El santuario que escondo de mi propia Diosa
No tengo muchos placeres que no estén autorizados. Sirvo a la Diosa, administro el castigo en su honor y recibo el dolor con la misma reverencia con la que otros reciben el incienso. Pero, como todo servidor eficiente del orden, también tengo una grieta.
Una excepción. Un espacio que nadie conoce salvo yo y la Diosa, por supuesto. Una celda oculta en mis aposentos, sellada con runas de silencio, blindada contra los hechizos de vigilancia. Un recinto sagrado. Mi altar privado. Allí, entre barro y restos orgánicos, vive una criatura que antes fue un hombre. Y antes de eso, un guardia. Velkor.
No siempre supe que lo quería para mí. Fue lento, como todo lo que vale la pena en esta era atroz. Lo vigilé desde antes de su falta, no por debilidad, sino por contradicción. Se movía como un soldado. Obedecía las normas. Pero sus ojos miraban con deseo donde no debían.
Un día habló más de la cuenta. Dijo que yo era demasiado perfecta para caminar entre la inmundicia. Que el recinto del castigo era un lugar corrompido por mi presencia. No me ofendí. Me interesó. Y luego se acostó con la esclava nueva, una recién llegada sin número asignado todavía, hambrienta y perdida. La tomó con violencia, sí, pero no por crueldad: por un deseo que en realidad no le pertenecía a ella.
La usó para excusarse de lo que de verdad le quemaba: desearme a mí. Por eso lo cité esa noche.
***
Llegó tembloroso, convencido de que iba a ser degradado, marcado, quizá expulsado. Qué poco imaginaba. Lo observé desde detrás de mi escritorio. El cuero de sus botas aún brillaba. Me pregunté si las había lustrado con miedo o con esperanza.
—Cierra la puerta —dije.
—Sí, supervisora.
Permanecí en silencio un instante. Después me levanté con calma y crucé la estancia hasta quedar a tres pasos de él.
—¿Te doy asco, Velkor?
Parpadeó. No supo qué responder. Olía a miedo.
—Lo dijiste tú. Dijiste que era una aberración ver a alguien como yo entre la inmundicia. Que te parecía indigno.
—Fue una estupidez...
—¿De verdad lo crees? —Me solté el moño. Mi cabello negro cayó como una confesión—. ¿Crees que soy demasiado hermosa para mancharme?
La tensión en su mandíbula me respondió antes que sus labios.
—Sí. Lo creo.
Asentí. Volví a sentarme. Crucé las piernas y apoyé una de mis botas sucias sobre una banqueta de piedra. El barro seco crujió.
—¿Te excita la suciedad, Velkor?
No contestó.
—Te vi con ella. Con la esclava. No fue castigo, fue placer. Te gusta lo inmundo. Te pone duro el olor, el contacto, el gemido en el lodo. ¿Es así?
—Sí... —dijo por fin, casi sin aire.
—Y sin embargo crees que yo debería mantenerme limpia. Intocable. Lejos de ese placer.
Asintió.
—Qué adorable contradicción —susurré. Me incliné hacia adelante—. Limpia mi bota con la lengua.
Su cuerpo se tensó. Bajó la cabeza. Dudó. Y entonces ocurrió: un chorro tibio le empapó la pierna. Se estaba orinando encima. No por asco ni por desprecio, sino por miedo y por deseo a la vez.
—Oh... pobre cerdito confundido.
Se arrodilló. Empezó a lamer con los ojos cerrados, la lengua temblorosa. Y su erección era visible, viva, palpitando bajo la tela mojada. Le acaricié el cabello mientras gemía bajo mi bota.
—No eres un hombre, Velkor. Quizá nunca lo fuiste. Eres algo más útil. Algo que deseo moldear.
Se abrazó a mi pierna. Olía a desesperación y a súplica muda.
—No vas a ser castigado. Serías un desperdicio. Eres mío ahora. Te llevaré donde nadie más entra. A mi santuario. Allí te haré lo que mereces.
***
Lo arrastré, aún medio desnudo, por un pasaje oculto tras mi dormitorio. Una puerta de piedra se abrió con un gesto de mi mano. Entramos. La pocilga secreta. Una celda húmeda, con barro ritual creado por alquimia: una mezcla espesa que existe para descomponer la dignidad y fertilizar la obediencia. Él cayó de rodillas. Gritó sin voz. Su sexo latía descontrolado.
—Aquí dormirás. Aquí comerás. Aquí serás usado.
