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Relatos Ardientes

El trance que convirtió mi fantasía en deseo real

El murmullo tibio de la noche se colaba por la ventana entreabierta del pequeño consultorio, donde Marina ordenaba su espacio antes de la última sesión del día. Había bajado las luces hasta dejar solo dos lámparas de sal encendidas, y un hilo de incienso de sándalo subía recto desde el platillo de cerámica. A los cuarenta y dos años llevaba más de una década trabajando con hipnosis clínica, pero esa noche no se sentía del todo profesional. Esa noche esperaba a Adrián.

Lo había conocido tres semanas atrás, en la inauguración de una galería en el centro. Él exponía una serie de fotografías en blanco y negro, cuerpos a medio iluminar, y ella se había quedado más tiempo del prudente frente a una de ellas. Cuando se acercó a explicarle la imagen, Marina notó algo en su forma de mirar: una atención lenta, paciente, como si supiera desnudar las cosas con la vista. Él le pidió una cita para «aprender a soltar el control». Ella aceptó sin pensarlo demasiado.

Cuando golpeó la puerta, el aire del consultorio cambió de densidad. Marina lo hizo pasar y se sentaron frente a frente en el sillón bajo, las rodillas a un palmo de distancia. Empezó a hablarle con su voz de trabajo, esa que sabía volver grave y pausada, mientras le explicaba qué iba a ocurrir. Pero los ojos de ambos se cruzaron en mitad de una frase, y en ese cruce silencioso los dos entendieron que la sesión no iba a ser solo una sesión.

—¿Estás listo para soltar, Adrián? —preguntó ella, y sin querer su mirada bajó un instante hasta el cuello entreabierto de la camisa de él.

Él asintió. Marina lo guió por una respiración larga, contando hacia atrás, dejando que cada número pesara un poco más que el anterior. Él la observaba con los párpados cada vez más bajos, fijándose en la curva de sus labios, en la manera en que la lengua rozaba los dientes al pronunciar las eses. La voz de ella se le metía en el oído como un dedo cálido. Marina, por su parte, hablaba sintiendo una curiosidad que no debería estar sintiendo: las ganas de saber qué guardaba ese hombre debajo de tanta calma.

—Con cada palabra que escuches, todo lo de afuera se aleja un poco más —murmuró—. Solo queda mi voz. Solo quedamos vos y yo.

El mundo exterior fue desapareciendo de a capas. Primero el ruido de la calle, después el zumbido de la nevera del fondo, por último la conciencia del tiempo. Marina lo llevó hasta un lugar que él mismo construyó con la imaginación: un patio de piedra, una parra cargada, el calor del mediodía sobre los hombros. Cerró los ojos un momento para acompañarlo, para caminar ella también por ese patio inventado, y se descubrió eligiendo aparecer en la escena.

—Acá adentro sos libre —dijo—. Libre de mirar lo que querés mirar. Libre de querer lo que no te animás a querer despierto.

Algo se desplazó entonces. La energía que Marina describía con palabras dejó de ser una idea y empezó a tener cuerpo. Adrián la sentía bajar por el pecho, por el vientre, asentarse abajo con un peso tibio y reconocible. La concentración mental se le había vuelto un deseo concreto, físico, imposible de disimular. Ella lo notó en la respiración de él, que se había hecho más corta, y decidió no detenerse.

—En este patio yo también estoy —siguió, bajando todavía más la voz—. Vení. Sentate a mi lado, en el banco de piedra. ¿Me ves?

—Te veo —respondió él, con la voz arrastrada del trance.

A medida que la hipnosis se hacía más honda, la frontera entre lo imaginado y lo real se fue borrando. Adrián la veía acercarse en aquel patio, el vestido liviano pegado a la piel por el calor, una sonrisa que prometía sin pedir permiso. La imaginaba inclinándose, el aroma de su cuello, el primer roce. En su mente fue desplegando con detalle lo que de verdad quería: la cercanía de Marina, sus manos, el peso de su cuerpo contra el suyo.

—Permitite sentirme —dijo ella, y eligió cada palabra como quien elige dónde apoyar una caricia—. Imaginá que estoy a tu lado. Que mi mano se apoya en tu muslo. Que subo despacio, sin apuro, mientras te miro a los ojos.

Como si la sugestión tuviera dedos, Adrián sintió de verdad una calidez sobre la pierna. Una presión suave y firme que lo ataba a ese instante. Y no era solo en la mente: la mano de Marina se había posado sobre su muslo, sobre la tela tensa del pantalón, y avanzaba con una lentitud calculada. ¿Es ella, es real, está pasando de verdad?, pensó él, sin lograr separar el sueño del cuarto. En su estado, todo encajaba: ella había entrado en su patio y, al mismo tiempo, estaba ahí, respirando agitada, los pezones marcándose contra la tela fina de la blusa.

—Quedate adentro —susurró Marina, cuidando de no romper el hilo—. No abras los ojos. Sentí.

