La pelirroja del lago me invitó a su mundo
A las afueras de la ciudad había un lago de forma ovalada, con un perímetro de poco más de cuatro kilómetros. La gente se acercaba hasta allí a correr, a caminar, a fingir que la rutina tenía algún sentido. Damián prefería las horas muertas del amanecer, cuando todavía no había nadie y el agua estaba tan quieta que parecía sólida.
Desde hacía unas semanas se cruzaba siempre con la misma chica. Era pelirroja, de talle esbelto, con unas pocas pecas repartidas por las mejillas. Damián le sacaba casi tres décadas, así que le sorprendía que ella —Lucero, según había leído en su gesto al saludar— fuese tan simpática, tan coqueta, cada vez que sus pasos se encontraban en la pista.
Lo normal entre desconocidos era no saludarse, o soltar un «buenos días» con la cara larga y seguir de largo. Con Lucero no. Ella lo miraba de frente, le sostenía los ojos un segundo de más, sonreía como si compartieran un secreto que él todavía no conocía.
Una mañana especialmente fría, Damián decidió por fin romper el hielo. Cuando la vio venir de frente, aminoró el paso y le cortó el camino con suavidad.
—Hace un frío de mil demonios esta mañana, ¿eh? —dijo—. ¿Vives por aquí cerca?
—Vivo dentro del lago —respondió ella, sin pestañear.
Damián pensó que lo estaba vacilando y decidió seguirle el juego. Era una de esas mujeres que prefieren la fantasía a la conversación aburrida, y a él esa clase de mujeres siempre lo había desarmado.
—Pues tendrás mucha humedad en casa —contestó con sorna.
—Qué va. Se está calentito. Si te apetece acompañarme y tomar un té, te la enseño.
Toda aquella conversación absurda la traducía Damián como un coqueteo en clave, un roneo, lo que fuese. Caminaban juntos para no enfriarse, y se preguntaron los nombres, y siguieron con esos vaciles tan propios de dos personas que se desean desde el primer cruce de miradas. Parecía un flechazo mutuo, directo y sin anestesia.
—¿Y vives sola en esa casa tan peculiar? —preguntó él.
—No, somos muchísimos. Es una casa enorme. No te imaginas cuánta gente.
Lucero le dejaba entender, con las palabras y con los gestos, que se sentía atraída por él. Damián, que llevaba demasiado tiempo solo, empezó a fantasear con la idea de aceptar. Entonces preguntó lo único sensato que se le ocurrió.
—¿Y cómo llegaríamos hasta tu casa?
—Vaya pregunta —rió ella—. Nos quitamos toda la ropa y la dejamos en la orilla, para que no se moje. Después nos echamos al agua y buceamos hasta el fondo. Allí está la entrada.
Damián pensó que Lucero era una excéntrica, quizá una de esas almas libres que coleccionan rarezas. Pero se sentía tan atraído por ella que estaba dispuesto a cometer cualquier locura con tal de no verla alejarse.
La escarcha todavía blanqueaba los juncos de la orilla. Y allí estaban los dos, desnudos como Adán y Eva, con la piel erizada por el aire helado. Se lanzaron al agua. El frío fue un puñetazo en el pecho. Bucearon hacia abajo, y abajo, hasta que la luz de la superficie quedó muy lejos.
A unos cuantos metros de profundidad, Lucero se acercó a su oído y le habló como si el agua no existiera.
—¿Sabes de dónde viene mi nombre? Lucero es la estrella de la mañana. El mismo nombre que le pusieron a Lucifer antes de su caída. Te voy a llevar conmigo a las profundidades, cariño. Tu deseo te va a costar la vida y a mí me dará un alma más para mi colección.
Y soltó una carcajada que Damián escuchó nítida bajo el agua, una risa que no tenía nada de humano.
Intentó volver a la superficie, pero ya era tarde. El cambio brutal de temperatura le paró el corazón en seco. Lo último que sintió fue el frío convirtiéndose, de golpe, en un calor imposible.
***
Horas más tarde, unos guardas forestales encontraron su ropa doblada en la orilla. Rastrearon el lago y sacaron el cuerpo.
—Otro urbanita excéntrico que se baña en pleno invierno y la palma —gruñó uno de ellos, escurriéndose las manos—. Y van quince. A ver cuándo aprenden.
***
Damián, ya en su destino, se quedó sin aliento al mirar a su alrededor. Había imaginado el Infierno como un lugar lúgubre, lleno de fuego y de lamentos. En su lugar se encontró con algo que se parecía mucho más al Edén que le habían prometido en la otra vida.
—El verdadero paraíso está aquí, amigo —le dijo una voz a su espalda. Era Lucero, aunque ahora tenía algo distinto en la mirada, una calma de quien ha ganado mil veces la misma partida—. Lo que allá arriba llaman cielo es en realidad una dictadura insoportable. La gente se pasa la eternidad de rodillas, adorando a su creador, sin permiso para dudar. Aquí no. Aquí cada uno hace lo que desea.
—Y yo rezando tres horas al día para acabar a su lado —murmuró Damián, todavía incrédulo—. Menuda ignorancia.
—La ignorancia es el único pecado de verdad —respondió ella—. Pero eso ya quedó atrás. Ahora eres libre. Date una vuelta, prueba lo que quieras. Si te pierdes o tienes alguna duda, solo tienes que llamarme. Disfruta de tu estancia.
Y se desvaneció, dejándolo solo en mitad de aquella ciudad imposible.