Me acerqué al altar central. Sobre él, una vasija negra sellada. Dentro, un elixir de virilidad monstruosa que obtuve de un mago corrupto a cambio de un favor que prefiero no recordar. Contenía la esencia de la mutación: un conjuro líquido, un regalo deforme. Rompí el sello mientras pronunciaba la fórmula.
Que la simiente de lo vil florezca en el barro. Que la carne se hinche para que su ama goce. Por la voluntad de Nyssara, por el ciclo de la lujuria y la abyección: creced.
Velkor temblaba. Lo miré a los ojos.
—Bebe.
Vaciló un segundo.
—¿Prefieres volver con los demás? ¿Dormir entre cuerpos famélicos? ¿Mirarme desde lejos sin tocarme nunca? ¿O quieres ser mío de verdad?
Abrió la boca. Vertí el líquido espeso, negro y tibio. Gritó. Su cuerpo se arqueó. Su sexo comenzó a hincharse, primero como un chiste, luego como una maldición. Las venas se marcaron, la carne se estiró, palpitante, curvada, animal. Lo vi retorcerse y llorar, jadeando con aquel apéndice sobresaliendo fuera de todo control.
—Bienvenido —le susurré—. Ahora sí eres mío.
Tomé su rostro entre mis manos enguantadas. Le escupí en la boca. Y lo tragó.
***
Se retorcía en el barro, gimiendo como si la carne nueva le ardiera por dentro. Lo observé en silencio, sentada sobre el trono de piedra que preside mi pequeño santuario. Los muros estaban cubiertos de musgo negro y vapor. La lámpara de sebo proyectaba sombras vivas sobre las paredes. Era perfecto. Era mío.
La transformación había sido más intensa de lo esperado. Aquello que colgaba entre sus piernas ya no merecía un nombre humano: era una aberración tumefacta, desproporcionada, imposible de ocultar, que parecía respirar con cada gemido de la nueva criatura. No era ya Velkor. Ni siquiera era un hombre.
Me arrodillé a su lado, hundiendo deliberadamente las rodillas en el barro caliente, mi rostro junto al suyo.
—¿Sabes lo que eres ahora?
No respondió. Su lengua colgaba, su mirada desbordada, sin juicio, pero no muerta. Estaba despierto. Presente. Hundido en el goce y la vergüenza como un animal bendecido.
—Eres mi cerdo. Y esto —tomé su sexo con una mano enguantada y lo levanté como quien alza una ofrenda— es mi herramienta. No para tu placer, sino para el mío. Para el orden. Para la fertilidad que se nutre del lodo.
Lo solté. El peso de esa carne grotesca lo hizo gemir.
—Y ahora debes ser bautizado.
Fui hasta el altar y encendí la segunda llama. Las dos antorchas daban una luz doble, oscilante, como si toda la celda latiera. Me desnudé el torso. Dejé caer el abrigo de cuero. Mi piel pálida brillaba bajo el aire grasiento. Extendí los brazos en cruz y comencé la letanía.
Diosa de los abismos, señora de la degeneración y del goce, acepta a esta bestia. No como hombre, no como esclavo, sino como carne rendida, como instrumento.
Tomé del cuenco ceremonial la mezcla ritual y la vertí lentamente sobre su cuerpo mientras recitaba. Él jadeaba. Hundía las manos en el fango. Movía la pelvis como si rogara ser montado.
—Bebe de mí —ordené.
Me senté sobre su pecho y, con los muslos húmedos, me incliné hacia su boca.
—Bebe —repetí.
Él no dudó. Su lengua me encontró con hambre. Cerré los ojos. Mi espalda se arqueó cuando sus labios torpes y desesperados me hicieron temblar. Me corrí con un grito bajo, controlado. Lo suficiente para no parecer una sierva de sus lamidas. Lo suficiente para que él lo sintiera como una bendición.
Me levanté. Lo miré desde arriba. El fango lo cubría, y la mezcla de fluidos lo hacía brillar como un ser recién nacido.
—Aún no has servido.
Lo empujé hasta dejarlo a cuatro patas. Le até la correa al cuello y lo conduje como a un animal hacia el centro de la estancia. Me arrodillé. Tomé su sexo mutado con ambas manos. Él jadeaba, gimoteaba, intentaba empujar, pero no se lo permití.
—¿Te excita mi suciedad?
—Sssí... —susurró.
—Los cerdos no hablan. Grúñeme.
—Oigggghhhh...
