Lo que dejaron mis amigos en el local excitó a mi mujer
En León, un local entre amigos no es solo un bajo alquilado: es un mundo aparte. Un rectángulo de cemento sin ventanas, con una nevera vieja siempre llena de cervezas, una tele que chirriaba al encenderse y un sofá que había sobrevivido a más confidencias de las que cualquiera de nosotros recordaba. Allí, tras la persiana metálica bajada del todo, las reglas de la calle se quedaban fuera. Allí estábamos Rubén, Marcos y yo, Andrés, refugiados del frío de la tarde castellana.
Aquel día el ambiente venía distinto. No era tarde de fútbol ni de partida de cartas. Habíamos puesto una película porno en el reproductor, y los gemidos rebotaban contra las paredes desnudas, mezclándose con el zumbido constante de la nevera.
Rubén, el marido de una compañera de mi mujer, fue el primero en romper el guion de la charla de siempre. Tenía los ojos clavados en la pantalla, donde una escena explícita ocupaba todo el cuadro.
—Joder, tío —soltó con la voz algo ronca, removiéndose en el sofá—. Me estoy poniendo cachondo de más con la peli. Me haría una paja aquí mismo, te lo digo en serio.
Su hermano Marcos, dos años menor y siempre el más lanzado de los dos, no tardó en recoger el guante. Se sacó del bolsillo de la cazadora un par de sobres cuadrados de plástico.
—Pues yo no te voy a decir que no. Estoy igual que tú —dijo, mostrándolos entre los dedos—. Y mira, casualmente llevo condones encima. Así no manchamos nada.
Los miré a los dos. El morbo de la situación empezaba a colarse por mis venas, pero mantuve mi papel de tío serio, con la cerveza en la mano y una media sonrisa.
—Venga ya. ¿De verdad os vais a hacer una paja aquí los dos? —les dije, disfrutando por dentro de ver cómo el vicio le ganaba la partida a la vergüenza—. Pues si lo hacéis, ponéos el condón, no vayáis a pringar el sofá. Yo paso. Prefiero esperar a que Carla salga del trabajo.
Marcos no esperó a que lo repitiera. Con una mano abrió el envoltorio y con la otra se bajó los vaqueros hasta las rodillas, dejando que su polla saltara hacia fuera, gruesa y ya enrojecida por la erección. Rubén, algo más tímido al principio, se animó al ver a su hermano y empezó a hacer lo mismo. La suya era más larga, con las venas marcadas bajo la piel tensa.
El sonido del látex estirándose llenó el segundo de silencio que dejó la película al cambiar de escena.
Ver a los dos hermanos sentados allí, con las piernas abiertas y las manos moviéndose a ritmo frenético mientras los ojos devoraban la pantalla, era una estampa de vicio puro. Marcos se la machacaba con fuerza, haciendo que el condón brillara bajo la luz amarillenta del fluorescente. Rubén cerraba los ojos por momentos, gimiendo bajito, entregado del todo a la sensación.
Yo me eché hacia atrás en la silla, disimulando, y disfruté del espectáculo sin que se me notara demasiado. No había vergüenza entre nosotros. Solo tres tíos en un bajo de León compartiendo un momento absurdo y eléctrico al calor de una película.
El final llegó casi a la vez. Marcos soltó un gruñido ronco y se tensó entero mientras el látex se inflaba de golpe. Segundos después, Rubén se arqueó en el sofá, expulsando el aire de un tirón cuando descargó dentro del preservativo.
Se quedaron así unos instantes, recuperando el aliento, con los condones colgando, llenos y pesados.
—Madre mía, qué subidón —dijo Marcos mientras se lo quitaba con cuidado, haciéndole un nudo para que no escapara ni una gota.
Rubén hizo lo mismo con el suyo. Los metió en una bolsita de plástico que andaba por allí y me la tendió con una sonrisa de complicidad.
—Toma, Andrés. Tíralos tú luego con el resto de la basura cuando cierres, que no vamos a ir por la calle con esto encima.
Se subieron los pantalones, apuraron las cervezas, se despidieron y se marcharon con la adrenalina todavía en el cuerpo, dejando en el aire ese olor cargado a sudor masculino. Me quedé solo un momento, terminando mi botella en el silencio del local, con la imagen de los dos hermanos grabada en la cabeza. Justo entonces, el chasquido metálico de la persiana anunció que Carla llegaba del trabajo.
***
Entró con su aire de siempre, dejó el bolso sobre la mesa de madera y suspiró por el cansancio del día.
—¿Qué, una cerveza antes de irnos a casa? —dijo acercándose a la nevera. Frunció la nariz a medio camino—. ¿No huele aquí a algo raro?
