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Relatos Ardientes

El pacto con la súcubo despertó mi deseo más prohibido

Era una de esas noches de verano en Valmera en las que el aire no se mueve y la ropa se pega a la piel apenas uno se acuesta. Mateo vivía solo en un departamento pequeño, con las ventanas abiertas de par en par y un ventilador que apenas removía el calor. Tenía treinta y tantos, un trabajo de oficina que lo dejaba vacío y una vida amorosa reducida a noches a solas, donde dejaba salir las fantasías que jamás se habría atrevido a contar en voz alta.

No era un hombre llamativo, pero el cuerpo le respondía: corría un par de veces por semana para sacarse la tensión de encima, y eso bastaba para mantenerlo firme. Cabello castaño despeinado, ojos oscuros, una barba de tres días que le raspaba la mano cuando se la pasaba por la cara pensando en cosas que sabía que no debía pensar.

Esa noche cenó solo, se dio una ducha tibia que no lo refrescó y se metió en la cama todavía húmedo. Cerró los ojos y se dejó llevar por una de esas imágenes prohibidas que volvían una y otra vez, hasta que el sueño lo arrastró sin que se diera cuenta. No supo que su deseo, repetido tantas noches, había terminado por llamar a algo muy antiguo.

***

Despertó con un sobresalto, como si alguien hubiera apoyado una mano sobre su pecho. La habitación estaba distinta: más oscura, más densa, con un olor dulce y caliente que no le pertenecía. A los pies de la cama flotaba una figura de mujer, suspendida unos centímetros sobre el suelo, observándolo con dos ojos de un rojo profundo.

Su piel tenía el tono gris de la ceniza, pero estaba tibia, casi viva, y enmarcaba un cuerpo de curvas pesadas y madurez deliberada. El cabello negro le caía en cascada sobre los hombros. No llevaba nada encima salvo una bruma tenue que apenas la velaba, y detrás de ella se movía con lentitud una cola fina que terminaba en punta de flecha.

—¿Quién… qué eres? —balbuceó Mateo, retrocediendo hasta chocar con el respaldo.

El miedo le apretaba la garganta, pero los ojos lo traicionaban: bajaban solos por el cuerpo de la aparición, sin obedecerle.

—Me llaman Velmira —respondió ella, y la voz fue grave, espesa, como algo que se derrama despacio—. Concedo deseos a los hombres que arden por dentro. He olido tu hambre, Mateo. Esa que te consume todas las noches, la que nunca le confesaste a nadie. Te ofrezco tres deseos, los que sean, por más oscuros que parezcan. A cambio, beberé de tu energía hasta dejarte exhausto.

Se acercó flotando, con un movimiento felino, y le rozó apenas el muslo con una uña afilada. Mateo se estremeció. El terror y la excitación se le mezclaban en el cuerpo de una manera que no sabía nombrar.

—¿Cualquier cosa? —preguntó, con la voz ronca, ya duro bajo la sábana.

—Cualquiera —confirmó Velmira, y sonrió de costado—. Pero después vendré a cobrar. ¿Aceptas?

Mateo tragó saliva. Sabía que estaba abriendo una puerta que después no podría cerrar. Aun así, las imágenes que lo perseguían desde hacía años pesaban más que el miedo.

—Acepto —dijo.

***

—Entonces dilo —ronroneó ella—. Tu primer deseo. Y que sea de los que te dan vergüenza.

Él dudó un segundo, pero el calor entre las piernas lo empujó.

—Quiero ver a mis padres juntos —soltó, casi sin aire—. Sin que ellos me vean. Quiero mirar todo, de cerca, y acabar al mismo tiempo que ellos.

Velmira chasqueó los dedos y la habitación se deshizo en un remolino oscuro. Cuando Mateo volvió a abrir los ojos, estaba de pie en el dormitorio de la casa donde había crecido, a kilómetros de distancia, desnudo e invisible. El aire ahí también era cálido, cargado de algo inminente.

Su padre, un hombre corpulento de poco más de sesenta, todavía fuerte por una vida de trabajo manual, sostenía a su madre por las caderas sobre la cama deshecha. Ella tenía la madurez de quien ha vivido y disfrutado: el cuerpo lleno, generoso, la espalda arqueada y la voz quebrada de placer mientras él la embestía con un ritmo lento y profundo.

—Así, no pares —pedía ella, agarrada a las sábanas.

Mateo, invisible en un rincón, se tomó la erección con la mano y empezó a moverse al compás de lo que veía. El sonido de los cuerpos llenaba la habitación, húmedo y constante, y él respiraba el aire espeso como si pudiera tocarlo.

Su padre la giró boca arriba y le levantó las piernas. La besó en el cuello, bajó por el pecho, le mordió suave un pezón mientras seguía moviéndose dentro de ella. La madre le clavó las uñas en la espalda y le dejó marcas rojas.

—Más fuerte —jadeó.

Después ella se montó encima, de espaldas a él, justo de frente al rincón donde Mateo se masturbaba sin contenerse. El padre gruñó algo y se vino con un temblor largo; ella arqueó la espalda al mismo tiempo, sacudida por su propio orgasmo. Mateo no pudo aguantar: acabó con ellos, en sincronía, sintiendo el clímax ajeno como si fuera propio, hasta que un tirón en el estómago lo arrancó de la escena.

Volvió a su cama, jadeante, el cuerpo todavía temblando.

—Primer deseo cumplido —dijo Velmira, lamiéndose los labios. Volvió a chasquear los dedos y Mateo sintió que la energía le regresaba de golpe, otra vez duro, otra vez listo—. No perdamos el tiempo. ¿El segundo?

