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Relatos Ardientes

Los cajones prohibidos de la madre de mi mejor amigo

Hay mujeres que no necesitan hacer nada para descolocarte, y Marisol era exactamente esa clase de mujer. Cada vez que la veía se le marcaban los pezones bajo la tela, o se le adivinaba la cinta del tanga cuando se lo acomodaba caminando, sin importarle que medio mundo la mirara. Era provocadora la mires por donde la mires, y lo sabía. Lo disfrutaba.

Tenía cuarenta y cinco años, pero los llevaba como si el tiempo le debiera un favor. Le encantaba sacarse fotos en ropa interior, tapándose apenas bajo la ducha, posando como una modelo de revista, y después colgarlas en sus redes para que el mundo entero las viera. Yo era uno de esos que las veía. Me metía en su perfil cada noche, en mi cuarto, con la luz apagada, la polla en la mano y la respiración contenida, imaginando todo lo que jamás iba a pasar.

Porque por obvias razones era imposible. Yo tenía diecinueve, el cuerpo lleno de tatuajes y la cabeza llena de ideas, pero para ella seguía siendo el amigo de su hijo. Un crío. El chico que iba a su casa a jugar a la consola con Bruno y a perder las tardes hablando de nada.

La cosa había empezado hacía un par de veranos, cuando todavía no me atrevía ni a mirarla de frente. Un día la sorprendí tendiendo la ropa en la terraza, con un vestido fino y el sol marcándole la silueta a contraluz: se le veía todo, las tetas sueltas moviéndose con cada brazo levantado, la sombra oscura del coño detrás de la tela mojada. Me quedé clavado en el pasillo más tiempo del que debía, con la verga hinchándose contra la costura del pantalón, y cuando ella giró la cabeza y me pilló mirando, no se incomodó. Sonrió. Esa sonrisa fue el principio de todo, y desde entonces cada visita a esa casa era una pequeña tortura.

Y aun así la esperanza nunca se moría del todo.

***

Aquella tarde fui a casa de Bruno como tantas otras veces. La rutina de siempre: subir a su cuarto, encender la consola, hablar de chicas que ninguno de los dos iba a tocar. Pero esa tarde Marisol bajó a saludarme antes de que yo llegara a la escalera.

—¿Cómo andas, guapo? Hace días que no te dejabas ver —dijo, y me abrazó.

Fue un abrazo de los suyos, de esos que duran un segundo más de lo necesario. Sentí sus tetas apretarse contra mi brazo, los pezones duros marcándose a través de la tela fina, clavándoseme como dos piedritas calientes. Se me secó la boca y la polla me empujó de golpe contra la bragueta. Cuando se dio la vuelta para volver a la cocina, la vi con un pijama corto, el short ajustado partiéndole el culo en dos mitades redondas que se movían al andar, y la cinta del tanga marcándose otra vez bajo la tela. Se me nubló la vista. Subí las escaleras intentando que no se me notara el bulto que llevaba entre las piernas.

—Tu vieja un día va a matar a alguien vestida así —le solté a Bruno, medio en broma.

—No empieces —contestó él sin levantar la mirada de la pantalla.

Pero yo ya había empezado hacía rato. Llevaba años empezando.

***

Al cabo de un rato me entraron unas ganas terribles de ir al baño. De las que no se aguantan. Y el problema, o más bien la suerte, era que el único baño de la planta estaba dentro de la habitación de Marisol.

—Voy un momento al baño —dije, y Bruno apenas asintió, absorto en la partida.

Crucé el pasillo con el corazón golpeándome el pecho. Empujé la puerta de su cuarto y ella no estaba. La cama deshecha, las sábanas revueltas todavía con la marca de su cuerpo, el aire cargado de su perfume mezclado con un olor más íntimo, más cálido, como si acabara de levantarse. Una bata tirada sobre una silla. Cerré la puerta detrás de mí con un cuidado que rozaba lo ridículo y encendí la luz.

No fui directo al baño. Mis ojos cayeron primero en la cómoda, en esos cajones que tantas veces había imaginado abrir. Y los abrí.

