Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La guerrera que sucumbió a los guardianes del templo

Velmora llevaba tres días siguiendo el rastro del Corazón de Ámbar, la reliquia que, según las viejas leyendas, podía detener la peste que devoraba su aldea. El bosque de Theran se cerraba sobre ella como una boca húmeda, lleno de raíces retorcidas y de un silencio que no era natural. Cada paso la alejaba más de todo lo que conocía y la acercaba a algo que su instinto de guerrera le pedía evitar.

Había dejado atrás a su escudero en el último pueblo, demasiado asustado para seguir. Mejor así. Lo que la esperaba en aquel bosque no era trabajo para muchachos, y una parte de ella prefería enfrentarlo sola, sin testigos. Llevaba años acostumbrada a la soledad: a dormir con un ojo abierto, a no confiar en nadie, a apretar los dientes y avanzar. La guerra le había robado todo lo blando que alguna vez tuvo, y a cambio le había dado un cuerpo de acero y un alma cerrada con candado.

Al caer la tarde encontró las ruinas. Un templo de piedra negra, medio hundido en la tierra, con columnas talladas por manos que no habían sido humanas. Velmora apretó el mango de su espada y entró. El aire dentro era cálido, espeso, cargado de un olor mineral que se le pegaba a la garganta y le revolvía algo en el bajo vientre que no supo nombrar.

El Corazón de Ámbar descansaba sobre un altar, en el centro de un salón inmenso. Brillaba con luz propia, dorado y palpitante, como si estuviera vivo. Velmora avanzó hacia él con el corazón golpeándole las costillas.

No llegó a tocarlo.

Del fondo de las sombras emergieron los guardianes. Eran tres, altos como árboles, de hombros anchos como portones y piel del color de la piedra mojada. Sus cuerpos eran de músculo denso, esculpido por siglos de quietud, y se movían con una lentitud deliberada que la hizo retroceder un paso. No gruñían ni amenazaban. Solo la rodearon, cerrando el círculo, con unos ojos amarillos que la estudiaban como si ya supieran cómo terminaría aquella noche.

—Vengo por la reliquia —dijo Velmora, alzando la espada—. Apártense.

El más grande inclinó la cabeza, casi con cortesía. Y entonces ella sintió algo que la desarmó más que cualquier golpe: el aire del templo cambió, se volvió denso de un calor que le bajó por la nuca hasta la base de la espalda. No es miedo, pensó, confundida. Esto no es miedo.

La espada le pesaba de pronto. La bajó sin proponérselo, y la punta tintineó contra la piedra. Los guardianes seguían sin tocarla, pero su sola cercanía le encendía la piel bajo la armadura de cuero. Velmora reconoció la sensación con un sobresalto: era deseo, crudo y sin disculpas, brotándole desde un lugar que creía dormido tras años de guerra y de soledad.

***

El guardián de en medio dio un paso. Su sombra la cubrió por completo. Velmora debió haber retrocedido, debió haber corrido hacia la salida, pero las piernas no le obedecieron. Lo que la mantenía clavada en el sitio no era un hechizo de piedra ni una cadena: era su propia curiosidad, una sed que no había sabido que tenía.

—¿Qué me están haciendo? —susurró.

Ninguno respondió. El más grande extendió una mano enorme y, con una delicadeza imposible para semejante criatura, le rozó la mandíbula con el dorso de un dedo. Velmora cerró los ojos. El contacto le arrancó un escalofrío que le recorrió la columna entera y se le concentró entre las piernas, palpitante.

Dejó caer la espada. El sonido del metal contra la piedra resonó como una decisión.

Se arrodilló. No la obligaron; lo hizo ella, atraída por una fuerza que nacía de su propio vientre. La armadura de cuero le apretaba ahora hasta resultarle insoportable, y con dedos torpes se soltó las correas del peto y lo dejó caer al suelo. La luz dorada del Corazón de Ámbar le bañaba la piel desnuda, y los tres guardianes contemplaron su cuerpo con una atención que la hizo arder.

El que tenía más cerca avanzó. Velmora alzó la vista por la columna de su cuerpo, lenta, deliberada, sintiéndose pequeña y poderosa a la vez. Lo tomó con ambas manos y notó cómo respondía a su tacto, caliente, vivo bajo sus palmas. Lo acarició con una destreza que la sorprendió a ella misma, marcando un ritmo que arrancó del guardián un gruñido grave, profundo, que vibró en el suelo de piedra y le subió por las rodillas.

—Así que esto era lo que custodiaban —murmuró, casi sonriendo—. No la reliquia. Esto.

Se acercó más y lo probó con la lengua. El sabor era extraño, salado y mineral, como el del agua que brota de la roca. Lo recibió en la boca con una entrega que la dejó sin aire, y cada movimiento suyo desataba en la criatura un temblor que la llenaba de un orgullo oscuro y embriagante. Tenía el control. Tres seres capaces de aplastarla con una mano se rendían a su boca, a sus dedos, a su voluntad. Esa certeza la encendía más que cualquier caricia.

***

El segundo guardián se colocó a su espalda. Velmora sintió su calor antes que su contacto, una presencia que la envolvió por entero. Unas manos enormes le recorrieron la espalda, las caderas, los muslos, con una lentitud que la hizo gemir contra el cuerpo del primero. Estaba atrapada entre los dos, y nunca se había sentido tan libre.

