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Relatos Ardientes

El dueño de la casa rural nos miraba desde el patio

Carla llevaba meses pidiendo a gritos un descanso, aunque nunca lo dijera con esas palabras. Entre los niños, su trabajo y las visitas eternas de la familia, vivía con los hombros tensos y una lista mental que no terminaba nunca. Cuando por fin conseguimos cuadrar unos días libres, los dos solos, sentí que le quitaba un peso de encima con cada hora que faltaba para salir.

La idea fue enteramente suya. Encontró una casita rural a las afueras de un pueblo de montaña, a un par de horas de donde vivimos. Las fotos prometían piedra, chimenea y silencio, y el precio era demasiado bueno para dudar.

Salimos de madrugada para exprimir el día. Dejamos a los niños en casa de su hermana, con la mochila preparada y mil instrucciones, y arrancamos por fin hacia el descanso que tanto habíamos perseguido.

El viaje se nos hizo corto. Hablamos de todo y de nada, y en algún momento, sin saber bien cómo, la conversación resbaló hacia terrenos más calientes. Fue entonces cuando Carla me confesó, mirando por la ventanilla como si le costara, que siempre había sentido curiosidad por un trío.

Eso me reventó la cabeza.

Nunca me lo había dicho. En catorce años juntos, jamás. Esperé sentir un pinchazo de celos, pero lo que noté fue otra cosa: un calor sordo subiéndome por dentro y una erección incómoda contra el cinturón. Alguna vez, en la cama, habíamos jugado de boca con la idea de meter a alguien más, pero siempre como fantasía, como humo. Oírlo en serio, a plena luz del día, era distinto.

—¿Y nunca me lo ibas a contar? —le pregunté, intentando que la voz sonara tranquila.

—No es para tanto —dijo, y se rió bajito—. Son cosas que una piensa. No significa que las quiera hacer.

No insistí. Pero la idea se quedó conmigo el resto del camino, royéndome despacio.

***

La casa era todavía mejor que en las fotos. Estaba en lo alto del pueblo, apartada del puñado de tejados que formaban el núcleo, con un patio de entrada lleno de macetas y geranios desbordados. Apenas había cobertura en el móvil, y eso, lejos de molestarnos, nos pareció el principio del desconecte de verdad.

El dueño nos esperaba en la puerta. Se llamaba Andrés, rondaría los cincuenta, viudo, con esa clase de cuerpo que delata que alguien se cuida sin presumir. Tenía los ojos de un azul muy claro y una sonrisa fácil que, lo noté enseguida, hizo que Carla se acomodara el pelo sin darse cuenta.

Nos enseñó la casa con calma y mucha amabilidad. Demasiada, quizá, porque no le quitaba ojo a Carla. Cada vez que ella se giraba para mirar una habitación, él aprovechaba para repasarla de arriba abajo, con una discreción que no era tan discreta.

El recinto se dividía en dos viviendas independientes, cada una con su puerta, pero las dos abriendo al mismo patio central. En una vivía él; la otra la alquilaba los fines de semana para sacarse un sobresueldo. Nos dio las llaves y se ofreció a ayudarnos con las maletas.

Lo pillé, sin que él lo notara, mirándole el culo a Carla mientras bajaba un bolso del coche. Ella llevaba unos leggings para viajar cómoda, y la tela le marcaba cada curva. A sus cuarenta y siete, con el pelo rubio y un cuerpo trabajado en el gimnasio a base de constancia, mi mujer todavía hace girar cabezas por la calle. Ella jura que exagero. No exagero.

Andrés se dio cuenta de que lo había cazado y cambió de tema sobre la marcha, hablándonos de un restaurante estupendo en el pueblo y de un pequeño supermercado que abría por las mañanas. Después se despidió a toda prisa y se metió en su casa.

—Qué hombre más simpático y atento —dijo Carla, dejando el neceser sobre la cómoda.

—Seguro que ahora mismo se está haciendo una paja pensando en tu culo —solté.

—Ya empezamos. No todos los hombres son tan salidos como tú.

—Lo pillé mirándote. Y no me extraña, la verdad.

—Anda, qué cosas piensas. Andrés tiene pinta de caballero.

—¿Andrés? Qué confianzas, ¿no? —me reí.

***

Me acerqué a ella por la espalda y la agarré de la cintura. Le besé el cuello despacio, mientras le subía la sudadera y le desabrochaba el sujetador con una mano. Sus pechos quedaron libres, pesados y cálidos, y noté cómo se le erizaba la piel del escote.

Bajé con la boca por su vientre, de rodillas, hasta encontrarla. Estaba depilada y ya húmeda, mucho más de lo que confesaría en voz alta.