Me giré. Apoyé las rodillas en el barro, abrí los muslos, dejé caer los brazos hacia adelante y arqueé la espalda.
—Móntame.
Él se arrojó sobre mí con un gruñido. Su sexo monstruoso entró de golpe. Un grito se me escapó. Era demasiado grueso. Sentía que me desgarraba, y aun así empujé hacia atrás. Quería que todo entrara. Quería que me profanara. Me corrí de nuevo, sin elegancia, y lo sentí hincharse todavía más dentro de mí.
Y entonces estalló. Un torrente caliente, espeso, inhumano. Me llenó hasta desbordar, mezclando barro y placer. Caí de lado. Él se derrumbó junto a mí, agotado. Me acerqué a su oído.
—Cerdo mío. Hoy has nacido.
No contestó. Solo gimió. Y lamió mis pies sin que se lo pidiera. Me incorporé y me vestí despacio. Le lancé un cubo de sobras.
—Come. Y si te portas bien, repetirás conmigo esta noche.
Antes de irme, me acerqué una última vez. Saqué un punzón ritual y le grabé en el pecho, con lentitud, una sola marca: el sonido de su gruñido. Velkor está muerto, pensé. Ese es tu nombre ahora. Tu sonido. Tu esencia. Y mientras se revolcaba feliz en el lodo, yo me sentí más pura que nunca.
***
Sabía que algún día ocurriría. Nunca dudé de que Nyssara lo sabría todo. En Vhorath no hay secretos para la Diosa, solo tolerancias selectivas. Y el mío —mi pocilga privada, mi cerdo consagrado— era uno de esos pecados que ella permitía. Por ahora.
La convocatoria llegó una mañana sin viento, sellada con la runa negra. Preséntate en la Cámara de la Lujuria. No vengas sola.
Lo entendí de inmediato: quería verlo a él. No al guardia que fue, sino a la criatura que yo había moldeado. Un juicio. O una bendición. Lo preparé durante tres días. Lo lavé, lo alimenté con restos y le enseñé a caminar de nuevo como humano, solo para humillarlo más cuando le ordenara regresar al lodo.
Su monstruosa carne colgaba entre los muslos como una advertencia viva. Cada vez que lo miraba, me latía el vientre. La Cámara de la Lujuria no es un tribunal. Es un santuario de exposición: mármol negro, gradas ocultas, un calor denso que se pega a la piel.
Caminó a mi lado con la cadena atada al cuello. No decía nada. No podía. Solo emitía pequeños gruñidos nerviosos. Lo situé en el centro del pentagrama húmedo y le indiqué que se tumbara sobre el punto ceremonial. Lo hizo sin vacilar. Las luces descendieron. Un murmullo recorrió la estancia.
Y entonces, ella. Nyssara no entra: sucede. Su figura se reveló en la sombra más densa del recinto, el cuerpo envuelto en vapor púrpura, la piel sin un solo poro, la mirada capaz de ver a través del tiempo. No necesitó hablar para que todo en mí se contrajera.
—Mi Diosa... —susurré, arrodillándome.
Caminó hasta la criatura. La rodeó. La examinó con la misma atención que uno dedicaría a una escultura profanada. Alzó una ceja. Él temblaba. Su sexo latía sin control.
—¿Esto es tuyo, Maelven?
—Sí, mi Señora. Moldeado con mi fe, con mi hambre, con la suciedad que usted me enseñó a amar.
—¿Y por qué?
—Porque deseaba saber si podía crear no solo obediencia, sino deseo convertido en barro.
Nyssara sonrió. Elevó los brazos para que dos figuras de las gradas la desnudaran. Los murmullos crecieron. La Diosa solo se desnuda cuando desea recibir. Y lo hizo. Se tumbó sobre el barro junto a él y, sin mirar atrás, lo invitó con un gesto.
La criatura gruñó. Y la montó. Yo observaba, llena de lágrimas. No de celos, sino de éxtasis. Mi cerdo consagrado fue aceptado. Y usado. Cuando ella terminó, se incorporó y lo acarició como a un perro fiel.
—Buen trabajo, Maelven. Sigue criando. Mi reino necesita más que soldados. Necesita fe con forma de carne.
Y desapareció.
La criatura gimió una última vez. Se tumbó, agotada, con el placer de la Diosa escurriéndole por la carne. Y supe que nada volvería a ser igual. Yo había ofrecido un cerdo. Y Nyssara lo había hecho sagrado.