y lo aprieto por encima de la tela. Está durísimo. Me relamo. Pongo una mano en su pecho y lo freno.

—Dame un momento —le digo.

Y entro al baño.

***

La ducha es breve. Lo justo para despejarme, para volver a mi cuerpo y prepararlo para lo que viene. Cuando salgo, envuelta en el vapor con el corazón acelerado, lo primero que hago es abrir el bolso que traje y sacar lo que compré tres semanas antes y no me había atrevido a usar todavía: un babydoll de encaje color marfil, casi transparente, con una tanga negra que contrasta con él.

Me lo pongo despacio. Me miro en el espejo del baño y aguanto la mirada. Los pezones se me marcan a través del encaje, oscuros y duros. La tanga apenas cubre nada.

Para él. Todo esto, para él.

Abro la puerta. Conecto el teléfono al pequeño parlante de la mesita y pongo la lista que armé durante semanas: canciones que quería que sonaran exactamente en este momento. La primera empieza, grave y lenta, y llena la habitación.

Marcos está recostado en la cama con los brazos detrás de la cabeza, completamente desnudo, y la polla se le levanta contra el vientre, dura y gruesa como en el video. La miro sin disimular. Es exactamente como la recordaba: pesada, con las venas marcadas, el glande enrojecido y ya con una gota transparente brillando en la punta. Se me hace agua la boca.

Me acerco sin apuro. Hago lo que ensayé en mi cabeza: caminar con intención, seguir el ritmo de la música con el cuerpo, sostenerle la mirada aunque me cueste. Llego hasta el borde de la cama y me subo encima de él, a horcajadas, todavía sin contacto directo. Lo miro desde arriba. Bajo apenas las caderas y dejo que la tela húmeda de la tanga roce la punta de su polla. Los dos gemimos al mismo tiempo.

—¿Te gusta? —pregunto.

—Mucho —dice ronco—. Quiero comerte entera.

Pone las manos en mis caderas y me aprieta hacia abajo, obligándome a frotarme contra él. Siento su polla latir por debajo del encaje mojado.

***

Sus manos suben por mis costados y empujan el encaje hacia arriba con decisión. Cuando me saca el babydoll y lo deja caer al costado de la cama, me mira de una manera que hace que quiera que empiece ya, pero también que no empiece nunca para poder seguir siendo mirada así.

Baja la cabeza y me toma un pecho con la boca. Lo que sigue no tiene mucho de suave: muerde el pezón, lo chupa fuerte hasta hacerme jadear, pasa la lengua despacio en círculos y vuelve a morder, tirando apenas con los dientes. Cada vez que lo hace tengo que morder el labio para no gritar. El otro pecho recibe el mismo tratamiento, con la misma atención, sin apuro. Me pellizca el pezón libre con los dedos, lo estira, lo hace rodar. No para hasta que tengo las manos enredadas en su pelo, la tanga hecha un charco entre las piernas y estoy temblando y frotando el coño contra su vientre buscando cualquier fricción.

—Marcos —jadeo—, por favor.

—Todavía no —murmura contra mi pecho—. Quiero que me la mames primero.

Bajo entonces. Beso su cuello, el filo de sus clavículas, su pecho, el borde de sus costillas. Sigo bajando, lamiendo la línea de vello que le corre por debajo del ombligo, hasta llegar a la base de su polla. La rodeo con la mano y la siento pulsar contra mis dedos, gruesa, caliente, viva.

Empiezo suave: besos en la base, un recorrido lento con la lengua de abajo hacia arriba, siguiendo una vena marcada hasta la punta. Lamo la gota transparente que había visto brillar y saboreo lo salado. Siento cómo cambia su respiración, cómo se hace más corta. Me toma del pelo con una mano, sin presionar, solo apoyándola.

—Mírame mientras me la chupás —me pide.

Levanto los ojos y abro la boca. Cuando por fin lo meto entero, lo hago despacio. Tan despacio que puedo sentir cada centímetro entrar, abrirme la boca, empujar contra el paladar y después contra la garganta. Se me llenan los ojos de lágrimas cuando llego hasta el fondo y me quedo ahí un segundo, tragando alrededor de él. Marcos suelta un gruñido grave que me hace apretar las piernas.

Empiezo a moverme. Subo y bajo, primero con calma, chupando con las mejillas hundidas, después con más ritmo, sacándomela hasta la punta para lamer el glande en círculos y volver a tragarla entera. Uso la mano en la parte que no llego con la boca, girándola, apretándola. La otra mano se la paso por debajo y le acaricio los huevos, pesándolos, tirando muy suave. Él suelta otro sonido grave desde la garganta y me aprieta más fuerte del pelo.

—Así, mi amor. Justo así.

