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Relatos Ardientes

Desperté atado en el aula y ya nada volvió a ser igual

Aquella tarde de febrero el aire acondicionado de la academia llevaba tres días averiado. Yo tenía veintitrés años y un examen de acceso encima, así que volví al aula después del descanso aunque me ardía la piel y la cabeza me palpitaba como si estuviera embotellada a presión. Me había olvidado la única botella de agua en el cajón de mi pupitre y la necesitaba más que respirar.

El edificio estaba en silencio. Todos seguían fuera, en el patio, buscando una sombra. Crucé el pasillo casi corriendo, abrí la puerta del aula y fui directo a mi sitio. El uniforme gris de la academia, esa camisa blanca que nos obligaban a llevar a todos los adultos del curso intensivo, lo tenía empapado de sudor y pegado a la espalda.

Saqué la botella, la abrí y me la vacié encima de la cara y del pecho sin pensarlo. El agua tibia me recorrió el cuello y se metió bajo la tela. No fue suficiente. Mareado, con las paredes girando despacio a mi alrededor, decidí sentarme un momento sobre la mesa más cercana, solo un momento, hasta que se me pasara.

***

En algún punto perdí el conocimiento, porque cuando volví a abrir los ojos ya no estaba sobre aquella mesa. Estaba sentado en la silla del profesor, de cara a las filas de pupitres vacíos, con los brazos llevados hacia atrás y atados al respaldo por unas cuerdas firmes, de un rojo intenso que contrastaba con mi piel. Tiré de ellas por instinto. No cedieron ni un milímetro.

Estaba completamente desnudo salvo por la camisa blanca del uniforme, desabrochada y abierta de par en par. La tela colgaba de mis hombros y dejaba a la vista cada línea de mi torso, los pezones endurecidos por el frío del agua, el rastro de vello que bajaba recto hasta mi sexo. No entendía nada. Y, sin embargo, no tenía miedo.

Seguía mareado, pero era un mareo distinto, parecido al primer minuto después de despertar de un sueño largo. Estaba excitado sin motivo. La tensión de las cuerdas que me mantenían en esa postura mandaba pequeñas descargas por los brazos y la nuca, y notaba cómo mi pene daba leves tirones, hinchándose solo, sin que nadie me tocara todavía.

Entonces me inundó un olor dulce, denso, como a caramelo caliente, y dos manos me rodearon desde atrás. Eran manos de mujer, tibias, que amasaban la piel de mi pecho por donde pasaban. Sus uñas largas y rojas me arañaron los pezones y me arrancaron un escalofrío que me bajó hasta las ingles. Sentí la forma de sus pechos apoyándose contra mis hombros, blandos y firmes a la vez. No dijo nada. Yo tampoco fui capaz de articular palabra. Mi sexo estaba duro como una piedra, las venas marcadas, una gota brillante asomando ya en la punta.

—Quieto —susurró por fin, con la boca pegada a mi oreja—. No vas a ir a ninguna parte.

La mujer rodeó la silla sin prisa. Escuché el tacón de sus botas golpeando el suelo, un sonido seco que retumbaba en el aula vacía, hasta que la tuve delante. Era morena, de melena oscura y ojos que brillaban con algo muy parecido al hambre. Llevaba un uniforme igual al de mis compañeras de curso, pero a ella la falda le quedaba demasiado corta y la camisa demasiado ajustada, sobre todo en el pecho. Parecía mayor que yo, puede que ocho o diez años, una mujer hecha y derecha que sabía exactamente lo que tenía entre manos.

Me miró de arriba abajo, recreándose, y sonrió orgullosa de su propio cuerpo cuando notó que yo no podía dejar de observar el suyo. Yo seguía goteando, indefenso, atado a una silla en mitad de un aula que minutos antes había estado llena de gente. Ella se arrodilló entre mis piernas abiertas. Con los ojos clavados en mi sexo sensible, se acercó muy despacio y lamió solo la punta, apenas un roce de lengua, como quien comprueba el sabor de algo antes de decidirse.

Solté un quejido desesperado cuando se apartó. Volvió a sonreír, encantada de tenerme así. Está jugando conmigo, pensé, y el pensamiento, lejos de molestarme, me puso todavía más al límite. Tenía los ojos húmedos, no de miedo, sino de pura impaciencia por que volviera a tocarme.

A los pocos segundos cedió. Se metió la punta en la boca y empezó a chupar despacio, con una suavidad que me hacía temblar de lo sensible que estaba. Cuando me soltó, mi sexo quedó brillante de saliva y de mis propios fluidos. Y entonces, sin avisar, me tragó entero de golpe. La sentí rodearme con la garganta, cerrada y caliente. Sonidos húmedos, obscenos, llenaron el aula. Ella tarareaba de gusto con cada movimiento y yo gemía sin poder contenerme, las caderas tensas, los muslos temblando.

Era la primera vez en mi vida que alguien me hacía algo así. Nunca había sentido nada parecido, esa mezcla de vergüenza, entrega y placer que me vaciaba la cabeza de cualquier otro pensamiento.

Cuando noté que se me tensaba todo por dentro y que estaba a punto de explotar, se apartó con un sonido seco, un «pop» que resonó en el silencio, y se puso de pie. Una mancha húmeda oscurecía el centro de su falda. Se levantó la tela: no llevaba nada debajo, y se acarició allí con dos dedos, despacio, mirándome a los ojos. Después se desabrochó la camisa y sus pechos quedaron libres de golpe al desaparecer la presión.

