Lo que imagino cada noche cuando vuelvo sola a casa
Hay cosas que una no le cuenta a nadie. Ni a las amigas con las que comparte un café los domingos, ni al hombre con el que duermo, ni mucho menos a la mujer que me devuelve la mirada en el espejo cada mañana. Esta es una de esas cosas. La escribo porque necesito sacarla de adentro, porque llevo demasiado tiempo guardándola y ya no sé dónde ponerla.
Me llamo Carmen y trabajo en un bar del centro de Valencia. Salgo tarde, casi siempre pasada la medianoche, cuando las calles ya se vaciaron y el último tranvía hace rato que dejó de pasar. Vivo a quince minutos a pie, por una avenida ancha que de día está llena de gente y de noche se vuelve otra cosa. Una boca oscura. Un pasillo entre dos hileras de persianas bajadas.
Y ahí, justo ahí, es donde empieza mi fantasía.
No sé bien cuándo nació. Quizás una de esas noches en que iba cansada, con los pies hinchados y el delantal todavía oliendo a cerveza, y crucé la mirada con un hombre que esperaba apoyado en una pared. No pasó nada. Él miró su teléfono, yo seguí caminando. Pero algo se me quedó adentro, una pregunta sin terminar: ¿y si me hubiera seguido?
Desde entonces lo busco. No para que ocurra de verdad —eso me aterra, no soy estúpida—, sino para alimentar lo que ya vive en mi cabeza. Camino más despacio de lo que debería. Miro los portales. A veces fijo los ojos en algún desconocido un segundo de más, lo suficiente para imaginar que él lo nota, que entiende, que decide.
Sé que está mal. Y sin embargo se repite, noche tras noche, como una película que se rebobina sola.
***
Empieza siempre igual. Voy caminando con la cabeza gacha, el bolso cruzado sobre el pecho, las llaves entre los dedos como me enseñó mi madre. La avenida está desierta. Solo el zumbido de una farola que parpadea y el eco de mis propios tacones sobre el cemento.
No lo escucho llegar. Esa es la parte que más me estremece: el silencio. De pronto una mano me tapa la boca por detrás, ancha y caliente, y antes de que pueda gritar ya estoy contra su cuerpo. Siento la otra mano subir por mi cintura, abrirse sobre mi pecho, apretarlo a través de la blusa con una seguridad que no admite discusión.
El miedo es real. Lo siento en el estómago, en las rodillas que se me aflojan. Pero hay algo debajo del miedo, algo que no me animo a nombrar a la luz del día y que de noche se me sube por dentro como una marea. Siento su polla dura contra mis nalgas, gruesa, hinchada, marcándome por encima de la tela como una advertencia de lo que me va a meter, y en lugar de forcejear me quedo quieta. Quieta y, para mi vergüenza, chorreando entre las piernas.
—Se ve que tenías ganas, puta —me dice al oído, en voz baja, casi con ternura—. Se te nota en el culo cómo te mueves cuando caminás sola.
No es una pregunta. Es una sentencia. Y lo peor, lo que me hace apretar los muslos cada vez que llego a esta parte, es que tiene razón.
Su aliento me roza el cuello, la oreja, ese punto debajo del lóbulo que ni siquiera sabía que existía hasta que él lo encuentra. Su mano baja de mi pecho al vientre, me desabrocha el botón de la falda de un tirón, se cuela por debajo de la ropa interior y me abre los labios del coño con dos dedos, sin preguntar, sin rodeos. Encuentra lo empapada que estoy y suelta una risa bajita contra mi nuca.
—Mirá esto. Estás hecha una fuente. Tanto cuento de nena decente y andás por la calle con el coño así.
Me mete un dedo, después dos, hasta el fondo, y empieza a moverlos adentro mientras con el pulgar me busca el clítoris y me lo aprieta. Se me doblan las rodillas. Si no fuera porque su otro brazo me sostiene contra su cuerpo, me caería al suelo. Me empuja con la cadera hasta meternos en el hueco de un portal, fuera de la línea de las farolas, donde la oscuridad nos traga a los dos. Nadie nos vería aunque pasara alguien. Nadie pasa nunca.