No para de mirarme. Eso es lo que más me descoloca: que no cierra los ojos en ningún momento. Me ve babear encima de su polla, me ve tragar, me ve con los ojos llorosos y las mejillas rojas, y le gusta. Su cadera empieza a moverse un poco, encontrando mi boca a mitad de camino. La deja entrar más profundo. Yo me relajo y lo dejo hacer, dejándome usar.

—Me voy a correr —gruñe—. Adentro. Quiero corrérmela adentro.

Lo aprieto con la mano en la base y trago más rápido. Lo llevo hasta el final. Lo siento tensarse, lo siento hincharse contra mi lengua, y cuando se viene lo hace con un gemido largo que me atraviesa. El primer chorro me llena la boca de golpe, caliente y espeso, y el segundo también, y trago lo que puedo y dejo que el resto se derrame por mi barbilla y me caiga sobre las tetas. Cuando levanto la vista, tiene la respiración cortada y los ojos oscuros. Me paso el dedo por la barbilla, recojo un poco de su semen y me lo meto en la boca sin dejar de mirarlo. Se le escapa otro gemido.

***

Nos recostamos los dos boca arriba. El techo es blanco y liso. La música sigue sonando en el parlante. No hablamos. Le acaricio el pecho con la yema de los dedos, siento su respiración volver despacio.

Después de un rato, su mano empieza a moverse sobre mi vientre. Baja sin apuro, dedos abiertos. Pasa por encima del elástico de la tanga, se cuela por debajo, y cuando llega entre mis piernas y me abre los labios con dos dedos, encuentra un charco. Puedo oír, cuando desliza uno hacia adentro, lo preparada que estoy para él: un sonido húmedo, obsceno, que se mezcla con la música.

—Estás empapada —dice contra mi oreja—. Toda esta agua es por chuparme la verga, ¿no?

—Sí —jadeo.

Agrega el segundo dedo y me los curva hacia arriba, buscando ese punto que me hace ver blanco. Con la otra mano me acaricia el pecho, me pellizca el pezón, y yo cierro los ojos y me concentro únicamente en lo que siento. Sus dedos entran y salen con un ritmo lento y torturante, y el pulgar me sube al clítoris y empieza a hacer círculos. Se me arquea la espalda.

—Por favor —susurro—, con la boca.

Baja entre mis piernas. Me arranca la tanga por un costado con las dos manos, sin ceremonia, y la tira al suelo. Me separa las piernas con los hombros y se queda mirándome un segundo, con la cara justo ahí, respirando encima de mi coño. Después baja y me lame de abajo hacia arriba, largo y lento, y el primer gemido se me escapa sin control.

Se toma su tiempo. Pone mis piernas sobre sus hombros y trabaja con atención, sin prisa, como si no tuviera nada más en el mundo que hacer. Me chupa el clítoris entre los labios, lo suelta, pasa la lengua plana por toda la abertura, la mete adentro, la saca, vuelve al clítoris. Sus dedos entran otra vez, dos, curvados, mientras su lengua no para. Me lame los labios, me chupa uno y después el otro, y vuelve al centro. Me aprieta los muslos abiertos con las manos para que no me cierre encima de él.

—Marcos —jadeo—, no aguanto.

—Vení en mi boca —dice, y me chupa el clítoris más fuerte.

Llego al límite mucho más rápido de lo que quisiera, y cuando me vengo lo hago con la mano apretada sobre mi propia boca, con las piernas temblando alrededor de su cabeza, con las caderas moviéndose contra su cara sin que yo pueda controlarlas. Él no para. Sigue lamiendo, más suave ahora, ordeñándome el orgasmo hasta la última contracción. Cuando por fin sube, tiene la barbilla brillante y una sonrisa lenta.

Descansamos de nuevo. Afuera, la ciudad no sabe que existimos.

***

Me despierto antes que él. Durante unos minutos me quedo quieta escuchando su respiración. Después me muevo hacia abajo, despacio, y empiezo a despertarlo de la única manera que sé que funciona: le agarro la polla, todavía blanda pero ya reaccionando al calor de mi mano, y me la meto en la boca así, entera, dejando que se endurezca sobre mi lengua. La siento crecer dentro de mí, llenarme la boca centímetro a centímetro, hasta que ya no me entra. Cuando abre los ojos, ya está completamente despierto en todos los sentidos.

—Tengo una sorpresa —le digo, con la voz todavía ronca, sacándomela de la boca.

Tomo el teléfono de la mesita. Hay un mensaje nuevo: «Llegué. ¿Cuál es la habitación?»

Respondo el número. Tres minutos después, tocan la puerta.

