La fantasía que mi padrastro nunca se atrevió a confesar
Vivo en Mérida, donde el calor no da tregua ni de noche. Soy enfermera, ronde los treinta y todavía vivo con mi madre y con Gerardo, mi padrastro, en una casa grande de patio interior y techos altos. Cuento todo esto porque quiero que entiendan el aire que se respiraba ahí dentro: pesado, húmedo, cargado de cosas que nadie decía en voz alta.
Por el clima me acostumbré a andar con poca ropa en casa. Shorts cortos, blusas sueltas, el pelo recogido para que no se me pegara a la nuca. No lo hacía con ninguna intención, pero sé el efecto que tiene mi cuerpo. Lo cuido, voy al gimnasio, me gusta cómo se ve, y no soy ingenua: he sentido cómo me miran los hombres desde que era muy joven.
Gerardo entró en mi vida cuando yo ya era una adolescente, así que nunca lo vi del todo como un padre. Era cariñoso, eso sí. Me abrazaba al pasar, me decía que me quería, me apartaba un mechón de la cara. Y había algo en esos abrazos que duraba un segundo de más, una tensión que ninguno de los dos nombraba. Él lo sabe, y yo también, pensaba. Pero estaba mi madre, estaba la casa, estaba todo lo que no se puede tocar.
Una tarde de domingo, recién llegada de la playa, me puse una falda corta y me tiré en el sofá a ver una película. Gerardo se sentó a mi lado mientras mi madre se duchaba. Me pasó el brazo por los hombros, me dijo al oído que era la mejor cosa que le había pasado en la vida, y yo le di un beso en la mejilla. Sentí su mano tan cerca de mi rodilla que casi podía contar los segundos que le faltaban para subir un poco más. No subió. Nunca subía.
Esa misma noche me desperté con sed. Bajé descalza por el pasillo, sin encender ninguna luz, y al pasar frente al cuarto de mis padres escuché a mi madre. Gemía bajito, rítmico, y se oía el golpe de los cuerpos contra el colchón. Me quedé congelada en la oscuridad, con el vaso vacío en la mano y un calor distinto subiéndome por dentro. Quise tocarme ahí mismo, contra la pared del pasillo, pero el miedo a que me descubrieran me lo impidió. Volví a la cama temblando.
Esa semana entera me dormí imaginando cosas que no debía imaginar. No era a Gerardo exactamente; era la idea de un hombre mayor, de manos grandes, de alguien que supiera lo que hacía. Llevaba meses sin nadie. La fantasía se me había metido en la piel y no se iba.
***
El viernes siguiente, Gerardo trajo a Rubén, un compadre suyo de toda la vida, de su misma edad, ronde los cincuenta y cinco. Era ancho de hombros, con canas en las sienes y una voz grave que llenaba la habitación. Se quedaron a ver el fútbol. Cuando salí a la cocina por algo de cenar, sentí los ojos de Rubén clavados en mí, recorriéndome sin disimulo. Lo saludé, me senté un rato con ellos. Mi madre nos sirvió café y se fue a dormir temprano.
Para la medianoche se soltó una tormenta de esas que no paran. La lluvia caía como si quisiera tirar la casa. Gerardo le dijo a Rubén que se quedara, que tomara el cuarto de huéspedes, y él aceptó sin pensarlo. Yo subí a mi habitación con el corazón raro, como si supiera algo que aún no había pasado.
No podía dormir. Bajé otra vez por agua y lo encontré despierto, recostado en el sillón de la sala, mirando la lluvia por la ventana.
—Bonita noche —dijo en voz baja.
—Buenas noches, don Rubén. Bajé a tomar agua.
—¿No puedes dormir?
—La verdad que no. Y usted tampoco, por lo que veo.
—Ya somos dos —sonrió—. ¿Tus papás?
—Durmiendo. Desde aquí solo se oyen los ronquidos de Gerardo.
Se levantó despacio. Era mucho más alto de lo que recordaba.
—¿Salimos un rato al patio? Parece que ya escampa. Me recuerdas a mi hija, ¿sabes? Eres muy hermosa.
—Está bien —dije, y no supe por qué lo dije.
Apenas pisé las baldosas mojadas del patio, su mano me tomó de la cintura con una firmeza que no esperaba. Me quedé inmóvil, sin saber si apartarme o quedarme. El corazón se me subió a la garganta. Me llevó contra la pared, bajo el alero, donde la luz no llegaba, y su otra mano se deslizó por debajo de mi short.
—Tranquila —murmuró—. Ya eres una mujer. No tiene nada de malo.
Sus dedos encontraron mi clítoris y empezaron a moverse en círculos lentos. Quise protestar, abrí la boca, pero lo que salió fue otra cosa. Pensé en mi madre gimiendo aquella madrugada, en toda la semana imaginando exactamente esto, y mi cuerpo se rindió antes que mi cabeza.
—No deberíamos —alcancé a decir.
—¿Quieres que pare? —preguntó, sin parar.
