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Relatos Ardientes

El plomero que mi suegro mandó aquella mañana

Cuando Rodrigo y yo nos casamos, no teníamos dónde caernos muertos, así que su padre nos abrió las puertas de su casa sin pensarlo dos veces. Don Esteban era un hombre grande, de unos sesenta y ocho años, con las manos curtidas de toda una vida de trabajo y una sonrisa que ablandaba a cualquiera.

Desde el primer día me trató como si fuera su propia hija. Que no me faltara nada, que comiera bien, que descansara. La convivencia era tan cómoda que a veces olvidaba que aquella casa no había sido siempre mía.

Yo apenas pasaba de los veinticuatro, recién salida de una familia estricta donde la palabra «decencia» se repetía como un mandamiento. Quizá por eso me sentía tan a gusto en esa casa: nadie me vigilaba, nadie esperaba nada de mí salvo que fuera feliz.

Una mañana cualquiera, Rodrigo ya estaba en el trabajo y la tubería bajo el fregadero decidió rendirse. El agua se escurría por todas partes. Don Esteban hizo un par de llamadas y consiguió a un plomero conocido del barrio, pero él tenía que salir a un trámite.

—Quédate tú a cargo, hija —me dijo poniéndose el sombrero—. El hombre es de confianza. Tú solo le abres y le explicas.

Acepté de buena gana. ¿Qué podía salir mal con algo tan simple como una llave goteando?

A media mañana sonó el timbre. Cuando abrí, me encontré con un hombre mayor, de unos sesenta y tantos, alto, ancho de espaldas, con los antebrazos marcados y una mirada que me recorrió de arriba abajo sin ningún disimulo. Se presentó como Genaro. Algo en él me removió por dentro de una forma que no supe nombrar. No era incomodidad. Era otra cosa, más profunda y más peligrosa.

Lo guié hasta la cocina y le señalé el desastre bajo el fregadero. Él asintió en silencio, sacó sus herramientas de una caja de metal abollada y se tendió de espaldas en el piso para meterse debajo del mueble.

Me quedé revoloteando por ahí, fingiendo limpiar la encimera. Un rato después me llamó.

—Chamaca, ¿me pasas la llave de tubo? La que está ahí, junto a la caja.

Me agaché para alcanzarla. Y entonces lo sentí: el bulto enorme que se marcaba bajo su pantalón de trabajo, justo a la altura de mis ojos. Tragué saliva. No pude evitar mirarlo más de la cuenta.

No deberías estar viendo eso.

Le tendí la herramienta, pero al inclinarme me olvidé por completo de que esa mañana llevaba una falda corta y, debajo, apenas una tanga diminuta. Genaro tardó deliberadamente en tomar la llave. Sus ojos se demoraron en el panorama que yo, sin querer, le había servido en bandeja.

Cuando me di cuenta ya era tarde. Vi cómo el bulto, de por sí imponente, crecía un poco más bajo la tela. Se me subieron los colores hasta las orejas, los cachetes me ardían. Me incorporé muerta de vergüenza y me puse a lavar los trastes dándole la espalda, como si así pudiera borrar lo que acababa de pasar.

***

Estaba absorta, refregando un plato que ya estaba limpio, cuando dos manos grandes me tomaron por la cintura. Sentí su cuerpo pegarse al mío por detrás, y ese bulto firme acomodándose entre mis nalgas. Me quedé helada. El viejo me había agarrado totalmente desprevenida.

—Veo que te gusta enseñar, chamaca —me susurró al oído, descarado—. Y a mí me gustó mucho lo que vi.

—Disculpe, señor… lo siento, no fue mi intención —balbuceé.

—Y veo que también te gusta lo que te hago —dijo, jalándome más hacia él, apretándome contra su cuerpo, empujando despacio con las caderas.