Valeria tiene el pelo oscuro y largo, y debajo del abrigo que cuelga en el perchero lleva un conjunto pequeño de encaje que hace exactamente lo que hace el encaje cuando está bien puesto: le levanta las tetas, se le mete entre las nalgas, se transparenta donde tiene que transparentarse. La conocí dos semanas antes en un chat, una de esas conversaciones que empiezan por curiosidad y terminan siendo algo mucho más específico. Le conté la fantasía que tenía. Ella dijo que sí sin dudarlo.

Me saluda con un beso en la mejilla que baja hasta la comisura de mis labios, y sigue hasta mi boca. Su lengua entra sin preguntar. Sabe a menta. Sus manos ya están en mi cintura, después bajan a mis nalgas y aprietan.

—Estás desnuda —murmura contra mi boca, sonriendo.

—Estabas tardando —le contesto.

Marcos nos mira desde la cama sin decir nada, con la polla dura otra vez, apoyada contra el vientre. Ese silencio suyo vale más que cualquier cosa que pudiera decir en ese momento. Le veo la mano bajar y agarrársela, sacudirla despacio mientras nos mira besarnos.

***

Empezamos las dos de pie junto a la cama. Nos besamos con lentitud, explorando sin prisa. Sus manos recorren mi espalda, las mías llegan a su pelo. Le desabrocho el sostén con una mano y le cae. Tiene las tetas más chicas que las mías, con los pezones muy oscuros y muy duros. Bajo la cabeza y le tomo uno con la boca, chupo, muerdo suave, y ella suelta un jadeo y se agarra de mis hombros.

Poco a poco nos quitamos lo que queda de ropa, y cuando estamos las dos desnudas frente a él siento el calor de su mirada como algo casi físico. Me pone la mano entre las piernas y encuentra que ya estoy mojada otra vez, y hunde dos dedos en mí sin aviso mientras yo le hago lo mismo. Nos masturbamos de pie una a la otra, frente a Marcos, viéndolo sacudírsela más rápido en la cama.

Nos subimos a la cama y nos acomodamos en posición de sesenta y nueve. Ella abajo, yo arriba. Le abro los labios con los dedos y encuentro un coño rosado, chico, muy mojado. Le paso la lengua entera desde abajo hasta el clítoris y ella gime debajo de mí. Al mismo tiempo su boca me toma desde abajo, y sus manos me agarran de las nalgas y me tiran hacia su cara, hundiéndome contra su lengua.

Me concentro en lo que tengo entre mis manos y al mismo tiempo en lo que siento donde su boca me toca, y en algún momento pierdo el hilo de cuál sensación pertenece a qué parte de mi cuerpo. Le meto dos dedos y los curvo mientras le chupo el clítoris. Ella hace lo mismo. Nos movemos las dos al mismo ritmo, jadeando una en la otra.

Desde la silla frente a la cama, Marcos nos mira. Lo oigo moverse, levantarse.

—Acercate —le digo, sin separar del todo la boca de lo que estoy haciendo.

Se para sobre la cama, con la polla a la altura de mi cara. Lo tomo con la boca mientras Valeria sigue en lo suyo debajo de mí. Chupo y lamo, y en algún momento Valeria estira una mano y le agarra los huevos, y después me suelta el clítoris para chuparle la punta a él mientras yo tengo el resto en la boca. Nos turnamos, boca contra boca, con su polla entre las dos. Le pasamos la lengua las dos al mismo tiempo, una a cada lado, y él gime fuerte y nos agarra del pelo a las dos.

Los tres quedamos enredados en un ritmo que nadie dirige del todo, que se forma solo entre nosotros.

Cambiamos de posición. Valeria se pone de rodillas de espaldas a mí, y yo le como el coño desde atrás mientras Marcos se me pone detrás y me la mete de golpe. Grito contra el coño de Valeria cuando siento su polla entrar entera. Me la mete hasta el fondo y se queda ahí un segundo, dejándome sentirlo. Después empieza a follarme con embestidas largas, firmes, mientras yo sigo chupándole a ella. El ruido de sus caderas contra mis nalgas se mezcla con los gemidos de Valeria y con mi propia respiración entrecortada.

Después otra vez. Valeria se sienta sobre mi cara, y Marcos entra por delante mientras yo estoy tumbada boca arriba. El tiempo en esa habitación funciona distinto: más largo y más corto al mismo tiempo. Yo me vengo en la boca de ella y ella en la mía, empapándome la cara, y Marcos llega a su límite entre mis labios por segunda vez en la noche, avisando con un gruñido antes de correrse, y trago casi todo mientras Valeria me lame lo que se me escapa por la comisura.