Asentí, observándola. Mientras sacaba las botellas, sus ojos curiosos se fijaron en la bolsita de plástico que asomaba por el borde de la papelera, junto al sofá. Se quedó petrificada un segundo, se inclinó y la cogió con dos dedos, levantándola hacia la luz.
—¿Y esto, Andrés? —preguntó con una ceja arqueada y una sonrisa que empezaba a cargarse de malicia—. ¿Qué hacen dos condones usados aquí, en una bolsita? No me digas que habéis traído a alguien al local.
Me acerqué, le quité la bolsa de las manos y la dejé donde estaba. La miré fijamente, disfrutando del momento de la confesión.
—No ha venido nadie, nena. Estábamos Rubén, Marcos y yo viendo una peli. Y bueno, se pusieron demasiado cachondos. Se hicieron una paja ahí mismo, en el sofá. Marcos llevaba condones y se los pusieron para no pringarlo todo. Acaban de irse, justo antes de que llegaras. ¿No te los has cruzado en la calle?
Carla abrió mucho los ojos. Vi cómo se le aceleraba la respiración al imaginar la escena: los dos hermanos, amigos nuestros, excitados hasta ese punto en nuestro sofá.
—No, no me los he cruzado. ¿Y dices… los dos? ¿Delante de ti? —susurró, dejando la cerveza sobre la mesa sin llegar a abrirla—. ¿Y tú, Andrés? ¿Tú también te has hecho una paja con ellos?
La agarré por la cintura y la pegué a mí.
—No, nena. Yo no. Yo te estaba esperando a ti. Prefiero guardarme las ganas para lo que de verdad me pone, que es verte a ti disfrutar.
Carla no dijo nada, pero su mano bajó directa a mi entrepierna mientras su mirada volvía una y otra vez a la papelera, al rastro que habían dejado los otros dos. Estaba procesando el morbo de encontrarse en el mismo sitio donde, minutos antes, había estallado todo aquello.
No soltó la bolsa. Al contrario, la apretó un poco, observando cómo el semen de Rubén y Marcos se movía dentro de los preservativos. Le brillaban los ojos con esa mezcla de transgresión y deseo que yo conocía tan bien.
—Así que esto es de ellos… —murmuró, casi para sí misma—. De Rubén y de Marcos. Quién lo iba a decir. Los dos aquí, contigo delante.
Se acercó más, sin dejar de mirar el hallazgo. La luz escasa del local hacía que el látex relumbrara.
—Todavía están calientes, Andrés. Es increíble. Saber que esto estaba dentro de ellos hace nada. Son tíos sanos, fuertes. Son nuestros amigos.
Pasó el dedo por la superficie de uno, moviendo la descarga que guardaba dentro.
—Me da un morbo terrible tenerlos aquí, al alcance de la mano. Tan cerca. Es como si una parte de ellos se hubiera quedado encerrada para que yo la encontrara.
Me miró con una intensidad que me recorrió la espalda entera.
—Dime la verdad, Andrés. ¿Quién la tenía más grande? ¿Quién se corrió con más fuerza? Necesito imaginarme la cara que ponían mientras se la machacaban pensando en la tía de la tele… o a lo mejor pensando en que yo podía entrar en cualquier momento.
Empezó a respirar con dificultad. Su otra mano se fue al pecho, apretándolo por encima de la blusa del trabajo.
—Es semen de verdad, Andrés. No es una película. Está aquí. Y saber de quién es… saber que mañana los veré y les daré dos besos sabiendo lo que hay en esta bolsa… me está volviendo loca.
Me coloqué detrás de ella, pegando el pecho a su nuca mientras mis manos bajaban a sus caderas. Le hablé al oído, con la voz ronca, dándole los detalles que su curiosidad reclamaba.
—La de Rubén era la más larga, nena. Se le ponía de un rojo oscuro, casi violáceo, y la movía con una desesperación que parecía que se le iba a salir el corazón. Pero la de Marcos… joder, la de Marcos era más gorda. Una polla que apenas abarcaba con la mano entera. Se la machacaba como si quisiera romperla, y cuando se corrió, ese condón que tienes ahí casi revienta de la presión.
Carla soltó un gemido que fue más un rugido de necesidad.
—Ábrela, Andrés. Abre la bolsa. Quiero verlos. ¿Me dejas tocarlos?
No me lo pidió dos veces. Sobre la mesa de madera, donde tantas veces habíamos compartido cenas y risas con esos mismos amigos, vacié la bolsa. Los dos preservativos cayeron con un sonido húmedo, pesados. Carla, sin un ápice de duda, alargó la mano y cogió el de Marcos, el más lleno.