El primero estaba lleno de tangas. Decenas de ellos, de todos los colores, doblados o amontonados sin orden. Se me puso la polla dura como una piedra al instante, solo de verlos, de tocarlos, de rebuscar entre ellos como un ladrón con la respiración entrecortada. Sentí la punta empezar a humedecerse dentro del pantalón, una gota espesa mojando la tela por dentro.

El segundo cajón era todavía peor. Lencería de todo tipo, encajes, transparencias, conjuntos que solo había visto en sus fotos. No aguanté más. Me bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón, ahí mismo, de pie en mitad de su habitación, con la oreja atenta a cualquier ruido en el pasillo. La verga me saltó dura, curvada hacia arriba, brillante en la punta por el líquido preseminal que ya se me caía en hilos.

La tenía más dura que nunca, palpitando con cada latido. Cogí uno de los tangas, uno blanco de encaje, lo giré por la parte que rozaba su coño y pasé mi glande hinchado por la tela una y otra vez. Sentí cada costura, cada relieve del encaje arañándome despacio la cabeza sensible de la polla, y tuve que morderme el labio para no gemir. La sola idea me volvía loco: que ella se lo pusiera después, sin saberlo, llevando pegado a los labios mojados el rastro de mi corrida.

Lo dejé y seguí con otro, uno negro, minúsculo, apenas un hilo. Ese lo abrí con las dos manos, lo estiré, imaginé el coño de Marisol asomando por los bordes, y me lo enrollé alrededor de la polla como un puño de seda. Empecé a bombear despacio, apretándola con la tela, sintiendo cómo el encaje raspaba el tronco entero, cómo la humedad que me salía iba empapando la prenda. Cambié a un tercero, uno rojo, y me lo pasé por los huevos, por debajo, por esa zona donde ella se sentaba, imaginando cómo le quedaría, dónde lo apoyaría su piel. La tela fría contra lo más caliente de mi cuerpo me hacía temblar, y cada roce era una promesa imposible. Pasé el pulgar por las costuras, por las etiquetas medio despegadas, por esos detalles diminutos que la hacían más real que cualquier foto.

Abrí un tercer cajón y aparecieron los sujetadores, atrevidos, con estampados que parecían pensados para enloquecer a cualquiera. Cerré los ojos y me imaginé sus tetas, las mismas que esa tarde se habían apretado contra mi brazo, cayéndome encima de la cara, los pezones duros metiéndoseme entre los labios para que se los mamara. Cogí uno de copa grande entre las manos, lo sostuve un instante calculando el tamaño, imaginando el peso que llenaría esas copas, y sin poder evitarlo me metí la polla dentro de una de ellas, la envolví con la tela acolchada y la froté ahí, contra el forro que tantas veces había abrazado sus tetas. Al fondo del cajón había algo más, una caja pequeña que no me atreví a abrir. Alcancé a ver algo de silicona rosa, algo alargado, y la polla me dio un latigazo entero solo de pensar en dónde se metía Marisol eso por las noches. No con el reloj corriendo en mi contra.

Esto es una locura. Si entra ahora se acabó todo.

Pero no paré. El pensamiento del peligro me ponía aún más.

***

Sabía que no podía quedarme demasiado. Bruno podía extrañarse, Marisol podía volver en cualquier momento. Cerré los cajones tratando de dejarlo todo como estaba, con la polla todavía tiesa golpeándome contra el ombligo, y por fin entré al baño. Encendí la luz y, frente a mí, una cesta de ropa me llamó la atención.

Encima de todo estaba el pijama negro de encaje que ella tenía puesto la última vez que la vi. Lo reconocí enseguida. Empecé a orinar y se me cortó el chorro solo de mirarlo, la verga endureciéndose otra vez, doblándose contra el borde de la taza. Otra vez dura, otra vez sin control. Metí la mano en la cesta y al levantar el pantaloncito cayeron unas bragas de encaje que se habían quedado enredadas.