***

Descansamos los tres en la cama, sin hablar mucho. La música sigue. Alguien apagó la luz grande y solo queda la del baño, entrando por la puerta entreabierta y tiñendo todo de una claridad blanda. Valeria me acaricia una teta con la punta de los dedos, ausente, y Marcos me tiene una mano apoyada en el muslo.

Cuando Marcos está listo de nuevo —y no tarda mucho, con Valeria besándole el cuello y jugándole con los huevos hasta ponérsela dura otra vez—, me pide que me ponga de rodillas. Me pongo en cuatro patas frente a Valeria, que se acuesta boca arriba delante de mí y abre las piernas. Entierro la cara entre sus muslos. Marcos entra en mí despacio desde atrás, dejándome sentir cada centímetro otra vez, y empieza con un ritmo constante. Su mano me agarra la cadera y la otra me sube por la espalda hasta el pelo, del que tira con firmeza.

Valeria se coloca frente a mí exactamente donde la necesito. Le meto la lengua adentro cada vez que Marcos me embiste, y su clítoris queda entre mis labios cuando él se retira. Los tres encontramos el paso juntos casi sin buscarlo. Marcos aumenta el ritmo, me folla más fuerte, con las caderas chocando contra mis nalgas, y yo chupo más fuerte, y Valeria empieza a jadear y a agarrarme del pelo desde el otro lado. El ruido que hacemos —piel contra piel, gemidos apagados, mi boca trabajando en el coño de ella, su polla saliendo y entrando de mí— no existía antes de esta noche y no va a existir después de ella.

—Voy a correrme adentro tuyo —gruñe Marcos.

—Sí —jadeo contra Valeria—, adentro, todo.

Cuando me vengo, lo hago con todo el cuerpo, apretándolo dentro de mí en oleadas, con la cara enterrada en el coño de Valeria y ella gritando encima. Él termina poco después, empujando profundo y quedándose ahí, vaciándose dentro de mí en chorros que siento calientes hasta el fondo. Valeria no tarda, gimiendo contra mi lengua, apretando los muslos alrededor de mi cabeza. Cuando Marcos sale, siento su semen bajarme por el interior del muslo. Valeria lo ve y, sin pensarlo, se estira y me lame la gota que baja.

***

Los tres nos metemos a la ducha. Hay algo extrañamente cómodo en lavarse el pelo mientras alguien te enjabona la espalda: risas, un codo en la pared de azulejos, agua fría cuando alguien mueve el mando sin avisar. Valeria termina de rodillas en el piso de la ducha haciéndome a mí, con la lengua, lo que yo le estoy haciendo a él con la mano y la boca. Él vuelve a responder con facilidad, poniéndose duro entre mis labios mientras el agua caliente cae sobre los tres. La ducha termina de una manera que nadie planeó: Valeria contra la pared, yo de rodillas comiéndole el coño con las manos abriéndole las nalgas, y Marcos detrás de mí metiéndomela una vez más, corriéndose sobre mi espalda antes de que el agua se lo lleve todo.

Salimos envueltos en las toallas blancas del hotel. Valeria se viste con la eficiencia rápida de quien sabe cómo funciona este tipo de encuentro, y nos da un beso a cada uno antes de irse. A mí me pasa la lengua por el labio inferior antes de separarse. La puerta se cierra con un clic suave.

Marcos y yo nos quedamos.

Me recuesto sobre su pecho y escucho su corazón bajar de a poco. La ciudad sigue ahí afuera, detrás de la ventana, sin saber nada de lo que pasó aquí adentro.

—¿Lo imaginabas así? —pregunta, después de un silencio largo.

Pienso en el video del martes. En la pared fría del edificio. En las semanas de ensayos nocturnos, cada variación, cada detalle que construí y reconstruí hasta memorizarlo.

—Mejor —digo.

Y aunque todavía es solo una fantasía, hay noches en que juro que puedo sentir el calor de ese cuarto, el peso de su brazo sobre mí, y el eco de su polla latiendo dentro de mí mucho después de haber apagado la luz.

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Valora este relato

Comentarios(8)

GonzaLP

Excelente!!! sigue así

NicolasT87

Breve pero muy excitante, me dejó con ganas de leer mas. Seguí publicando!

LuisaM

Muy bien escrito, se siente real. Me recordó a algo que yo tambien llevo guardado hace tiempo jaja

TaxiLector

Al final... se cumplió la fantasía? jaja me dejaste con curiosidad

Sol_Nocturna

La anticipacion que transmitís es lo mejor del relato. Buenísimo.

EnriqueBA

increible, muy corto pero potente!!!

CactusLector22

jaja qué bueno esto, se me pasó volando. Quiero la continuación

Fabio_Tucuman

Me encantó el estilo, se nota que escribís desde lo que sentís. Ojalá vengan mas relatos de este tipo, muy buen trabajo.

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