Cuando el de atrás la penetró, Velmora soltó un grito ahogado que se perdió en la inmensidad del salón. Era demasiado, al borde mismo de lo soportable, y aun así su cuerpo lo recibió con una avidez que la avergonzó y la enloqueció por igual. El dolor y el placer se trenzaron en una sola sensación que la atravesó de la nuca a los talones. Se aferró al muslo del guardián que tenía delante para no derrumbarse, mientras el de atrás marcaba un ritmo lento, profundo, implacable.

—Más —se oyó decir, sin reconocer su propia voz—. No paren.

El tercer guardián, que hasta entonces había observado desde las sombras con esos ojos amarillos clavados en ella, se acercó por fin. Velmora extendió una mano hacia él y lo tomó, cerrando el círculo de su propio deseo. Los tres la rodeaban ahora, y ella era el centro de todo, el eje de aquella tormenta de cuerpos. Cada uno reclamaba una parte de ella, y ella se las daba todas, sin guardarse nada.

El salón se llenó de sonidos: su respiración entrecortada, los gruñidos guturales de las criaturas, el roce de la piel contra la piedra. La luz dorada de la reliquia parpadeaba al compás de sus movimientos, como si el templo entero latiera con ellos. Velmora perdió la noción del tiempo. No quedaba en ella ni rastro de la guerrera prudente que había cruzado el bosque; solo una mujer entregada por completo a un placer que no se permitía desde hacía años.

Cambiaron de posiciones sin que ella tuviera que pedirlo, como si supieran leer en su cuerpo lo que ella misma apenas alcanzaba a entender. Las manos enormes la levantaron del suelo con una facilidad pasmosa, la sostuvieron en el aire, la acomodaron entre ellos como si no pesara nada. Velmora se dejó hacer. Por primera vez en su vida no tenía que ser fuerte, no tenía que decidir, no tenía que proteger a nadie. Bastaba con sentir. Y sentía tanto que las lágrimas le corrían por las mejillas sin que fueran de tristeza.

—No sabía que podía ser así —murmuró contra la piel rugosa del guardián que la sostenía—. Nadie me lo había enseñado.

El calor volvió a crecer entre sus piernas, una espiral que se enroscaba sobre sí misma, cada vez más apretada, cada vez más cerca del borde. Velmora se aferró a los hombros anchos de la criatura y enterró la cara en su cuello mientras el placer la arrastraba hacia un lugar del que no quería volver. Cuando llegó, fue como caer y volar al mismo tiempo, un estallido que la dejó sin nombre, sin reino, sin pasado, reducida a puro temblor y puro deseo.

***

El primer guardián fue el primero en quebrarse. Velmora sintió cómo se tensaba bajo su boca, cómo el gruñido se le hacía agudo y desesperado, y se entregó a recibirlo con los ojos cerrados y el corazón desbocado. El segundo la siguió poco después, sosteniéndola de las caderas con una fuerza que le dejaría marcas hasta el día siguiente. Y cuando el tercero se rindió entre sus dedos, una oleada de placer la recorrió a ella también, tan intensa que se le doblaron las rodillas y tuvo que apoyar la frente contra la piedra fría para no desmayarse.

Se quedó así un largo rato, temblando, con el cuerpo zumbándole entero y la respiración rota. Los guardianes se retiraron en silencio, uno a uno, devueltos a sus sombras como si nada hubiera ocurrido. El calor del aire empezó a disiparse, y el olor mineral volvió a ser solo olor a piedra vieja.

Velmora se incorporó despacio. Le costaba creer lo que acababa de pasar, y aún más le costaba creer cuánto lo había deseado. Recogió la armadura del suelo y se vistió con manos torpes, sin dejar de mirar a las criaturas, que ahora la observaban inmóviles desde la oscuridad, como estatuas que jamás se hubieran movido.

Caminó hasta el altar. El Corazón de Ámbar seguía allí, brillando con su luz dorada y palpitante. Esta vez los guardianes no se interpusieron. Lo tomó con cuidado y lo guardó en el zurrón, y el peso tibio de la reliquia contra su cadera le resultó casi familiar, como si lo hubiera ganado de un modo que ninguna leyenda se atrevería a contar.

—Gracias —dijo, sin saber bien por qué.

El guardián más grande inclinó la cabeza una última vez. Y a Velmora le pareció ver, en aquellos ojos amarillos, algo parecido a la pena de una despedida.

***

Salió del templo cuando ya despuntaba el alba. El bosque de Theran había recuperado sus sonidos: el canto de los pájaros, el crujido de las ramas, el rumor lejano de un arroyo. Todo parecía más nítido, más vivo, como si ella misma hubiera vuelto a nacer durante la noche.

Tenía la reliquia que salvaría a su aldea. Tenía, también, un secreto que jamás compartiría con nadie, un recuerdo ardiente que la acompañaría en cada noche de soledad por el resto de su vida. Mientras avanzaba entre los árboles, con el sol filtrándose entre las hojas, Velmora se sorprendió a sí misma deseando que el camino de regreso, algún día, volviera a pasar por aquel templo de piedra negra.

Y supo, con una certeza que la hizo sonreír, que volvería.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (4)

MatiasBsAs

Increíble!!! de lo mejor que leí acá en mucho tiempo. Brutal.

NadiaNK

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber mas. Se cortó justo en lo bueno

Cappotte

Me encantó la ambientación fantástica, no se ven muchos relatos del genero por acá. Bien logrado el contexto y el escenario.

GuerreroBaires

buenisimo, se nota que le pusiste ganas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.