—Dios, cómo pesa —murmuró, apretando el látex entre los dedos, sintiendo la temperatura y la textura a través de la goma—. Está calentito. Es increíble que esto sea de Marcos.
Con una determinación que me dejó sin aliento, se acercó el condón a la cara, cerró los ojos y aspiró hondo, buscando el rastro de látex y de hombre. Luego me miró fijamente, con un vicio que no parecía tener límites, mientras empezaba a desabrocharse la falda.
—Cuéntame otra vez cómo se la agarraban Rubén y Marcos —me pidió mientras deshacía el nudo del primer preservativo—. No creo que te cortes ahora.
No se conformó con el tacto. Con una curiosidad que me quemaba la sangre, se llevó la mano impregnada a la nariz y cerró los ojos para atrapar ese olor intenso. Sin dejar de mirarme, pasó la punta de la lengua por su propia palma, probando el sabor salino de nuestro amigo con una calma que me volvía loco. Repitió el gesto con el de Rubén, comparándolos, saboreando el secreto que solo nosotros tres compartíamos en aquel bajo.
—Saben a macho, Andrés —susurró con la voz quebrada.
Estiró el látex de cada preservativo y, uno a uno, metió la lengua dentro, mojándola con lo que guardaban. La imagen de mi mujer, en nuestro local, con la lengua húmeda del rastro de mis amigos, es algo que llevaré grabado a fuego.
—Túmbame en la mesa —me ordenó, con los ojos encendidos.
***
La acosté entre las botellas y el desorden del local. Le abrí las piernas de par en par, dejando su sexo expuesto bajo la luz del fluorescente. Cogí los condones y, con un pulso que me temblaba de puro morbo, vacié parte de la descarga de Rubén y Marcos directamente sobre ella. El fluido resbaló por sus labios, perdiéndose dentro mientras arqueaba la espalda. El resto se lo introduje con los dedos.
—Métela, Andrés. Júntalo todo ahí dentro —me pidió, desesperada.
Me hundí en ella de una embestida, sintiendo cómo me deslizaba sobre su humedad mezclada con la de los hermanos. El roce sonaba constante, un chapoteo rítmico que llenaba el local vacío. Follarla con el rastro de mis amigos dentro fue lo más extraño que he vivido nunca; era como si ellos siguieran allí, en alguna parte. Al notar la mezcla rebosar por sus labios y empapar mis testículos, Carla echó la cabeza hacia atrás, agarrándose con fuerza a los bordes de la mesa.
—¡Dios, Andrés! ¡Qué guarrada más excitante! —gritó—. ¿Notas cómo burbujea la leche de tus amigos mientras me la metes? ¡Me encanta saber que estoy llena de ellos y de ti a la vez!
Sus gritos eran música para mi vicio. Verla fuera de sí, celebrando a voces la suciedad de la escena, me hizo perder lo poco de control que me quedaba.
—¡Mírame, Andrés! —me exigía, abriéndose más de piernas—. ¡Mira cómo me resbala mientras me follas! ¡Soy tu zorra en este local y no quiero que esto acabe nunca!
Cada palabra suya era una descarga eléctrica. No era solo sexo. Era la demolición de cualquier tabú entre nosotros, un pacto sellado entre gemidos y la confesión a gritos de que nada nos ponía más que aquello que compartíamos a escondidas.
Al terminar, el silencio del local se sintió más cálido que nunca. Me separé de ella despacio, observando cómo el rastro de los hermanos y el mío propio resbalaba por su entrepierna. Con un morbo absoluto, me arrodillé entre sus piernas y, con la misma calma con la que ella había probado a nuestros amigos, hundí la lengua en su sexo. La limpié con cuidado, saboreando cada gota de esa mezcla prohibida, asegurándome de que nada de aquel vicio se desperdiciara, guardando yo también el secreto en mi paladar.
Carla me acariciaba el pelo, respirando ya con calma. Cuando terminé, la ayudé a bajar de la mesa, le subí la ropa interior con una ternura que contrastaba con la crudeza de lo que acabábamos de vivir y la besé compartiendo los restos que quedaban en mi boca.
Salimos del bajo, bajamos la persiana y tiramos la basura a un contenedor, dejando atrás el olor a látex y la papelera con los restos de la tarde. Caminamos por las calles de León abrazados, con el frío de la noche en la cara y un calor por dentro que nadie más podía ver. Volvimos a casa así, muy enamorados, sabiendo que compartir esas experiencias era, irónicamente, lo que nos hacía más unidos y leales el uno al otro.
Mañana veríamos a Rubén y a Marcos y les daríamos dos besos con la mejor de nuestras sonrisas. Un secreto más para nuestra bitácora.