Las cogí y la polla me palpitaba como nunca. Les di la vuelta, las abrí con los dedos y busqué la parte que había estado pegada a su coño. Ahí estaba la marca: una franja más oscura en el centro, un cerco casi seco por fuera y una zona todavía tibia, un poco húmeda, con esas hilachas transparentes que dejan los flujos cuando una mujer se quita las bragas después de un día entero. Sin pensarlo, sin decidirlo siquiera, la lengua se me escapó de la boca y probé apenas el borde. No sabía mal. Olía suave, limpio, con un rastro ácido y hembra debajo que me llevó al límite en un segundo. Volví a pasar la lengua, esta vez con ganas, chupando la tela, tragando lo que quedaba de ella, imaginando que era su coño lo que estaba comiéndome directo.

No aguanté. Me escupí en la mano, me la unté por toda la polla y coloqué esa parte de la tela, la más manchada, justo sobre mi glande. Empecé a frotar, rápido, apretando el puño contra el encaje, sintiendo cómo las costuras rugosas me arrancaban jadeos que tuve que ahogar mordiéndome el labio hasta hacerme sangre. Con la otra mano me agarré los huevos, los apreté, los rodé entre los dedos mientras seguía bombeando. Estaba a punto. Se me tensó todo, se me contrajo el culo, me subió el calor por la espina, y solté un gruñido bajo cuando empezó a salir. Dejé que la primera corrida cayera contra la tela, empapándola en el mismo sitio donde había estado el coño de ella; el segundo chorro se me escapó y salió disparado hasta el espejo, un hilo espeso y blanco resbalando por el cristal. Los últimos brotes los apreté con la braga puesta encima, para que quedara todo dentro, para que ella se llevara mi semen pegado a la tela cuando la metiera a la lavadora. Las devolví a la cesta boca abajo, disimulando la mancha, me limpié el espejo con papel, me limpié la polla todavía goteando, me subí el pantalón y abrí la puerta.

Y ahí estaba ella.

***

Marisol venía por el pasillo, justo cuando yo salía. Por un instante el corazón se me detuvo, convencido de que se notaba todo en mi cara, de que un cartel invisible me delataba, de que olía a semen y a su coño a partes iguales.

—Ya me iba a cambiar, que entro a trabajar —dijo con naturalidad, y me dio un abrazo de despedida.

Otro de los suyos. Sentí su cuerpo, su perfume, su calor, las tetas otra vez aplastándose contra mí, y tuve que apretar los dientes para que no se me notara que la polla, exprimida y todo, intentaba volver a levantarse. Por un segundo me pareció que me miraba distinto, que sus ojos bajaban un instante al bulto de mi pantalón, que se demoraban en los míos como si quisieran preguntarme algo. Que la esquina de la boca se le curvaba apenas, como quien ya sabe la respuesta. Quizá fueran imaginaciones mías, las ganas convirtiendo cualquier gesto en una señal. Pero esa duda me acompañó durante días.

Se metió en su habitación y cerró la puerta. Y yo me quedé en el pasillo pensando, con una mezcla de culpa y excitación, en el momento exacto en que se pusiera alguno de esos tangas. En que su coño rozara, sin saberlo, el encaje empapado con mi corrida. En que se metiera esa braga entre los labios al agacharse, y sintiera de golpe algo pegajoso, algo tibio, algo que no era suyo.

Estuve a punto de volver a empalmarme ahí mismo. Pero respiré hondo, volví al cuarto de Bruno y le dije que se me había hecho tarde, que tenía que irme.

—¿Ya? Si acabas de llegar —protestó.

—Mañana hablamos —respondí, y bajé las escaleras de dos en dos.

***

Llegué a casa con el cuerpo todavía vibrando, la polla medio dura rebotando dentro del pantalón a cada paso. Me encerré en mi cuarto, me bajé todo hasta los tobillos y me tiré en la cama boca arriba. Abrí su perfil en el móvil y dejé que pasaran las fotos una tras otra. La de la ducha, con el agua resbalándole por las tetas y una mano apenas tapando el pezón. La del conjunto rojo, el tanga clavado entre los labios del coño, marcándole el pliegue por encima de la tela. La que se sacó frente al espejo mirando a la cámara como si supiera exactamente lo que provocaba, con el culo levantado, arqueada, ofreciéndolo.