Sigue metiéndome los dedos con fuerza, con un ruido húmedo que en el silencio del portal me hace arder la cara de vergüenza. Cuando estoy a punto de correrme, para en seco, saca los dedos brillantes y me los pone delante de la boca.
—Chupá. Probate.
Abro los labios y le lamo los dedos. Me sabe a mí misma, a algo espeso y salado, y él me mira hacer con una calma que me humilla y me enciende al mismo tiempo.
—Buena chica. Ahora de rodillas —ordena.
Y yo, que en la vida real discuto hasta el precio del pan, obedezco. Bajo despacio, sintiendo el frío del suelo a través de la falda, con su mano todavía enredada en mi pelo guiándome hacia abajo. Es esa contradicción la que me enloquece: ser yo la que se entrega y al mismo tiempo no tener elección. Querer y ser obligada en el mismo gesto.
***
En mi cabeza el desconocido nunca tiene cara. A veces le pongo una mandíbula áspera, una voz grave, manos grandes. Pero los rasgos cambian, se difuminan. Lo único que permanece igual es lo que me hace sentir: pequeña, deseada, usada de una manera que despierto no me atrevo a pedir.
Porque ese es el secreto, ¿no? En la vida real soy la que organiza, la que pone los límites, la que dice basta. Tomo las decisiones en mi casa y en mi trabajo. Y quizás justamente por eso, en lo más hondo de mí, hay un lugar que solo quiere soltar. Dejar de decidir. Que alguien decida por mí, aunque sea por un instante, aunque sea inventado.
Lo pienso mientras camino y se me seca la boca. Lo pienso en la ducha, con el agua cayéndome por la espalda y los dedos entre las piernas, imaginando que son los de él. Lo pienso, lo confieso, acostada al lado de mi pareja, con la mano bajo las sábanas y la respiración contenida para que no note que me estoy tocando pensando en una polla que no es la suya.
***
Vuelvo al portal. Vuelvo siempre.
Estoy de rodillas y él se abre el pantalón delante de mi cara. Cuando saca la polla, se me escapa el aire. Es gruesa, oscura, con la punta ya brillante, y me la pone directamente contra los labios sin darme tiempo a nada. Me sostiene la cara con una mano, casi con delicadeza, y con la otra se la agarra por la base y me la pasa por la boca cerrada como si la estuviera pintando de saliva.
—Abrí —me dice.
Lo hago. Lo hago como si llevara toda la vida esperando que alguien me lo pidiera así, sin rodeos, sin pedir permiso dos veces. Me la mete de a poco, apoyándomela en la lengua, y me hace cerrar los labios alrededor.
—Chupá bien. Con ganas. Que se note que te gusta tenerla en la boca.
Empiezo despacio, casi probándolo, sintiendo cómo me llena la boca, el sabor a piel caliente, la vena que le late contra la lengua. Le paso la lengua por debajo, por la punta, me la meto entera hasta que se me clava en la garganta y me tengo que echar atrás con arcadas. Él me deja recuperarme un segundo, me agarra del pelo con las dos manos y marca el ritmo él.
Me la mete hasta el fondo, una y otra vez, hasta donde no puedo más, hasta que los ojos se me llenan de agua y siento que me falta el aire. Se me cae la baba por la comisura, me chorrea por el mentón hasta el escote, y él ni afloja. Me folla la boca como si fuera un coño, con las dos manos sujetándome la cabeza para que no pueda moverme, y justo ahí, en el límite exacto, saca la polla y me deja respirar. Y vuelve. Y otra vez. Como si midiera con precisión cuánto puedo soportar.
—Así, puta, despacio —murmura—. Aprendé.
La palabra me atraviesa. Aprendé. Como si yo fuera algo en bruto que él está moldeando. Y lo más perturbador es que, en la fantasía, quiero aprender. Quiero ser buena en esto. Quiero tragarme la polla entera y que se le pongan los ojos en blanco. Quiero que esté satisfecho con lo que hago.
