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Relatos Ardientes

La fantasía que mi padrastro nunca se atrevió a confesar

Vivo en Mérida, donde el calor no da tregua ni de noche. Soy enfermera, ronde los treinta y todavía vivo con mi madre y con Gerardo, mi padrastro, en una casa grande de patio interior y techos altos. Cuento todo esto porque quiero que entiendan el aire que se respiraba ahí dentro: pesado, húmedo, cargado de cosas que nadie decía en voz alta.

Por el clima me acostumbré a andar con poca ropa en casa. Shorts cortos, blusas sueltas sin corpiño, el pelo recogido para que no se me pegara a la nuca. No lo hacía con ninguna intención, pero sé el efecto que tiene mi cuerpo. Lo cuido, voy al gimnasio, me gusta cómo se ve, y no soy ingenua: he sentido cómo me miran los hombres desde que era muy joven, cómo se les van los ojos a mis tetas cuando el sudor pega la blusa, cómo se les traba la mirada en mi culo cuando me agacho.

Gerardo entró en mi vida cuando yo ya era una adolescente, así que nunca lo vi del todo como un padre. Era cariñoso, eso sí. Me abrazaba al pasar, me decía que me quería, me apartaba un mechón de la cara. Y había algo en esos abrazos que duraba un segundo de más, una tensión que ninguno de los dos nombraba. Él lo sabe, y yo también, pensaba. Pero estaba mi madre, estaba la casa, estaba todo lo que no se puede tocar.

Una tarde de domingo, recién llegada de la playa, me puse una falda corta y me tiré en el sofá a ver una película. Gerardo se sentó a mi lado mientras mi madre se duchaba. Me pasó el brazo por los hombros, me dijo al oído que era la mejor cosa que le había pasado en la vida, y yo le di un beso en la mejilla. Sentí su mano tan cerca de mi rodilla que casi podía contar los segundos que le faltaban para subir un poco más. No subió. Nunca subía.

Esa misma noche me desperté con sed. Bajé descalza por el pasillo, sin encender ninguna luz, y al pasar frente al cuarto de mis padres escuché a mi madre. Gemía bajito, rítmico, y se oía el golpe de los cuerpos contra el colchón, el crujido de los resortes, la voz ronca de Gerardo diciéndole que se la iba a llenar. Me quedé congelada en la oscuridad, con el vaso vacío en la mano y un calor distinto subiéndome por dentro. Se me endurecieron los pezones bajo la camiseta y sentí cómo el coño se me humedecía sin permiso. Quise meterme la mano en las bragas ahí mismo, contra la pared del pasillo, hurgarme con dos dedos hasta correrme escuchándolos, pero el miedo a que me descubrieran me lo impidió. Volví a la cama temblando, me arranqué las bragas y me froté el clítoris hasta correrme mordiendo la almohada, imaginando que era yo la que tenía a un hombre encima empujando así.

Esa semana entera me dormí imaginando cosas que no debía imaginar. No era a Gerardo exactamente; era la idea de un hombre mayor, de manos grandes, de alguien que supiera lo que hacía, de una polla gruesa que me abriera de par en par. Llevaba meses sin nadie, meses sin una verga adentro, meses masturbándome con los dedos y sin quedar realmente satisfecha. La fantasía se me había metido en la piel y no se iba. Cada noche terminaba con dos dedos hundidos en el coño y el otro pulgar dándole vueltas al clítoris, corriéndome en silencio con la boca apretada.

***

El viernes siguiente, Gerardo trajo a Rubén, un compadre suyo de toda la vida, de su misma edad, ronde los cincuenta y cinco. Era ancho de hombros, con canas en las sienes y una voz grave que llenaba la habitación. Se quedaron a ver el fútbol. Cuando salí a la cocina por algo de cenar, sentí los ojos de Rubén clavados en mí, recorriéndome sin disimulo, deteniéndose en mis tetas sueltas bajo la blusa y bajando después por mi culo cuando me giré. Lo saludé, me senté un rato con ellos con las piernas cruzadas, sabiendo que la falda se me subía y él lo veía todo. Mi madre nos sirvió café y se fue a dormir temprano.

Para la medianoche se soltó una tormenta de esas que no paran. La lluvia caía como si quisiera tirar la casa. Gerardo le dijo a Rubén que se quedara, que tomara el cuarto de huéspedes, y él aceptó sin pensarlo. Yo subí a mi habitación con el corazón raro, como si supiera algo que aún no había pasado. Me quité el sostén, me dejé puestas unas bragas mínimas y una camiseta finita, y me metí en la cama sabiendo que no iba a dormir.

