La fantasía que me asaltó mientras me tocaba sola
Casi siempre necesito algo. Un video que ya me sé de memoria, una foto guardada en una carpeta sin nombre, el audio de unos gemidos que alguien subió a internet sin imaginar que terminaría aquí, conmigo, en mi cama, usándolo para calentarme. Pero esta tarde fue distinta. Esta tarde me bastó conmigo misma.
Estaba aburrida y caliente, una mezcla peligrosa. Me recosté sobre la colcha sin desvestirme del todo y dejé que las manos hicieran lo que querían. Cerré los ojos y empecé a masajearme los pechos por encima de la ropa. El sostén me apretaba más de lo normal; los tenía hinchados, sensibles, y los pezones se me endurecieron al primer roce.
Qué bien se siente esto cuando no hay prisa.
Dibujé círculos lentos, primero suaves, después con más insistencia. Los pellizqué apenas, lo justo para que ese pellizco se convirtiera en una corriente que me bajaba directo al vientre. Solté un suspiro largo. Llevé una mano hacia abajo, por encima de la tela, y sentí lo evidente: estaba empapada. No había hecho casi nada y ya tenía la ropa interior húmeda.
Decidí no abrir los ojos. Dejé que la mente y los dedos trabajaran juntos, sin censura, sin lógica. Y la mente me llevó muy lejos.
***
De pronto ya no estaba en mi cuarto. Estaba sentada en un balcón estrecho, en un piso alto, con la ciudad entera respirando debajo de mí. Corría una brisa tibia que me erizaba la piel, y mi piel estaba desnuda. Toda. Sin una sola prenda. El aire me acariciaba los muslos, la espalda, los pechos, como si tuviera dedos propios.
¿Había gente abajo? Por supuesto que había. Era media tarde, la calle estaba viva, pasaban personas con bolsas, parejas, alguien hablando por teléfono. Y a mí no me importaba nada. Al contrario: ahí estaba el morbo. Quería que me vieran. Quería que alguien levantara la vista, me descubriera abierta de piernas en mi balcón y se llevara esa imagen a su casa para terminar pensando en mí.
Empecé a sobarme los pechos despacio, dejando que un gemido se me escapara hacia la calle. Todavía no llegaba a ningún sitio, pero no tenía apuro. Subí un pie al borde de una silla, como hago en la vida real cuando me toco a solas, y así me quedé: completamente abierta, expuesta al sol y a cualquier mirada que quisiera detenerse en mí.
Bajé los dedos. Empecé a rozarme el clítoris en círculos lentos, mirando hacia la calle con una sonrisa de descaro. Y entonces lo vi.
***
Un hombre mayor, en el balcón de enfrente, me observaba sin disimulo. Tendría la edad de ser el abuelo de cualquiera, el pelo blanco peinado hacia atrás, una camisa abierta por el calor. Me penetraba con la mirada mientras su mano, casi sin pensarlo, se apoyaba sobre el bulto de su entrepierna.
No sabía que todavía se le podía parar así.
Esa idea, en lugar de cortarme, me encendió más. Abrí todavía más las piernas y dejé que mirara cuanto quisiera. El placer era mío; él solo era el testigo perfecto. Me mordí el labio, lo miré directo a los ojos y articulé despacio, sabiendo que podía leerme:
—Vamos, sácatela. Déjame ver qué tan gruesa la tienes.
Como si me hubiera escuchado, como si la fantasía me obedeciera, el hombre se desabrochó el pantalón y la liberó. Carnosa, dura, levantada hacia el cielo de la tarde. Estaba disfrutando del espectáculo, así que decidí darle más.
Sin dejar de mirarlo, me lamí el dedo índice muy despacio, lo metí en la boca, lo saqué brillante. Cerré la mano en el aire y fingí que era yo quien se la trabajaba a él, de arriba abajo, marcando un ritmo que él copió de inmediato sobre sí mismo.
—¿Te gusta así? —murmuré—. ¿Más rápido?
Él aceleró. Yo también. Y de golpe, sin avisar, el cuerpo me ganó: tuve un orgasmo de solo frotarme, de solo verlo perder la cabeza por mí. Una sacudida me recorrió entera y tuve que agarrarme del borde de la silla.
No me imaginé que un desconocido tan mayor me iba a poner tan caliente.
Volví a cerrar los ojos un instante y la fantasía siguió sola, como un río que ya no necesita que lo empujes.
***
El hombre estaba tan agitado que apenas se sostenía. Le hice una seña con la cabeza: ven, sube. No me costó nada decidirlo. En este lugar inventado yo mandaba, y esa tarde andaba generosa.
—Si de lejos casi te corres —le dije—, espera a tenerme cerca.
