El encaje que probamos sobre su piel desnuda
Se acercaba la hora de cerrar y la tarde no había dado para mucho. Apenas dos clientas que no gastaron ni para cubrir la luz del local. Ya nadie entra a una mercería, y menos a una tan vieja y oscura como la mía, heredada de mi madre junto con sus cajones llenos de hilos que nadie compra.
Recorrí el lugar con la mirada hasta detenerme en el rincón del fondo, donde tomo las medidas para los arreglos. Ahí estaba el sofá de pana, gastado en los apoyabrazos. Me llamaba a gritos. Sin darme cuenta empecé a imaginarme tendida en él, desnuda, jugando con mis pezones y mi clítoris como tantas otras tardes muertas. Una humedad tibia se asomó entre mis muslos. Llevaba demasiado tiempo sin que nadie me tocara.
La campanilla de la puerta tintineó y me arrancó de la fantasía de golpe. Entró una pareja, más joven que yo, rondando los treinta. Él era alto, castaño, con una barba corta y unos ojos que no supe de qué color eran pero que me sostuvieron la mirada un segundo de más. Un tatuaje le rodeaba el antebrazo como un brazalete. Ella, rubia, con el pelo liso enmarcándole una cara de muñeca y unos ojos enormes y claros que sonreían antes que su boca.
Los dos me gustaron de inmediato. Pero estaba en mi trabajo, así que tragué saliva y me obligué a sonar profesional.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlos? —dije, acomodándome el delantal.
—Hola, buenas —contestó ella con una voz aterciopelada que me erizó la nuca—. Estoy buscando encaje a granel. Me dijeron que aquí venden del bueno.
Él sonrió de costado, con algo de diablillo en la cara. Hubo un gesto entre ellos, una complicidad demasiado cargada para tratarse de un arreglo cualquiera.
—Por supuesto. ¿De qué color lo quiere? Le muestro los patrones que tengo —ofrecí, abriendo el cajón de las telas finas.
—Negro —respondió ella sin dudar—. Solo negro.
Ella le buscó los ojos a él y él se los devolvió encendido, como si compartieran un secreto que estaban a punto de soltar.
—Mira, te explico —dijo él, apoyándose en el mostrador—. Mi mujer cose increíble. Tengo la fantasía de que se confeccione un mono entero de encaje, ajustado al cuerpo, sin nada debajo. Y salir a caminar de noche con ella puesta, que todos la miren mientras yo no paro de tocarla.
Demasiada información para mantener la compostura.
—Si es para eso —dije, y mi propia voz me sonó más ronca de lo que pretendía—, lo mejor es probar cómo cae la tela directamente sobre la piel. Cada cuerpo es distinto. Pero claro, tendría que desnudarse para ver cómo ajusta en los pechos y en la entrepierna.
El calor me había subido a las mejillas. Sentía el tanga empapado de solo imaginar a ese ángel rubio envuelto en encaje negro y nada más.
—Si me permiten, voy a cerrar la puerta para que no nos interrumpa nadie —añadí—. Pónganse cómodos en ese sofá.
Eché el pestillo, di vuelta el cartel a «cerrado» y respiré hondo antes de volver al fondo. Lo que encontré me cortó la respiración.
***
Bruno —así lo llamó ella un momento después— estaba sentado en el sofá, y sobre su regazo Daniela ya estaba completamente desnuda, con las piernas cruzadas. Tenía unos pechos firmes y unos pezones que me hicieron salivar. Él le acariciaba las nalgas y le besaba el hombro, dejándole pequeños lametones que la hacían arquearse. Intenté serenarme, pero a esas alturas mi humedad ya traspasaba el pantalón y mis pezones se marcaban duros bajo la camisa.
—Probemos primero esta —dije, desplegando una tira de encaje calado—. El dibujo deja ver sin mostrar todo. Es perfecto para lo que buscan.
Daniela se levantó y se acercó.
—A ver, ponlo sobre mi piel —pidió—. ¡Mira, amor! Me cubre solo la punta de los pezones, no las areolas.
Bruno se puso de pie y le rodeó los pechos con las manos por encima de la tela. Ella gimió con el roce del encaje, un sonido bajo que me recorrió la espalda entera.
—¿Podés pasar la tela entre sus piernas para ver cómo queda abajo, mientras yo la sostengo arriba? —me dijo él, mirándome fijo.
Me estaba derritiendo. Aun así obedecí. Apoyé las manos en su entrepierna, con las palmas hacia afuera, rozándole los labios con el dorso de los dedos. Ladeé la cabeza y lo vi a él, completamente empalmado, a punto de reventar los pantalones. Empecé a mover las manos, acariciándole los muslos a Daniela, dejando que la tela se metiera entre sus labios y se frotara contra su clítoris. Se humedeció toda en segundos.