No podía. Bajé otra vez por agua y lo encontré despierto, recostado en el sillón de la sala, mirando la lluvia por la ventana.

—Bonita noche —dijo en voz baja.

—Buenas noches, don Rubén. Bajé a tomar agua.

—¿No puedes dormir?

—La verdad que no. Y usted tampoco, por lo que veo.

—Ya somos dos —sonrió—. ¿Tus papás?

—Durmiendo. Desde aquí solo se oyen los ronquidos de Gerardo.

Se levantó despacio. Era mucho más alto de lo que recordaba.

—¿Salimos un rato al patio? Parece que ya escampa. Me recuerdas a mi hija, ¿sabes? Eres muy hermosa.

—Está bien —dije, y no supe por qué lo dije.

Apenas pisé las baldosas mojadas del patio, su mano me tomó de la cintura con una firmeza que no esperaba. Me quedé inmóvil, sin saber si apartarme o quedarme. El corazón se me subió a la garganta. Me llevó contra la pared, bajo el alero, donde la luz no llegaba, y su otra mano se deslizó por debajo del short y por dentro de la braga, directa al coño, sin rodeos.

—Tranquila —murmuró—. Ya eres una mujer. No tiene nada de malo.

Sus dedos encontraron mi clítoris y empezaron a moverse en círculos lentos, apretando con la yema justo donde había que apretar. Sentí cómo me abría los labios con dos dedos y me metía el índice hasta el nudillo, buscándome por dentro.

—Estás empapada, chiquita —susurró contra mi oreja—. Llevas toda la noche mojada por mí, ¿verdad?

Quise protestar, abrí la boca, pero lo que salió fue un jadeo largo. Pensé en mi madre gimiendo aquella madrugada, en toda la semana imaginando exactamente esto, y mi cuerpo se rindió antes que mi cabeza. Le agarré la muñeca no para apartarla sino para hundirle más los dedos.

—No deberíamos —alcancé a decir.

—¿Quieres que pare? —preguntó, sin parar, metiéndome ya dos dedos, curvándolos dentro.

No contesté. Apoyé la frente en su hombro y dejé que siguiera. Bajé la mano y le apreté por encima del pantalón: la tenía dura como piedra, gruesa, palpitando bajo la tela. Se la saqué. Estaba caliente, pesada en mi palma, con la punta ya mojada. Se la bombeé despacio mientras él seguía dedeándome, y sentí cómo se me contraía el coño con solo pensar en tenerla dentro.

—Vamos a tu cuarto —susurró—. Nadie va a enterarse. Te voy a follar como llevas meses necesitando.

—¿Promete que no le dice nada a Gerardo?

—Te lo juro.

—Entonces venga. Rápido y sin ruido.

***

Subimos pegados a la pared, pisando la alfombra del pasillo como dos ladrones. Los ronquidos de Gerardo seguían marcando el silencio. Entramos a mi habitación y dejé la puerta entrecerrada para no hacer ruido al cerrarla. Rubén se quitó la camisa y el pantalón sin prisa, como un hombre que ha hecho esto muchas veces. Su polla saltó libre, dura, curvada hacia arriba, más gruesa de lo que había calculado con la mano. Yo me deshice del short y de la blusa con las manos temblando y me quedé desnuda frente a él, con los pezones tan tiesos que dolían.

—Ven acá —dijo, y me empujó suave hasta sentarme al borde de la cama con él de pie delante.

Le agarré la verga con las dos manos y me la metí en la boca sin pensarlo. La chupé entera, lamiéndole la punta, bajando por el tronco, sintiendo cómo me llenaba los cachetes. Rubén me puso una mano en la nuca y marcó el ritmo, empujándome despacio, hasta el fondo, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y me atraganté un poco.

—Así, chiquita, mámamela así, que la tienes rica en esa boquita.

Le chupé los huevos también, uno por uno, mientras lo masturbaba, y volví a tragármela hasta que noté que iba a acabar demasiado pronto. Me apartó de un tirón del pelo.

—Túmbate. Abre las piernas.