***

Con la boca todavía seca de excitación, Mateo subió un escalón más.

—Esta vez quiero estar con ellos —susurró—. Los tres juntos. Sin límites.

Otro chasquido, y ahora Mateo apareció visible en el mismo cuarto, pero sus padres lo miraban sin sorpresa, sin rechazo, con los ojos encendidos de un deseo que en ese sueño se daba por sentado.

—Ven, hijo —dijo su madre, tendiéndole la mano, el cuerpo todavía brillante de sudor.

Mateo se acercó con el corazón golpeándole el pecho. Se arrodilló entre las piernas abiertas de ella y bajó la boca, lamiéndola despacio, mientras la oía gemir y enredarle los dedos en el pelo. El padre se ubicó detrás de Mateo y lo penetró con cuidado; un ardor que enseguida se volvió placer puro le recorrió la espalda.

La dinámica se transformó en un torbellino de cuerpos. La madre se montó sobre Mateo y lo cabalgó con movimientos circulares, los pechos pesados rozándole el rostro. El padre se sumó por detrás de ella, y los tres quedaron encajados en un solo movimiento, sudados, jadeando, sin separarse.

—Lléname, hijo —pedía ella, con la voz rota.

Se besaron entre los tres, en un enredo de lenguas y aliento caliente. El orgasmo llegó en cadena: ella primero, apretándolo por dentro; después Mateo, vaciándose con un temblor que lo dejó sin fuerzas; el padre al final, con un gruñido largo. Quedaron abrazados, unidos en algo que solo podía existir dentro de aquel sueño.

Velmira volvió a chasquear los dedos y lo arrancó de allí.

—De vuelta a tu nido, juguete —ronroneó—. Rápido. El último.

***

Mateo, ya esclavo de su propio deseo, habló con la voz ronca.

—Esta vez solo con ella —dijo—. Solo mi madre.

El remolino lo llevó de regreso, pero esta vez ella lo esperaba sola en la cama revuelta, todavía húmeda. Lo recibió con los brazos abiertos y una mirada de pura entrega.

—Ven, mi amor —susurró.

Mateo se acercó y la besó con calma primero, después con hambre, las lenguas buscándose mientras le recorría las curvas con las manos. Le acarició los pechos, le pellizcó los pezones hasta arrancarle un gemido contra la boca. Bajó por el cuello, mordiéndole suave la piel salada, y siguió hacia el centro de ella, lamiéndola con una lentitud deliberada que la hacía retorcerse.

—Sí, así —jadeó ella, tirándole del pelo.

Cuando ya no aguantó, se acomodó entre sus piernas y entró de un solo empuje. Ella le enredó las piernas en la espalda y lo apretó contra su cuerpo, los dos casi inseparables, moviéndose en un ritmo que fue creciendo. Cambiaron de posición varias veces: ella encima, de costado, abrazados, buscándose con desesperación.

El final se acercó como una tormenta. En el último instante, Mateo salió de ella y se llevó la mano a la base.

—Toma —murmuró, dirigiéndose a su boca abierta.

Acabó así, mientras ella lo recibía con avidez. Terminaron con un beso largo y sucio, y se dejaron caer abrazados un instante, antes de que todo se desvaneciera.

***

La habitación de Mateo se tiñó de un rojo pulsante, una luz que parecía latir como sangre. Velmira se materializó en toda su forma, el cuerpo gris brillante, los ojos encendidos.

—Hora de cobrar —susurró, empujándolo sobre la cama con una fuerza que no era humana.

Se montó encima a horcajadas y frotó el cuerpo contra el suyo antes de hundirse de golpe sobre él, con un grito grave. Lo cabalgó sin tregua, las caderas girando, el calor cerrándose alrededor de su erección como algo vivo. Mateo la agarró de las caderas y embistió hacia arriba, perdido entre el placer y el agotamiento que empezaba a sentir crecer.

—Siento cómo te drenas en mí —ronroneó ella, los ojos rojos brillando.

Cambiaron de posición una y otra vez, y él notaba la energía abandonándolo a cada embestida, aunque el placer le impedía detenerse. Al final, sin aviso, acabó dentro de ella, vaciado por completo, hundido en un cansancio que le pesaba en cada músculo.

Velmira tembló de gusto, y en lugar de desaparecer, lo recostó a su lado para que recuperara apenas un hilo de fuerza. No estaba conforme con una sola vez. Lo recorrió de nuevo con la boca, le robó otra descarga, otra ráfaga de vitalidad, hasta que Mateo quedó tendido, jadeante, incapaz de moverse.

Entonces se levantó, el cuerpo gris pulsando con la energía que le había quitado, y chasqueó los dedos una última vez.

—Tu esencia me ha fortalecido —dijo, con una sonrisa que no tenía nada de humano—. Era exquisita, pero no suficiente. Tus deseos rasgaron el velo, Mateo. No será la última vez que nos veamos. Volveré por más.

El pacto no había terminado. Sin saberlo, se había convertido en un imán para todo lo prohibido, condenado a una vida de placeres oscuros que lo irían consumiendo, despacio, noche tras noche.

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Comentarios (6)

Facundo

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, me dejo con la boca abierta

NochesLejos

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber que pasa despues del pacto...

lecturaNocturna

Que buenisimo, el concepto me encanto desde el titulo

Mishi_lectora

Siempre me fascinaron los relatos con fantasias oscuras y este no decepciono para nada. Segui asi!

Santi_87

El final me dejo pensando... hay alguna continuacion planeada?

Caro_Mdz

excelente!! me mantuvo enganchada hasta el ultimo parrafo

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