Apareció en mi puerta más rápido de lo que debería ser posible. Ni siquiera se había guardado la verga; la traía por fuera, y en cuanto me vio volvió a endurecerse como un muchacho. Me dio ternura y me dio morbo a partes iguales.
—Normalmente no haría esto —confesé pegada a su oído—, pero hoy ando demasiado caliente. Te voy a dar el mejor regalo de tu vida.
Lo besé. Lo besé con ganas, con la lengua entera, y él respondió con un hambre que no esperaba de alguien de su edad. Una de sus manos me apretaba los pechos; la otra buscaba abrirse paso entre mis nalgas, tanteando, jugando.
—Me estás mojando entera —jadeé contra su boca—, pero no tan rápido.
Le lamí la oreja, le besé el cuello, le abrí la camisa botón por botón mientras le bajaba el pantalón hasta los tobillos. Estaba gozando tanto que por un segundo me dio miedo que el corazón no le aguantara.
—Tranquila, nena —dijo con una sonrisa torcida—. Si me muero, me muero en el cielo. Haz conmigo lo que quieras.
Y vaya que quise.
***
—Qué ganas tenía de una mamada —dije, y me arrodillé.
Le agarré la verga con una mano y le pasé la lengua por la punta. El cuerpo entero le dio un brinco. Me la metí en la boca de golpe, todo lo que pude, hasta sentir que me faltaba el aire, y aun así no paré. Con la mano libre me abría yo misma, dos dedos dentro, dándome placer al mismo ritmo con el que lo chupaba a él.
La lamí como se lame un helado en pleno verano, del sabor favorito, cuidando cada gota para que nada se derritiera y se perdiera. Subía, bajaba, me detenía en la punta, lo miraba desde abajo para que viera mi cara mientras lo hacía. Él tenía las dos manos enredadas en mi pelo y repetía mi nombre inventado como una oración.
No aguantó mucho de pie. En un movimiento brusco, sorprendente para sus años, me levantó, me dio la vuelta y me dobló contra la baranda del balcón. Me abrió las piernas con la rodilla y, sin pedir permiso, me penetró de una sola embestida.
—No te imaginé con tanta fuerza —gemí, clavando las uñas en el metal caliente—. Dame fuerte, dame.
Me tenía arrinconada contra el borde, a la vista de cualquiera que pasara por abajo, y me follaba sin la menor duda. Cada empujón me sacaba un gemido más alto que el anterior. Que escucharan. Que miraran. Esa era toda la gracia.
—Más duro —le pedí—. No te detengas.
Sus caderas me golpeaban cada vez con más ganas, y sin darme cuenta llegué a mi segundo orgasmo de la tarde, esta vez con él dentro, sintiéndolo latir mientras yo me deshacía.
***
Me dio la vuelta otra vez. Quería verme la cara. Me volvió a entrar, ahora de frente, levantándome una pierna para clavarse más hondo.
—¿Hace cuánto no gozabas así? —me preguntó con la voz quebrada—. Dame toda esa leche que llevas años guardando.
Bajó la boca a mis pechos y empezó a chuparlos con desesperación, como si de verdad pudiera sacarme algo, mordiendo apenas, lamiendo después para calmar.
—Así —le dije, arqueándome—. Justo así.
Sus manos volvieron a abrirme por detrás, y otra vez sentí sus dedos colándose donde no debían y, sin embargo, donde yo quería.
—Vaya —jadeó—, sí que sabes gozar por todos lados.
Llevé su boca a la mía. Lo besé mientras lo sentía vaciarse dentro de mí, mientras un nuevo orgasmo me sacudía de la cabeza a los pies. Sentí todo el cuerpo palpitar, retorcerse, temblar contra el suyo, los dos pegados a la baranda de un balcón que no existe, en una ciudad que me inventé entera, frente a una calle que nunca nos miró de verdad.
***
Abrí los ojos.
Estaba otra vez en mi cuarto, en mi cama, con la ropa a medio quitar y las piernas todavía temblándome. Tardé unos segundos en volver del todo. Bajé la vista: la sábana estaba empapada debajo de mí. Me había corrido muchísimo, más de lo que recuerdo haberme corrido sin que me tocara nadie más que yo.
Me quedé un rato así, respirando, con una sonrisa tonta, repasando cada detalle de lo que acababa de inventarme. El balcón, la brisa, el hombre de pelo blanco, las miradas de la calle, mi propio descaro.
Y de solo recordarlo, sentí que la mano volvía a bajar sola.
Si te ha gustado, cuéntame cómo te tocaste tú mientras me leías. Y dime si quieres una segunda parte: me encantará leerte y pensar en ti la próxima vez que cierre los ojos y me deje llevar.