Me tumbé de espaldas y abrí bien las piernas para él. Se arrodilló entre mis muslos y me clavó la boca en el coño. Me lamió de arriba abajo, dio vueltas alrededor del clítoris con la punta de la lengua y después lo chupó entero, succionándomelo. Me metió dos dedos y curvó hacia arriba, buscando el punto exacto que me hacía retorcerme. Tuve que meterme el puño en la boca para no gritar. Se me vino un orgasmo pequeño, temblón, que me sacudió las caderas contra su cara mientras él seguía chupándome como si quisiera vaciarme.

—Ahora te la meto —dijo, subiéndose sobre mí, con los labios brillándole de mí.

Se acostó sobre mí. Le rodeé la cintura con las piernas y sentí cómo la punta se acomodaba en la entrada del coño. Empujó despacio al principio, abriéndome centímetro a centímetro, llenándome de un modo que llevaba meses sin sentir. Mordí la almohada para no gritar. Cuando la tuvo hasta el fondo se quedó quieto un segundo, respirando en mi cuello.

—Qué apretada estás, cabrona. Como si fuera la primera.

—Muévete, por favor —le rogué—. Fóllame ya.

Empezó a bombear, lento y hondo, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela hasta los huevos. Sentía cómo me golpeaba dentro, cómo cada embestida me subía las tetas y me arrancaba un jadeo que él ahogaba con la mano en mi boca.

—Despacio —jadeé cuando me soltó la boca—, mi papá está al otro lado.

—Te voy a confesar algo —dijo él, sin dejar de moverse, clavándomela cada vez más fuerte—. Una vez, borracho, Gerardo me contó que se moría por ti. Que no se atrevía ni a mirarte demasiado. Que soñaba con cogerte.

—¿En serio dijo eso?

—Muchas cosas dijo. Que se hacía la paja pensando en ti. No sé si creerle todas.

La idea me golpeó como una corriente. No supe si era verdad o si Rubén lo decía para calentarme, pero ya no importaba. El coño se me apretó alrededor de su polla con solo imaginarlo, y él lo sintió y sonrió.

—Te gustó saberlo, ¿eh? Puta.

La fantasía de toda la semana se había vuelto real y tenía una verga bien gruesa metida hasta el fondo. Cambiamos de posición. Me puse en cuatro, de espaldas a la puerta, con el culo bien alto para él. Me dio una nalgada suave, otra más fuerte, y sentí la punta de la polla resbalar por el coño empapado antes de entrar de nuevo, más profundo, más brusco. Mis manos apretaban las sábanas. Se agarró de mis caderas y empezó a follarme en serio, con golpes secos, sonoros, la carne chocando contra la carne.

—Creo que tu padrastro está afuera —me dijo al oído, casi sin voz, inclinándose sobre mi espalda sin dejar de embestirme—. Veo una sombra en la rendija de la puerta.

Se me cortó el aliento. Yo no podía mirar atrás; solo él tenía ese ángulo. ¿Y si era cierto? ¿Y si Gerardo estaba ahí, en la oscuridad, con la polla en la mano, mirando cómo otro hombre de su edad me hacía lo que él nunca se atrevió? En lugar de asustarme, me encendí entera. El morbo de saberme observada, deseada desde las sombras, me arrastró por completo. Arqueé más la espalda, saqué el culo, me abrí más para que Rubén me la clavara hasta el alma y para que Gerardo lo viera todo.

—Que mire —dije, y me sorprendió mi propia voz—. Que vea todo lo que él nunca pudo. Que vea cómo me la meten.

—Eso es —gruñó Rubén, agarrándome del pelo y tirando hacia atrás—. Mueve así ese culo, que te está viendo. Enséñale cómo se coge a su hijastra.

Me la metía entera, con fuerza, haciendo temblar la cama. Gemí más fuerte de lo prudente, sabiendo que cada sonido cruzaba la rendija de la puerta. Imaginé a Gerardo respirando agitado en el pasillo, la polla afuera, meneándosela mientras su compadre me destrozaba, conteniéndose de entrar y cumpliendo a medias el deseo que cargaba desde hacía años. Rubén me metió el pulgar en la boca y yo lo chupé con hambre, y después ese mismo pulgar mojado me lo apoyó en el culo, presionando la entradita, jugando ahí sin meterlo del todo. La idea de ser el centro de esa escena, de los dos hombres a la vez, uno cogiéndome y el otro mirando y masturbándose, me llevó a un orgasmo que me dobló sobre la cama. Me corrí gimiendo contra la almohada, con el coño estrujándole la polla, con el cuerpo entero temblando de arriba abajo.

