La tormenta me dejó a solas con el tío de mi amiga
Me llamo Marina y todavía no termino de entender lo que pasó aquella noche de marzo. Tengo veintidós años, estudio en la universidad y siempre fui la chica responsable: la que vuelve directo a casa, la que prefiere un libro a una fiesta, la que a esa edad apenas había tenido un novio. Con él nunca pasé de unos besos largos y de alguna caricia por encima de la ropa. Por miedo, por principios, por lo que fuera, seguía siendo virgen.
Aquel miércoles salí tarde del campus. El cielo llevaba toda la tarde cargado y, justo cuando crucé la reja, se soltó una tormenta de esas que parecen querer borrar la ciudad. Truenos, viento, agua cayendo de costado. Mi teléfono se había quedado sin batería, así que ni siquiera podía avisar en casa. Y en casa, además, no habría nadie: mis padres trabajaban hasta entrada la noche y hacía tiempo que confiaban en que yo me arreglaba sola.
Mi amiga Carla, que caminaba conmigo parte del trayecto, me ofreció refugiarme en su casa hasta que amainara.
—No vas a llegar entera —me dijo, tapándose la cabeza con la mochila—. Vente, esperamos a que pare.
Acepté sin muchas ganas. La casa me caía bien; su tío, no. Genaro era un hombre fornido de unos cincuenta años, ancho de hombros, con una panza marcada y el pelo ya canoso. Cada vez que me veía me recorría el cuerpo con los ojos sin el menor disimulo. Esa tarde estaba en el porche con el padre de Carla, los dos llevaban horas tomando cerveza y el olor a alcohol se sentía desde la calle.
—¡Hola, Marina, qué milagro! —dijo la madre de Carla, siempre cariñosa—. Pasa, mija, que vienen empapadas. Te presto algo seco.
—No, señora, cómo cree.
—Nada de cómo cree. Mírate. Ahorita escampa y te llevamos.
La señora era encantadora, así que entré, con la idea de no quedarme más de diez minutos. Carla se metió a bañar y yo, después de un rato, decidí que prefería caminar bajo la lluvia antes que seguir bajo la mirada de Genaro.
—Bueno, señora, muchas gracias. Me voy, que se me hace tarde y mis papás no están en casa.
Fui una tonta por decir eso en voz alta. Lo escucharon también los dos hombres del porche.
—¿Cómo te vas a ir así, mija? Genaro te lleva en el carro —ofreció ella, sin malicia.
—De verdad, vivo aquí cerca, prefiero caminar.
—Claro que la llevo, cuñada —dijo Genaro, y mientras lo decía volvió a recorrerme de arriba abajo—. ¿Para dónde, preciosa?
—Yo voy con ustedes —se sumó el padre de Carla, un tal Bruno, tan pesado como su hermano—. De paso compramos más cheve.
Eran apenas unas cuadras. Pensé que, si lo feo iba a durar poco, mejor terminar rápido. Me subí.
***
El trayecto fue incómodo desde el primer metro. Los dos no paraban de hablar de mujeres, de lo machos que eran, de que todas se les ofrecían. A las cuatro cuadras, en vez de doblar hacia mi casa, Genaro siguió de largo.
—Por aquí no es —dije, y el corazón me dio un vuelco.
—Tranquila, cosita. Pasamos por unas chelas y enseguida te dejamos —contestó Bruno, riéndose.
—Es que me esperan en casa, señor.
—¿No le dijiste a mi cuñada que no había nadie? —soltó Genaro, y los dos soltaron una carcajada.
Me quise bajar, pero íbamos rápido y, cuando llegamos al depósito de bebidas, Genaro echó el seguro de mi puerta como quien no quiere la cosa. Bruno bajó, compró y volvió a subir. Tomaron una cerveza ahí mismo. Me ofrecieron y dije que no una y otra vez. Les pedí que me dejaran bajar. Se reían.
—Usted llega a salvo a casa, señorita, palabra —dijo Genaro, arrancando otra vez.
A una cuadra de mi casa por fin me quitaron el seguro. Apenas frenaron, salí disparada. Seguía cayendo el cielo, con truenos que parecían partir la calle en dos. Corrí hasta la puerta, metí la llave temblando, giré la perilla y, cuando empujé, sentí un golpe firme en la espalda.
No me había dado cuenta: Genaro había bajado detrás de mí.