Me la saca, me la pasa por la cara, por las mejillas, por los labios hinchados, y me escupe en la boca antes de metérmela otra vez. Me sostiene por la nuca y me obliga a mirarlo hacia arriba mientras me la clava en la garganta, y esa mirada —la de él, tranquila, casi aburrida, como si esto fuera lo que me merezco— es lo que me hace apretar los muslos ahí, en el suelo, para intentar aliviar la presión que tengo entre las piernas.
Cuando por fin se aparta, la tiene toda brillante de saliva y de mí, en la penumbra. Me levanta tirándome del brazo, sin esfuerzo, como si yo no pesara nada. Y entonces hace lo que más me cuesta admitir que deseo.
***
Me da la vuelta. Me apoya las palmas de las manos contra la pared fría del portal, me abre las piernas con la rodilla de una patada corta. Siento cómo me sube la falda por detrás de un tirón, cómo me baja las bragas hasta la mitad de los muslos, dejándolas ahí, sin sacármelas del todo, para que no pueda cerrar las piernas.
Su mano se cuela entre mis muslos y comprueba lo que ya sabe.
—Mirate —dice, y hay una sonrisa en su voz—. Estás chorreando. Te está cayendo por dentro del muslo, ¿lo sabías? Puta de mierda, esto es lo que querías cuando te vi caminar sola.
No puedo negarlo. No quiero negarlo. Sus dedos entran con fuerza, sin preámbulo, tres de golpe, y se me escapa un gemido ronco que no reconozco como mío. Me los mete y los saca haciendo ruido, me abre bien con ellos, y con la otra mano me da una palmada en el culo tan fuerte que me deja la mejilla ardiendo.
—Callate. Si te escucha alguien, salgo caminando y te dejo así, con el culo al aire. ¿Querés eso?
Muevo la cabeza que no. Tengo la mejilla apretada contra el cristal frío de la puerta, la boca abierta, la saliva pegándome el pelo a la cara. Me susurra cosas al oído, cosas que de día me ofenderían y que en esta calle inventada, en esta oscuridad que me protege, me prenden fuego. Me llama suya. Me llama puta, zorra, coño mojado, me dice lo que soy para él en esta noche que no existe.
Se escupe en la mano, se la pasa por la polla, me abre las nalgas con los pulgares. Y de una sola embestida, sin avisar, está dentro. Todo. De golpe. Hasta el fondo.
Grito contra el cristal y él me tapa la boca con la mano.
—Shhh. Aguantá. Vos podés con esto.
Y me la clava. Empieza a follarme contra la pared con embestidas largas, profundas, que me suben el cuerpo entero cada vez y me hacen chocar las tetas contra el cristal. El portal me devuelve el reflejo de mi cara empañado por mi propia respiración. Tengo los labios entreabiertos, las mejillas rojas, los ojos perdidos, un hilo de saliva colgándome del mentón. No me reconozco y a la vez nunca me he sentido más yo.
Él me sujeta de las caderas y me embiste cada vez más fuerte, con un ritmo que no da tregua. Se oye el golpe seco de su pelvis contra mi culo, el chapoteo húmedo de la polla entrando y saliendo, mi jadeo que se me escapa entre sus dedos apretados sobre mi boca. Una de sus manos sube por mi espalda, me arranca los botones de la blusa uno por uno, me saca una teta del sostén y me aprieta el pezón entre dos dedos, tirando, retorciéndolo hasta que grito contra su palma.
—Así, así te gusta, ¿no? Decilo. Sacate la mano de la boca y decilo.
Me libera la boca. Y yo, la mujer que en la vida real jamás diría estas palabras, las digo. Se las digo entre gemidos entrecortados, mientras me sigue partiendo contra la pared.
—Sí… sí, así… más fuerte… no pares, por favor, no pares…
—¿Más fuerte? Sos una guarra. Andate a tu casa después de esto y decíselo a tu novio, contale que un desconocido te folló contra un portal como te merecés.
El placer y la humillación se mezclan hasta que no sé distinguirlos. Cada golpe me empuja contra la pared, el frío del muro contra la teta, el calor de su cuerpo contra mi espalda, la polla llenándome hasta un lugar que ni sabía que existía. Me pasa la mano por delante, me busca el clítoris, y empieza a frotármelo en círculos mientras sigue metiéndomela desde atrás.