Me llené la mano de saliva y empecé a frotarme despacio, dejando que la piel resbalara, alargando cada segundo. Bajé al principio con dos dedos, apretando solo el glande, tirando del prepucio hacia atrás hasta que la cabeza me quedó desnuda y morada. Después cerré el puño entero y empecé a bombearla con fuerza, pensando en sus bragas tibias, en el sabor ácido apenas perceptible en la lengua, en sus tetas contra mi brazo, en la cinta del tanga que se acomodaba caminando aunque supiera que yo la miraba.

Imaginé su coño abriéndose encima del mío, bajando despacio hasta que la polla entera se me hundiera dentro, sintiendo cómo me apretaba, cómo me chupaba hacia adentro. Imaginé sus tetas cayéndome sobre la boca, sus pezones raspándome los dientes mientras la agarraba del culo con las dos manos y la subía y la bajaba. Me imaginé follándola por detrás, arrodillado, con una mano en la cintura y la otra tirándole del pelo, mientras ella arqueaba la espalda y me pedía más, más fuerte, más adentro. Me la imaginé de rodillas, mirándome desde abajo, con la polla metida hasta el fondo de la garganta, la baba cayéndole por los pechos, los ojos aguados y esa sonrisa suya, la de siempre, sabiendo perfectamente lo que me estaba haciendo.

Imaginé su risa burlona diciéndome que sabía perfectamente lo que yo había hecho en su habitación. Que había olido mi corrida en sus bragas al ponérselas. Que la lengua se le había ido sola a la tela para probarme, como yo había hecho antes. Que lo sabía desde siempre. Que le gustaba. Imaginé que era ella quien me había dejado la puerta entreabierta a propósito, quien había puesto esa cesta justo donde yo iba a verla, quien jugaba conmigo desde el primer verano sin que yo me diera cuenta, esperando el día en que yo tuviera huevos para cruzar el pasillo y metérsela hasta el fondo.

No aguanté mucho más. Sentí el tirón en los huevos, la subida caliente por el tronco, y me corrí a chorros sobre mi propia mano, sobre el vientre, sobre la piel, resbalando hasta abajo, con los ojos cerrados y la imagen de ella grabada por dentro. Fueron tres, cuatro descargas gruesas que me dejaron temblando, con la polla latiéndome todavía en el puño, escupiendo los últimos restos espesos entre los dedos. Me quedé un rato así, en silencio, con el semen enfriándoseme sobre el estómago, antes de limpiarme y dejar caer el móvil sobre la cama.

Sabía que volvería a casa de Bruno. Sabía que la vería otra vez, que me abrazaría un segundo de más, que se acomodaría el tanga delante de mí como si nada. Y sabía que, mientras esa puerta siguiera al fondo del pasillo, yo nunca iba a dejar de inventar excusas para cruzarla.

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Comentarios(9)

Ricky_Baires

Excelente!!!

MandoMx77

Se corto justo cuando se ponia bueno, por favor seguí contando!

SergioBaires

Siempre esa tensión con las madres de los amigos jaja. Bien narrado, muy bien llevado.

Lautaro_ok

El detalle del tanga me mato jajajaja tremendo. Seguí así!!

Celeste_cba

Me recordó a situaciones de mi adolescencia, ese morbo de lo prohibido que uno siente y no puede evitar. Genial como lo contaste, se siente muy real.

DreamReader88

Y después? Alguien llegó a la habitación o no? Quiero saber como termina esto

Gabi_ros

bien ahí!!! quiero la segunda parte ya

PatoLector

Muy bien escrito, se nota que sabés narrar. Felicitaciones

Malena_BA

Me atrapó desde la primera línea, esa descripción inicial ya te mete de lleno en la historia. Esperando mas relatos así, de verdad!

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