Yo estaba descontrolada. Jamás me había imaginado en una situación así. Me moría de vergüenza, me sentía indefensa, expuesta, y al mismo tiempo una corriente caliente me subía desde el vientre y me impedía reaccionar como la mujer decente que se suponía que era.

—E-espere, señor… ¿cómo se atreve? —La respiración se me había vuelto pesada, entrecortada, y él lo notó.

—No digas nada. Sé bien lo que quieres.

Me besó el cuello mientras una de sus manos subía a apretarme un pecho por encima de la blusa. Yo no era capaz de separarme. Su aliento tibio en mi nuca, sus labios ardientes, todo me tenía a mil. Y entonces, empujada por un deseo que no entendía, llevé una mano hacia atrás y la cerré sobre su bulto, apretándolo con fuerza.

—Lo sabía —gruñó—. Desde el momento en que te vi supe que tendría una oportunidad contigo. Eres una mujer caliente y ni siquiera puedes disimularlo.

Sus palabras me hervían en la sangre. Me dejaban sin voluntad, rendida, sumisa ante ese viejo que ahora me parecía un imán imposible de resistir. En ese instante supe que, si él quería, no habría nada que pudiera detenerlo. Y lo peor era que yo tampoco quería detenerlo.

***

Al poco rato yo ya estaba de rodillas frente a él, con su miembro en mi boca, devorándolo como si se me fuera la vida en ello. Era enorme, grueso, caliente. Lo lamía entero, le acariciaba con la lengua mientras él me sostenía la nuca con una mano y me decía cosas al oído que me prendían todavía más.

—Vaya, chamaca, eres toda una fiera. ¿Dónde aprendiste a hacer esto? ¿Acaso tu marido y tu suegro no te atienden como Dios manda?

La mención de mi suegro me golpeó como un rayo. La idea de don Esteban metida ahí, en ese momento, me descontroló de una manera que jamás habría imaginado. Nunca, ni en sueños, se me había ocurrido pensar en él de esa forma. Y sin embargo, la semilla quedó plantada, profunda, ardiendo.

Cuando me quise dar cuenta, Genaro me había desnudado por completo y me tenía a cuatro patas sobre la cama del cuarto de huéspedes. Se colocó detrás de mí, pasó una mano hacia adelante y empezó a acariciarme el clítoris con dos dedos hasta dejarme empapada y temblando.

Luego sentí su lengua recorrerme por detrás, en un lugar que yo nunca había dejado que nadie tocara. Me estremecí entera. Una parte de mí quería protestar, pero la otra rogaba en silencio que no parara. El condenado viejo sabía exactamente lo que hacía. Yo solo podía gemir, jadear, apretar las sábanas entre los dedos.

—Por favor —supliqué sin reconocer mi propia voz—. Por favor…

Cuando por fin me penetró por detrás, despacio, abriéndome centímetro a centímetro, grité de dolor. Pero él no se detuvo. Siguió empujando con paciencia, y momentos después el dolor se transformó en algo que jamás había sentido, una mezcla de ardor y placer que me hacía pedir más.

—No pares, así, así —jadeaba yo, ya entregada del todo.

Sus caderas chocaban contra mis nalgas, su respiración era un fuelle ronco sobre mi espalda. Después de un buen rato salió, me dio la vuelta y se colocó encima. Me penetró de frente, hasta el fondo, y yo lo abracé con las piernas, meneándome contra él, buscando cada embestida. Exploté en un orgasmo tan largo que se me nubló la vista.

Cuando terminó, se levantó, se vistió en silencio y se fue sin decir palabra, dejándome tendida en la cama, agitada, satisfecha de una forma vergonzosa y deliciosa a la vez.

No fue la última vez. Durante varias semanas nos seguimos viendo a escondidas. Genaro era un hombre insaciable, cumplidor, que me enseñó cosas de mi propio cuerpo que yo ignoraba. Cada encuentro me dejaba con ganas del siguiente.