Damián empezó a caminar. El Averno era un laberinto de locales, plazas y callejones donde nadie reprimía nada. Olía a vino, a humo dulce, a piel. De cada portal salía música y de cada ventana, gemidos. Pasó frente a salones donde la gente celebraba banquetes interminables, mesas largas en las que la comida, la bebida y el sexo se mezclaban sin pudor.
Se asomó a un casino de luces rojas donde se apostaba a todo y por todo. En el centro, sobre una tarima, un joven musculoso aguantaba, agarrado a una barra, las embestidas de un hombre enorme que lo penetraba con una fuerza brutal. La sala entera apostaba por cuánto tardaría en rendirse. La mayoría daba por hecho que no aguantaría. Damián, sin saber muy bien por qué, apostó a que sí.
El joven aguantó. Apretó los dientes, sudó, gimió, pero no se vino abajo en toda la hora pactada, sostenido por las manos de su amante como un potro recién domado. Damián salió de allí con una pequeña fortuna en fichas y una sonrisa que no se reconocía.
—Sabía que lo lograría —se dijo en voz baja, guardándose las ganancias.
Unas calles más allá, en un local vintage de terciopelo gastado, se topó con un grupo de más de veinte mujeres entregadas las unas a las otras. Unas se frotaban entre sí, montadas a horcajadas, buscándose con una urgencia hambrienta. Otras se enredaban en parejas, cabeza con sexo, devorándose despacio. Y unas cuantas, ceñidas con arneses y juguetes de látex, embestían a sus compañeras por todos los huecos, marcando el ritmo con golpes secos de cadera que resonaban en la sala.
Damián se quedó hipnotizado por el estilo de las que llevaban la voz cantante, por la forma en que dominaban a sus parejas sin pedir permiso. Sintió que el calor le subía por dentro y entendió que aquel sitio no juzgaba a nadie. Decidió que se uniría a la primera orgía que encontrara.
***
No tardó en dar con ella. En un patio cubierto, unas treinta personas estaban repartidas en pequeños grupos, esparcidas por rincones con cojines y luz tenue. De vez en cuando alguien cambiaba de sitio, pasaba de un nudo de cuerpos a otro, como si todo fuera un baile sin coreografía.
Había grupos de tres, una mujer entre dos hombres, las bocas ocupadas a la vez. Había círculos donde un solo hombre se afanaba en complacer a varias mujeres a la vez, perdido entre muslos. Y había rincones donde un par de amantes corpulentos castigaban con ganas a quienes se ofrecían, jadeantes, pidiendo más.
Damián se acercó a una pareja que destacaba sobre el resto. Parecían nórdicos: los dos rubios, los dos de ojos clarísimos. Ella estaba arrodillada, intentando tragarse a su hombre, pero el miembro era tan largo y grueso que no le cabía entero por más que se esforzara. Lo miró a él, lo midió un instante y le hizo un hueco con la cabeza.
Damián no se lo pensó dos veces. Se arrodilló junto a ella y la ayudó, repartiéndose el trabajo, lamiendo lo que la boca de la chica no alcanzaba. El hombre echó la cabeza atrás y dejó escapar un gruñido largo.
—Eso es —dijo ella entre risas, sin soltar el miembro—. Déjaselo bien húmedo. Bien adentro. Se nota que sabes lo que haces, guapo.
Damián se había acercado para echar una mano, para quitarle peso a la chica, y había acabado convertido en su juguete, en la diana de sus burlas. Y lo curioso era que no le importaba. Al contrario: que aquella mujer se riera de él mientras lo usaba lo encendía como nunca lo había estado en vida.
Probaron toda clase de posturas. Ella a cuatro patas, tomada por delante y por detrás a la vez. Los tres tumbados en sándwich. Después de pie, sostenida en el aire por los dos. Cuando Damián ya no pudo aguantar más, ella se arrodilló de nuevo frente a él y le ofreció la cara. Él la cubrió, y luego, antes de pensarlo, se inclinó y le lamió las mejillas, limpiando lo que él mismo había dejado.
El nórdico, que lo había observado todo, se encendió aún más con la escena. Se acercó a los dos, que seguían arrodillados, y los marcó a ambos por igual. Después se inclinaron entre ellos, intercambiándose lo que quedaba, hasta que Damián se lo quedó todo. Tragó tanto que terminó riéndose él también, mareado y satisfecho.
Se despidió del grupo con un gesto y siguió su camino. Por las calles del Averno se cruzó con algún rostro célebre, gente cuyos nombres prefirió guardarse, todos entregados a placeres que en vida jamás se habrían atrevido a confesar.
***
Fue entonces cuando Lucero volvió a aparecer a su lado. Caminaba despacio, las manos a la espalda, divertida.
—Damián —dijo—, te reclaman arriba. El de allá arriba sostiene que le perteneces, que debes subir a su cielo a adorarlo por los siglos de los siglos.
Damián se detuvo. Pensó en las tres horas diarias de rodillas, en el miedo, en la culpa que había arrastrado toda su vida. Pensó en lo que acababa de descubrir en apenas unas horas allí abajo. Y negó con la cabeza.
—Pues va a ser que no —respondió—. Dile que si tanto quiere que lo adore, que baje él. Aquí lo recibimos con los brazos abiertos. Con suerte hasta le enseñamos un par de cosas.
Lucero soltó una carcajada larga, la misma risa que él había oído bajo el agua, solo que ahora no le dio miedo. Le pasó un brazo por los hombros y lo guió de vuelta hacia las luces rojas de la ciudad.
—No hay duda —dijo ella—. Eres de los míos.
Y Damián, por primera vez en una eternidad, se sintió en casa.