—Así que aquí vives, mi amor —dijo, ya dentro, cerrando la puerta con el pie.
—Señor, por favor, salga de mi casa.
—Dame chance, nada más voy a tirar el agua —contestó, y se llevó la mano al cierre del pantalón mientras buscaba el baño con la mirada.
Todas las casas del barrio son iguales: el baño chico al lado de la sala. Entró sin cerrar la puerta y orinó sin pudor. Yo me fui a la cocina, tomé un cuchillo y lo sostuve a la espalda, temblando de miedo. Cuando salió, no se lavó las manos y me sonreía con una calma que me daba más pánico que cualquier grito.
—¿Te vas a quedar solita, preciosa?
—Váyase, por favor. Ya se lo pedí.
—¿Y si me quedo a cuidarte?
Empecé a llorar. Sabía que aunque gritara, la tormenta se tragaría mi voz. Él avanzó, paso a paso, sin apuro. Cuando estuvo cerca, saqué el cuchillo y se lo apunté.
—No quiero problemas, señor. Váyase.
—Ay, qué brava saliste —dijo, divertido.
Agarró una jarra de plástico de la mesa y, antes de que reaccionara, me empujó la muñeca con ella. Soy alta y atlética, pero él era enorme; me desarmó sin esfuerzo. El cuchillo cayó al piso. Me sujetó por la cintura y me llevó casi en vilo hasta la habitación.
—A ver qué tienes escondido, hermosa.
***
Me dejó sentada al borde de la cama. Yo lloraba y trataba de cerrar las piernas, pero él me las separó con una mano enorme y firme.
—Quietecita —murmuró—. Mírate nada más.
Me tomó del short por los lados y tiró fuerte; con la tela se llevó también la ropa interior, dejándome al descubierto. Nunca me había rasurado, no le veía sentido, y eso pareció encantarle.
—Qué rica sorpresa —dijo, casi para sí.
Bajó el rostro a mi vientre, me abrió las piernas todo lo que pudo y aspiró hondo antes de pasar la lengua desde abajo hasta el clítoris. Me estremecí de golpe. Era una sensación nueva, que en ese momento solo sentí como invasiva, incómoda, ajena. Lo repitió, más despacio, y volví a temblar.
—Sabes a gloria —dijo, y siguió.
Pasaron minutos eternos. Yo apretaba los ojos y empujaba las caderas para alejarme, pero él me jalaba de vuelta sin esfuerzo. Subió una mano hasta mi pecho, todavía por encima de la ropa.
—Quítate todo.
No me moví.
—Te lo quitas tú o te lo quito yo, y no te va a gustar cómo.
El miedo pudo más. Me quité la blusa y el sostén con manos torpes, descubriendo unos pechos que nadie había visto así. Genaro se lanzó sobre ellos, lamiéndolos con una avidez que me daba escalofríos. Mi cara era puro asco; estaba viviendo lo peor que me había pasado en la vida.
Entonces me dio la vuelta y quedé boca abajo. Bajó entre mis nalgas, las separó y empezó a lamerme con una constancia que no entendía. Me levantó por la cintura hasta dejarme de rodillas, con la cara hundida en el colchón, y volvió al clítoris. Esta vez algo me recorrió la espalda como una corriente. Hice un espasmo y solté el aire que tenía atrapado.
Siguió, una y otra vez, de abajo a arriba, y cada regreso era más intenso. Sin darme cuenta empecé a mover las caderas hacia él. Lo odiaba. Odiaba al hombre, odiaba la situación, y sobre todo odiaba que mi cuerpo, por su cuenta, hubiera empezado a responder.
No quiero sentir esto.
Pero lo sentía. Mordí la almohada, cerré los ojos y, por un instante, dejé de pelear contra lo que el cuerpo me pedía.
—Te gusta, ¿verdad? —dijo, satisfecho.
No contesté. Tampoco hizo falta. Cuando se detuvo, una parte de mí, para mi propia vergüenza, lo lamentó.
***
Me giró otra vez y me abrió las piernas. Ya no me costaba tanto quedarme así frente a él. Se desnudó deprisa y, al bajarse el bóxer, lo vi por primera vez completo. Era grande, grueso, con las venas marcadas. Me dio miedo, pero no pude apartar la vista.
—Está grandota, ¿eh, mi amor?
Asentí con la cabeza, sin pensarlo.
—Es tu primera vez, ¿no? Voy despacito, tranquila.