***

Pasó un tiempo. Una tarde estaba sola en casa, haciendo el quehacer, cuando hice un mal movimiento y un tirón me atravesó el cuello. Solté un quejido y me senté en el sillón de la sala, sobándome, tratando de recomponerme.

Don Esteban entró alarmado.

—¿Qué pasó, hija? ¿Estás bien? —preguntó, realmente preocupado.

Siempre había sido tan atento conmigo, tan cariñoso. Yo sabía que me quería como a una hija. Pero a una hija también se le puede meter algo más que cariño, pensé, y me asusté de mí misma.

Trajo una pomada y una pastilla para el dolor. Se sentó detrás de mí en el sillón, me acomodó entre sus piernas y empezó a darme un masaje en el cuello. Al primer contacto de sus manos sentí una descarga eléctrica recorrerme la columna.

Sus dedos fuertes amasaban mi cuello con la pomada, y la sensación era un placer cargado de algo más. Poco a poco las manos bajaron a mis hombros, y yo sentía cómo crecía su bulto contra la parte baja de mi espalda.

Recordé las palabras de Genaro. Me puse inquieta, caliente, sin poder estarme quieta. De modo que cuando don Esteban deslizó las manos bajo mi blusa, bajo el sostén, hasta tocarme la piel desnuda del pecho, no reaccioné. Solo dejé caer la cabeza hacia atrás, contra su hombro.

—Date la vuelta —me dijo después, la voz grave, entrecortada, nerviosa.

Sin pensarlo, me giré y me senté a horcajadas sobre sus piernas, frente a él. Su bulto quedó justo contra mi sexo, y la fricción me arrancó un suspiro. Él siguió frotándome los pechos, descarado ya, y al sentir mis pezones duros bajo sus palmas supo que yo estaba tan perdida como él.

Dejó los juegos y empezó a besarme y a lamerme los pechos mientras yo me mecía lento sobre su regazo, frotándome contra esa dureza que no dejaba de crecer.

—Eres una mujer caliente —me dijo con la voz ronca.

—El plomero tenía razón, pero yo me negaba a creerle.

Me quedé paralizada. ¿El plomero? ¿Qué tenía que ver Genaro con este momento a solas con mi suegro?

—Yo le pedí que te sedujera —confesó, ya hundiéndose en mí, después de apartar la tanga a un lado—. Estaba seguro de que tú te ibas a negar.

Yo lo cabalgaba despacio, tratando de entender lo que oía.

—Tenía mis dudas sobre ti. Deseaba que te resistieras, al menos un poco. Pero Genaro me contó cómo sucedió todo. —Suspiró, casi resignado—. En el fondo me alegra. Así puedo tenerte sin culpa.

Había algo desilusionado en su voz, como si hubiera querido confirmar que yo era la chica intachable que imaginó. Pero si lo hubiera sido, no estaría en ese instante moviéndome sobre él, gimiendo, buscando más. Don Esteban dejó escapar otro suspiro y me siguió cogiendo a su gusto, sujetándome de las caderas.

Con el tiempo, los dos terminaron compartiéndome a escondidas: el viejo plomero y mi suegro, cada uno a su manera, cada uno conociendo un rincón distinto de mis deseos. Me convertí en la mujer más indecente y, también, en la más feliz que jamás había sido. Y nunca, ni una sola vez, volví a creer en esa palabra que de niña me repetían como un mandamiento.

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Comentarios (5)

LectoraK

Que bueno!!! me enganche desde el primer parrafo y no pare hasta el final.

Carlos_Mza

Tremendo giro lo del suegro, jamas me lo hubiese esperado. Muy bien armado el relato.

FanRelatos_ok

jajaja el plomero sabia exactamente a que venia. Un clasico pero muy bien contado

Valentina_RC

Por favor que siga!! Quede con muchas ganas de mas

NocheLectora

Me encanto como esta contado, se siente muy real. Hace rato que no me enganchaba asi con un relato.

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