—Me estás poniendo malísima —murmuró, agarrándome del pelo.

—Calla, que este viaje merece empezar a lo grande.

La lamí como sé que le gusta, con la lengua plana y sin prisa, hasta que sentí que se le tensaban los muslos. Justo antes de que se corriera, paré. La besé, todavía con su sabor en la boca, y la llevé a la cama.

—Cierra la ventana —pidió—, no vaya a vernos alguien.

—¿Y no te pone esa idea? —le dije al oído—. Que alguien esté ahí fuera, mirándote.

—Diego, cierra la ventana, por favor.

Fui a cerrarla y, al asomarme, vi a Andrés en el patio regando las macetas. Levantó la vista, me saludó con la mano como si nada, y yo corrí las cortinas para que Carla no se enfadara. Pero el corazón me iba más rápido de lo normal.

La tumbé a cuatro patas y la penetré despacio primero, hondo después. Mientras la embestía, le hablaba al oído, le decía lo guarra que era, las ganas que tenía de verla con otro.

—¿Te gustaría que Andrés nos viera ahora mismo? —jadeé—. Que se hiciera una paja mirándote.

—Ay, sí —gimió ella, soltándose más con cada palabra.

—Seguro que le cogerías esa polla para mamársela como tú sabes.

—Se la comería entera —dijo, y supe que ya no estaba fingiendo.

Se corrió así, hablando, con la cara hundida en la almohada. Yo no aguanté mucho más. Nos quedamos tumbados, sudados y satisfechos, y el cansancio del viaje nos arrastró a una siesta sin avisar.

***

Cuando desperté, Carla no estaba en la cama. Oí risas que venían de fuera. Me asomé a la ventana que daba al patio y allí estaba ella, sentada en un sillón de jardín, tomando café con Andrés y charlando como si se conocieran de siempre.

Llevaba una camiseta mía, ancha, sin sujetador, una tanga blanca y nada más. El pelo le goteaba todavía de la ducha y tenía los pies descalzos sobre las baldosas. Estaba poniendo nervioso al pobre hombre con cada gesto, y él la miraba como quien no quiere mirar y no puede evitarlo.

—Hombre, el durmiente —dijo Andrés al verme.

—Como te pases los cuatro días durmiendo —bromeó Carla—, voy a tener que buscar a Andrés para que me entretenga.

—Sin problema —contestó él, con una sonrisa que tardó medio segundo de más—. Con una chica tan agradable, el tiempo que haga falta.

—No habría ningún problema —dije yo, apoyado en el marco—. Sabes que no soy celoso. Y Andrés es un caballero.

Mientras lo decía, le noté el bulto. Él cruzaba las piernas con disimulo, intentando que no se le marcara la erección bajo el pantalón. No lo conseguía del todo.

—Bueno —añadí—, habrá que vestirse para salir a cenar.

—Andrés me ha recomendado un sitio buenísimo —dijo Carla—. Que vayamos de su parte.

—¿Y si te apuntas, Andrés? —le ofrecí.

—No, chicos, os lo agradezco, pero hoy es vuestra noche. Aprovechad, que sin niños no se está todos los días.

Insistimos, pero prefirió quedarse. Salimos al restaurante que nos indicó y la cena fue redonda. El vino corrió más de la cuenta y, con él, la conversación volvió a calentarse.

—Lo de antes lo hiciste a propósito —dije, señalándola con el tenedor—. Saliste así para volverlo loco.

—La verdad que sí —admitió, sin un gramo de vergüenza—. Después de todo lo que me dijiste en la cama, me quedé a mil. Lo vi en el patio y no pude resistirme a ponerlo cardíaco. Sabía que despertarías y te pondrías cachondo de imaginarlo.

—Menuda erección tenía el hombre.

—Ya me fijé. Y me estaba poniendo mala. Tenía la misma cara que tienes tú ahora mismo, pensándolo.

—Me conoces demasiado bien.

—Aunque seguro que te pondrías celoso de verdad si me vieras con otro —dijo, jugando con la copa.

—Para nada. Me pondría cachondo de ver lo guarra que es la mujer que tengo.

—No sé yo. ¿Qué harías tú en esa situación?

—No me pongas a prueba —contesté—. No vaya a ser que te sorprenda.

Nos miramos un instante de más, los dos sabiendo que algo se había abierto entre nosotros que ya no se cerraría con facilidad.

***

Volvimos a la casa pasada la medianoche. Todo estaba a oscuras; Andrés debía de llevar horas durmiendo. Solo una bombilla pequeña iluminaba las entradas de las dos viviendas, dejando el resto del patio en sombra.