Las imágenes empezaron a parecerle recuerdos más que invenciones. Adrián veía a Marina inclinarse, los labios apenas separados en una sonrisa, y sin pensarlo se dejó ir, proyectando lo que deseaba incluso más allá de lo que ella narraba. Entonces sintió la boca de Marina sobre la suya, tibia, insistente, como si la conexión mental se hubiera vuelto carne. Y ella, del otro lado, sintió de verdad los labios de él buscándola, húmedos, ansiosos, sin la timidez de la vigilia.

El beso dejó de ser una sugestión. La calidez le recorrió a él todo el cuerpo, encendiendo cada terminación. Cada caricia se hacía más intensa, y Adrián entendió, todavía hundido en el trance, que su cuerpo respondía aunque su cabeza siguiera en el patio de piedra. La mano de Marina ya no narraba: hacía. Y él, con los ojos cerrados, devolvía cada gesto como si los dos compartieran el mismo sueño dirigido.

***

El ritmo de las respiraciones se fue acompasando, los dos latidos buscando un mismo compás. En el patio de la mente nadie tenía vergüenza, nadie pedía permiso, nadie medía las consecuencias. Marina sostenía la voz para mantenerlo abajo, en ese lugar donde él se animaba a todo, pero la verdad era que el hechizo ya la había agarrado a ella también.

Nunca, en todos sus años de oficio, le había pasado algo así. Había tenido pacientes atractivos, situaciones incómodas, deseos que supo dejar en la puerta. Adrián, en cambio, le había despertado un costado que creía bien guardado. La atracción era de los dos, eso lo sabía desde la galería, pero ahora florecía en cada susurro, en cada centímetro de piel que la separación entre ambos hacía arder más. Se imaginó montándose sobre él, sintiéndolo, mientras las manos de él le recorrían la espalda y bajaban.

—¿Querés que siga? —preguntó ella, y por primera vez la pregunta no era parte del guion.

—Sí —dijo él, sin dudar, con la voz todavía espesa.

Marina apoyó la frente contra la de él un instante. Sentía el pulso golpeándole en la garganta, la respiración entrecortada, una humedad propia que la incomodaba y la encendía a partes iguales. Tenía el control de la sesión, el control de él, y sin embargo se sentía igual de atrapada que su paciente en el mismo encantamiento que ella había tejido con palabras.

Lo guió de vuelta despacio, como quien sube a alguien desde el fondo de una pileta. Le fue devolviendo el ruido de la calle, el zumbido de la nevera, el peso de los párpados, hasta que Adrián abrió los ojos. Estaban en el mismo consultorio, en el mismo sillón, las rodillas todavía a un palmo. Pero el aire era otro. Habían compartido algo que no figuraba en ningún manual, un eco de deseo que seguía vibrando entre los dos.

—¿Cómo te sentís? —preguntó Marina, y le costó sostener la voz, sin lograr despegar del todo la mirada de la tela del pantalón de él, donde la excitación seguía marcada y evidente.

Adrián sonrió, una chispa traviesa en los ojos al notar de dónde venía la pregunta entrecortada de ella. —Como si hubiera dejado salir algo que tenía encerrado hace mucho. No sé bien qué pasó, pero fue… intenso.

Los dos se rieron por lo bajo, una risa corta que decía más que cualquier diagnóstico. En esa risa, Marina entendió que la conexión era más grande que la sesión. El comienzo de otra cosa, una que tal vez podrían explorar lejos de las luces de sal y los relojes, en el terreno crudo y despierto del deseo.

—Quizá deberíamos… repetir la práctica —propuso él, con una sonrisa pícara, sabiendo perfectamente que ella había sentido la misma corriente que él.

Marina sostuvo su mirada un segundo más de la cuenta. Pensó en todas las razones por las que debía cerrar la puerta, archivar la ficha y no volver a verlo. Las conocía todas. Ninguna le pareció lo bastante fuerte frente al recuerdo todavía caliente de su boca.

—La próxima —dijo al fin, levantándose y dejando la libreta sobre la mesa sin anotar nada—, no hace falta que cierres los ojos.

Y en el aire del consultorio, entre risas contenidas y miradas que ya no fingían, los dos supieron que lo que habían sentido hipnotizados era apenas el principio. Que la fantasía había servido de puente, sí, pero que del otro lado los esperaba algo mucho más real, y que ninguno de los dos pensaba volver a fingir que no lo deseaba.

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Comentarios (6)

FantasiaUrb

Increible relato, me dejo sin palabras. Eso del trance final no me lo esperaba!!!

NocheCalida_22

Por favor seguila, necesito saber como termina todo. Me quede con ganas de mas

LectorMisterioso7

Me recordo a algo que me paso hace unos años, ese momento raro donde no sabes si lo que sentes es real o solo imaginacion. Muy bien capturado

MaeraX

Lei dos veces el final para entenderlo bien, que giro tan lindo. Bravo!

Julito_cba

jaja la vuelta al final es genial, arrancas leyendo y no podes parar

TeresaG

Excelente!!!

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