—Por favor, me va a doler.
—Despacito —repitió.
Escupió sobre mi sexo, se sujetó con una mano y empezó a frotar la cabeza contra mí. A pesar de todo, la sensación era buena; cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia atrás. Después, poco a poco, empezó a entrar. Al principio el miedo me tensó entera, pero cumplió su palabra y fue de a poco. Me iba abriendo, milímetro a milímetro, y yo había dejado de respirar.
Cuando llegó al fondo se quedó quieto, lamiéndome los pezones. Se me escapó un gemido. Lo tomó como permiso. Empezó a moverse, a salir hasta la mitad y volver a entrar, un poco más firme cada vez, y la sensación se volvía más y más rica. Sentía cómo mi cuerpo, apretado y nuevo, cedía para recibirlo.
Tengo que reconocerlo: ese hombre sabía lo que hacía. Cuando recobré la cabeza, me tenía bien tomada, acariciándome las nalgas, los pechos, el cuello. A los pocos minutos algo creció en mi vientre, un temblor que no podía controlar; me sacudí entera y un placer imposible de explicar me recorrió de pies a cabeza. Era mi primer orgasmo. Genaro lo notó.
***
Yo estaba tan perdida en mi propio cuerpo que no escuché la puerta. Cuando levanté la vista, Bruno estaba en el umbral, ya quitándose la ropa.
—No manches, carnal, si ya te la estás cogiendo —dijo.
—Te lo dije —rió Genaro—. Tiene el cuerpo de escándalo.
Por un segundo me dio terror que fueran mis padres. Al ver que no, una calma extraña me invadió. Y, junto con la calma, algo que no esperaba: ganas.
Bruno se acercó por delante y me ofreció su sexo. No era tan grueso como el de Genaro, pero sí más largo. Sin que nadie me obligara esta vez, lo tomé en la boca. No sabía hacerlo bien y el sabor era fuerte, pero el morbo ya podía más que cualquier otra cosa. Tragué saliva y seguí, hasta que dejó de molestarme.
—Eres una verdadera fierecilla —murmuró Bruno, sujetándome la cabeza con suavidad.
Detrás de mí, Genaro volvió a hundirse en mi sexo. La doble sensación me arrancó un gemido largo. Lo masturbaba a Bruno con la mano mientras Genaro me embestía, y por primera vez en mi vida me sentí completamente entregada, sin culpa, sin miedo, solo deseo.
—¿Quieres que paremos y nos vayamos? —preguntó Genaro, burlón, sabiendo la respuesta.
—No —dije, casi sin voz—. No paren. Por favor.
Los dos se rieron. Hacía media hora les suplicaba que se fueran; ahora les pedía lo contrario. Genaro se recostó y me subió encima de él. Empecé a moverme sola, marcando yo el ritmo, descubriendo cuánto podía darme aquella posición. Bruno se colocó detrás y, con paciencia, fue entrando por un lugar que nunca nadie había tocado. Dolió y a la vez fue otra puerta que se abría.
Tuve otro orgasmo, y después otro. Estaba exhausta y feliz a la vez, asombrada de mí misma. Para ser mi primera vez, lo disfruté más de lo que jamás habría admitido en voz alta.
—Me voy a venir —avisó Bruno contra mi oído.
—Hazlo —le dije, y ni yo reconocí mi propia voz—. Adentro.
Sentí los espasmos, el calor, su peso cayendo sobre mi espalda. Genaro se levantó casi enseguida y me acercó el suyo a la cara. Terminó también, y yo lo recibí todo sin apartarme, mirándolo a los ojos.
***
Después se vistieron sin prisa, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Yo me quedé desnuda sobre la cama, agotada, con el cuerpo todavía vibrando.
—Bueno, fierecilla —dijo Genaro desde la puerta—. ¿Cuándo te volvemos a ver?
—No sé —contesté, y me sorprendí sonriendo—. Pero sí.
Se fueron. La tormenta seguía afuera, igual de furiosa, pero adentro todo estaba en silencio. Me quedé dormida sin moverme. Cuando desperté, ya entrada la madrugada, caí de golpe en lo que había hecho. Lo raro es que no sentí vergüenza. Lo único que sentí, mientras escuchaba la lluvia golpear la ventana, fue una pregunta incómoda y persistente, dándome vueltas en la cabeza: cuánto faltaba para que volviera a soltarse otra tormenta como esa.