Apenas cerramos la puerta, empezamos a besarnos. El vino le había soltado las manos y la voz, y noté que estaba más encendida que nunca. Nos desnudamos sin perder tiempo, dejando la ropa por el suelo.

—¿Por qué no sacamos el antifaz y alguno de los juguetes que trajimos? —propuso, mordiéndose el labio.

—Por mí, perfecto.

Le coloqué el antifaz sobre los ojos y la dejé a oscuras, dependiendo solo del tacto y del sonido. Saqué un vibrador y lo deslicé despacio sobre su clítoris, en círculos, mientras con la boca la trabajaba sin descanso. Ella arqueaba la espalda y se aferraba a las sábanas.

—Cómo estás —le dije—. Lo de Andrés te ha dejado a cien.

—Estoy salidísima —jadeó—. El vino, la conversación, todo. Si no llegamos a entrar, te follo en mitad del patio.

Y entonces miré hacia la ventana.

Había una figura en la oscuridad del patio. El punto naranja de un cigarrillo subía y bajaba lentamente. Supe enseguida que era Andrés, despierto, fumando en la penumbra, justo enfrente de nuestra ventana sin cortinas del todo cerradas.

Decidí darle una noche que no olvidara.

Levanté a Carla de la cama y la apoyé contra el cristal, completamente desnuda salvo por el antifaz, sin que ella supiera lo que tenía delante. La penetré por detrás, agarrándola de las caderas, y sus pechos quedaron aplastados contra la ventana, rebotando con cada embestida. Gemía sin contenerse, ajena a todo menos a lo que sentía.

El punto naranja se acercó. Despacio, como pidiendo permiso en silencio, hasta quedar a un metro del cristal. Allí estaba Andrés, mirándonos sin disimulo ya. Le hice un gesto con la cabeza, una aprobación muda, y él se sacó la polla, dura como un palo, más grande que la mía, con las venas marcadas y el glande hinchado y oscuro. Empezó a masturbarse mientras nos contemplaba.

La situación me tenía al borde.

—¿Y si Andrés nos estuviera mirando ahora mismo? —le solté al oído.

—Me daría igual —jadeó ella—. Que mire quien quiera.

—Imagina que está ahí, pajeándose, viéndote.

—No digas eso, que me voy a ir enseguida.

—¿No te importaría que lo hiciera, observándote?

—Para nada —gimió—. Me pondría a mil.

Entonces, sin avisar, le quité el antifaz.

Y allí estaba él, a un palmo del cristal, masturbándose a toda velocidad con los ojos clavados en ella. Carla se quedó un segundo sin saber qué hacer, congelada. Pero no se cubrió. No apartó la vista. Volvió a morderse el labio, se llevó las manos a los pechos y se los apretó, sosteniéndole la mirada a Andrés mientras yo seguía embistiéndola.

Fue todo cuestión de segundos. Andrés soltó un gruñido ahogado y se corrió contra la pared, salpicando hasta el borde inferior de la ventana. Verlo terminar nos arrastró a los dos. Carla se corrió con un grito que rebotó en el cristal y yo me fui detrás de ella, vaciándome con una intensidad que no recordaba desde hacía años.

Nos quedamos quietos, pegados al vidrio, recuperando el aliento. Cuando levantamos la vista para buscarlo, Andrés ya no estaba. Solo quedaba el rastro en la pared y un hilo de humo perdiéndose en la sombra del patio.

No hablamos de lo ocurrido. Nos miramos, todavía agitados, sin preguntas y sin reproches, y nos metimos en la cama. Carla se durmió enseguida, acurrucada contra mí, con una sonrisa que no le había visto en mucho tiempo.

Acabábamos de empezar las vacaciones y prometían mucho más de lo que habíamos imaginado. Pero lo que pasó en los días siguientes, con Andrés y con nosotros, es otra historia. Una que contaré en otro momento, si esta os ha gustado.

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Comentarios (6)

ElConejo99

uff ese final me dejo sin palabras. tremendo relato

Lectora77

Por favor seguí con este!! quede con ganas de saber que paso despues jaja

NocheRural88

Me recordo a unas vacaciones en un campo hace años, donde teniamos esa sensacion de que alguien nos miraba pero nadie decía nada. Muy bien escrito, te atrapa desde el inicio

MarisolT

Que tension la de esa escena con la ventana!! lo mejor fue la reaccion de ella, tan segura de sí misma

SilviaCba33

buenisimo!!! sigan mandando relatos así

CaballeroOscuro

El detalle del antifaz le da otro nivel a la historia. Muy buena idea

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