No me dio tiempo a mirarla mejor. Con ansia, se sentó a horcajadas sobre mí y se hundió mi sexo de una sola vez, hasta el fondo. Vi las estrellas. Su interior me apretaba con una fuerza que no esperaba, mojado y ardiente. Empezó a moverse con un chapoteo constante, cabalgándome como si le fuera la vida en ello, gimiendo abiertamente mientras me rodeaba la cabeza con los brazos y sus pechos rebotaban contra mi cara.

Yo tenía las mejillas húmedas, el cuerpo entero vibrando, la punta de mi sexo golpeando su fondo una y otra vez. Y justo cuando creí que ya no aguantaba más, paró. Con un quejido lento se levantó y me dejó al aire, rosado y palpitante, a un suspiro de estallar. Me guiñó un ojo, se recompuso la camisa con una calma cruel y salió por la puerta del aula sin mirar atrás.

Me quedé fuera de mí. Desesperado, dolorido, con las cuerdas marcándome los brazos y una necesidad que me subía por todo el cuerpo. Vuelve, quise gritar, pero no me salió la voz.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Lo siguiente que oí fue la puerta del fondo del aula abriéndose otra vez. Un chico rubio, más o menos de mi edad, entró vestido con el mismo uniforme que yo llevaba antes de despertar atado a la silla. Camisa blanca, pantalón gris, esa corbata floja que nadie sabía anudar bien. Avanzó hacia mí muy despacio, sin apartar los ojos de los míos ni un segundo.

Mientras caminaba se desabrochó el cinturón. La hebilla golpeó el suelo cuando dejó caer los pantalones, y aquel sonido metálico me obligó a contener un jadeo. Tampoco él llevaba nada debajo. Se dejó la camisa puesta, se acarició un par de veces, lento, y siguió mirándome con una expresión de puro deseo, como si yo fuera lo único que importaba en aquel edificio.

Debía de ofrecer una imagen lamentable: la cara mojada, los músculos tensos por el placer que no había podido descargar, el sexo hinchado hasta doler. A él, en cambio, le brillaba el hambre en la cara. Cuando estuvo lo bastante cerca como para que su punta quedara a la altura de mi boca, se dio la vuelta y se inclinó hacia delante.

Me dejó delante la imagen de su entrada, tensa y dispuesta, y de unas nalgas firmes, de músculo puro, con una forma perfecta. Las manos me picaban de las ganas de agarrarle. Mi sexo entero latía por hundirse en aquel hueco estrecho que parecía pedir a gritos que lo llenaran.

Mirándome por encima del hombro, el chico agarró mi miembro y lo guió hacia él. Estaba mucho más cerrado que ella; le costó varios segundos lograr que entrara del todo. La estrechez me apretaba por todos lados, casi insoportable. Y cuando empezó a mover las caderas yo no pude evitar empujar las mías hacia arriba, clavándome en él con un gemido ronco. Sus jadeos bajos se mezclaron con los míos en el aula desierta.

En las últimas embestidas todo se volvió insoportablemente intenso. Sentía cada parte de mi cuerpo al mismo tiempo: la respiración entrecortada buscando aire, el sudor corriéndome por la nuca y el torso, las cuerdas mordiéndome los brazos, el roce de mi espalda contra el respaldo acolchado de la silla, los pies descalzos firmes en el suelo. Su interior me daba espacio para entrar y entrar, una y otra vez, mientras yo gritaba con la boca abierta, los ojos húmedos, fuera de mí.

Exploté dentro de él con una fuerza que me sacudió entero. Todo lo que llevaba semanas guardando se descargó de golpe, llenándolo, escapándose hacia fuera. El chico no se detuvo: siguió moviéndose despacio, alargándome el orgasmo hasta que mi cuerpo se quedó sin fuerzas, sacudido por espasmos que no podía controlar, la mente flotando en una nube blanca. Saciado. Completo. Vacío en el mejor de los sentidos.

***

Abrí los ojos de golpe. Estaba tumbado sobre la mesa del fondo del aula, vestido, con la camisa empapada de sudor y la botella de agua vacía rodando por el suelo. El murmullo de mis compañeros volvía del patio. No había cuerdas, ni mujer morena, ni chico rubio. Solo el aire caliente y mi corazón latiendo como un tambor.

Me incorporé despacio, con las piernas temblando, y comprobé que seguía duro como una piedra debajo del pantalón gris. Tardé un buen rato en serenarme, fingiendo que buscaba algo en la mochila mientras los demás ocupaban sus sitios.

Desde aquel día no he sido capaz de volver a entrar en esa aula sin que el cuerpo me traicione. Me siento en mi pupitre, miro la silla del profesor y vuelvo a estar atado a ella, esperando unos tacones que se acercan y unos pasos que se inclinan. Nunca sabré si fue el calor, el agotamiento o algo que mi cabeza llevaba demasiado tiempo callando. Solo sé que, cada noche, cierro los ojos y deseo volver a quedarme dormido justo allí.

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Comentarios (5)

SolteroBA_ok

dios mio...que relato!!! me quede sin palabras

MarceloRdz

necesito una segunda parte ya!! me quede con ganas de saber como termina todo esto, no podes dejarnos asi

Karina_Mza

Increible la forma en que lo contaste, te engancha desde el primer parrafo sin soltar. Sigue escribiendo por favor!

RominaBaires

me recordo a una fantasia que tuve hace tiempo jajaja, pero esto lo supera con creces. muy bueno

cordobes_noc

tremendo relato!!! 10 puntos

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