—Correte. Ya. Correte en mi polla.
Y me corro. Me corro tan fuerte que se me doblan las piernas, que se me nubla la vista, que el gemido me sale desde el estómago y no me importa si me escucha todo el barrio. Me tiembla el coño entero apretándole la verga adentro, en oleadas, mientras él me sigue clavando sin piedad, aprovechando cada temblor para meterla más profundo.
***
Aquí la fantasía siempre se acelera. Es donde dejo de controlarla, donde ella me controla a mí.
Lo siento hincharse dentro de mí, lo siento perder el ritmo, volverse errático, urgente. Me clava los dedos en la cadera con tanta fuerza que en la fantasía me deja marcas, esas marcas que al día siguiente serían imposibles de explicar. Me agarra del pelo, me tira la cabeza para atrás, me obliga a arquear la espalda para poder embestirme desde un ángulo más profundo.
—Adentro. Te la vas a tragar adentro. Toda.
Y se vacía en mí, hasta el final, con un gruñido grave contra mi nuca, sacudida tras sacudida, mientras yo me deshago con él, temblando, sostenida solo por su cuerpo y la pared. Siento cómo late la verga adentro, cómo me llena, cómo el semen caliente me empapa por dentro hasta desbordar y empezar a bajarme por el muslo cuando él se sale despacio.
Se queda un segundo detrás de mí, respirando fuerte. Después me abre las nalgas con los pulgares, mira lo que dejó, y me da otra palmada corta en el culo, casi de propina.
—Buena chica.
Y entonces, en mi cabeza, viene el detalle que lo vuelve insoportable y perfecto a la vez: se va.
Sin una palabra más. Ni siquiera me sube las bragas. Se acomoda la ropa, se cierra el cinturón mientras se aleja por la avenida como si nada hubiera pasado, dejándome ahí, contra el portal, con la falda todavía subida, una teta afuera, el semen chorreándome por dentro del muslo y las piernas temblando. No hay después. No hay ternura, ni nombre, ni teléfono. Solo el eco de sus pasos perdiéndose y yo, sola otra vez, tratando de recomponerme, de subirme las bragas empapadas, de abrocharme la blusa a la que le faltan botones.
Es el abandono lo que me remata. La idea de ser deseada con esa intensidad y, un segundo después, no significar nada. Usada, llenada y devuelta a la noche como una cosa que se tira. No lo entiendo. No me hace falta entenderlo.
***
Y después, siempre después, abro los ojos y estoy en mi cama, o bajo el agua de la ducha, o parada en el semáforo de mi avenida real, esperando que cambie a verde mientras un coche pasa de largo. La calle está vacía. No hay ningún desconocido. Solo yo, con el corazón acelerado, las bragas mojadas de verdad y una mezcla de alivio y de algo parecido a la decepción que prefiero no examinar de cerca.
Sigo caminando. Llego a mi portal —el de verdad, iluminado, con el felpudo gastado y el buzón que cierra mal—. Meto la llave, subo los tres pisos, me lavo la cara. Y me acuesto al lado del hombre que me quiere, que jamás me trataría así porque es bueno, porque me respeta, porque entre nosotros las cosas son tibias y seguras. A veces, si está dormido, me meto la mano entre las piernas y termino lo que la avenida empezó, mordiéndome el labio para no despertarlo, corriéndome en silencio mientras pienso en la polla de un hombre sin cara.
A veces creo que esa es la trampa. Que justamente porque mi vida es segura, mi imaginación necesita el peligro. Que no quiero que me pase de verdad: quiero el escalofrío de imaginar que podría pasar. La diferencia entre las dos cosas es toda mi cordura, y la sostengo cada noche en esa avenida oscura, entre lo que soy y lo que me permito desear cuando nadie me ve.
Mañana volveré a salir del bar pasada la medianoche. Volveré a caminar despacio. Volveré a mirar los portales y a algún desconocido un segundo de más. Y sé, con una certeza que me da un poco de miedo y un poco de risa, que la película volverá a empezar sola, exactamente donde la dejé.
Porque hay cosas que una no le cuenta a nadie. Y esta, ahora que la solté aquí, sigue siendo mía.