Cuando levanté la vista, su cara era puro placer, y no era solo por mí. Bruno sostenía el encaje únicamente desde los pezones, masajeándola, haciéndola vibrar con la aspereza del calado sobre los botones tiesos.
—Tranquila —dijo él con media sonrisa—. Lo que manchemos, lo pagamos.
—No se preocupe —respondí, con la boca seca de tantas ganas—. Es más, si me permiten, puedo empezar a limpiar yo misma.
Sin esperar respuesta, aparté la tela y hundí la lengua entre las piernas de Daniela, buscando ese clítoris que ya empezaba a hincharse. Ella me puso una mano en la cabeza y me apretó hacia sí mientras abría más las piernas. Un hilo cálido llegó a mi lengua y empecé a lamer y chupar como si no hubiera un mañana. Gemía cada vez más fuerte, meciendo las caderas al ritmo de mi boca. Su respiración se aceleró, las piernas le temblaron y un torrente cayó sobre mi lengua y mi mentón. El orgasmo la dejó tambaleándose.
—Vaya —dijo Bruno, divertido—. No sabía que en las mercerías ofrecían este servicio.
***
Se colocó detrás de mí y me levantó del piso con una facilidad que me sorprendió. Pasó las manos por delante y empezó a desabrochar mi camisa, botón por botón, hasta abrirla del todo y dejar mis pechos al aire, hinchados de pura excitación, tensando el corpiño. Yo bajé una mano hasta su entrepierna. La vista no me había engañado: estaba duro como una piedra, con un bulto enorme. Encontré la abertura del pantalón y liberé esa verga goteante que me golpeó las nalgas al salir.
Daniela se acercó y terminó de desnudarme mientras Bruno me amasaba los pechos y me pellizcaba los pezones. En pocos segundos estábamos los tres desnudos en el fondo de mi vieja tienda. Ella enfrente, acariciándome el sexo chorreante mientras nos besábamos con la lengua. Él detrás, volviéndome loca con las manos en mis tetas y la boca mordiéndome el cuello. Y yo, con una mano masturbando esa polla que ya deseaba antes de verla, y con la otra buscando el punto exacto entre las piernas de Daniela. Los tres gemíamos como si nos conociéramos de toda la vida.
Me llevaron al sofá y me sentaron con las piernas abiertas. Daniela se arrodilló y empezó a penetrarme con dos dedos mientras me chupaba el clítoris. Me corrí casi enseguida, mojándole la boca y la barbilla. Tengo la maldita suerte de ser hipersensible: para mí el primer orgasmo nunca es el último.
Bruno se subió al sofá de pie, una pierna a cada lado de mi cuerpo, y me apoyó la punta de la polla en los labios. Saqué la lengua para saborear ese sabor salado que ya había probado con los dedos. Sin decir una palabra, me sostuvo la cabeza con ambas manos y empezó a moverse, despacio al principio, hundiéndose hasta hacerme cerrar los ojos. Me la metía sin parar, dejándome respirar solo cuando Daniela me arrancaba otro temblor desde abajo.
Él aceleró. Se le tensaron los músculos del vientre y sentí ese calor inconfundible llenándome la boca. Tragué igual que tragaba ella, perdida en su propio orgasmo entre mis piernas.
***
Los tres respirábamos agitados, pero él seguía duro como al principio. Daniela se puso de espaldas, apoyando las manos en el respaldo del sofá, y Bruno la penetró de una sola estocada. Empezó un vaivén lento y profundo, y por el brillo de sus muslos quedaba claro que ella estaba completamente mojada.
No lo pensé dos veces. Me escurrí entre las piernas de los dos para recoger con la boca todo lo que cayera de ese cruce. Le lamía el clítoris a Daniela y sus gemidos se volvían más graves, más hondos, encadenando una ola tras otra que yo iba recogiendo en la lengua sin dejar de tocarme con la otra mano. La imagen de los dos, ese encuentro perfecto justo encima de mí, me tenía al borde otra vez.
De pronto Daniela soltó un grito que se mezcló con el mío en un dúo casi musical, mientras Bruno dejaba escapar un sonido bronco y un «me corro» que le puso letra a todo. Cayó sobre mí la mezcla de los dos, y yo tragué sin perder una gota. Cuando él se retiró, el resto resbaló por mi cara y mi cuello. Vinieron los dos y me besaron, limpiándome con la lengua, riéndose bajito contra mi piel.
—El servicio de esta mercería es sobresaliente —dijo Bruno, dejándose caer a mi lado.
—Sí, amor —contestó Daniela, todavía sin aliento—. Creo que deberíamos volvernos clientes asiduos.
—Será un verdadero placer tenerlos como clientes preferenciales —respondí, y los tres nos reímos.
Quedamos los tres enredados en el sofá de pana, acariciándonos sin prisa, planeando ya el próximo encuentro. Por primera vez en mucho tiempo, no me imaginé sola en ese rincón.
Pero esa historia la contaré otro día.