***

No paramos ahí. Me subí encima de él, de espaldas, de cara a la puerta, para que la sombra del pasillo viera cómo me movía. Me empalé sola en su verga, bajando lento hasta sentarme del todo, y empecé a cabalgarlo con las piernas abiertas de par en par. Rubén me sostenía las caderas y yo marcaba el ritmo, subiendo y bajando, dejando que la polla saliera casi entera antes de tragármela de nuevo. Me toqué los pezones, me apreté las tetas, bajé una mano al clítoris y me lo froté en círculos mientras me lo montaba, sabiendo que Gerardo lo estaba viendo todo desde el pasillo: mi coño abierto, la verga entrando y saliendo brillante de mis jugos, mis dedos jugando encima. Perdida en el placer y en el juego de saberme mirada, gemía sin cuidado.

—Me encantaría que tu madre algún día disfrutara de esto —jadeó él, embistiendo hacia arriba para clavármela más hondo.

—Calla —reí entre gemidos—, no tientes a la suerte.

Sentí que se iba a venir. Se puso rígido debajo de mí, me clavó los dedos en las caderas y empezó a bombear hacia arriba con desesperación.

—¿Dónde? —jadeó—. ¿Dónde te la echo?

—Adentro —le dije sin pensarlo—. Córrete adentro, que él lo escuche.

Cuando se vino, lo hizo con un temblor largo y un gruñido ahogado contra mi nuca. Sentí los chorros calientes llenándome el coño, uno tras otro, mientras seguía moviéndome despacio para ordeñarlo entero. Cuando por fin se quedó quieto, me levanté un poco y sentí el semen escurrirse entre mis muslos. Yo me derrumbé sobre él, sudada, con el corazón a mil, con el coño chorreándome. Nos quedamos un rato así, recuperando el aliento, escuchando la lluvia que volvía a arreciar afuera.

—Eres increíble —me dijo, apartándome el pelo húmedo de la cara—. Voy a hacer lo posible por volver a verte.

—Solo por esta noche —le contesté, aunque las dos sabíamos que era mentira.

Nos acomodamos de cucharita, él detrás de mí, la polla todavía a medio bajar apoyada contra mi culo, su respiración haciéndose lenta. Por la edad que tenía, por sus manos grandes y su voz grave, por un instante sentí que ese era el cuerpo que llevaba semanas imaginando. Me dormí pegada a él, satisfecha de un modo que no recordaba, con el semen todavía tibio adentro.

Cerca de las cinco de la mañana lo sentí levantarse. Me dio un beso en el hombro.

—Nos vemos pronto —murmuró.

Cuando desperté, ya no estaba. La casa olía a café y la tormenta había pasado.

***

Esa mañana Gerardo no me dirigió la palabra. Ni un buenos días, ni un gesto. Comió en silencio, con la vista clavada en el plato, y por primera vez no me abrazó al pasar. Mi madre lo notó y, sin saber nada, me dijo que a veces se levantaba de mal humor, que no le hiciera caso.

Pero yo sabía. Sabía por qué evitaba mis ojos, por qué le temblaba un poco la mano al servirse el café. No fue hasta dos días después que volvió a hablarme con normalidad, como si nada, como si aquella rendija de puerta no existiera.

Nunca le pregunté si de verdad estuvo ahí esa noche. No hace falta. Cada vez que ahora me abraza un segundo de más, cada vez que aparta la mirada cuando entro con poca ropa, lo sé. Y, lo confieso, me gusta saberlo. Hay fantasías que no se cumplen del todo precisamente para que sigan ardiendo, calladas, del otro lado de una puerta entornada.

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Comentarios(8)

LuchoBA

increible... tuve que releerlo dos veces para asimilarlo jajaja. Muy bien narrado, se siente real.

NocturnaBA_77

Por favor una segunda parte!!! Me quede con demasiadas ganas

MarisolTuc

Que tension la que describes desde el principio. No pude parar de leer hasta el final, muy bueno.

Pato_Salta

tremendo relato, de los mejores que lei aca

ClaraV_99

Hay algo en esa mezcla de culpa y adrenalina que lo hace irresistible. Me recordo a una situacion parecida que viví hace años jaja. Seguí subiendo!

javier_lect

El detalle del sillon me mato jajaja. Bien logrado el ambiente, se siente la tension en cada parrafo.

RocioCordoba_

Que final... quede sin palabras. 10/10

Seba_lector

Muy buen relato, corto pero contundente. Espero que sigas compartiendo mas, tenes buena pluma.

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