No contesté. Apoyé la frente en su hombro y dejé que siguiera. Sentí su erección apretada contra mi cadera, dura a través de la tela del pantalón, y algo en mí decidió por mí.
—Vamos a tu cuarto —susurró—. Nadie va a enterarse.
—¿Promete que no le dice nada a Gerardo?
—Te lo juro.
—Entonces venga. Rápido y sin ruido.
***
Subimos pegados a la pared, pisando la alfombra del pasillo como dos ladrones. Los ronquidos de Gerardo seguían marcando el silencio. Entramos a mi habitación y dejé la puerta entrecerrada para no hacer ruido al cerrarla. Rubén se quitó la camisa y el pantalón sin prisa, como un hombre que ha hecho esto muchas veces. Yo me deshice del short y de la blusa con las manos temblando.
Se acostó sobre mí. Le rodeé la cintura con las piernas y sentí cómo entraba, despacio al principio, llenándome de un modo que llevaba meses sin sentir. Mordí la almohada para no gritar.
—Despacio —jadeé—, mi papá está al otro lado.
—Te voy a confesar algo —dijo él, sin dejar de moverse—. Una vez, borracho, Gerardo me contó que se moría por ti. Que no se atrevía ni a mirarte demasiado.
—¿En serio dijo eso?
—Muchas cosas dijo. No sé si creerle todas.
La idea me golpeó como una corriente. No supe si era verdad o si Rubén lo decía para calentarme, pero ya no importaba. La fantasía de toda la semana se había vuelto real y tenía a un hombre dentro de mí.
Cambiamos de posición. Me puse en cuatro, de espaldas a la puerta, y lo sentí entrar de nuevo, más profundo. Mis manos apretaban las sábanas.
—Creo que tu padrastro está afuera —me dijo al oído, casi sin voz—. Veo una sombra en la rendija de la puerta.
Se me cortó el aliento. Yo no podía mirar atrás; solo él tenía ese ángulo. ¿Y si era cierto? ¿Y si Gerardo estaba ahí, en la oscuridad, mirando cómo otro hombre de su edad me hacía lo que él nunca se atrevió? En lugar de asustarme, me encendí entera. El morbo de saberme observada, deseada desde las sombras, me arrastró por completo.
—Que mire —dije, y me sorprendió mi propia voz—. Que vea todo lo que él nunca pudo.
—Eso es —gruñó Rubén—. Mueve así ese cuerpo, que te está viendo.
Gemí más fuerte de lo prudente, sabiendo que cada sonido cruzaba la rendija de la puerta. Imaginé a Gerardo respirando agitado en el pasillo, conteniéndose, cumpliendo a medias el deseo que cargaba desde hacía años. La idea de ser el centro de esa escena, de los dos hombres a la vez, me llevó a un orgasmo que me dobló sobre la cama.
***
No paramos ahí. Me subí encima de él, de espaldas, de cara a la puerta, para que la sombra del pasillo viera cómo me movía. Rubén me sostenía las caderas y yo marcaba el ritmo, perdida en el placer y en el juego de saberme mirada.
—Me encantaría que tu madre algún día disfrutara de esto —jadeó él.
—Calla —reí entre gemidos—, no tientes a la suerte.
Cuando se vino, lo hizo con un temblor largo y un gruñido ahogado contra mi nuca. Yo me derrumbé sobre él, sudada, con el corazón a mil. Nos quedamos un rato así, recuperando el aliento, escuchando la lluvia que volvía a arreciar afuera.
—Eres increíble —me dijo, apartándome el pelo húmedo de la cara—. Voy a hacer lo posible por volver a verte.
—Solo por esta noche —le contesté, aunque las dos sabíamos que era mentira.
Nos acomodamos de cucharita, él detrás de mí, su respiración haciéndose lenta. Por la edad que tenía, por sus manos grandes y su voz grave, por un instante sentí que ese era el cuerpo que llevaba semanas imaginando. Me dormí pegada a él, satisfecha de un modo que no recordaba.
Cerca de las cinco de la mañana lo sentí levantarse. Me dio un beso en el hombro.
—Nos vemos pronto —murmuró.
Cuando desperté, ya no estaba. La casa olía a café y la tormenta había pasado.
***
Esa mañana Gerardo no me dirigió la palabra. Ni un buenos días, ni un gesto. Comió en silencio, con la vista clavada en el plato, y por primera vez no me abrazó al pasar. Mi madre lo notó y, sin saber nada, me dijo que a veces se levantaba de mal humor, que no le hiciera caso.
Pero yo sabía. Sabía por qué evitaba mis ojos, por qué le temblaba un poco la mano al servirse el café. No fue hasta dos días después que volvió a hablarme con normalidad, como si nada, como si aquella rendija de puerta no existiera.
Nunca le pregunté si de verdad estuvo ahí esa noche. No hace falta. Cada vez que ahora me abraza un segundo de más, cada vez que aparta la mirada cuando entro con poca ropa, lo sé. Y, lo confieso, me gusta saberlo. Hay fantasías que no se cumplen del todo precisamente para que sigan ardiendo, calladas, del otro lado de una puerta entornada.